La Alpujarra:16

La Alpujarra
Tercera parte: Capítulo 1
 de Pedro Antonio de Alarcón



Tercera parte

La contraviesa


- I - Diferentes maneras de amanecer.- Segunda campaña contra el muloEditar

La del aguardiente sería, que no todavía la del alba, cuando quiso Dios que cantara un gallo a lo lejos, al cual le contestó otro más cerca, y luego otro en el corral del Francés; y -como si aquellos tres alertas hubieran sido dados por la trompeta del Juicio Final, a fin de resucitar a los muertos, o más bien por la propia Muerte, a fin de hacerles volver a sus sepulturas antes de que despertasen los vivos, -siguiose un silencio muy raro, que no parecía ya el de la quietud, sino el de la acción sin ruido, o sea el del tiempo que echaba otra vez a andar, y, un instante después, principió a sentirse algún movimiento en el piso bajo de la Posada...

Trató de volver a reinar el silencio; pero ya le fue imposible. La fe en que llegaría a amanecer como todos los días, y muy pronto, iba y venía ya con alguien por el establecimiento. Oyéronse, pues, sucesivamente chirridos de llaves y de goznes de puertas que se abrían; trastazos de tropezones; toses vitalicias; pasos remotos; gritos bruscos que sólo entienden las bestias; coces sonando sobre tabla; juramentos, relinchos, maldiciones; otros pasos más próximos, recios como trancazos, ganando poco a poco la escalera; y, finalmente, tres furiosos golpes, aplicados a la puerta de nuestro cuarto, y una espantosa voz, semejante a un tiro, que, traducida al cristiano, había querido decir: «¡Arriba!»



Abrí la puerta, y el Día, representado por un candil y por un plato lleno de copas de aguardiente, penetró en aquel calabozo, en aquel hospital de sangre, en aquel campo de batalla cubierto de heridos, o en aquella Sala del Tormento digna de la Venecia de los Dux, anunciando a tanta y tanta víctima como yacía con botas y espuelas sobre un colchón continuo, formado por la yuxtaposición de muchos colchones, que había llegado al fin para todas ellas la hora de la libertad, de la convalecencia, de la misericordia.

-¡Arriba! -contestaron, pues, los nueve compañeros de cama, animándose mutuamente con el ademán, pero sin levantarse ninguno.

-¡Estaría escrito! -añadió uno por lo bajo, consultando su reloj.

-¡Cómo ha de ser! -suspiró otro amargamente, despidiéndose de la almohada.

-Pues, señor -a la noche dormiremos más, dijo de una manera indefinible quien de seguro no había dormido poco ni mucho desde que se acostó.

Y probó a incorporarse.

-¡Vamos a Albuñol! -agregó no sé cuál de ellos, recreándose de antemano en el término de una jornada que no sabía cómo principiar.

Y se sentó en la cama.

-¡Pecho al agua, caballeros, que es medio día! -gritó al fin un valiente, dando un brinco y abriendo de par en par el balcón, a fin de que los menos diligentes perdiesen toda esperanza de dormir algo...

Y se encontró con que era tan de noche a la parte afuera como a la parte adentro de los cristales.

-¿A quién la pego un tiro? -preguntaba entre tanto, en correcto andaluz, el mozo de la Posada, apuntando con la botella a las copas y con las copas a la asamblea, e indicando de aquel modo que el aguardiente era legítima bala rasa.

Nulla est redemptio! -gimió entonces el más rezagado.

Y toda el mundo se encontró de pie.

Eran las cuatro y media de la madrugada; esto es, las cuatro y media de la noche.

[...]



Pareció, por último, el verdadero día, a la hora prefijada por Dios y combinada por los astros.

Supóngolo así a lo menos; pues, por lo que a nosotros toca, la cosa aconteció, sin que nos advirtiéramos de ella, cuando más ocupados estábamos en el zaguán de la Posada, arreglando las mil y una complicaciones inherentes a la obra de romanos llamada aparejar.

Siempre he admirado a los arrieros en esta operación magna, verificada por lo regular a tientas, a la desatendida voz de «¡Alumbra aquí, muchacho!» cuando el muchacho y ellos están medio dormidos, y el mesón hecho un laberinto de albardas, jáquimas, costales, sillas, bocados, alforjas, capachos, cestas, capas, mantas, sogas y baúles, todo ello completamente igual en apariencia, dentro de su respectivo género...- ¡Yo no sé cómo cada uno reconoce, no sólo lo suyo, sino también lo ajeno y la infinidad de encargos que lleva; yo no sé cómo todo parece, y cómo, si se pierde algo, se adivina en el acto su paradero; ni tampoco sé cómo se las componen a oscuras aquellos dedos de corcho para atar, liar, enganchar, pasar correas, ajustar hebillas, y gobernar al mismo tiempo a los irracionales, -que nunca se muestran dispuestos a dejar la cuadra por el camino!

Lo único que he llegado a comprender, por vía de resumen de mis observaciones en la materia, es que cuanto menos saben las criaturas, tanto mejor conocen las pocas cosas que saben.- Y si lo dudáis, tendeos boca abajo o boca arriba en el campo y estudiad durante horas y horas los prodigios de discernimiento, de sagacidad, de perspicacia, de sutileza y de picardía de que os darán muestras los insectos o las aves.

Pero, aquella mañana, el acto de aparejar se relacionaba con otro problema no menos arduo, que no era ya de la incumbencia de criados y arrieros, sino de la nuestra propia, razón por la cual tuvimos que intervenir en el asunto, privándonos de ver amanecer...

