La Alpujarra:37

La Alpujarra
Sexta parte: Capítulo 2
 de Pedro Antonio de Alarcón



- II - Miércoles Santo.- Vista panorámica de Sierra NevadaEditar

Eran las ocho de la mañana. Llevaba el sol dos horas de estar sobre el horizonte, y nosotros habíamos andado ya una legua, o sea la mitad del camino que media entre Murtas y Cádiar.

El día estaba magnífico.- Era uno de esos días puros, espléndidos, radiantes, que suelen seguir a otro de nevada, cual si el astro rey los dedicase al placer de contemplar la nieve, de enamorarla, de seducirla, de hacerle reír y llorar a un mismo tiempo; -días solemnes y melancólicos, alegres y tristes, como el primero de la paz después de una larga guerra; como aquél en que Noé desembarcó del Arca; como el de la muerte de vuestro peor enemigo; como el del casamiento de vuestra última hija; como la convalecencia después de la Extrema Unción; como unas segundas nupcias; como la libertad tras el cautiverio; como la toma de posesión de una gran herencia; como el regreso a la patria; como la tardía hora de la justicia; como el del estreno de una pierna de palo, etc., etc.

Por encargo de los alpujarreños que iban con nosotros, hacía ya algunos minutos que nuestras miradas no se extendían más allá de las crines de los caballos, librándonos así de ver poco a poco el sublime espectáculo que nos aguardaba y que querían contemplásemos entero, de golpe, de una ojeada sola, en el momento crítico y oportuno...

A la hora susodicha, este momento estaba llegando.- Después de haber bajado y subido muchas cuestas pequeñas, llevábamos un largo rato de no hacer más que subir...

De pronto observamos que ya no subíamos...

-¡Alto! -exclamaron entonces nuestros amigos.- ¡Vista a la derecha! ¡Mirad ahora cuanto queráis!

Nosotros obedecimos y miramos...



Toda Sierra Nevada estaba ante nuestros ojos. Toda Sierra Nevada... ¡Toda!... Desde la base hasta las cúspides, sin colinas intermedias, y solamente separada ya de nosotros por las amplias y profundas cuencas de los pujantes ríos de Cádiar y de Yátor...

¡Toda Sierra Nevada..., desde el boquete de Tablate, por donde entramos ocho días antes en el recinto alpujarreño, hasta más allá de Laroles, punto extremo a que se dirigía nuestra peregrinación!

¡Toda Sierra Nevada, extendiéndose de Poniente a Levante en una línea de once leguas, como un descomunal anfiteatro, en cuyo ciclópeo graderío se asentaban más de cuarenta pueblos!

¡Toda Sierra Nevada, monumento incomparable, alzado sobre inmensos pedestales de color de violeta, recamado luego su zócalo de anchas franjas de amenísima verdura, hendido a veces de arriba abajo por relucientes chorros de agua cristalina, cubierto a trechos de bosques que parecían bordados en las laderas de los barrancos, y blanco y resplandeciente al fin, desde su media altura hasta las excelsas cumbres, cual si fuera de bruñida plata!...

¡Maravilloso templo en verdad, levantado allí por el Creador para morada de las Cuatro Estaciones!



A nadie sorprenda que nuestra admiración llegase a tal extremo.

No basta haber visto a Sierra Nevada por el otro lado, esto es, por el lado de Granada, y de Guadix, para tener idea de su grandeza y de su hermosura.- Allí no hay modo de contemplar de una vez y a corta distancia toda la cordillera: allí no se presentan nunca de frente y en orden de batalla todas sus cimas.- Granada no ve más que el señorío del Veleta .- Guadix nada más que el reino patrimonial del Mulhacén. Ni la una ni la otra ciudad descubre a un mismo tiempo todo el vasto imperio presidido por este viejo rey.- Entre el Mulhacén y el Veleta se interpone por aquella parte, a lo menos para el espectador, el formidable espolón o contrafuerte que, adelantándose hasta el Molinillo, entiba en los cimientos de Sierra Arana, y aquel espolón separa el horizonte accitano del granadino, partiendo la perspectiva de la Sierra en dos mitades casi iguales...

Pero por el lado de la Alpujarra la antigua Orospeda se muestra de cuerpo entero, cabal, íntegra, desnuda, pródiga de sus encantos, -como deidad mitológica que, no recelando llegar a ser vista, discurre..., como su madre la parió (las cosas claras), por los sagrados bosques... de la Literatura y del Arte.

Así es que en aquel punto y hora quedó satisfecha por completo mi curiosidad de tantos años acerca de cómo sería Sierra Nevada por la banda del Sur, y formé completo juicio de la forma, estructura y respectiva proporción de sus ingentes moles...

