La Alpujarra:39

La Alpujarra
Sexta parte: Capítulo 4
 de Pedro Antonio de Alarcón



- IV - En Sierra Nevada.- Vislumbres de África.- Las tinieblas.- MiserereEditar

¡Ah! Dejadme, deseos y cuidados...
dejadme que tranquilo aquí respire
estos aires purísimos, delgados,

y que de Dios la omnipotencia admire...


Ved... Lo imponente, lo terrible, lo asombroso, principia desde nuestro primer paso.


No bien hemos echado a andar, ya estamos escalando la gigante mole, y sus ciclópeos estribos nos presentan escalonadas las recias olas de arcilla y de arena que hace miles de años están bajando sin cesar de los flancos de la Sierra a impulso de los aluviones.

Nuevas cadenas de enmarañados cerros han nacido a sus pies, formadas con aquellos enormes arrastres. Los impetuosos ríos se llevan además continuamente otra inmensa cantidad de arena y de arcilla que va a sumergirse en el fondo del mar; y, sin embargo, la antigua Oróspeda no se desgasta, al parecer: sus mermas no se notan: diríase que su corpulencia no disminuye...- ¿Es que las montañas viven, crecen, se renuevan como los seres orgánicos? -¿En virtud de qué ley, más fisiológica que geológica? -¿O es meramente que nosotros no podemos apreciar su decrecimiento, su lenta ruina, y llegará una época en que no exista Sierra Nevada; en que sus pizarras y calizas se hayan derretido, al modo que hoy se derriten sus nieves? -¡Qué sé yo!...; lo cual es mejor que saber lo cierto, como indudablemente lo sabrán los geólogos.

Pero apenas acabamos de poner el pie en la Sierra, y ya la hemos destruido completamente; ya la hemos reducido a polvo; ya la queremos borrar del mapa... ¡Donosa manera de principiar su apología, de dar una idea de su excelsitud, de reverenciar su magnificencia!

Por fortuna, ella sabe defenderse a sí propia y poner respeto al más atrevido caminante.- Mirad, si no, estos abismos que nos rodean, y vedlos llenos de colosales agujas, pirámides, obeliscos y todo orden e monumentos puntiagudos...- ¡Son trabajos de Hércules del agua infatigable, dedicada siglos y siglos a impedir que esos abismos se terraplenen! Semejantes monumentos no se han formado por acumulación o agregación o concreción de materia, sino por desbaste paulatino: cada una de esas inmensas estalagmitas ha sido esculpida por el cincel de los torrentes y labrada luego por el buril de las mansas lluvias. Todas agrupadas, ofrecen el aspecto de una catedral gótica, cuyos agudos chapiteles contemplásemos a vista de pájaro.

De la propia suerte, estas angostísimas calzadas que ligan unos estribos con otros, y por las cuales caminamos con tanto miedo, semejan botareles lanzados por el espacio para sostener el empuje de las lomas superiores, o más bien istmos que separan dos profundas simas, predestinadas a formar con el tiempo una sola.- Aquí fue sin duda donde exclamó el poeta alpujarreño:


A un lado el espantoso precipicio
la muerte en el abismo nos retrata,
y con mugiente, atronador bullicio,

a otro lado la inmensa catarata...


Ya estamos a una respetabilísima altura...; pero todavía no es tiempo de volver de cabeza para admirar los panoramas que se van desarrollando debajo de nosotros...


La cabra montaraz cruza, salvando
los bosques, las malezas, el torrente...
y en un puntal la cierva rebramando

al ciervo llama de ramosa frente.


¡Salve! ¡Ya pisamos nieve!... Pero es nieve de estos últimos días: no es nieve perpetua.- ¡Aún llega aquí el imperio de Flora, Céres y Pomona! Aún hay también pueblos en estos alrededores y a este mismo nivel...

Por ejemplo: ved allí, a nuestra izquierda, el diminuto y frondoso Yégen, adonde bajaremos a dormir esta noche, después de haber hollado los eternos hielos...

Saludémoslo, pues, ya con cariño.- Considerado desde aquí, se diría que es un ramo de flores y olorosas hierbas depositado por un amante en el regazo de la blanca Solair.

