La primera parada


Próspero interrogó al agente Felipe del Estero:

-Siete leguas hemos de caminar. Eso se anda pronto.

Intervino Otaduy, diciendo, entre carcajadas:

-¡Ah, niño mío! Las leguas sorianas y las de Navarra son cosas seguras. Tantos pasos, tantos kilómetros... Se llega cuando se debe llegar... Pero aquí las leguas son cosas fantásticas. Cuando crees que has concluido el viaje, apenas has hecho otra cosa que comenzarlo.

-Sin embargo -añadió Próspero-: En el apunte de mi tío Roque, se dice con toda claridad: «¡Siete leguas al Norte de Resistencia, siguiendo la linea geográfica!... Yo no sé lo que es eso, pero sé lo que son siete leguas, porque las he andado muchas veces, cuando iba en los días de mercado desde Pareduelas-Albas a Santa Cristina.

-Leguas nuestras, querido Prosperito -interrumpió Otaduy-, allí todo está establecido y aquí aún no.

-Pero mi tío no iba a dar indicaciones equivocadas...

-Tu tío era ya más argentino que español, y aún más chaquense que argentino... Pero, en fin, ¿llegaremos...? Cómo no hemos de llegar.

El baqueano Buraic, parose delante de los caballos diciendo en su mala lengua:

-Detención habremos... Nocte al aire Comillería ahora... Dentro media hora llegar debemos a una picada, (lugar descubierto de árboles y arbustos). No sería bono andar de noche... Porque saltan los jaguaretés y andan las coralillas (víboras rojas, de mordedura mortal)...

Dialogaron Otaduy y el baqueano y aquel concluyó:

-Niños. Vamos a comer y a dormir, si es posible que durmamos, aunque es seguro que comeremos. Yo a lo menos. Traigo un hambre devoradora. Dormiremos en un ranchuelo que nos harán los indios con matas de árboles. Se encenderá una hoguera para guisar la pitanza y para espantar a los bichos. Vigilaremos por turno Felipe del Estero y yo. Vosotros podréis descansar tranquilamente, porque nada ha de ocurriros.

Media hora después los indios habían preparado el rudo albergue. Tendiose sobre la hierba amarillenta y áspera las lonas que iban a servir de lecho. Ellos buscaron ciertos vegetales bien olientes y sanos para llenar unos sacos que iban a convertirse en colchones. Entre tanto el baqueano, gran cocinero a la indiana, sacó del zurrón en que iban los comestibles, una pierna de ternera. Presto quedó asada; y ella olía tan maravillosamente, que todos se hartaron. Circuló el jarro de peltre, lleno de vino de que iba abundante depósito, porque Otaduy, como buen navarro, gustaba de zumo de las uvas... Y luego de la cena, el director del viaje mandó a los chicos que se acostasen. Hiciéronlo estos sin nuevo requerimiento, porque estaban fatigadísimos, no sólo de los esfuerzos corporales, sino de las emociones del viaje. Otaduy montó la guardia. Sentado sobre un tronco de jacarandá, uno de los más hermosos árboles de la Argentina, que se había caído de viejo o por la herida del rayo en las terribles tormentas primaverales de aquella zona argentina, puso sobre sus rodillas el rifle, lleno de cartuchos. Colocó cerca el frasco de aguardiente mendocino, encendió su pipa, cargándola del oloroso tabaco brasileño...

La noche había llegado. Todo era sombra en torno... Próspero no podía dormir. Escuchaba atentamente los rumores del bosque.