Historia Verdadera del México Profundo/9

​Historia Verdadera del México Profundo​ de Guillermo Marín Ruiz
La Religión

9. LA RELIGIÓN.

La religión en el México Antiguo ocupó un lugar central y preponderante de la vida todos los anahuacas. En parte por la espiritualidad y misticismo ancestral, y en parte, porque el sistema social estaba totalmente inmerso en los valores morales y éticos de la religión del Cem Anáhuac. Todo cuanto se hacía: vida familiar, gobierno, agricultura, salud, educación, arte, deporte, etcétera, estaba complejamente vinculado a los aspectos de la religión. Como toda religión ancestral, la nuestra buscaba la trascendencia del “Ser” espiritual más allá de la muerte. La vida eterna a partir de la conciencia.

“¿A dónde iré?
¿A dónde iré?
El camino del Dios Dual.
¿Por ventura es tu casa en el lugar de los descarnados?
¿Acaso en el interior del cielo?,
¿O solamente aquí en la tierra es el lugar de los descarnados?
...
¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,
no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”.
(Cantares mexicanos)

Para entender al México antiguo es muy recomendable conocer las formas de vida y valores, de los pueblos llamados “indígenas” que hasta nuestros días guardan celosamente los milenarios valores y principios espirituales que los engendraron desde la invención de la agricultura hace ocho mil años y que en síntesis buscan acercar al ser humano con lo sagrado y lo divino, con lo trascendente e inconmensurable.

“Finalmente llegamos a la veneración de Dios en la forma de ideal elegido por uno mismo. Los hindúes han representado a Dios de innumerables maneras y, según dicen, ello es apropiado. Cada una de ellas no es más que un símbolo que apunta a algo en el más allá, y como ninguna agota la verdadera naturaleza de Dios, toda la gama se necesita para completar la figura de los aspectos y las manifestaciones de Dios... Como hemos visto, el fin de la vida es trascender la pequeñez del ser finito. Esto puede lograrse identificándose con el Absoluto trascendental que reside en el fondo de uno mismo o desplazando el interés y el afecto hacia Dios personal que se siente como una entidad distinta de uno mismo.” (Huston Smith. 1997) [1]

Todas las civilizaciones y sus culturas apuntan en su vértice superior a lograr la trascendencia de nuestra forma material carnal a una vida eterna luminosa espiritual. Prepararse para morir físicamente y renacer espiritualmente para una vida eterna, este ha sido el desafío de todos los seres humanos conscientes en la historia de la humanidad. En ese perenne desafío se han formado todas las civilizaciones y culturas del mundo, así como las religiones.

“...el hombre es el principio de la creación del mundo y el encargado de su preservación y su desarrollo hacia lo perfecto. Sobre esta concepción se edifica a sí mismo, y edifica el mundo a su alrededor. Así es como construye la cultura de que somos, hasta hoy, exclusivos herederos.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1992)

La Divinidad Suprema.

Para los Viejos Abuelos sólo existía una sola representación de la divinidad suprema, que era invisible e impalpable, que no tenía nombre y que nadie lo había creado. En el México antiguo no existía el concepto judeocristiano de “dios” y de aquí nacen muchos equívocos desde Hernán Cortés hasta nuestros colonizados investigadores del México contemporáneo. La concepción de la divinidad suprema de los antiguos mexicanos está más cerca de la concepción Hindú que del judeocristianismo. Manteniendo el principio básico de que la divinidad suprema es inaccesible e incognoscible al ser humano, se entiende la

“flexibilidad” para representar las múltiples facetas de ese concepto tan complejo.

“El principio de unicidad inherente a la religión –principio que tiene muy poco que ver con la calidad y el número de los dioses- significa que el hombre ha descubierto un centro en sí mismo y que concibe el universo a partir de ese centro. Es decir, que la esencia de todo sistema religioso reside en la revelación de un alma individual estrechamente ligada al alma cósmica: se trata, en una palabra, de la divinización del hombre.
No siendo sino perecederas producciones del intelecto sometidas a las circunstancias sociales, los dioses son secundarios y, considerados como un fin en sí, no pueden inducir más que a error. Así pues, si no queremos que una religión se nos oculte bajo el amontonamiento de inertes detalles técnicos, es necesario esforzarnos por redescubrir la revelación que, inevitablemente, está en su origen.” (Laurette Séjourné. 1957)

Debemos de tomar en cuenta que poco es lo que sabemos en verdad de la religión de los Viejos Abuelos. En parte, porque a partir del período Postclásico (850 a 1521 d.C.) los propios dirigentes en la decadencia, transgredieron las normas religiosas que los maestros toltecas habían decantado y que permitieron un milenio de paz y armonía de los pueblos del Anáhuac. Más aún, cuando Tlacaelel y los mexicas con sus reformas ochenta y un años antes de la conquista, cambiaron dramáticamente el sentido místico espiritual religioso, por un sentido guerrero material imperialista.

