La fontana de oro
Capítulo XXVI
Los disidentes de la Fontana

de Benito Pérez Galdós
Capítulo XXVI




Aquella mañana no ocurrió más incidente que el que hemos descrito. Lázaro subió y bajó varias veces furtivamente y con pasos de ladrón, tratando de ver a Clara; pero le fue imposible. Esperaba verla en la comida; mas también, como el día anterior, se frustraron sus deseos.

Pusiéronse a las dos los manteles, y cada cual ocupó su sitio. La mesa era para doce cubiertos: ocupó un extremo María de la Paz, teniendo a su derecha a Salomé y a su izquierda a Elías, mientras la devota estaba erigida a la derecha de su prima. Al joven le pusieron enfrente, a tanta distancia del grupo principal, que para alcanzar su ración tenía que descoyuntarse los brazos. Sirviose primero una sopa que, por lo flaca y aguda, parecía de Seminario; después siguió un macilento cocido, del cual tocaron a Lázaro hasta tres docenas de garbanzos, una hoja de col y media patata; después se repartieron unas seis onzas de carne que, en honor de la verdad, no era tan mala como escasa, y, por último, unas uvas tan arrugadas y amarillas, que era fácil creer en la existencia de un estrecho parentesco entre aquellas nobles frutas y la piel del rostro de Salomé. Terminó con esto el festín, durante el cual reinó en el comedor un silencio de refectorio, excepto cuando Elías dijo que tanta esplendidez le parecía dispendiosa, y elogió la sobriedad como fundamento de todas las virtudes.

Después se rezó un poco, y las señoras se retiraron. María de la Paz había adquirido en el periodo de la decadencia el hábito de dormir la siesta, y ya durante los últimos Agnus Dei del rezo estaba haciendo cortesías con los ojos cerrados. Lázaro subió con el mayor desconsuelo, por no haber logrado tampoco aquella vez el objeto de su constante afán. Aventurose a bajar sin ser visto de su tío, recorrió lleno de zozobra y ansiedad el pasillo; pero nada consiguió. Todo estaba cerrado y en silencio, y sin duda los habitantes de la casa estaban sumergidos en el agradable sopor de la siesta o en el letargo espiritual de la contemplación religiosa. Solamente Batilo, el melancólico perro, que había perdido los hábitos de su raza y no sabía ni ladrar, estaba paseando su hastío por el comedor, rasguñando de cuando en cuando la puerta de un armario, donde probablemente yacían los exiguos despojos de la carne servida en la mesa aquella tarde.

Subió Lázaro desesperado; pero al ver a su tío medio dormido en un sillón no pudo resistir la influencia letal que en todos sus habitantes ejercía aquella región del fastidio; preparose también a dormir, y se tendió en su cama. No habían pasado diez minutos, cuando sintió fuertes campanillazos en el piso de abajo, y después la voz de Salomé unida a otras voces de hombre, entre las cuales creyó reconocer alguna. Levantose y se asomó a la escalera.

Eran cuatro personas que le buscaban, y la dama las dirigió al piso alto con muy mal humor. El joven reconoció entre aquellos a su amigo Alfonso y al Doctrino. Estos y otros dos, que Lázaro no había visto nunca, subieron. Coletilla los había sentido en su sueño de lechuzo, y despertando súbitamente se adelantó hacia la puerta.

«¡Hola, ustedes!... -exclamó de repente; pero mudando de tono en un instante brevísimo, dijo con afectada frialdad o indiferencia-: ¿Qué se les ofrecía a ustedes?».

Como Lázaro estaba puesto de espaldas a su tío, no vio que este puso el dedo en la boca e hizo una imperceptible seña al Doctrino. Después dijo haciendo un esfuerzo para aparecer complaciente:

«Ya comprendo: ustedes venían en busca de mi sobrino».

El joven estudiante tembló al pensar cuánto irritaría a su protector verle en compañía de aquellos exaltados.

«¿Por mí?» preguntó, estrechando la mano de su amigo.

-Sí -contestó el Doctrino, que comprendió lo que debía hacer.

