La campana de Huesca: 05

Capítulo IV
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La campana de Huesca Antonio Cánovas del Castillo


Que por ser todo esperanzas y temores entretiene y no satisface al curioso lector


Calandrias y ruiseñores
que cantáis a la alborada,
llevad nueva a mis amores
como espero aquí sentada:
La medianoche es pasada
y no viene,
sabedme si otra amada
lo detiene.


(La Celestina)


En una de las torres del alcázar había un salón como partido en dos mitades por un amplio cortinaje de seda suspendido del techo y recogido de ordinario de entrambos lados. Cada una de las dos partes del salón suntuoso tenía una decoración diferente; pero ambas de estilo románico o bizantino. Graciosas galerías de arquitos, formadas con delgadas columnas de mármol, interrumpían, lo mismo en una que en otra parte, la desnudez de los altos muros. Dos grandes ventanas, a la sazón cerradas, se abrían en los extremos del salón, que iluminaban sólo entonces tres grandes lámparas de plata. Allí se hallaban, en la noche del día que se acaba de historiar, departiendo dos mujeres, de muy diferente calidad, según mostraba el que la una, en pie, servía a la otra sobre un cojín oriental sentada.

-Asegúrote, Castana -decía la de más calidad-, que aún no he vuelto del grande asombro y pena que me causó el suceso del rey.

-Loado sea Dios, señora mía, que sano y salvo le sacó de tal peligro -respondió la otra, al tiempo que le clavaba en el cabello, para sujetárselo, uno de varios alfileres de oro con piedras rojas que tenía en la mano.

La dama, que entre tanto colocaba en uno de sus blanquísimos dedos una sortija también de oro, con un hermoso zafiro, dijo de nuevo:

-¿Hallástete presente, Castana?

-Hallábame a la sazón en la torre del Oriente, y desde allí alcancé a ver muy bien lo que acontecía.

-Dicen que fue un buen caballero quien salió al paso al caballo y supo detenerlo: así Dios le ayude a él y a todos los de su casa.

-Pues os engañaron, señora -replicó con notable calor Castana-; no fue sino un rústico, un villano, uno de esos que nombran almogávares.

-Gente fiera es, Castana; mas dígote por mi ánima que cuanto horror hube de ellos hasta ahora, he de convertirlo en amor para en adelante.

-¡Si a este hubierais visto, señora! Mozo es que no ha de contar, por mi cuenta, los veinticinco años; alto, membrudo y ágil a maravilla, ojizarzo, pelinegro, trigueño en la color, mas en labios y mejillas matizada con purísimos carmines. ¡Si le hubierais visto, señora! Él, con su tosco traje, oscurecía a los más apuestos galanes de la corte; y cierto que, a calzar espuela de oro, no se la hubiera aventajado uno sólo de los justadores que esta tarde han entrado en la liza.

-Muy bien le miraste, Castana; que hartas señas das para visto de paso.

Castana se sonrojó al oír estas palabras, y por breve rato guardó silencio; cosa fácil entonces que atendía a ajustar al cabello de su señora un aro de oro con primorosas labores bizantinas y algunas piedras incrustadas de diversos colores. Corona de reina, sin duda, probablemente conservada desde el tiempo de los godos en la montaña; al ponérsela ahora la dama de quien tratamos, bien a las claras mostraba cuál fuese su clase y categoría. Luego, variando de intento de conservación, habló de esta manera Castana:

-¿Pondreisos ahora el collar de piedras blancas y azules bendecido por el Padre Santo, que os dio en arras mi señor el rey el día de las bodas? Grande es el broche y todo de oro. ¿Es cierto, señora, que hay dentro de él madera de aquella en que clavaron a Nuestro Señor Jesucristo?

-Sin duda alguna, Castana; y perlas y zafiros finos con las piedras; mas tráele pronto sin más discursos, que el tiempo pasa y es hora de acudir al sarao.

-Aquí está, señora. Tomad también este luengo manto de hilos de seda y oro con figuras de pájaros y flores, que dicen que es de tierra de moros. ¿Llevaréis allá hoy también la manteleta de armiño?

-Qué pregunta, Castana; quizá a presentarme en el sarao sin ellos no me conocerían por quien soy -respondió sonriendo la reina.

-¡Qué hermosa estáis!

Así exclamó, por último, Castana al ver en pie a su señora; la cual, puesto ya el manto, se miró un momento con indiferencia en un pequeño espejo de plata, quizá romano, que mal y pálidamente podía contener y reflejar su rostro sólo. Luego, poniéndole en manos de Castana, echó a andar hacia la puerta de la sala.