Y en parte también, por la negación e incapacidad de los colonizadores y misioneros por entender una religión que era totalmente diferente a la suya. Donde, además, pesaba el epíteto de demoníaca y primitiva. Los investigadores contemporáneos siguen tomando como base “científica” lo que “dijeron los vencidos y lo que interpretaron los vencedores”, sin desarrollar una mentalidad descolonizada para tratar de descifrar nuestro milenario legado religioso. Pues atrás de él, encontramos un vasto tesoro filosófico, pleno de eterna sabiduría universal. “Ahora bien: en este estado de la religión, acontece la conquista española. Sobreviene la catástrofe. Llegan los misioneros, que sabiamente procuran que algo escape a ella, y buscan conservar los testimonios de la religión vencida mediante la información que solicitan a quienes habían sido sus fieles. Y éstos, comprensiblemente, no les revelan, o porque no lo tienen o porque no quieren compartirlo, el conocimiento mayor, el de quienes he llamado expertos. Entonces comunican sólo aquello que es patrimonio cognoscitivo de la comunidad: rasgos físicos, cualidades generales como que la entidad Tláloc es dios de las lluvias o fomentador de la fertilidad. Esto es lo que consta en los textos entonces recogidos.
Los cronistas e historiadores posteriores toman esta imagen, decididamente mutilada, ya que al destruirse la comunidad religiosa, el conocimiento de los expertos dejó de transfundirse en ésta, dejándola sin fundamentos y con una verdad fragmentada.
Ahora llegan los estudiosos siguientes. Llevados posiblemente por su incapacidad de comprender los llamados testimonios arqueológicos, esto es, las imágenes en que los miembros de aquella comunidad plasmaron su secreto, han ido a lo que les es comprensible: fuentes escritas. Y han tomado por verdad íntegra el conocimiento superficial, privado de raíz, que en ellas se contiene. De allí la pobreza, la incesante repetición de errores, contradicciones y superficialidades reiteradas que se manifiestan en sus obras.
Y también, fruto así mismo de su incomprensión de las imágenes, las falsas atribuciones iconográficas, que han venido, al ser irreflexivamente repetidas, a integrar una red insoslayable de mentiras y confusión, de la cual resulta difícil escapar.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1986)

La divinidad suprema tenía muchas formas de representación en lo que conocemos equivocadamente como dioses menores, pero que eran advocaciones diferentes de una misma realidad. Como la Virgen María en la religión católica que es una sola, por múltiples representaciones de una misma realidad. A esta avanzada interpretación de “Dios”, los Viejos Abuelos le nombraban poéticamente, “El dueño del cerca y del junto,[2] Aquél por quien se vive, Noche Viento, El que se inventa a sí mismo”. Intentos poéticos de referirse a lo impronunciable, lo divino, lo inconmensurable, lo innombrable. Concepto más filosófico que religioso, que seguramente fue manejado como conocimiento esotérico por aquellas personas que vivían en lo que hoy conocemos como zonas arqueológicas y que estaban consagrados al estudio e investigación de las posibilidades energéticas del ser humano.

“Amo y señor nuestro, Tloque Nahuaque, Yoalli Ehécatl, que ves y conoces el interior del árbol y de la piedra, y en verdad ahora conoces también nuestro interior, escuchas en nuestro interior; oyes y sabes lo que decimos dentro de nosotros, lo que pensamos; nuestro rostro y nuestro corazón como humo y niebla se levantan delante de ti.” (Libro sexto del Códice Florentino)[3]

La Dualidad Divina.

Esta misma figura filosófica se representa en un siguiente plano más accesible, llamado “Divinidad Dual, dualidad divina o Dios Dos”, como una divinidad doble, mitad masculina mitad femenina, entendiendo que todo lo que está creado en la tierra, surge de un par de opuestos complementarios, uno masculino otro femenino, vida muerte, caliente frío, luz oscuridad, blanco negro, Ying Yang, etc.