Y aún aquí mismo... ¡ved todavía qué rozagantes lirios silvestres se atreven a abrir sus azulados cálices en las hendiduras de las rocas! ¡Ved qué infinidad de graciosas y aromáticas plantas! -Todo exhala ya el vigoroso olor de las grandes sierras andaluzas; olor a salud y vida; olor a la savia inmortal que su corazón, siempre joven, reparte luego por felicísimas comarcas.


¡Oh, cómo el pensamiento se engrandece
marchando por la senda solitaria!-
Aquí el espino o la abulaga crece:
allí la fuerte encina centenaria:
más allá el sauce de dolor fallece

junto a la desmedrada parietaria...


exclamaba Lirola... tal vez en este propio sitio.

Porque, en efecto: encinas, espinos y sauces figuran en el magnífico arbolado que estamos viendo, además de nogales, almeces y cuantos árboles enumeramos en Lanjarón.- Sólo sigue faltando el tétrico pino, símbolo obligado de las montañas septentrionales, que, por lo visto, no se ha acomodado a vivir en esta gozosa cordillera, resplandeciente de luz y de alegría.

Pero su verdadera frondosidad, asombrosa en una altura tan extraordinaria como la que ya tocamos, debemos admirarla en estos barrancos deliciosos, que constituyen otros tantos paraísos terrenales.


Altísimos castaños los sombrean...
La oropéndola allí cuelga su nido:
las parleras urracas picotean
el fruto en sus espinas guarecido:
por encima las águilas otean,
y los cuervos repiten su graznido,
y bandadas de tórtolas azules

arrullan en madroños y abedules.


¡Ah! Repitámoslo: el Sol puede más que la Sierra. La Sierra no tiene aquí su espada... la terrible espada de todas las Sierras, que es el aire del Norte. Por el contrario: la noble Oróspeda sirve aquí de escudo a una primavera continua, impidiendo que la hiera el cierzo con su agudo puñal de dos filos.

Sin embargo... principia a refrescar: quiero decir, principiamos a helarnos.- Estamos en las regiones del perpetuo invierno...

Ya no descubrimos más que nieve por todas partes...

La alta vegetación se ha despedido de nosotros...- Ya no se ve un árbol por ningún lado...

Nadie puede pedirnos que subamos más... ¡Para estar en marzo y al día siguiente de una nevada, ya hemos subido bastante... demasiado tal vez!

Nos encontramos indudablemente a la misma altura en que Lirola exclamó con acento medroso:


Mas ya se enrisca el áspero sendero...

y se corta tal vez... tal vez se pierde...


¡No obstante lo cual, el poeta de Dalías siguió adelante!...

Pero él viajaba en julio, y se dirigía al Picacho de Veleta: mientras que nosotros no vamos por aquí a parte alguna, ni sabemos ya por dónde meter los caballos que no se los trague la nieve...

Hagamos, pues, alto: volvamos la cabeza, y contemplemos el mundo de los hombres.



El Atlántico mar al Occidente...
el mar Mediterráneo al mediodía...
y en la morisca tierra que está enfrente

las crestas de la inculta Berbería...


Estos cuatro versos son el resumen de lo que llegó a ver Lirola.

Nosotros debemos confesar que no vemos tanto.

Verdad es que Lirola hablaba ya desde el Veleta, y nosotros estamos únicamente a media ladera del Mulhacén.

No vemos, pues, el océano Atlántico...- Pero vemos una extensión inmensa del Mediterráneo; vemos la costa de África, desde el Estrecho de Gibraltar hasta los confines de Argel; vemos las nevadas cumbres del Atlas, del monte gemelo de esta Sierra; vemos bordado en el agua azul todo el litoral antártico de nuestra gran Península, como no es fácil verlo sino en un mapa; y vemos, en fin, toda la Alpujarra a nuestros pies, -más ampliamente que desde la cumbre de la Contraviesa, puesto que nos hallamos a mucha mayor altura; -pero mostrándose a nuestros ojos de la misma manera que entonces, es decir, como un mar cuyas olas son cadenas sucesivas de encrespados cerros; como un mar que se hubiese petrificado de pronto en medio de una furiosa tempestad...