Con que prosigamos nuestra descripción.



Alzado sobre aquel desmesurado catafalco, cuya magnificencia tenía algo de fúnebre y mucho de triunfal, enseñoreábase el Mulhacén en perpetua apoteosis, sin reconocer otro rival en Europa que los formidables Alpes.

¡El Mulhacén!... No hay palabras ni habría pincel con que poder dar idea de la pureza inmortal, de la transparencia empírea, de la claridad seráfica, con que se destacaba allí la nieve sobre el cielo. Lo blanco y lo azul, al demarcar sus plácidos límites y trazar el nítido perfil de la suprema cima, se regalaban mutuamente unos resplandores tan suaves, o casaban de tal modo la candidez con la limpieza, la inocencia con la claridad, lo inmaculado con lo infinito, lo reciente con lo eterno, lo intacto con lo intacto, que parecíame tener ante los ojos la realidad inefable de cuanto soñó Murillo al vestir de azul y blanco sus Purísimas Concepciones.

Yo no sé en qué consistiría, como razón física o moral, lo que acabo de intentar decir: no sé si en que la silueta de la Sierra se proyectaba sobre el mágico turquí del cielo que más amo en el mundo: no sé si en que yo estaba acostumbrado a mirar aquella silueta de Norte a Sur, y a la sazón la miraba de Sur a Norte (lo cual determina siempre un cambio en el tono de los celajes recortados por las nieves): no sé si en que aquellos días empezaba la primavera: no sé si en que era Miércoles Santo: no sé, en fin, si en que uno va ya para viejo...- Lo que sé únicamente es que aquel ósculo purísimo que le daba la nieve al cielo tuvo para mí en tal instante algo de extraordinario y sobrenatural, que en vano intentaría definir una pobre pluma...



Mons Solis (Monte del Sol), y de aquí Solaria, denominaron también los romanos a la que oficialmente llamaban Orospeda.

Lo de Solaria o Mons Solis referíase sin duda a que el Sol ilumina y deja de iluminar sus crestas media hora antes de haber salido y media hora después de haberse puesto para todas las comarcas adyacentes.- De lo de Orospeda no recuerdo el origen.

Los árabes corrompieron el nombre de Solaria y llamaron a la Sierra Nevada, ora Solair, ora Xolair; mientras que los españoles cristianos de la Edad Media, entre ellos D. Alonso el Sabio, descompusieron erróneamente el Solair de los moros y apellidaron a aquella cordillera la Sierra del Sol y el Aire (Sol-air).

«Maravilla de la tierra, de donde brotan treinta y cuatro ríos y arroyos», llámala el gran poeta mahometano-andaluz lbn-Aljathib, en la introducción a la Yhatha.- «Madre de Andalucía», la llamé yo en la primera parte de este libro.- «Venere genitrice» la llamo ahora en italiano..., y continúo.



A la izquierda del Mulhacén gallardeaba el Picacho de Veleta, virrey de Lanjarón y de Órgiva; señor feudal de Granada; presunto heredero de la corona de la Sierra, y digno ciertamente de su tratamiento de Alteza (¡era tan alto!), -así como el Mulhacén (por ser mayor) merecía a todas luces el de Majestad. (Major.- vel magis, sive magé.)

Otras respetables cumbres descollaban en la gigante cadena: verbigracia, la Alcazaba, Tajos Altos, la Caldera, el Cerro de los Machos, el Pico del Almirez, etc.

Mucho nos dolió que estos Infantes (que diríamos en España) no tuviesen unos nombres más poéticos y graciosos... En cambio, hubimos de reconocer que ninguno desmentía su estirpe, pues todos ellos medían de doce a doce mil trescientos pies de altura sobre el nivel del mar.

Del Veleta ya hemos dicho que se eleva doce mil seiscientos ochenta.

En cuanto al Mulhacén, pasa de los doce mil ochocientos; que es, como si dijéramos, de tres kilómetros y medio de estatura.

«Pero ¿qué es mi pobre Mulhacén (escribía yo hace años en medio de los Alpes) comparado con el Mont-Blanc? ¡Colocad sobre la cúspide de Sierra Nevada otra sierra de cuatro mil novecientos pies de elevación, y tendréis la cumbre que estamos contemplando!»

Y luego añadía:

«Verdaderamente, el Mont-Blanc pudiera ser todavía un poco más alto.- La cumbre del Himalaya, sin ir a otro planeta, mide veintiocho mil pies de elevación; es decir, casi doble estatura que el Mont-Blanc.- Y aún el mismo Himalaya podría tener algunos metros más.- Y, aunque llegase a las estrellas fijas, cualquiera conseguiría sin grande esfuerzo imaginárselo un poco mayor...»

