La Tigra: 02


Cuadro PrimeroEditar

Un cafetín servido por camareras. Pequeño escenario, al foro. A la derecha la estantería con botellas y el mostrador respectivo. EL REGENTE lava copas y despacha a medida que las camareras lo van pidiendo. Ocupan una mesa, Tomás EL RUBIO, el Inglés, JORGE y RAFAEL. Jóvenes criollos atendidos por HAYDÉE SUÁREZ, una de las camareras. En otra ESPERANZA la madrileña, cantará en traje de carácter, entreteniendo a dos o tres parroquianos españoles. Más allá cuatro MARINEROS INGLESES acaban de emborracharse. En una cuarta mesa un pobre diablo despunta un sueño ante una taza de café. LUIS con LA TIGRA, departen en una de primer término bebiendo cerveza él y té la camarera, y cerca de ellos el anciano SEÑOR HESPERIDINA, que no tendrá otra ocupación que la de comerse con los ojos a las camareras o interrumpir los diálogos expresivos en que éstas intervengan. Al alzarse el telón comienza la tercera parte del concierto. El pianista termina su sinfonía. Silencio en el auditorio. Uno de los MARINEROS se alza a duras penas gritando «¡hurra!», dando dos o tres palmadas, y se deja caer pesadamente. Descorrido el pequeño telón aparece el tenor, un fulano gordo, que después de entregar la partitura al maestro, con un vozarrón espantoso, anuncia: «'Generada' de Iris, maestro Mascagni», y arremete cantando «Apri la tua finestra», etc., etc. A los pocos compases se la arman.


Escena IEditar

EL RUBIO. -(Ladrando.) ¡Guau! ¡guau! ¡guau!

UNA VOZ. -¡Que se calle!

OTRA VOZ. -¡Fuera! ¡Zanguango!

OTRA VOZ. -¡Miau! ¡miau!...

JORGE. -¡Qué baile! (El fulano quiere seguir y le molestan con silbidos e improperios. Entonces, sonriente, saludando, retira su partitura y se dispone a irse.)

VOCES. -¡No! ¡No! ¡Que baile! ¡Que baile!... (Nuevo saludo y mutis. Aplausos estrepitosos y pedidos de bis durante unos instantes. El pobre hombre reaparece.)

JORGE. -¡Que cante el Chiribiribí!

CORO. -¡Chiribiribí! ¡Chiribiribí! (Creyendo satisfacer al auditorio, hace una seña al maestro. Silencio.)

MARINERO 1º. -(Apenas le oye cantar, alzándose y avanzando tambaleante.) ¡Ah!... ¡Ay!... ¡Moqueres!... (Quiere cantar MOQUERES. Coro de maullidos y ladridos. El cantor huye.)

CORO. -¡Miau! ¡Miau! ¡Miau!

HAYDÉE. -(Aproximándose al grupo de criollos.) ¡Jesús, muchachos! ¡Ni que estuviesen en el jardín zoológico!..

EL RUBIO. -Vení, madrileña; sentate un rato con nosotros. Pasale esa silla al inglés.

HAYDÉE. -Tendréis que aguardar. El señor me ha llamado. (Por el SEÑOR HESPERIDINA.)

EL RUBIO. -Che: dale recuerdos de mi parte para los nietos. (Risas en el grupo.)

LA TIGRA. -Dicen que ha cantado en óperas.

LUIS. -Corista, seguramente.

LA TIGRA. -Cualquier cosa. Lo cierto es que tiene que mantener a sus hijos y viene aquí a ganarse un peso y una silbatina por noche. Tú has visto a los muchachos. Se quedan hasta la última parte, sólo para armarle un bochinche al pobre infeliz.

LUIS. -Vaya un gusto.

LA TIGRA. -Es uno de los atractivos de la casa. Cuando el patrón no lo ha despedido, es porque le da resultado.

LUIS. -¡Qué barbaridad!

LA TIGRA. -¡Bah! ¡Así es el mundo, hijito! Quién sabe si mañana no me veo en el mismo caso.

LUIS. -A ti no te silban. Te lo aseguro.

LA TIGRA. -Si no me arman bochinche es porque todavía no estoy muy vieja y la muchachada me conserva un poco de cariño. Pero veremos más adelante. Por lo pronto, el hecho de haberme puesto a cantar, te prueba mi decadencia.

LUIS. -No, Tigra. No digas zonceras.

LA TIGRA. -Sí, hijito, sí. ¿Crees que no me conozco?

LUIS. -¿Y por qué cantas, si no te gusta?

LA TIGRA. -Porque voy para vieja, nada más. Pregúntame por qué, yo que he sido, puede decirse, la fundadora de estas casas en Buenos Aires y que he tenido las mesas principales a mi cargo, con clientela hecha y un platal de propinas... ¿Por qué me veo hoy metida en este cafetín indecente?

LUIS. -Por tu carácter; porque no quieres.