De todo esto lo que más nos sorprende, seduce y enamora, es la tierra de África...- ¡Cuán clara y distintamente se percibe a la simple vista! -Palmo a palmo (salva la hipérbole) pudiera dibujarse la silueta de su costa sobre el agua y de sus montes sobre el cielo.- Algunos puntos blancos se destacan de aquella perspectiva bosquejada en el horizonte...- Serán casas, quintas, sepulcros, morabitos... ¡quién sabe!...

Pero de lo que no cabe duda es de que aquello es El Moro... de que aquello es la infanda Libia, de que aquello es África... El África a que fue a morir, ciego y pobre, el valeroso Rey ZAGAL: el África en que pasó BOABDIL la segunda parte de su vida: el África que devoró a D. SEBASTIÁN DE PORTUGAL y a la flor de los guerreros lusitanos: el África en que tres siglos después se presentó un caudillo español, el memorable O'DONNELL, a recordar a los príncipes de Marruecos que aún existía aquel Reino castellano contra el cual nunca podría prevalecer el islamismo...

Sí: ¡allí está África!... ¡Cuán cerca... pero cuán lejos de nosotros! ¡África, mirándonos siempre, siempre a nuestra vista, pero separada de España, no por ese lago azul del Mediterráneo, sino por la negra inmensidad de sus destinos! -Es la vecindad inútil y acerba (perdonadme la comparación) de los que estuvieron un tiempo unidos y luego se divorciaron para in æternum: que se ven y no se hablan-; se escuchan y no se comunican; tal vez se aman... y preferirían, sin embargo, mil muertes a reconciliarse.- O más bien, es la vecindad de dos vástagos de familias tradicionalmente contrarias, cada uno de un sexo, ambos afables y garridos; que nacen en una misma calle, pasan su vida tropezándose a todas horas, y mueren sin haberse jamás saludado...- Edgardos y Lucías, Romeos y Julietas, que nunca llegan a cantar un dúo.



Con que acordémonos de nosotros mismos.

El Sol principia a caer al Occidente, y, si no nos damos prisa a bajar de estas espantosas soledades antes de que oscurezca, podremos vernos muy apurados.

Dichosamente, no se trata de descender a lo hondo, ni mucho menos.- Yégen, donde hemos de hacer noche, se encuentra todavía a una grande altura; a media Sierra, que dicen los pastores.- Por consiguiente, mañana tendremos adelantado lo peor del trabajo para recorrer los elevados pueblos en que andaremos las Siete Estaciones de Semana Santa, a pueblo por Estación.

Despidámonos, pues, del Mulhacén, repitiendo los melancólicos versos con que termina el canto de Lirola; versos en que profetizaba su próxima muerte, y en que se descubren abismos de soledad y de tristeza.- Dijo así:


¡Nieves, adiós, y tempestad y truenos!...
¡No me veréis ya más... que la corriente
de mi vida, volando huye sin frenos,
y ya su fin el corazón presiente!
¡Es tan triste morir!... Mas yo, a lo menos,
podré morir en paz, tranquilamente,
sin que de nadie la aflicción deplore...
¡Ay!... ¡No tengo en el mundo quien me llore!

[...]


Ya se ha ocultado el Sol del Miércoles Santo.- Mil ochocientos treinta y nueve años hace que se puso del propio modo tras el monte Carmelo, llevándose el último día de los que en la vida del Redentor precedieron a su voluntario sacrificio.- Al día siguiente ÉL mismo se entregaría a sus verdugos... Al otro, sufriría la muerte en cruz, para sellar con su sangre aquellas doctrinas que habían de regenerar el espíritu de los hombres; que habían de rescatarlo de la servidumbre de la materia; que habían de hacerlo digno de la inmortalidad.