Ometeótl[4] es una profunda metáfora filosófica. El universo mismo está constituido de un par de opuestos complementarios. El principio dialéctico está presente de manera contundente en “la dualidad divina”. Ocupa los espacios iconográficos de mayor importancia de manera reiterativa. Como dos cabezas de serpientes que se miran de frente, o como dos cabezas de quetzal que se miran de frente.

“Antes que nada, para eso, conviene tener presente la idea, generalmente admitida, de la concepción dualista del mundo existente entre los antiguos mexicanos.
Originado en una divinidad doble, dicen los autores, el mundo era concebido por ellos como resultado de ese principio; como una perpetua lucha entre contrarios, que iba engendrando muevas etapas de existencia.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1996)

Esta representación de la divinidad suprema en un plano siguiente inferior a Tloque Nahuaque o Aquél por quien se vive, tal vez se manejaba en los espacios de los sumos sacerdotes y de la alta jerarquía religiosa. Lo cierto es que esta representación dual de las serpientes o los quetzales, se puede encontrar en todas las culturas de los tres períodos, como elemento importante y central en la iconografía. Se trata de la lucha de contrarios en la creación del universo y la vida en el Anáhuac. Figura religiosa-filosófica que nos habla de la necesidad de humanizar al mundo a través de la misión que ha recibido el género humano.

“Reflexionaremos ahora acerca de lo expuesto hasta aquí.
Se ha hablado de la –acción de dos principios antagónicos que luchan-, de –lucha de contrarios-, de –la idea de la lucha-, de –choques de fuerzas antagónicas-... Dicho tercer elemento, por necesidad, al mismo tiempo que no es ni uno ni otro de los dos primeros, ha de tener en sí algo de ellos y algo distinto a la vez, con lo cual ha de serle dado provocar su transmutación y su unión en la acción creadora. Al intervenir, pues, este elemento que puede llamarse neutro, en los elementos positivo y negativo, hace nacer en ese mismo punto la posibilidad y la necesidad de algo que antes no existía.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1996) Al intervenir, pues, este elemento que puede llamarse neutro, en los elementos positivo y negativo, hace nacer en ese mismo punto la posibilidad y la necesidad de algo que antes no existía.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1996)

Tláloc y Quetzalcóatl.

La tercera aproximación de esta misma representación de la divinidad, se encuentra en un par de figuras religiosas, opuestas y complementarias. Para los Viejos Abuelos, todo cuanto existía en el mundo estaba constituido de dos clases de energía. Una era la luminosa y la otra la espiritual. La energía luminosa, es la esencia de todo el mundo “material”, pues la materia, en su naturaleza más íntima está conformada por energía. En nuestros días es más fácil entender esta avanzada concepción del mundo, ya que sabemos que la parte más pequeña de la “materia” está constituida por átomos y éstos a su vez por cargas energéticas, de modo que lo que llamamos “materia”, no es más que la energía condensada en diferentes grados.

“El rostro de Tláloc, pues, es serpentino; pero no sólo eso: es también humano. Porque la imagen de Tláloc representa un rostro formado por el encuentro de dos serpientes que juntan sus hocicos, rostro que, generalmente, se asienta sobre un cuerpo de hombre o de mujer, visto en su totalidad o en parte.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1996)

Los Viejos Abuelos representaron simbólicamente a esta energía con el agua, toda vez que por la influencia del agua el mundo material se reproduce. Un mismo desierto puede convertirse en un vergel por medio de la intervención del agua. El agua es tan solo un símbolo para representar el impulso maravilloso de la VIDA en su sentido más amplio, siempre asociado a la fertilidad. El símbolo es confirmado por la presencia del agua como el anuncio de la vida. A este símbolo religioso lo llamaron los nahuas Tláloc, pero los mayas Chac, los zapotecas Cosijo y los totonacas Tajín. El concepto es la manifestación de la fuerza creadora en un par de energías opuestas y complementarias que forman el mundo. Es una sola estructura religiosa filosófica, utilizada por todas las culturas de una misma civilización. De esta manera el símbolo de Tláloc, no sólo presenta la energía con la que está constituido el mundo que nos rodea, sino que, además, nos recuerda de manera permanente que el ser humano tiene la obligación de “humanizar” ese mundo material en el que vive.