Pero antes de traspasar su umbral volvió la cabeza un punto la hermosa, y teniendo un tanto el paso, le dijo a la doncella:

-Por tu vida, Castana, respóndeme sin lisonja alguna a lo que quiero preguntarte. ¿Cómo me hallas esta noche? ¿No se me reconoce el susto pasado en el rostro? ¿Me va bien el tocado que me has hecho?

Tiempos amargos para las mujeres aquellos pobres y desnudos, en que vivían sin el moderno confidente de sus deseos, el cómplice de sus flaquezas, el íntimo amigo de sus encantos, el grande y verídico espejo de estirpe veneciana de nuestros días; mal reemplazado allí por uno metálico, de escaso brillo y redondo, que no bastaba a copiar de cuerpo entero a mujer alguna. Por no tener suficiente espejo, aquella mujer tan ansiosa por brillar y agradar, como francesa que era, pero tan ilustre por su nacimiento, puesto que venía de la ya antiquísima casa de los condes de Poitiers; tan orgullosa con ser reina, y nada menos que reina de Aragón, aquella doña Inés, en fin, de todos admirada y servida de todos, se prestaba a pedir así una frase halagüeña a una de las pobres doncellas de su servidumbre.

¡Oh! ¿Qué sería hoy de la más modesta de nuestras damas si no tuviera un espejo, un verdadero espejo, y hubiera de ignorar los íntimos secretos de su belleza, y no pudiera medir y contrastar el poder misterioso de sus atractivos? Dolor da de pensarlo. Porque cuanto hay por el mundo cambiar suele, menos el deseo de parecer bien en las mujeres. Todo en tal punto era en ella, hace siete siglos, como es hoy, ni más ni menos. No hay más sino perdonarle su flaqueza a doña Inés, por tanto. Juntamente salió ella al fin de la cámara regia con Castana; pero no entró con ella, sino con otras muchas que ya la esperaban para eso en el soberbio salón donde tenía lugar el sarao a que, en final honra y solemnidad del día, asistía la corte.

Castana, en tanto, no bien fio el cuidado y compañía de doña Inés a aquellas otras altivas damas y cortesanas, harto menos fieles que ella, corrió a su aposento, situado no lejos de la regia cámara. Allí la aguardaba ya un pajecillo vivo y alegre y retozón como sus años, que apenas le dejaban llegar a la adolescencia.

-Buenas noches, señora Castana -dijo al verla-, buenas noches. A fe que me habéis hecho correr más que un ciervo de los que levantan los lebreles del rey en la sierra de Guara. ¿Ni qué ciervo o lebrel pudiera compararse con ese endiablado de almogávar? No le perdone Dios lo que me ha hecho andar tras él todo el día vagando de acá para allá y sin descansar en ninguna parte. Él no come ni bebe, a lo que parece, ni a mí me ha dado tiempo para hacerlo. Y a Dios gracias que he tropezado con unos barquillos y algunas suplicaciones y confites en vuestras alacenas escondidos; y que mosén Blas, el sacristán de San Pedro, me ofreció al pasar por su puerta un buen trago de agua, que de otro modo hasta me habría faltado saliva en la lengua para daros noticia de mi encargo. ¡Oh perro, y bergante, y bárbaro de almogávar!...

Llevaba trazas de ir adelante, cuando Castana, tomándole la diestra oreja en una mano, comenzó a hacerle unas a modo de caricias, que a él no debieron de parecerle tales, según el grito que se escapó de sus labios, impidiéndole acabar la oración. Mientras se llevaba las manos a la oreja maltratada, poniéndosela a guisa de escudo, dio tiempo a Castana para decirle:

-Silencio, Ruderico, no hables mal de los que sirven al rey como tú no sabrás servirle en la vida. Si corriste tanto tras él, culpa fue tuya; que para decirle que una doncella de la reina quería hablarle, y dónde y cómo, maldito el tiempo que se necesitaba. ¿Por qué no le paraste de buenas a primeras y le dijiste mi encargo, sin más andanzas ni requilorios?

-¡Qué es decir! -exclamó el pajecillo sin apartar las manos de la dolorida oreja, pero con el mismo buen humor y soltura que al principio...- ¡qué es decir! El bárbaro..., digo, señora Castana, ese honrado de almogávar, no es para tomado de buenas a primeras, ni para hablado de burlas, como pretendéis. He ido todo el día detrás de él a ver si se sonreía, para embestirle y ¡zas!, echarle encima todo vuestro recado, y no he podido lograrlo hasta poco ha, entre dos luces. Cogí la ocasión por los cabellos, y adelantándome a él valerosamente, sin reparar en su feo gesto y apostura..., le dije...