Aquella tarde, la tarde del miércoles, hace diez y nueve siglos, no presentía la especie humana, al ver ponerse el Sol, cuán grandioso y memorable en la perpetuidad de los tiempos había de ser el día siguiente...- Hoy, la Iglesia, fundada sobre el sublime Misterio de que mañana es la efeméride solemnísima, reza ya, y canta, y llora, y agradece, y bendice, todo a la par, la Pasión y Muerte de JESUCRISTO.

Sí: a estas horas; en este lúgubre momento en que las sombras de la noche principian a caer sobre los templos católicos, como cayendo van sobre esta encumbrada sierra en que nosotros peregrinamos con tan religioso terror...; en este momento, digo, el Coro de las catedrales acaba de rezar las Vísperas del Jueves Santo.

Allí, como aquí, se aproxima la hora de las Tinieblas.

Aquí, un tenue crepúsculo queda en el cielo, que apenas nos permite ver por dónde andamos al través de estas fragosidades, ásperas como los senderos de la vida...

Allí... ¿quién, que sea católico, ignora lo que está pasando? ¿Quién no ha sido hasta actor, cuando niño, en aquella representación sublime y pavorosa? ¿Quién, lleno de miedo y de mística compunción, no ha golpeado las puertas del Templo al oscurecer de este luctuoso día? -Veamos, pues, lo que pasa allí.

El Coro ha rezado ya Maitines y Laudes. En el Tenebrario triangular ardían hace poco quince velas; catorce de ellas amarillas y la de en medio blanca...; pero al fin de cada Salmo se ha apagado una, en memoria de cómo fueron apartándose de Jesús, primero sus atribulados Discípulos, y luego las dos piadosas mujeres que, más animosas qué ellos, lo acompañaron hasta la cruz...- Ya no arde más que una vela, la vela blanca, la que se llama Vela María...- Es la personificación de la Madre del Crucificado, cuando se quedó sola al lado de su espirante Hijo.- Stabat Mater dolorosa, juxta Crucem lachrymosa...

Además de esta -única luz que queda en el Tenebrario, alumbran todavía el Templo las seis velas del Altar Mayor, representación de los seis Profetas que anunciaron la Venida del Mesías...

Pero el Coro reza los doce versículos del Cántico de Zacarías «Benedictus»..., y a cada verso apágase una de aquellas seis luces del Tabernáculo...

Apagáronse ya todas...- El beso de Judas, recordado por la Antífona, ha sido el soplo de muerte.

Ya no arde en la Iglesia otra luz que la Vela María...

Esta no se apaga jamás...- Sin embargo, una mano piadosa la oculta, aunque encendida..., y las Tinieblas reinan en la Casa de Dios.

¡Pavoroso momento! -El clero y los fieles están de rodillas ante los enlutados Altares, rezando el Miserere como reos contritos...- Tibi soli peccavi le dicen al Criador con el Rey Profeta.- Y los golpes de pecho retumban en la oscuridad del santuario.

¡Miserere! digamos asimismo, desde esta soledad augusta, nosotros, pecadores también... y también arrepentidos de haber llevado a Cristo a la muerte en Cruz...: usque ad mortem; mortem autem crucis...

¡Miserere! repitamos, bajando los disformes escalones de esta montaña, en medio de las sombras que nos rodean, yertos de frío y con el alma puesta en el autor de lo criado, cuya mirada nos sigue sin duda alguna en el oscuro laberinto de nuestra existencia.

«Cor mundum crea in me, Deus (exclamemos fervorosamente): et spiritum rectum innova in visceribus méis».

[...]

Terminado el Miserere de la Iglesia, el Vicario del Coro reza en voz baja una última oración; y, cuando ésta concluye, los capitulares golpean fúnebremente la madera de sus sillas; a lo que los muchachos responden aporraceando las puertas del templo; todo ello para representar el tumulto que armarán mañana los soldados y verdugos en las calles de Jerusalén, así como el terremoto que seguirá pasado mañana a la muerte de Jesucristo.- Por hoy, todo se ha acabado.

Es noche completa en Sierra Nevada, y en Jerusalén, y en el templo, y en todos los corazones cristianos...

Así llegamos a Yégen, sumido también en las Tinieblas.

¡Silencio!... Ni una palabra más.- Mañana será otro día.


Capítulo 39