Y terminaba diciendo:

«Pero yo no debía revelar al público estos secretos, ni disminuir con tales reflexiones la importancia de mi viaje.»

Lo mismo digo hoy; -y ateniéndome a esta última observación, y para que volváis a venerar la Sierra alpujarreña, agregaré ahora: que, aunque finita, su altura casi dobla la del Guadarrama, tan respetado por los matritenses; y que, ya que no de otra cosa, el Mulhacén y el Veleta pueden jactarse de que (según ya he dicho varias veces) ni en el resto de España ni en el resto de Europa haya otros montes tan altos como ellos, fuera de sus progenitores los Alpes...- Algo es algo.



Por lo demás, y volviendo a nuestra contemplación, los titanes de hielo de la Alpujarra no gozaban aquella mañana en su encumbrado solio de toda la seguridad que pudiera suponerse...

Lejos de eso, ¡en qué se veían de tener a raya a los pueblos que se les subían a las barbas por todas partes, sin consideración alguna a la nieve de los siglos!

Sobre todo, a orillas del consabido Barranco de Poqueira la cosa parecía muy formal...; bien que al propio tiempo ofreciera un aspecto muy cómico, -según que ya habíamos observado más detalladamente desde el Puerto de Jubiley...

Figuraos que, hacia aquella parte, trepaban por lo alto de una vastísima ladera, casi vertical, uno detrás de otro y convenientemente distanciados (que diría un militar puro), tres o cuatro lugarcillos, con sus campanarios a la cabeza, todos en dirección al mismísimo Picacho como batallones escalonados en masa que fueran al asalto de la nevada cúspide...

Aquellos batallones (digo, aquellos pueblos) debían ser Pampaneira , Bubión, Poqueira y Alguástar.

Algo más cerca, veíamos gatear por otra ladera arriba, con un intento análogo, y a mucha mayor altura, al famoso Trécelez, llevando en pos de sí toda la Taha de Titres; pero estos otros escaladores no podían inspirar ya tanto cuidado, pues tenían que habérselas con la inaccesible mole del Mulhacén.

Por último: enfrente y a nuestra derecha se descubrían, en ademan más pacífico (y como grupos de espectadores sentados en las gradas de aquel descompasado anfiteatro), unos veinte pueblos más, entre los cuales se contaban todos aquéllos en que habíamos de andar las Estaciones al día siguiente...

Sí; allí estaban: primero, Busquístar, Tímar, Lobras y Jubiles; -luego, los Dos Bérchules, en una extraordinaria altura; -debajo de ellos, Yátor, mirándose en su río; -encima, Yegen (donde dormiríamos aquella noche), chico y verde como un oasis; -en seguida, Mecina de Bombaron, el pueblo de ABEN-ABOO, -y enfrente Valor, el señorío de ABEN-HUMEYA; -más al Este, Nechite; -a sus pies, Mecina Alfahar; -allá arriba, Mairena; a continuación, Júbar; -más alto aún, Laroles; -y, sobre Laroles, el Puerto de la Ragua, temeroso tránsito al horizonte de Guadix; -y debajo de Laroles, Picena; -y debajo de Picena, Cherin, ya casi en la llanura; -y allí la cuenca de un río, prolongación de un inclinado barranco; -y, al otro lado del barranco, la provincia de Almería, representada por Alcolea, Lucainena y Darrícal, que ya pertenecen a Sierra de Gádor; -y, entre Sierra de Gádor y Sierra Nevada, la entrada del alto llano del Laujar, de la Taha de Andarax, de la residencia de BOABDIL, del ZAGAL, de CID-HIAYA y de ABEN-HUMEYA; ¡del lúgubre escenario donde este último encontró tan desdichada muerte!

Nada más lejos de mi ánimo que describir aquí el aspecto particular de ninguno de los lugares citados. ¡Fuera cuento de nunca acabar! -Ya iremos a algunos de ellos...; y, por lo que toca a los restantes, habréis de contentaros con saber su nombre y su situación...- Mas no puedo prescindir de hacer desde luego especialísima mención de cierta ilustre villa que contemplábamos en aquel momento a una gran distancia, y que habíamos de visitar dos días después...

Ugíjar, la antigua ciudad, la verdadera metrópoli de la Alpujarra, acababa de aparecer también a nuestros ojos, pero no encaramada en un monte, ni escondida en una rambla, ni opresa en un barranco, como los demás pueblos de aquel enmarañado país, sino aristocráticamente extendida al pie de la Sierra, en un terreno casi llano, en medio de una tierra feracísima, con su horizonte propio, cercado de montañas ajenas, y, en fin, ni más ni menos que las poblaciones del mundo...