LA TIGRA. -¿Por qué no quiero? Porque no sirvo. De aquí a un cafetín de la Boca, y de allí...

LUIS. -No veo la necesidad de la escala. Con cambiar de vida...

LA TIGRA. -¿Y qué quieres que haga? ¿Meterme de monja? Cada uno en su oficio. Tú, albañil, no te vas a poner de relojero, cuando los achaques no te permitan trepar al andamio.

LUIS. -No es el mismo caso.

LA TIGRA. -¡El mismo, el mismo, el mismo! Vez pasada, cuando salí del «Cosmopolita», me fui a ver a esa señora amiga, la que cuida a mi nena, resuelta a ponerme a trabajar en costuras. ¡Que si quieres! A los quince días no pude aguantar más. Me faltaba algo; no sé qué, pero algo esencial como el respirar o el comer. Empleaba horas enteras para hacer una costurita de nada, pensando y pensando...

LUIS. -¿En qué?...

LA TIGRA. -¡Qué sé yo! No podía explicarme. En todo este ruido; en las compañeras, en la muchachada, en los borrachos, en los escándalos, en la policía, en mi pasado, en fin.

LUIS. -¿Y no te dabas cuenta de que aquella vida era mejor?

LA TIGRA. -¿Mejor? ¿Por qué? Vamos a ver. ¿Por qué, si no estaba a gusto?

LUIS. -Te habrías habituado...

LA TIGRA. -¿Y mientras tanto? Pensando eso y pensando que todavía no estoy tan venida a menos que no pueda tirar algunos añitos, me dije entonces: «A la que te criaste»; y aquí me tienes, dispuesta a pelear hasta que me jubilen por vieja y fea, y eso, aunque rabien todas esas, ha de tardar.

LUIS. -Eres muy inteligente, Tigra. La disculpa es hábil, pero no me convences.

LA TIGRA. -¿Disculpa?... ¿Yo disculparme?...

LUIS. -¿No habrá sido el fulano ese... lo que te hizo volver?

LA TIGRA. -¡Inocente! ¿Lo piensas realmente, o hablan los celos? ¿Crees que a esta altura de mi vida, y con todo lo que he vivido, haya hombre capaz de hacerme cometer zonceras?

LUIS. -Yo no te ofrezco eso, y sin embargo...

LA TIGRA. -Me lo ofreces.

LUIS. -Muchas gracias.

LA TIGRA. -Haces bien en dármelas, te lo aseguro.

LUIS. -Dime. ¿Quieres que te acompañe esta noche y continuamos la discusión en tu casa?

LA TIGRA. -No.

LUIS. -¿Por qué, Tigra?

LA TIGRA. -Ya te lo he dicho, hijito... Si no quieres de mi más que eso, quedas en libertad de no volver, o de cambiar de mesa. Lo sentiría mucho, porque te he tomado cariño, y me gusta conversar contigo, pero te repito que entre los dos no habrá más que amistad, mucha, mucha amistad. Toda la que tú quieras.

EL RUBIO. -¡Tigra! ¡Tigra! ¿Qué te ha hecho ese señor? ¿Déjalo descansar?

LUIS. -¡Idiotas!

LA TIGRA. -¿Qué? ¿Piensas enojarte? Déjalos.

LUIS. -Es que...

LA TIGRA. -No seas zonzo. (Al grupo.) ¿Qué hay?

JORGE. -Escuchá un momento. Vení.

LA TIGRA. -¿Qué quieres? (Aproximándose.)

JORGE. -¿Lo has tomado por horas a ése?

HAYDÉE. -No, che. Es de remis. Hace dos meses que lo tiene.

EL RUBIO. -¿Estás suscrita al P. B. T., entonces? Sentate y pedí algo.

LA TIGRA. -Gracias. No acostumbro, como algunas, a ponerme curda.

HAYDÉE. -¿Hablás por mí, che?

LA TIGRA. -No; por el Papa. ¿Nada más se les ofrece?

EL RUBIO. -Sentate, mujer.

LA TIGRA. -(Con mal modo.) Tengo que hacer. (Ademán de alejarse.)

HESPERIDINA. -¡Chist! ¡Chist!

HAYDÉE. -¡Tigra! ¡Tigra!

LA TIGRA. -(Volviéndose.) Me parece que tengo un nombre. Todo el mundo se va creyendo con derecho a manosearme. Todavía no he descendido tanto, ¿me oyen?

HAYDÉE. -¡Qué mal humor! Hija, perdona.

LA TIGRA. -Es que me tienen harta y me van a obligar a que muestre las uñas.

HAYDÉE. -Bueno, bueno. No es para tanto, mujer.

LA TIGRA. -Está bien. ¿Qué desea?

HESPERIDINA. -Sírvale lo que ella pida.

HAYDÉE. -Una cañita de Jerez.

LA TIGRA. -Y usted ¿otra hesperidina?

