XXXVIII

Después de largas marchas pausadas, Ismael y sus compañeros penetraron en lo arduo de la región montañosa regada por hondos canales y lagos, cubierta de morros y crestas, valles profundos, esteros y ciénagas interminables, eslabones y estribaderos erizados de riscos, por cuyas sajaduras y barrancos rodaban gruesos caudales entre espumas mugidoras.

Varias veces perdieron el rumbo, en medio de aquellos conos azules, escarpados cerros y red de vertientes; y tuvieron que desandar el camino, para extraviarse de nuevo en una mañana brumosa cerca de las ásperas faldas de Pan de Azúcar.

Resolviose hacer allí alto, en tanto Tacuabé descubría el terreno en el flanco que aparecía despejado, y por el que, según pronto lo advirtieron, cruzaba la carretera o camino real.

La niebla era muy densa, y no permitía descubrir los objetos sino a breves pasos. Unida a las brumas naturales del suelo peñascoso, formaba una de esas capas nutridas que a veces sólo la fuerza del sol de meridiano puede deshacer. El viento parecía dormido.

Tacuabé fuese adelantando con lentitud por el llano, echado sobre el cuello de su «oscuro».

En esa posición, recorrió más de doscientas varas sin tropiezo alguno, por un suelo que iba perdiendo sus asperezas, y debía extenderse al frente en suaves ondulaciones, a juzgar por el trayecto andado.

De improviso, el indio sujetó su caballo, que había parado las orejas en perfectas paralelas volviendo el pabellón a vanguardia, y dado un soplo fuerte con las narices.

Deslizose en el acto del lomo con la agilidad de un gato, y tendido sobre el vientre, miró adelante.

Al ras de la tierra, la niebla un tanto elevada permitía distinguir a pequeña distancia los extremos inferiores de los objetos, troncos de arbustos, y aún cascos de caballos.

Estos cascos no eran pocos y se perdían allá en lo denso de la niebla, regularmente alineados, y movíanse impacientes, como si soportasen el doble peso de monturas y jinetes.

Si Tacuabé hubiera sabido contar o calcular con claridad y precisión, habría estimado en veinticinco o treinta el número de caballerías, allí quietas.

Otra circunstancia interesante pasó desapercibida para el rastreador; y era la de que estas caballerías estaban divididas en escalones sobre una lomada, cayendo las últimas líneas en el declive como en un plano inclinado, cual si se hubiese querido así ocultar el grueso de la fuerza.

Tacuabé puso el oído en tierra.

Llegó a percibir roce de sables en sus vainas de metal.

Desvanecidas así sus dudas, saltó en el «oscuro», y volviose a la falda abrupta.

Las piedras que iban reapareciendo a su paso de retroceso, encamináronle con leve desviación al punto de partida.

Ismael y sus compañeros se encontraban ya a caballo, aguardando su regreso.

El indio cogió callado su lanza clavada en el suelo, púsole en la moharra con los dedos que se metió en la boca, un poco de saliva, y señaló enseguida la dirección del peligro.

Ismael comprendió. Pero se mantuvo quieto.

Comenzaba a soplar en ese momento una brisa fresca del este, que introdujo sus alas en la niebla, y como un vértigo de torbellinos y volutas.

La bruma se arrancó en espirales, y clareó a trechos.

Allá, en el fondo del valle, percibiose entonces por un instante un trozo o ala de caballería, con uniforme realista, -visión que ocultose de súbito tras la sábana de niebla; y de esta parte, en la loma, por encima del blanco sudario que se distendía por segundos al roce de la brisa, llegáronse a ver como fantásticos gallardetes o banderolas de lanzas, que flotaban en una zona ya límpida a manera de porta-guiones de un escuadrón aéreo.

Luego corriose, menos densa, la cortina de vapores; y a poco enroscáronse unas con otras las volutas en caprichosos giros, levantándose dos varas del suelo, quedando a la vista las colas y ancas de ocho caballos en fila, que era la última de la hueste en escalones.