Un nuevo grito del rapaz, y el ver que rápidamente se tapaba con la mano izquierda la oreja sana, puso, tan claro como la luz que acababa de recibir ella caricias, no menos amargas que las que había disfrutado poco antes su compañera.

-Cuenta, cuenta -exclamó ya entre veras y burlas-; cuenta con impacientarme, que nada tengo de cobarde, y tal como me veis, sé medirme con cualquiera de mi edad y más grande. Queden en dos los tirones, que no soy perro para andar desorejado, ni son para tanto las golosinas y los sueldos con que acudís a contentarme. Y en verdad, que si ahora me dieseis diez sueldos, no vendrían de más para la carrera que he tomado y el miedo que he vencido, y estos tirones recibidos, que más que de mano de doncella, pudieran ser de mano de... almogávar.

-Eso te perdono yo, Ruderico, de buen grado -replicó Castana-. Y los sueldos no serán diez, sino quince, con tal que del almogávar no hables mal, que ha servido muy bien al rey.

-Al rey, al rey -dijo el muchacho-. No soy tonto, señora Castana, y apostaría los quince sueldos que me debéis a que no es el servicio del rey lo que os mueve a darle una cita...

-¡Rapaz! -exclamó Castana poniéndose como un ascua-. Di la respuesta y calla, y serán cinco más los sueldos prometidos.

-Que me place -dijo Ruderico alegremente-. Antes os ha de cansar a vos el dar, que a mí el tomar, que todo lo necesito para mi honrado apetito y comodidades. Pues la respuesta fue como suya; no vi hombre tan extraño en la vida, con ser tan extraños los de su laya, y andar poblado de ellos medio reino.

-Acaba, acaba -dijo confusa la doncella.

-Acabaré -continuó el pajecillo- diciéndoos que con mal talante y peor sonido de voz, me respondió, no sin vacilar por un momento:

-Dile a esa doncella de que me hablas que no conozco a ninguna de las de su linaje y alcurnia, ni me fío de ellas, ni de ellas quiero saber cosa alguna. Pero que si para algo necesita de mi brazo, bien sé yo lo que se debe a las mujeres, y que no es de valerosos ánimos desatender sus ruegos; de modo que no faltaré, aunque me pese, al sitio y hora que dices.

Castana, entre avergonzada y alegre, no acertó a responder palabra. Sacó del pecho algunas monedas de puro cobre, y dijo:

-Toma, rapaz, toma los sueldos ofrecidos y vete, que aún he de andar cerca de mi señora hasta la hora de la cita.

Y diciendo esto se alejó presurosamente.

Lleno estaba en tanto el anchuroso salón del sarao de cuantas damas de alta alcurnia y grandes caballeros había en Aragón y en los vecinos condados de Francia.

Hablábase aquí y allá de los juegos y justas en que los caballeros habían empleado la tarde, y celebrábase tal golpe, tal suerte, tal hecho de destreza, loando a los unos por rebajar a los otros, que es lo menos que dicta la humana malignidad en semejantes ocasiones. Ni faltaba quien, olvidando los respetos del lugar, hablase y riese del suceso del rey, aunque sólo en puridad y voz baja. Pero cuando entró la reina en el salón, ya no se pensó en otra cosa que en la danza.

Y es de ver cómo el cronista mozárabe, puesto que viejo y devoto, habla de las hermosas damas que allí se hallaron, y lo vistoso de sus tocados y prendidos, lo rico de sus trajes, lo amable de sus conversaciones, lo ardiente y provocativo de sus ademanes, ora al hablar, ora al danzar, ya cuando inclinaban la cabeza hacia los labios de algún doncel por traer mejor al oído los dulces requiebros, ya cuando ceñían con sus blancos y flexibles brazos de leche y sangre (que el cronista, aunque tan anterior a Góngora, como era de tierra española, sabía bien usar tales conceptos); cuando ceñían, digo, la cintura del galán amante, dejándose ir en pos de las fantasías que forjan los sentidos, al son de los músicos instrumentos, al reflejo de las antorchas, al contacto de un pecho palpitante, al aliento de una boca enamorada.

Mas el interés de esta historia verídica llama nuestra atención a otro objeto, y es fuerza que descarguemos aquí de tales incidentes el puntual relato del cronista, por más que nuestro corazón, no tan viejo como el suyo, se deleite con tales descripciones.