-Sí: veníamos por ti -dijo Alfonso-. Tenemos una reunión esta tarde y queremos que vengas a ella. Es la reunión de los disidentes de la Fontana.

Lázaro creyó que su tío se iba a poner hecho una furia al oír hablar de las reuniones de fontanistas. Pero contra lo que esperaba, le vio tan sereno como si oyera hablar de un concilio ecuménico. Tampoco tuvo la suficiente perspicacia ni la suficiente memoria para hacerse cargo de que podía haber alguna relación entre las preguntas que el fanático le había hecho la noche anterior, y la visita de aquellos amigos.

«Sí, que vaya; ve» dijo Elías.

La confusión de Lázaro aumentó; pero antes de que saliera de su estupor, Alfonso le tomó del brazo, le condujo a la escalera y poco después estaban en la calle.

Los otros dos jóvenes nos son hasta ahora desconocidos, si bien es probable que les hayamos visto en el departamento bullicioso de la Fontana, precisamente en la noche fatal en que Lázaro fue arrojado del club. El uno de ellos, nacido en Algodonales, era de los contertulios más asiduos del barbero Calleja; y no es aventurado afirmar que intervino en la cuasi-trágica escena que en el primer capítulo referimos. Se llamaba Francisco Aldama, y por ser andaluz y bastante aficionado al trato de los lidiadores de toros, se le llamaba Curro Aldama, o el Curro. Doña Teresa Burguillos, feliz consorte del barbero, era un poco torpe para la pronunciación de los nombres propios, y solía llamar Aldaba al amigo y comilitón de su esposo. Era Curro Aldama o Aldaba exaltado fontanista, de crasa ignorancia, y con aquella osadía que acompaña siempre a los necios. Se la echaba de gran patriota, y no sonaba cencerro en Madrid sin que él tomara parte en la danza.

El otro era de muy diversa condición y figura. Sus aficiones literarias le habían hecho amigo del poeta clásico que hemos conocido habitando en el Olimpo de doña Leoncia, la semidiosa de la calle de la Gorguera. Allí conoció a Alfonso Núñez, con quien trabó amistad; y bien pronto, aunque las musas le fueron propicias (se estrenó en la Cruz, con buen éxito, un sainete pastoril suyo, titulado Anfriso y Cenobia), dejó las musas por la política, escribió en El Universal y en El Labriego, charló en los clubs, y se decidió por el partido exaltado.

Tenía mucho ingenio, dotes de orador y periodista; pero muy poca instrucción y una ligereza invencible. Frecuentaba la tienda de Calleja y el club de la Cruz de Malta; pero últimamente se aseguraba que pertenecía a la tenebrosa sociedad de los Comuneros, aunque él lo negaba. Lo cierto es que en la Fontana sospechaban de él, no sabemos si con fundamento. Se decía que era de los alborotadores pagados por la reacción; hasta que una noche, viendo que se le miraba con desconfianza, y aun se le hicieron alusiones picantes, desertó para no volver. Este era Cabanillas, joven de educación y talento, a quien no se podía ver sin repugnancia alternando con hombres desalmados como Tres Pesetas, Chaleco y el Maturero, que hemos tenido el gusto de conocer al principio de esta puntual narración.

«Chico -decía Núñez-, ¿sabes que hemos reñido con los de la Fontana? El lance de la otra noche nos ha obligado a romper con esa canalla. Estamos agraviados: también a nosotros nos han querido acusar como a ti; pero hemos alzado el vuelo y estamos fuera. Vamos a formar otro club».

-Me calumniaron -exclamó Lázaro-: yo no sé qué demonio me tentó a mí para hablar aquella noche.

-Si son unos mentecatos. Nada: allí se han figurado que no hay más liberales que ellos -afirmó Núñez-; y a los que defendemos la libertad verdadera y completa, nos llaman exaltados, alborotadores, y dicen que estamos vendidos.

-Ya les arreglaremos las cuentas -dijo el Doctrino.