La segunda energía que constituía al mundo era la energía espiritual, que generan todos los seres vivos, desde una hormiga hasta una ballena, pero que en el ser humano se genera con mayor intensidad a través de la conciencia de Ser. Para los Viejos Abuelos, la diferencia con los demás seres vivos se torna una responsabilidad y no una superioridad. El ser humano a través de su potencial generador de la energía espiritual, se ve comprometido con la fuerza creadora para mantener el orden universal y coadyuvar con las diversas representaciones de esa divinidad suprema para humanizar el mundo. Sostener, preservar y humanizar al mundo era la misión divina de los antiguos mexicanos en el orden cósmico universal de la vida.

“La creación no es un hecho instantáneo, sino un proceso interminable. El Hombre ha de cumplirla sin interrupción, tomando sobre sí el deber de encaminar hacia su perfección lo inicialmente creado.
Así se explica, dentro de la básica unidad cultural, la dinámica variedad de sus manifestaciones. Se explica así, por ejemplo, las diferencias entre la urbanización de La Venta y la de Palenque o Monte Albán o Tenochtitlán. Una sola concepción las dirige: la humana obligación de aliarse a los dioses para crear, mantener y perfeccionar lo existente.” (Rubén Bonifaz Nuño. 1995)

La segunda representación, opuesta y complementaria a la primera, la encontramos con el llamado “dios del viento”. Entendiendo en este simbolismo que, la vida cobra su “esencia” cuando recibe el “soplo divino que le otorga la conciencia de ser”. Efectivamente, los Viejos Abuelos afirmaban que el fenómeno de la vida alcanzaba su perfección más sublime cuando la inconmensurable fuerza del “Espíritu” soplaba en el interior de la energía luminosa. Al “Dios del Viento” los nahuas le llamaron Ehécatl-Quetzalcóatl. También, metafóricamente le llamaban “El barredor de caminos” que anuncia la vida. Es el viento el que anuncia la llegada de la lluvia y con esto el florecimiento de la vida. El soplo divino que anima a la conciencia espiritual estaba asociado a Quetzalcóatl.

“Hablaban de un héroe nacional, civilizador y maestro, que al mismo tiempo era identificado con la deidad suprema y con el creador del mundo.”
“León Portilla considera que más importante que la existencia de Quetzalcóatl como hombre -del que la vida, principalmente en el mundo maya, constituye un complejo cuya clarificación presenta no pocos problemas- es que se le haya considerado como personaje central del espiritualismo del México anterior a la conquista, al grado de que el pensamiento filosófico a él atribuido llega a dominar toda una etapa cultural.” (Alfredo López Austin. 1973)

Estas representaciones simbólicas de realidades filosóficas sumamente complejas y profundas, fueron compartidas por todas las culturas en tiempo y espacio. Desde el Preclásico hasta el Postclásico, del Norte al Sur y del Océano Pacífico al Golfo de México. Su iconografía mantenía caracteres y rasgos comunes y fundamentalmente sus nombres variaban según la lengua, pero significaban lo mismo. Por ejemplo: Quetzalcóatl en náhuatl y Kukulcán en maya, significa en los dos casos “Pájaro-serpiente” o serpiente preciosa, como Belaguetza en lengua zapoteca. Diversas formas de expresar una misma matriz filosófica religiosa, lo que nos habla de un hilo conductor, desde los olmecas en el período Preclásico, pasando por los toltecas en período clásico y que lo llegamos a encontrar en los mexicas o aztecas en el período Postclásico. Una sola matriz filosófica-cultural, una iconografía diversa pero manteniendo y compartiendo valores estéticos universales entre ellas, y finalmente, una sola religión con diversas variantes en su expresión en tiempo y espacio.

En el libro “Pensamiento y Religión en el México Antiguo”, Laurette Séjourné hace una aproximación descolonizada de lo que debió ser la esencia de la religión del Anáhuac.

