La media naranja: 08

VII
IX
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XI


VIII.


Clara habia quedado dueña del campo, vencedora, erguida, soberbia. Para parecer una Judit sólo le faltaba la cabeza de un Holoférnes en la mano.

Se habia vengado, habia jugado, y se habia reido del hombre que habia, querido abusar de su credulidad y de la inocencia de su corazón.

El desprecio, la ironía, la arrogancia daban á su rostro una expresion inusitada, y á sus ojos un brillo fatídico. Sobre su rostro de ángel brillaba una mirada de diablo; y es que la levadura diabólica, innata en el corazón humano, habia, por un momento, desencadenado el orgullo y la venganza en su pecho bondadoso.

Que no hable la mujer de su debilidad. En todas las luchas de amor, en proponiéndoselo, la mujer sale de fijo vencedora. Si es vencida, de seguro es que prefiere la derrota al triunfo, y simula una defensa para dejar á salvo la responsabilidad de su honra.

Ante una mujer valiente todo hombre es cobarde.

Clara, vencedora, se reía de la derrota de Alfonso, pero al mismo tiempo en el combate habia recibido la herida dolorosa de un desengaño.

La única vez que habia creído en el amor de un hombre, habia sido miserablemente engañada. En quién creer en adelante? ¿Cómo convencerse del amor de un hombre?

Clara no era de esas hermosas que necesitan saciar su vanidad con el pasto de las declaraciones; no se complacía en esa prostitución del espíritu que exige la moneda diaria de suspiros fingidos: al contrario, esa especie de manoseo moral de las flores y alabanzas que los hombres prodigau á las mujeres frívolas, le parecía una profanación de la dignidad, y casi una ofensa por lo que tiene de pueril ó de atrevido.

La única flor, la única alabanza, la única declaración que deseaba era esta: la verdad.

Por desgracia, en el mundo la verdad anda escondida, por los rincones disfrazada con los nombres de filosofía, ciencia y franqueza, mientras que la mentira anda por calles, plazas y salones, disfrazada con los brillantes nombres de educación, galantería, etiqueta, y otros mucho más hipócritas todavía.

Clara deseaba oir la voz de la verdad; pero ¿cómo conocerla?

Esta duda la hizo escéptica en puntos de fe mundana, y se hizo sectaria de la filosofía de Santo Tomás.

Necesitaba ver para creer.

Había oido tanto!

Sumergida estaba en sus amargas meditaciones; acaso sus carcajadas se iban á trasformar en una lágrima, cuando interrumpió aquella elaboración químico-psicológica una joven alta, esbelta, blanca y rubia, fresca, linda y limpia como el oro, que entró precipitadamente en el gabinete donde Clara filosofaba.

Era Pilar, la doncella de Clara.

— Señora: ya sé todo lo que Vd. me encargó averiguar. Sé quién es el dueño del libro, y cómo y por qué le arrojó al jardín.

— Bien por tu habilidad! ¿Y cómo te has compuesto para averiguarlo?

— No he necesitado hacer nada. Hace un rato, apenas acababa de entrar el señorito Alfonso, Juan el portero me avisó diciéndome que había un joven que deseaba hablarme. Bajó al portal, y ¿quién creerá Vd. que era?

— Quién?

— El mismo que está retratado en él libro. El autor de esas poesías. ¡Qué guapo es y qué amable!

— Y te ha explicado por qué fué?...

— Calle Vd., señora: se va Vd. á asombrar cuando lo sepa. Me dijo que le hiciera el favor del libro, y que se le diera sin que Vd. supiera nada. Me lo pidió de tal modo y encargó tanto el silencio, que le pregunté la razón, y á fuerza de habilidad he logrado hacerle cantar.

— Pero por qué arrojó el libro?

— Toma! Porque está enamorado de Vd.

— Enamorado de mí!

— Enamorado es poco: está loco, señora: le he visto llorar al contarme lo que está pasando por Vd.

— Ha llorado? Y qué te ha dicho? Cuéntame.

— Calle Vd., si casi me ha hecho llorar á mí. Me ha dicho que la ventana de su cuarto cae al jardín de casa. Que desde allí la ha visto á Vd., y que hace dos años que no vive; que está adorándola á Vd. en secreto; que con un anteojo la está á Vd. mirando siempre; que todos sus versos están dedicados á Vd.; que es el hombre más desgraciado de la tierra; que aunque es caballero es pobre, y esto le imposibilita de pensar siquiera en hablar á Vd.; que moriría contento por pasar una hora al lado de Vd....

— Todo eso ha dicho? — exclamó Clara con una emoción y curiosidad simpática.

— Todo eso y otras muchas cosas que no recuerdo; pero lo decia de una manera, que se me saltaban las lágrimas. Pobrecillo! Por supuesto que me ha pedido poco menos que de rodillas que no diga á Vd. nada. Me dijo que me lo contaba porque no podia contenerse y sentia consuelo en contármelo á mi que vivo al lado de Vd.

— Y cómo fué arrojar el libro?

— Ah! A eso voy. Dice que habia oido decir por ahí que se casaba Vd. con el señorito Alfonso. Que él sabe quién es el señorito Alfonso; que le conoce de Andalucía; que es un botarate, un calavera; que está tronado y hace tiempo anda á caza de mujer rica.

Clara estaba estupefacta: sus sospechas se confirmaban.

— Me dijo, — continuó Pilar, — que la idea de que cayese Vd. en las garras de ese pillo (son sus palabras), y los celos, le cegaron de tal modo, que al verle con Vd. en el jardín cogió lo primero que encontró á mano, y cuando reflexionó en su imprudencia cayó en que habia arrojado el único ejemplar de sus poesías. Por eso ha venido á pedírmelas, con condición que Vd. no se entere de nada. Ah! Me ha dicho que el dia que sepa que Vd. se casa con ese ó cualquier hombre se pega un tiro, pues no puede vivir viéndola á Vd. en brazos de hombres incapaces de quererla á Vd. como él la quiere.

Por centenares podían contarse las apasionadas declaraciones que Clara habia escuchado indiferente é incrédula, y sin embargo las palabras de su doncella hacían vibrar como descargas eléctricas todas las fibras de su corazón. El silencio de aquel hombre que la adoraba en secreto fué para ella más elocuente y persuasivo. Su corazón y su pensamiento se reconcentraron para absorber, pesar y comprender cada una de las palabras de Pilar. Por primera vez Clara creyó escuchar la voz de la verdad, y quedó como estática. — Con que, señora, — dijo la linda doncella, — déme Vd. el libro que le está esperando.

— Está ahi?

— A la puerta.

Clara tuvo un instante de agitada meditación. Dio algunos paseos balbuceando algunas palabras, y al fin con la entereza del que adopta una suprema resolución exclamó:

— Pilar, di á ese caballero que suba.

— Señora! Entonces va á conocer que lo he contado, y me ha suplicado tanto el secreto!....

— Razón de más. Haz lo que te mando. Aquí le espero.

Pilar, apurada y arrepentida de su charlatanería, salió. Clara, inquieta, nerviosa, agobiada por una impresión desconocida, trataba de ordenar sus pensamientos y dominar su agitacion.

— Será verdad tanto amor? ¿Podré creer siquiera en el silencio? Resistirá ese hombre á la prueba? — se preguntaba llena de ansiedad.

Y después de mirarse al espejo, hizo un esfuerzo para dominar sus opuestas emociones y prepararse á otra prueba más decisiva que la anterior.

Antes habia hecho el análisis químico de la mentira.

Ahora iba á hacer el análisis de la verdad.

Su suerte pendia de aquellos dos cómico-dramáticos estudios del corazón humano.