-Pues oye -continuó Alfonso-, nosotros vamos a fundar otro club, el verdadero club revolucionario. A esos necios de la Fontana les ha dado ahora por predicar el orden.¡Qué orden ni qué ocho cuartos! Nosotros predicaremos la violencia, porque sin violencia no hay revolución; sin extirpar los obstáculos y arrancarlos de raíz, no se puede transformar este pueblo. Nosotros vamos a predicar la democracia; vamos a proclamar la soberanía suprema, absoluta del pueblo, a combatir el trono y a señalar los que en la gran purificación que se prepara deben ser arrancados de raíz, exterminados y concluidos. Tú vendrás a nuestro club, ¿no es verdad?

-Veremos -contestó Lázaro muy preocupado.

-Nuestra idea -continuó Alfonso-, es combatir a esos republicanos tibios que van a las Cortes y a los clubs para sermonear sobre el orden y la moderación. Exterminio a esa canalla, a esos hipócritas.

-Sí -dijo el Curro-, porque si uno se deja dominar por esos tibios, se queda uno atrás; y no están los tiempos para quedarse uno atrás. Mucho tino, que el que ahora no saca algo...

Con esta conversación llegaron a la calle de la Gorguera y a la casa de doña Leoncia; subieron al cuarto del poeta, que era el punto designado para las reuniones preparatorias del naciente club. Conoceremos el cuarto del poeta con el nombre de La Fontanilla, calificación oficial con que le designaron aquellos jóvenes.

Acomodáronse como pudieron en las tres sillas y en la cama del poeta, mientras este se hallaba en el interior de la casa, al lado de doña Leoncia, poco atento a la política. El Curro se sentó junto a la mesa y mostró desde el principio gran deferencia hacia una botella que allí había, puesta sin duda por la previsora mano del poeta clásico.

«Vamos a ver -dijo Alfonso desde la presidencia, que era la cama-: a ver qué hacemos con esos liberales que nos calumnian y dicen que somos ebrios y agentes ocultos de la reacción».

-Combatirlos con razones -observó Lázaro-; demostrar que no somos agentes de la reacción. ¿Pero en qué se diferencian sus ideas de las nuestras? ¿No son ellos liberales? ¿No aman la Constitución?

-Pero la aman a medias -dijo el Doctrino-, porque no aman el verdadero sacerdocio de la revolución, que es destruir.

-Ya se ha destruido bastante -indicó Lázaro-: hagamos lo posible por llevar aunque no sea más que una piedra cada uno al gran edificio que se ha de levantar.

-Nada de eso: sin destruir es inútil pensar en edificar. Debemos señalar al pueblo cuáles son los enemigos, sus enemigos de siempre -dijo el Doctrino.

-Pues eso es lo que yo decía -afirmó Aldama, decidiéndose, después de grandes vacilaciones, a probar el contenido de la botella.

-Digo lo mismo -repitió Cabanillas-. Hoy estamos peor que antes: no hay otra diferencia sino algunas palabras más en nuestras bocas. Los ministros hablan de libertad, los diputados hablan de libertad, los de los clubs hablan de libertad; pero la libertad no se ve, no existe: es una farsa. Digo, señores, que prefiero a esta farsa los frailes de antes y el rey absoluto de antes.

-¿Pues eso qué duda tiene? -dijo Núñez-. No hemos conquistado más que unas cuantas fórmulas. ¿Y de eso quién tiene la culpa sino los liberales, que nos hablan del orden y vuelta con el orden?...

-¡Eso mismo decía yo! -exclamó el Curro, probando de nuevo la botella, que sin duda le había gustado.

-Enseñar al pueblo a pedir justicia; y si no se la dan, a hacerse justicia por sí mismo es lo que conviene -dijo el Doctrino.

-¡Cuánto han hablado esos hipócritas del hecho del cura de Tamajón, acusando al pueblo de que se hacía justicia por sí solo! ¿Pues qué había de hacer el pueblo, si veía que el Gobierno permitía la conspiración constante del Palacio real, y encarcelaba a los buenos liberales porque cantaban el Trágala?

-Es claro: lo que quieren es engañar al pueblo, infundirle miedo con su orden, y siempre con su orden...

-Mientras vivan ciertos hombres- dijo el Doctrino sombríamente-, nada adelantaremos. No conviene ahora decir quiénes son esos hombres que deben desaparecer; pero a su tiempo se nombrarán.