Tratábase de si nosotros, los huéspedes de la Alpujarra, los neófitos en sus caminos, montaríamos en adelante en mulo, o seguiríamos a caballo.



Esta cuestión, que parecía resuelta previamente (y cuyo examen puede seros de gran utilidad práctica a cuantos tengáis que visitar aquel país), se reprodujo en tal instante, en virtud de la serie de razones que paso a manifestar.

Recordaréis haber leído al comienzo de estas páginas que el mulo, según pública voz y fama, era indispensable para recorrer ciertos y ciertos caminos del territorio alpujarreño, y que nosotros, cediendo a la opinión general, habíamos encargado que nos esperasen en Órgiva tres de aquellos tan recomendados cuadrúpedos.

Recordaréis también, los que hayáis tenido la dignación de leer mi viaje por los Alpes, la profunda y razonada antipatía que siento hacia el mulo, según que allí expliqué en una extensa y luminosa disertación que me envidio a mí mismo; y, en cuanto a los que desconozcáis aquella obra, de seguro abundaréis en el propio horror al monstruoso mestizo, viviente calumnia de su doble sangre; como abundó, abunda y abundará siempre toda persona bien nacida, y como hallé que abundaban frenéticamente mis dos primitivos camaradas de viaje.

Ahora bien: los tres mulos indicados nos aguardaban desde la víspera en las cuadras de la Posada, muy orgullosos sin duda de vernos pasar por la humillación de entregarnos a ellos como el gran Bonaparte a los ingleses... Pero he aquí que, cuando estábamos ya con un pie en el Bellerophonte, o sea en el estribo, reparamos en que dos o tres de nuestros nuevos compañeros de expedición, procedentes por cierto del Cerrajon de Murtas, es decir, de la región de las águilas y las nubes, habían ido a Órgiva el día anterior, y pensaban ir a Albuñol aquel día, caballeros en sendos corceles...

-¡Ah! -nos dijimos entonces los tres condenados a cantar la palinodia.- ¡Con que es humanamente posible recorrer lo peor de los montes alpujarreños sin transigir con el más bárbaro de nuestros enemigos! ¡Con que se puede ir a caballo por el Puerto de Jubiley! ¡Pues a caballo iremos nosotros!

Y de aquí surgió el debate.

Nosotros alegábamos, en sustancia, que preferíamos perder un tanto por ciento de probabilidades de no rompernos la crisma a implorar la protección de la bestia por antonomasia. (Señales de aprobación en la izquierda.)

Los alpujarreños de los bancos de enfrente nos contestaban con hidalga resolución que ellos se habían constituido en fiadores de nuestras vidas... (Aplausos. El mozo vuelve a llenar las copas.) y que el casco del caballo era demasiado ancho para los vericuetos que íbamos a escalar aquella mañana. (Rumores.)

A este argumento replicábamos nosotros, -retorciéndolo, -que: si el peligro era tan evidente, no debíamos, no podíamos, no queríamos (estilo parlamentario) conducir a una muerte segura (Sensación) a aquellos dos o tres amigos que ya se encontraban a caballo.

Y éstos, en fin, nos apoyaban entonces elocuentísimamente, diciendo: que la docilidad, nobleza y sentido común del caballo... (Aclamaciones), en oposición a la terquedad, perfidia y estupidez del mulo (Estrepitosas salvas de aplausos), suplían con ventaja el inconveniente que pudiera ofrecer su amplia pisada en los angostos escalones del Puerto; y que, por lo tanto... (Tumulto: confusión.- Las voces de «¡A beber! ¡a beber!» impiden que se oiga a los oradores.)

Declarado el punto suficientemente discutido, y puesto el caso a votación, tomose el siguiente acuerdo... contra el dictamen de la mayoría:

Primero: Iríamos a caballo.

Segundo: Dos de los criados pasarían al arma de caballería... en mulo, e irían siempre a las inmediatas órdenes de los más delanteros.

Tercero: El mulo restante sería habilitado de un buen par de capachos (que se compraron incontinenti) con destino a almacén ambulante de provisiones.

Cuarto: Se adquirirían dos jamones añejos, un gato lleno de vino, y todas las naranjas y todo el pan que admitiesen los capachos. (Este artículo se aprobó por unanimidad, y fue también ejecutado sin dilación.)

Quinto: El Criado Mayor, o sea el mayor de los criados, se encargaría, bajo su más estrecha responsabilidad, de este sagrado depósito, con opción a montarse alguna vez sobre los capachos o en las ancas del mencionado tercer mulo.

Sexto: Un hermoso jumento, sumamente simpático y servicial, que había salido de Granada al mismo tiempo que nuestros caballos, cargado con nuestras maletas y con un costal de cebada, sería relevado de hacer un viaje tan penoso; y, en atención a sus distinguidas cualidades, quedaría en libertad de volverse a las plácidas orillas del Genil, muy recomendado a la benevolencia del arriero que lo acompañaba.

Sétimo: El costal y las maletas formarían también parte de la carga del mulo de los capachos, el cual tendría paciencia si le parecía muy pesada.

Y octavo: Los otros tres criados seguirían perteneciendo al arma de infantería, y, como muy prácticos en aquellos terrenos, tendrían a su cuidado la constante inspección de vados, torrentes, hoyos, tramos y despeñaderos, a fin de avisarnos por dónde debíamos echar en cualquier caso de apuro para las bestias.

Montamos, pues, y partimos.



Capítulo 16