“Es este mismo itinerario el que sigue el alma: desciende de su morada celeste, entra en la oscuridad de la materia para elevarse de nuevo. gloriosa, en el momento de la disolución del cuerpo. El mito de Quetzalcóatl no significa otra cosa. La pureza absoluta del Rey se refiere a su estado de planeta, cuando no es todavía más que luz. Sus pecados y sus remordimientos corresponden al fenómeno de la encarnación de esta luz y a la dolorosa pero necesaria toma de conciencia de la condición humana; su abandono de las cosas de este mundo y la hoguera fatal que construye con sus propias manos señalan los preceptos a seguir para que la existencia no sea perdida: alcanzar la unidad eterna por el desprendimiento y sacrificio del yo transitorio”...
“Es decir, que la creación no es considerada posible más que a través del sacrificio: sacrificio del Sol desmembrado en la humanidad (la estrella de la tarde es un fragmento de luz arrancada antes de su declinación). Sacrificio del hombre para restaurar la unidad original del astro...”
“El Sol es denominado el Rey de los que vuelven: difícilmente podría encontrarse una comprobación más rigurosa a la hipótesis de la creencia náhuatl en el origen celeste del individuo”
“Como lo hemos visto el mensaje de Quetzalcóatl consiste en resolver el problema de la dualidad de la naturaleza humana. Con la parábola del rey de Tollan, enuncia los principios del desprendimiento y del renunciamiento por los cuales el hombre puede reencontrar su propia unidad...”
“Quetzalcóatl hecha sobre él un puente para que sus “pajes” o discípulos puedan seguirlo. Esta acción de crear un puente nos dice, una vez más, que su misión tiene por objeto establecer una comunicación entre la tierra y el cielo, unir el hombre a Dios.
Que sean cumplidos durante la vida o después de la muerte, estos ritos que reproducen la parábola del hombre convertido en planeta constituyen sin duda prueba del paso a niveles espirituales superiores que deben progresivamente llevar a la unión con lo trascendente.
En realidad, la existencia era concebida como una preparación para la muerte, y esta representaba el nacimiento verdadero que se alcanzaba liberándose del yo limitado y mortal.”
“La sangre con que Quetzalcóatl rocía los huesos sustraídos a la muerte representa el fuego divino que salva a la materia -veremos después que la sangre y el fuego tienen la misma significación
simbólica-, y es claro que este mito relata el nacimiento del hombre a la espiritualidad.”
“Esto indica que, lejos de constituir un elemento inútil que no hace más que molestar al espíritu, la materia le es necesaria porque únicamente por la acción recíproca del uno sobre la otra, la liberación es conseguida.
Parecería que si la materia es salvada por el espíritu, este a su vez tiene necesidad de ella para transformarse en algo como una energía consciente sin la cual la creación dejaría de existir.”
“Esta energía indispensable a la marcha del universo no puede surgir más que del hombre, porque solo él posee un centro susceptible de transformar el espíritu que estará destinado a perderse en la materia. Salvándose él mismo, el hombre -del que Quetzalcóatl es el arquetipo- salva entonces la Creación.
Por eso es el redentor por excelencia. Como lo enseña la parábola del rey del Tollan, esta salvación no se hace fácilmente. Para reconciliar el espíritu y la materia de que está formado, el individuo debe sostener durante toda su vida una lucha dolorosamente consciente que lo convierte en un campo de batalla en el que se enfrentan sin piedad los dos enemigos. La victoria del uno o del otro decidirá de su vida o de su muerte: si la materia vence, su espíritu se aniquila con él; si ocurre lo contrario el cuerpo “florece” y una nueva luz va a dar fuerza al Sol.”
“El Sol que da vida al universo se alimenta del sacrificio [espiritual N. A.] del hombre, y no puede subsistir sino por su fuerza interior.”
“Así, por un camino diferente, nos volvemos a encontrar con la hipótesis según la cual la Era de Quetzalcóatl es la del advenimiento del alma, del centro unificador que es la esencia misma de todo pensamiento religioso.” (Laurette Séjourné. 1957)

Es importante subrayar, que el grado de abstracción y profundidad en la religión del pueblo logrado por los Viejos Abuelos, resulta hasta nuestros días muy adelantado. Lo que sucede es que desde 1521 se ha prejuiciado y mal interpretado todo conocimiento y valor de la antigua civilización, especialmente en el aspecto de la religión y la filosofía, toda vez que eran las bases “morales” por las que se justificaba la invasión. En efecto, la corona española manifiesta que los pueblos invadidos eran salvajes y primitivos. La iglesia por su parte autoriza la invasión en tanto se “liberaba” a los naturales de su demoníaca religión y se les salvaba el alma, incorporándolos al seno de la iglesia católica.

La abstracción religiosa.

Un ejemplo de esta avanzada visión religiosa lo podemos observar en una celebración que tenía en una ceremonia que desde los olmecas hasta los aztecas se repetía exactamente cada 52 años.

Una asombrosa medida que impedía el fanatismo y el culto a los objetos, manteniendo al pueblo sin la carga aberrante de las supercherías y la idolatría. Nos referimos a la Ceremonia del Fuego Nuevo que se celebraba cada “Atado de años” y que entre todos los rituales se requería que los habitantes de todas las comunidades, grandes y pequeñas, tenían que subir cargando a un cerro tutelar todas sus “reliquias religiosas” que se habían acumulado a lo largo de 52 años, tanto en los templos como en las casas.