Ello es que había, entre tantos corazones como allí gozaban, uno que en silencio gemía; uno, el que por más feliz contaban todos sin duda, el de la reina doña Inés. Y ¿qué tiene de extraño que tal se hallase la reina? Era mujer y sensible, y estaba recién casada, y amaba mucho a su esposo. Y no le vio al entrar en el sarao, y pasaban horas y horas, y no venía, y por más que le buscaban por el alcázar y por toda Huesca, nadie daba razón de su persona, con ser tan conocida de todos. Y los fieles servidores, aquí y allá enviados, iban volviendo, uno por uno y diciendo a la par a su señora:

-¡No está! ¡No está el rey! ¡No se sabe qué ha sido de él!

Largas horas transcurrieron sin que la corte notase aquel extraño caso; los unos explicaban tal ausencia por lo extravagante del carácter de don Ramiro; los otros ni siquiera reparaban en ella, que tan poca cuenta tenían con su persona. Y aun por eso la falta del rey no disminuyó en lo más pequeño el general regocijo.

Mientras dentro del alcázar toda era música y danza y galanteo, tañían a vuelo todas sus campanas, así la nobilísima iglesia de San Pedro el Viejo (que a fuer de mozárabe y de los antiguos que en tiempo de moros allí asistían a misa, no acertó el cronista a contarla en otro lugar que el primero), como la catedral y los demás templos y ermitas que en el recinto de la ciudad y en las vecinas campiñas habían levantado, en los breves años transcurridos desde la conquista, los piadosos aragoneses.

Y si de día los mal disfrazados ajimeces o las nuevas rejas de los cristianos se miraron adornadas con telas y flores, de noche resplandecían con millares de luces puestas en vasos de muy diversos colores, que, ora formaban anillos de enroscadas serpientes, ora semejaban frondosos árboles de fuego y mágicas flores, ora encantados castillos, como aquellos que el vulgo de la época fabricaba en su fantasía, poblándolos de afligidas damas y de alados dragones y vestiglos. Regocijo con que los honrados oscenses gustosísimamente se prestaron a celebrar la coronación y jura de don Ramiro, no bien oyeron el bando de los jurados de la ciudad, donde eran amenazados con graves penas los que se mostrasen tristes en ocasión tan para risa y contento.

Pero unas tras otras las horas de aquella noche alegre fueron pasando, aun más de prisa que pasan ordinariamente; que eso quiere Dios para que no haya aquí abajo completos placeres. Comenzaron, a apagarse las luminarias, quedaron desiertas las calles, y dentro del alcázar la concurrencia fue disminuyendo insensiblemente, y callando la música, y muriendo las danzas.

En aquel punto fue cuando cundió la inopinada ausencia de don Ramiro y comenzaron a formarse sobre ella extraños comentarios, abriéndose fácil camino las más absurdas versiones.

Importunada de todos, unos porque le preguntaban y otros porque no, trémula y casi llorosa, retirose del salón doña Inés, marchitas ya sus galas, demudado el dulce color de sus mejillas.

Y la concurrencia, no sin vagar algún tiempo todavía por los anchos corredores y salas del alcázar, hablando y murmurando, desapareció para entregarse tranquilamente al sueño.

No fue antes, sin embargo, que el viejo Férriz de Lizana y el valeroso Roldán pudieran consultar uno con otro sus pensamientos.

Encaminábanse a paso corto a la puerta principal del salón, medio vacío ya de gente y lleno de calor, de aromas, de flores perdidas en la agitación de las danzas. Lizana venía por un lado, Roldán por otro; y al punto de cruzar la puerta, los dos se miraron, y reconociéndose, a un tiempo llegaron a hablarse. Roldán fue quien comenzó el diálogo, diciendo en voz baja:

-Loado sea Dios, mi docto amigo, que hallo quien pueda explicarme este suceso. ¿Dónde está? ¿A qué ha ido? ¿Qué pretende hacer el buen Cogulla? No calléis nada de cuanto se os alcance, que hombre tenéis en mí de quien se puede fiar cualquier secreto.

-El caso es que nada se me alcanza en eso - contestó gravemente Lizana.

-Pues juro a Dios, Lizana, que si vos no sabéis de ello, dudo ya que algo sepa el mismo rey don Ramiro.

-Dígoos que yo no sé nada; y él..., él sabe demasiado, a lo que pienso.

-Por las barbas de mi padre, y las de los doce pares, y las de Carlomagno mismo, y todas las barbas de este mundo y el otro, ¿nos habremos dejado sorprender de un fraile mentecato? ¿Sabéis que, según lo que os oigo de oscuro y siniestro, estoy por creer que es hora de poner a salvo nuestras cabezas, antes que de pensar en el gobierno del reino que teníamos en las manos? Voto al santo del Alcoraz, Lizana, que...