HAYDÉE. -¡Jesú! No beba usted eso. Tenemos un jerecillo... un «Tío Pepe» que da calor: pruébelo usted.

HESPERIDINA. -Bueno, hija; por acompañarte, tomaré ese jerecillo.


(LA TIGRA se va al mostrador.)

EL RUBIO. -Contá, mujer, contá.

EL GRUPO. -¡Que cuente! ¡Que largue el rollo! ¡Sí sí!

JORGE. -Toma otro pipermint (Sirve a HAYDÉE)

HAYDÉE. -(Después de beber.) No. Historia no es. Lo que pasa es que me tiene rabia porque lo mejor de la concurrencia se viene a mis mesas. Y es natural, ¿no te parece? Se han creído que porque son camareras viejas, van a ser dueñas de la casa toda la vida. Se les pasó el tiempo, ¿no te parece? Y, además, es hora ya de que se les vaya dejando lugar a las criollas, que valemos tanto como ellas o más que cualquier gallega vieja aquerenciada.

EL RUBIO. -Claro que sí. ¿Qué edad tenés vos?

HAYDÉE. -¿Yo? Veintiuno, mijito, cumplidos el mes pasado.

JORGE. -¿Oro?

HAYDÉE. -¡Y cómo te va! (Con intención, viendo a LA TIGRA, que pasa.) No soy de esas que se sacan los años, sin fijarse en que las arrugas y el sebo les están vendiendo.

EL RUBIO. -¿De modo, che, que la Tigra está hecha una misiadura y nadie le lleva el apunte?

HAYDÉE. -Una misiadura... Despacha café a los cocheros. Fíjense en la clientela; miren las mesas: el atorrante aquel que se viene a echar un sueñito: míster Hesperidina y el purrete ese que todas las noches le da la lata, enamorao en serio, che.

EL RUBIO. -¿Qué me cuentas?

HAYDÉE. -Y gracias que cante esas vidalitas y esos estilos, ¡fíjense! ¡Una gallega cantando aires criollos!...

JORGE. -No canta muy mal.

HAYDÉE. -¡Amalaya tuviera voz yo! ¡Verían! ¡Se los enseñaba al tipo ése que anda con ella!

EL RUBIO. -¡Qué peine!

HAYDÉE. -¡Es una piedra!..

LA TIGRA. -(Sentándose junto a LUIS.) ¡Uff!... Estoy esta noche con unos nervios que... que puede que no acabe bien la fiesta.

LUIS. -¿Porque te miran tanto?... Tráeme un whisky a mí y para ti cognac o alguna otra cosa.

LA TIGRA. -Bebe cerveza. ¡Qué empeño en entreverar! El whisky te hace mal.

LUIS. -Es que yo también ando mal de los nervios esta noche.

LA TIGRA. -No, mi chiquín. Cuidado, ¿eh?

MARINERO 1º. -(Chilla en inglés algunas cosas de las que sólo se entienden las palabras: Mósica. Mósica. Los compañeros le hacen coro aplaudiendo: ladridos y maullidos en la mesa de los criollos; el MARINERO 1º, se vuelve hacia ellos y les dice algunas frases incomprensibles, que han de ser muy graciosas a juzgar por las carcajadas de sus compañeros.)

EL RUBIO. -¡Tu abuelita, por las dudas!

HAYDÉE. -No se metan, muchachos.

EL RUBIO. -No; los estamos gozando no más... ¿Son ingleses!...

EL REGENTE. -Señora Esperanza: al escenario.

ESPERANZA. -¡Jesús! Es usted tan entretenido, que me había hecho olvidar de mi número.

HAYDÉE. -Choque usted. ¡Salud!

HESPERIDINA. -Vaya usted; vaya usted no más. Lo que siento es no tener flores para tírarle ¡Ah! no se olvide de cantar aquellos versitos del reloj que marca bien la hora, ¿eh?

ESPERANZA. -¡Vaya con el abuelo! Dedicaos a su señoría, voy a cantarlos. (Pasa por entre las mesas, aclamada, y desaparece por la puertita lateral y reaparece en el escenario con una guitarra. Aplausos.)

VOCES. -¡Olé, salerosa! ¡Cuerpo bueno! ¡Viva tu mare! (Canta malagueñas, seguidillas o cualquier otro aire español. Ovaciones. Uno de los MARINEROS INGLESES, en el colmo de su entusiasmo, se pone a bailar grotescamente, dando palmadas y gritando.)

MARINERO 1º. -¡Olé! ¡Olé! (Algarabía. Los compañeros le sientan, evitando que se caiga. La HAYDÉE canta unos couplets picarescos, lo más verdes que sea posible, y terminando su número, baja a sentarse a la mesa de los españoles, que la reciben alborozados, ofreciéndole copas. Durante el canto, la conversación de LUIS y LA TIGRA ha sido animadísima.)