El más impaciente, deseo de visitar a Ugíjar nos acometió en aquel instante, al hacernos cargo de su situación, y necesario fue todo nuestro respeto a los itinerarios preestablecidos, para que dejásemos transcurrir todavía dos soles antes de pasear nuestros corceles y mulos por su encantadora campiña y mansas calles.

En cambio, había llegado el momento de dirigirnos a dos pueblos que no figuran entre los que acabamos de citar; a dos pueblos que no descubríamos desde aquel viso, precisamente porque eran los que más cerca se hallaban de nosotros; a Cádiar y Narila, en suma, que, como quien dice, estaban escuchando la conversación.

Cádiar, patria y residencia habitual de D. FERNANDO el Zaguer, y algunas veces corte del mismo ABEN-HUMEYA; y la diminuta Narila, que, según veremos, viene a ser como el Trianon de aquel Versalles, quedaban escondidos en lo hondo del foso que nos separaba de la Sierra y tapados por algunos montículos que se prolongan entre los lechos del Cádiar y del Yátor...

-¡Bajemos a Cádiar! -gritose en las filas luego que hubimos saciado nuestros ojos en la contemplación de la gran cordillera.

-¡Sí!... ¡Sí!... ¡Bajemos a Cádiar! -repetí yo, pasando de una devoción a otra, o sea recordando que en Cádiar principia el terrible drama intitulado Aben-Humeya, escrito por el ilustre Martínez de la Rosa.

Pero antes de bajar y de convertir por ende mi atención a los espectáculos humanos, torné a abarcar con la vista el espectáculo divino de la Sierra, a la cual pedí perdón de todas las puerilidades humorísticas que solía deducir de su aspecto verdaderamente augusto.

Y la Sierra, con la sublime serenidad de su excelsitud, diome a entender que ella está fuera del alcance de toda irreverencia mundana, y que no se había enterado siquiera de que yo andaba por el mundo.

Entonces fue cuando verdaderamente sentí todo el peso de su poderío; y no sin terror pensé que a la tarde mediríamos nuestras débiles fuerzas con las suyas y correríamos por sus inconmensurables laderas, como la hormiga que se aventura a curiosear por el lomo de un elefante.



Bajando hacia Cádiar, pasamos por el renombrado Portel.

Llámase así una encrucijada de cuatro veredas, o más bien de dos (la que sigue el correo para ir de Órgiva a Ugíjar y la que va de la costa, al promedio de la sierra), que se cortan en ángulo recto en una depresión de la divisoria que baja del Mulhacén y que separa los ríos de Cádiar y de Yátor...

El Portel es, por consiguiente, la posición más estratégica que se pudiera desear para una emboscada; y harto lo han comprendido en todos tiempos desde los guerreros de mayor nombradía hasta los simples malhechores; desde el MARQUÉS DE MONDÉJAR hasta los Monfíes; desde ABEN-HUMEYA y ABEN-ABOO hasta las partidas de ladrones de la época presente, o, mejor dicho, de la época de nuestros padres; -pues hoy no se oye hablar de robos en la Alpujarra. Pero la fama del Portel no disminuye por eso; y todo el mundo pasa por aquel sitio, como nosotros pasamos, -evocando las inultas sombras de tantos como lo habrán regado con su sangre en pugna religiosa, en guerra de independencia, en lucha civil o a manos de vulgarísimos bandoleros.

[...]

Fuera ya del triste paraje, descubrimos un horizonte desahogado y riente, olivares inmensos y un sonoroso y espumante río...

Nos acercábamos a Cádiar.

No faltó quien nos indicase entonces cuál de los vetustos olivos que vimos en los alrededores del lugar era segurísimamente la famosa olivera a cuya sombra, según los historiadores, fue coronado ABEN-HUMEYA Rey de Granada...- Sin embargo, nosotros, en la duda de si habría alguna equivocación de por medio, saludamos aquel árbol de una manera equívoca... y continuamos nuestro camino.

A todo esto, ya no se veía el Mulhacén.- Habíamos bajado tanto para llegar a lo hondo de la cuenca que separa a Sierra Nevad a del resto de los montes alpujarreños, que otras alturas de segundo orden nos impedían, como más próximas a nuestras narices, divisar las cumbres verdaderamente soberanas...

Tampoco las divisamos luego desde Cádiar...- ¡Es decir, que al Mulhacén se le distingue a una distancia de sesenta leguas; se le distingue desde la Mancha; se le distingue desde el Estrecho de Gibraltar; se le distingue desde el interior del Imperio de Marruecos... ¡y no se le ve desde el humilde pueblo en que nace!...


Nemo propheta est in patria sua.


Capítulo 37