Cubrió el velo otra vez, cuerpos y moharras; revoloteó en las cabezas ya convertido en tul transparente; y remontose al fin en largos cendales, hasta dejar en descubierto la masa de hombres y cabalgaduras.

Cual si hubiesen cedido a un impulso eléctrico, Ismael y sus cinco compañeros formaron fila, y fueron a colocarse a retaguardia de la partida de independientes, cuya procedencia ignoraban.

Abriose apenas en el valle la bruma, rasgándose en anchos girones, cuando un clarín lanzó la nota aguda de «atención», y en pos de ella el toque de «carga».

A esa señal, el destacamento se arrojó sobre el enemigo formado en el llano; y prodújose un choque sostenido y sangriento.

Los escalones deshechos en la carga, rehiciéronse en pocos minutos a retaguardia de la fuerza realista poniendo en fuga su reserva; y a media brida volvieron cara, cargando de nuevo sobre el grueso, en tremenda confusión de lanzas y sables, encuentros y volteos.

El clarín sonaba ronco en medio de los gritos de rabia y del crujir de los aceros.

Tacuabé rodaba por las yerbas a brazo partido con un soldado de casaca azul, cuyos botones blancos le habían llamado la atención; Ismael, desmontado por una rodadura de su alazán en el declive, defendíase con la lanza en rápidos molinetes contra un grupo de adversarios tenaces, que habíanle ya teñido de sangre el cuerpo en varias partes; cerca de él, yacían rígidos dos de sus compañeros, con hondas heridas en el pecho, y las bocas entreabiertas todavía, como si no hubiese concluido de escapar a ellas el último grito del coraje; y en el centro de la pelea, revueltos en deforme montón hombres y, caballos, hacían retemblar el suelo del valle, arrancando profundos ecos a las concavidades de la sierra.

Ismael, rendido y jadeante, sintió de repente quebrarse en sus manos la lanza.

Empuñó el fragmento armado del hierro, y tentó entonces abrirse paso precipitándose sobre el más próximo de sus enemigos; pero éste, evitando el encuentro con un salto de su caballo, asestole un golpe en el brazo con tal violencia que el sable cayó de lomo, haciendo escapar el rejón ensangrentado de la mano de Velarde.

La rueda se estrechó en el acto, y todas las moharras se dirigieron a su pecho.

En aquel instante, un jinete rompió impetuosamente el círculo formado por el grupo de lanceros, derribando a uno de estos mal herido.

El resto se arremolinó indeciso.

El nuevo combatiente, mocetón fornido, de ancho dorso, piernas vigorosas bien ceñidas al recado, brazo corto y nervudo, mirar bravío bajo pobladas cejas, curvo sable, aire impávido de feroz denuedo, arremetió al grupo revolviéndose con su bridón.

A un golpe de su sable un cráneo fue hendido, cayendo el adversario por las ancas sin soltar la lanza hasta rodar por tierra; los demás retrocedieron confundiéndose en breve con el grupo.

El jinete sujetó su caballo, y dio una carcajada homérica, bajando con el sable su brazo desnudo, cubierto de sangre y polvo. Pasolo así por la frente sudorosa, dejando en ella rojizo surco, y dijo como embriagado por el tufo de la matanza:

-Despená esos godos... ¡En el bajo arroyan!

Ismael se precipitó daga en mano sobre uno de los heridos que se había levantado, sepultándosela dos y tres veces en el cuerpo hasta rendirlo sin vida; y cayendo en el acto sobre el otro, sin darle tiempo a incorporarse le cortó el pescuezo como a un carnero. Saltó enseguida en un caballo que el jinete había logrado coger del cabestro, apoderose de una lanza de los caídos, y arrancándole la banderola realista, preguntó con acento ronco:

-¿Cómo es su apelativo?

-Juan Antonio Lavalleja -respondió el jinete, con aire de simplote campesino.

Ismael se le juntó callado, y los dos arrimaron espuelas.

En ese momento la partida enemiga huía dispersa, tirando sus armas en el camino; y el trompa de los independientes tocaba «a degüello».