-No hay juramentos que valgan, Roldán amigo. Sospecho de enemigos harto más temibles que el rey, y aun más que todos los buenos caballeros por quien juráis, sin exceptuar el mismo Carlomagno. La clerecía y gente de iglesia comienza a ponérsenos de malas, y los hay en ella más agudos que vuestra buena lanza, más invulnerables que la armadura misma de vuestro abuelo, más diestros que los flecheros de Fez y los honderos mallorquines, que tantas veces os han abollado en vano el almete.

-Estaba en que teníamos de nuestra parte al buen abad de Mont-Aragón y al de...

-Pues no hay que precipitar los juicios, Roldán. También creíamos tener con nosotros a aquel condenado abad de San Pons, ya difunto, y aun por eso vos y yo, y otros caballeros, hicimos cuantiosos dones a su iglesia. Mas no le estorbaron nuestros dones para que procurase nuestra perdición muy santamente.

-¿Eso hizo, Lizana?

-Eso, y no hay más sino que yo he visto con mis propios ojos el documento que lo reza.

-Pero ¿qué tenía que ver con nosotros el vicio cogulla de Tomeras? Ni esta era su tierra, ni nosotros éramos sus feligreses, ni él desde Francia y nosotros desde Aragón podíamos hacer más que querernos o aborrecernos sin fruto; ni malo ni bueno, ni sabroso ni amargo.

-Os engañáis, Roldán. Cuando aconsejé a los ricoshombres del reino que procurasen tener contento al abad, dando de por mí el ejemplo de regalarle una hermosa lámpara de bronce...

-De plata era la mía -dijo a esto Roldán.

-Siempre fuisteis pródigo -repuso Lizana-, y tengo predicho que habéis de morir sin hacienda.

Iba a replicar Roldán, cuando Lizana, sin dejarle pronunciar palabra, continuó de este modo:

-Poco importa eso, valeroso amigo mío, y ojalá que mayores cosas no hubieran de ocuparnos. El caso es, digo, que cuando yo quería ganar con dádivas y sumisiones al abad de San Pons, sabía bien que desde Tomeras y todo podía hacernos alguna mala partida.

-Decís que habéis visto documentos.

-He visto un pergamino que, muy bien sellado, envió pocos días antes de su muerte al rey. Así como supe que había llegado un lego con él, me apresuré a derramar en las palmas de las manos de cierto pajecillo hábil suficiente número de monedas de plata, para que no tuviera inconveniente en robárselo a su señor por un momento y traerlo a que lo viese y estudiase sus letras.

-Bienaventurado vos, Lizana, que sabéis leer, y doblemente bienaventurados nosotros que tenemos en vos tal y tan sagaz adalid. Ya veo que no es posible que el Cogulla nos haya sorprendido.

-Amén -respondió Lizana, no sin menear la cabeza y los labios, como hombre que tiene más confianza en sí propio que en los sucesos.

-Bien recordaréis lo que decía el pergamino.

-Decía que era preciso cortar nuestras cabezas, como los tallos viciosos del huerto se cortan para que no impidan la fecundidad y lozanía de las plantas.

-¡Diablo! -exclamó Roldán-. ¿Cómo pudisteis leer todo eso con paciencia? A ser yo, habría deshecho con mi daga el pergamino y el consejo.

-Pues yo, que no gusto de obras inútiles, leí y callé; mas desde entonces, a pesar de la oportuna muerte del abad, no he perdido al rey de vista un momento. Y he aquí por qué hoy temo; temo, Roldán amigo, alguna cosa grave, por más que no acierte a dar con ella.

-Ahora veo yo que es más arduo el caso de lo que pensaba. Pero, en verdad, ¿creéis que el rey encuentre algún apoyo para ejecutar el consejo del difunto? ¿Pensáis que él ya lo recuerde siquiera? ¿Habrá en Aragón alguna lanza que ose medirse con la vuestra, Lizana? ¿Osaría el rey averiguarlo, si por acaso la hubiese?

-No discurráis así, Roldán; pensemos antes que en fieros, en el modo de vencer a nuestros enemigos, porque no hay que dudar que los tenemos. Es preciso poner de nuestra parte a los clérigos; atraernos, cueste lo que cueste, al abad de Mont-Aragón, que, por más cercano, es hoy el que más y más funesto influjo pudiera ejercer en el rey.

Y acabando de decir estas palabras, salieron ambos caballeros del alcázar, no sin haber cruzado los pasadizos y bajado las escaleras tan lentamente como se necesitaba para que llegasen hasta allí con este diálogo.


La campana de Huesca de Antonio Cánovas del Castillo

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