El Doctrino tenía algo de lúgubre, hablaba poco, y siempre con una lentitud melancólica que anunciaba en él pensamientos ocultos y un frío y siniestro cálculo que no quería dejar traslucir.

«Eso mismo digo yo» repitió Aldama, que estaba resuelto a no desairar la botella mientras tuviera dentro alguna cosa.

-Pues lo primero, señores -dijo Alfonso-, es constituirnos de cualquier modo que sea. Veremos si se encuentra un buen local donde podamos reunirnos en mayor número.

-Nos reuniremos al aire libre si es preciso. Lo que nos importa es buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado mañana nos congregaremos aquí, y yo traeré a dos o tres amigos, que es como si trajera medio Madrid. ¡Verán ustedes qué mozos!

-Pues bien, hasta pasado mañana; tú vendrás, Lázaro -dijo Alfonso-. Yo mismo iré a buscarte. Quiero que no te desanimes ni te aburras. El porvenir es para nosotros, chico. Hay que hacerse lugar, porque esto está perdido. Las ideas van en baja, y fuerza es que la juventud sea lo que debe ser: la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.

-Vendré -dijo Lázaro con poca determinación.

Levantáronse Alfonso y Cabanillas, y se despidieron. Lázaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y el Curro quedaban allí. No es aventurado conjeturar que, al quedarse solos, la botella, a que tanta afición había mostrado Aldama, estaba completamente vacía.

Cuando se vieron solos y sintieron bajar la escalera a los otros, el de la botella dijo:

«¿Cuánto te ha dado ayer el tío Coletilla?».

-Mira -dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos doblones de un bolsillo grasiento.

-¡Ah, marrajo! -exclamó Aldama, mirando con brillantes y ávidos ojos el oro-: dame siquiera una. Debo cuatro meses de casa y más de seis duros de prestado.

-Poco a poco: no hay que despilfarrar el tesoro del Rey -dijo el Doctrino, guardándose majestuosamente en el bolsillo el erario revolucionario.

-Vamos, Doctrinillo, dámela. Ya sabes que tengo apalabrado a Perico Tinieblas, el del Portillo de Gilimón, que es hombre pintado para estas cosas. Y lo que es en la Plaza de la Cebada, no hay chalán que no sea capaz de comerse al Gobierno a una orden mía.

-No: las cosas han de ir en regla. No puedo pagar sino a su tiempo: tengo esa orden. Pero no tengas cuidado que cuando esta asamblea principie a dar frutos...

-Dime: ¿y Alfonso Núñez, está en autos?...

-No, no sospecha nada. Es un inocente y un visionario. Es de los que se dejan matar por las ideas. Estos son los hombres que nos hacen falta: muchachos de talento y de buena fe que hablen al pueblo y le llenen de agitación.

-¿Y ese otro bobalicón que hemos ido a buscar hoy?

-Ese es chico listo también, pero de una inocencia angelical. Tenemos muchos de estos que son los que han de hacer la mejor parte sin costar nada. Cabanillas vale; pero ese no es tan barato: está el pobre muy mal, y hay que favorecerle. Ayer le encontré llorando en la casa; me dio mucha lástima. Él trabaja con repugnancia en nuestro asunto; pero no tiene otro remedio, porque está sin un cuarto.

-Pues mira que yo estoy también...

-Verás qué bien va a salir esto -dijo el Doctrino bajando la voz-. Y para entonces ya podemos contar con fondos. Los tiempos están malos, Currillo; y si uno no se agarra a los buenos faldones...

-Eso mismo digo yo. Pero ¿me das o no esa oncilla?

-Espérate a pasado mañana. Tengo orden de no repartir todavía.

El Curro y el Doctrino bajaron después de haberse despedido desde la puerta y a gritos del poeta clásico.

La Fontana de Oro sirvió al Rey y a la reacción más que los frailes y los facciosos, porque en ella había un cáncer que en vano trataban de cortar algunos hombres prudentes, expulsando a quien no era culpable. El cáncer de la venalidad continuó corrompiendo aquella asamblea, que no tenía un rival, sino una sucursal en la Fontanilla.