Estas figuras hechas en barro y diversos materiales pertenecían a las diferentes formas en las que se representaba la divinidad suprema y sus diversas advocaciones o “dioses menores”. Las piezas eran destruidas el último día antes de que terminara el ciclo cósmico, ya que si salía el sol al otro día, estaban garantizados otros 52 años más de vida del Quinto Sol. Así que no sólo se iniciaba un fuego nuevo, sino también se construían nuevas representaciones de las deidades para iniciar un nuevo ciclo sin cargar con “reliquias” que fanatizaran al pueblo y que desvirtuaban el sentido abstracto de la divinidad. Es impresionante entender como con una tradición religiosa de una civilización extremadamente mística y espiritual, impedían que los pueblos se fanatizaran y convirtieran en fetiche los objetos del culto religioso, manteniendo en el plano abstracto la divinidad suprema. Los Viejos Abuelos comenzaron a ser idólatras justamente con la imposición de la religión católica, pues ahí es donde nace la devoción a las imágenes.

De esta manera, podemos afirmar que esa divinidad suprema, que no tenía nombre, ni podía ser representada, vista o tocada, se manifestaba en el universo, la naturaleza y en los grandes sentimientos humanos. Así el Sol resultaba una manifestación de este poder inconmensurable, pero también lo hacía el agua, el viento, la tierra, las montañas, el rayo, el fuego. No es que fueran “dioses”, sino manifestaciones diversas de una misma realidad. Como en la religión católica existen muchas vírgenes pero todas son diversas advocaciones de la Virgen María. La paloma que se encuentra reiteradamente en lienzos, esculturas, vitrales o metales, puede ser otro ejemplo. Los católicos no “adoran” y le rinden culto a la paloma. Es sólo un símbolo aceptado por todos, de un concepto muy abstracto y profundo, como resulta El Espíritu Santo.

Para el común del pueblo, para los “macehuales”[5], para “la ala y la cola”, los símbolos de Tláloc y Quetzalcóatl eran la inmediata representación de la fuerza creadora, de la divinidad suprema. Símbolos que eran usados por el pueblo para guiar su sentido ético y moral. Para fortalecer las costumbres y la tradición. Seguramente que fue este tercer nivel de concepción religiosa la que permitió que durante diez siglos los Viejos Abuelos pudieran vivir socialmente en armonía y en paz, permitiendo el desarrollo del conocimiento de los venerables maestros toltecas que “trabajaban”, en lo que hoy conocemos como zonas arqueológicas.

Existe una misma memoria histórica compartida por todos los pueblos del Anáhuac en cuanto a su origen. Más adelante lo trataremos en el capítulo referente a la filosofía, pero valdría apuntar que la existencia de una serie de historias compartidas de una u otra manera por los pueblos del Anáhuac, como son: La creación de la Tierra[6], Los dos gemelos divinos[7], La leyenda de los Soles, La lucha entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, La primera pareja divina y sus cuatro hijos, la peregrinación en busca de una tierra prometida. Lo que nos sugiere que el origen de la religión deviene de una antiquísima, profunda y compartida concepción filosófica.

Símbolos religiosos de la divinidad.

Para cerrar este capítulo enumeraremos los símbolos religiosos más conocidos del Anáhuac. Entendiendo que no son “dioses” en el concepto judeocristiano, sino diversas advocaciones de una misma realidad innombrable, impalpable e invisible. Estas múltiples representaciones de referirse a las diversas formas de percibir lo inconmensurable, en algunos momentos nos pareciera que se repiten o tienen grandes parecidos. Esta apreciación es correcta, ya que son símbolos abstractos que nos hablan de verdades universales que tratan de ser repensadas o conceptualizadas para un uso popular.

Cuando tratamos sobre las múltiples advocaciones de la divinidad suprema del Anáhuac debemos precisar a qué período nos referimos: formativo, esplendor o decadente. A qué nivel: si al filosófico que investigaban las personas de conocimiento, al religioso que manejaban la jerarquía sacerdotal o al popular que veneraban los macehuales o pueblo en general. Y finalmente, a que cultura, dado que aunque todas las advocaciones tenían un mismo origen, en cada cultura tenía un nombre diferente aunque su significado fuera parecido y su iconografía fuera diferente, según cada estilo cultural. Pero debemos señalar que compartían ciertos rasgos comunes. Por ejemplo, en el caso de Tláloc y sus similares en todas las culturas. La representación gráfica siempre compartía unas anteojeras, colmillos y una lengua bífida.

