La Tigra: 04


Cuadro SegundoEditar

(Telón corto de calle. Fachada del cafetín y una parte de la calle 25 de Mayo. Un organillo ejecuta «Caballería». Van desfilando los habitués de los cantantes del barrio. Un anciano muy arrebujado, un señor con mucha prisa, dos jóvenes que se detienen en mitad de la calle a llamar a los compañeros retardados, una pareja amartelada; el ejército representado por tres conscriptos que marchan a paso militar, cuatro o cinco chicos muertos de frío entre los que se cruza un diálogo, una camarera molestada con chistes, un j oven y los papanatas de costumbre, que ni van ni vienen, pero que aguantan el frío en la acera a la pesca de algún acontecimiento. Terminado el desfile, sale del café el SEÑOR HESPERIDINA. EL LUNFARDO, que debe estar entre los papanatas, hace cola en el acto).


Escena IEditar

Dichos.


DOS JÓVENES. -(Llamando.) ¡Eh! ¡Tío! ¡Tío! ¡Che! ¡Apúrense, que se va el tranvía!

UN CHICO. -(A los otros.) ¡Qué linda, cuando salió casi desnuda!

OTRO. -¡No seas zonzo, desnuda no; es un traje así!

VARIOS. -(A la camarera.) ¡Chist! ¡Chist!

LUNFARDO. -(Al SEÑOR HESPERIDINA.) Dispense, señor, ¿no quiere comprar un anillo de oro, con un brillante? Cosa muy fina.

HESPERIDINA. -No, señor.

LUNFARDO. -Véalo, señor. Es una pichincha. Vale como doscientos pesos, y se lo dejo hasta en quince.

HESPERIDINA. -No; no necesito.

LUNFARDO. -Véalo. Nada le cuesta y puede hacerme un servicio.

HESPERIDINA. -Bueno, lo veré.

LUNFARDO. -Mírelo así con un poco de disimulo, porque, le voy a decir la verdad: es robado.

HESPERIDINA. -¿Cómo?

LUNFARDO. -Por eso se lo doy a ese precio. Si lo llevo a una casa de comercio, pueden sospechar y... Vea: se lo daría en diez pesos. Vale doscientos, cuando menos.

HESPERIDINA. -Bueno. Tome los diez y váyase ligero. (Se aleja a toda prisa.)

LUNFARDO. -¡Diez mangos! ¡No vale ni dos!