La excepción de la regla la encarna Huitzilopochtli, representación de la divinidad exclusiva de los mexicas. En efecto, cuando llegaron al Valle de Anáhuac en el siglo XII ya la traían del Norte como su guía espiritual. Posteriormente, cuando los mexicas se culturizan con los remanentes de sabiduría tolteca que quedaban del período Clásico, incorporarán a su “Dios tribal” al panteón ancestral del Anáhuac y lo incrustarán como uno de los cuatro hijos de la pareja divina. Esto sucederá durante las reformas filosófico-religiosas que realizarán Tlacaelel 81 años antes de la llegada de los invasores. También existen un sin fin de “dioses menores”, que son referencias muy espaciales de actividades que los seres humanos hacían y que, inmersos en un mundo sumamente religioso, se les contemplaba no como dioses en el contexto judeocristiano, sino más bien como “esencia sagrada”. Nos referimos a los múltiples “dioses” de: la cacería, el pulque, el comercio y demás. Algo similar al lugar que ocupan los “santos” en la religión católica.

La confusión nace de la visión europea y judeocristiana del siglo XVI, que no tenía elementos, ni intenciones para entender una religión mucho más antigua, abstracta y avanzada. Nace de la actitud prejuiciada e intolerante de los primeros “estudiosos” extranjeros y sus sucesivos investigadores. Nace también de la serie de mentiras, erróneas apreciaciones y tergiversadas tesis de los investigadores foráneos y sus colonizados seguidores locales, que se han venido tejiendo y repitiendo a lo largo de estos cinco siglos y que se han convertido en el discurso oficial de la historia oficial.

Nombraremos a las advocaciones más importantes de la suprema divinidad del Cem Anáhuac, en el entendido de que no es una lista en la que estén todas las representaciones:

    
1. Tloque Nahuaque o “El que está aquí y en todas partes”.
2. Ometeótl o “La dualidad divina”;
3. Ometecutli “De los dos el Señor”.
4. Ometecihuatl “De los dos la Señora”.
5. Ehécatl-Quetzalcóatl, “El soplo divino o la representación del aire”.
6. Tláloc, “El dios del agua o la fertilidad”;
7. Tlaltecuhtli y Tlalecihuatl “El Señor y la Señora de la Tierra”.
8. La Tierra representada en tres diferentes modalidades como: Coatlicue o “La de la falda de serpientes”
9. Cihuacoátl o “La Mujer serpiente”
10. Tlazolteotl o “La Comedora de inmundicias”;
11. Tezcatlipoca, “El Espejo humeante o el Enemigo interior”;
12. Mictlantecuhtli y Mictlantecihuatl, “El Señor y la Señora de la Muerte”.

    
13. Tonatiuh, “El Sol”.
14. Tonacatecutli y Tonacatcihuatl, “El Señor y la Señora del Sustento”.
15. Xochiquetzalli, “La flor preciosa”.
16. Huehueteotl, “El dios viejo del fuego”;
17. Chantihco, “El calor de la Tierra, el fuego del hogar o la parte femenina de la energía”.
18. Tonatzin, “Nuestra madre querida.
19. Mixcoátl, “La serpiente nebulosa” refriéndose a la Vía Láctea.
20. Xipe Totec, “El Señor del descarnado”, depurador de la naturaleza o la acción de desprender la materia del espíritu.
21. Xólotl, “El gemelo o nagual” de Quetzalcóatl.
22. Macuilxochitl, “Cinco flor” o enaltecedor del espíritu por medio del ejercicio y la danza.
23. Mayahuel asociado al pulque como bebida espirituosa;
24. Yspapalotl, “Mariposa de obsidiana”;
25. Toci, “La venerable Abuela”.
26. Chicomecóatl, o “Siete serpiente”, deidad del maíz.
27. Xilonen La joven madre del maíz”;
28. Tlaloques entidades menores de la lluvia;
29. Chalchihuitlicue, “La del manto enjoyado”, advocación femenina del agua divina.
30. Patécatl; “El de la tierra de las medicinas”;
31. Metztli, “La Luna”.
32. Tepeyolohtli, “El corazón de las montañas”;
33. Yacatecuhtli, “El Señor que guía a los viajeros y comerciantes”;
34. Ixtliton advocación de la curación de las enfermedades, “Señor de la salud”;
35. Chiuatetéotl advocación de las mujeres muertas en parto;
36. Xiuhtecuhtli advocación del fuego.

Casi todas las culturas compartirán las mismas advocaciones pero cambiarán levemente su iconografía y totalmente su nombre de acuerdo a cada lengua.

Uno de los legados más importantes que hoy nos acompaña del México antiguo, indiscutiblemente es la visión mística y espiritual que los mexicanos tenemos por el mundo y la vida. Los Viejos Abuelos supieron muy sabiamente amoldarse a la religión impuesta. Cambiaron todo por fuera, pero por dentro mantuvieron las bases fundamentales de su milenaria religión hasta nuestros días, especialmente en los pueblos originarios del Anáhuac.

Una de las muchas herencias de ese mundo religioso que duró perfectamente estructurado, por lo menos 30 siglos antes de la llegada de los invasores españoles, la podemos encontrar hoy en día en la forma en la que los indígenas se relacionan con los divino y con lo sagrado. Los indígenas no necesitan de “interlocutores” para entrar en contacto con la Divinidad Suprema. Ellos actualmente usan las imágenes católicas, pero les ponen nombres en sus lenguas y les hacen cultos personales y comunitarios donde ellos mismos ofician, sin necesidad de sacerdotes o sacristanes.

Finalmente diremos que la religión es y ha sido una de las bases del pueblo de México. El sentido místico y espiritual de la vida es una de las valiosas herencias de nuestros Viejos Abuelos.


  1. Huston Cummings Smith (nacido el 31 de mayo de 1919 en Suzhou, China) es un académico de estudios religiosos en los Estados Unidos. Su libro las Religiones del Mundo (originalmente titulado las religiones del hombre) sigue siendo una introducción popular a la religión comparada.
  2. Omnipresente
  3. Códice Florentino o la Historia general de las cosas de la Nueva España, es el título de una obra escrita y supervisada por el religioso franciscano español Bernardino de Sahagún, entre los años de 1540 y 1585, poco después de la Conquista de México por parte de los españoles. Para realizar el libro, Sahagún recurrió a la indagación directa entre los nativos mexicanos, concentrándose en la región central de México. Por ello, algunos antropólogos —especialmente los mexicanos— reclaman para el fraile franciscano el ser uno de los antecesores de la moderna etnografía. De hecho, se trata de una copia de materiales originales que se han perdido, tal vez destruidos por las autoridades españolas que confiscaron, posteriormente, los manuscritos de Sahagún. Los materiales originales fueron los registros de conversaciones y entrevistas con indígenas en las poblaciones de Tlatelolco, Texcoco y Tenochtitlán, además de informes de los estudiantes indígenas trilingües formados por el fraile en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (ubicado en la actual ciudad de México). Estos alumnos fueron Antonio Valeriano, oriundo de Azcapotzalco; Antonio Vejarano, de Cuautitlán; Martín Jacobita, de Tlatelolco; Pedro de San Buenaventura y Andrés Leonardo, también oriundo de Tlatelolco.
  4. Ometeótl, Ometecuhtli (El Señor Dos) y Omecihuatl (La Señora Dos) formaban la dualidad creadora en la religión mexica. Eruditos como Miguel León-Portilla traducen a Ometéotl/Omecihuatl como Señor/Señora de la Dualidad, implicando un solo dios de carácter dual. Ometecuhtli representa la esencia masculina de la creación. Es esposo de Omecihuatl y padre de Tezcatlipoca rojo (Xipe Tótec), Tezcatlipoca negro (Tezcatlipoca), Tezcatlipoca blanco (Quetzalcóatl), y Tezcatlipoca azul (Huitzilopochtli). También se le llama Tonacatecuhtli [tonaka'teuktli], "Señor de nuestra carne". Ometeótl es también llamado "in Tonan, in Totah, Huehueteotl", "Madre nuestra, Padre nuestro, Viejo Dios". Como dualidad y unidad masculino-femenina, reside en Omeyocan, "el Sitio de la Dualidad", que, a su vez, ocupa el más alto lugar de los cielos. El/ella es padre/madre del Universo y cuanto hay en él. Como "Señor y Señora de Nuestra Carne y Sustento", suministra la energía cósmica universal de la que todas las cosas derivan, así como la continuidad de su existencia y sustento.
  5. En la sociedad azteca, los macehualli (o macehualtin, en plural) eran la clase social que estaba por encima de los esclavos, y jerárquicamente estaban por debajo de los pīpiltin o nobles. Los maceualtin rendían servicio militar, pagaban impuestos y trabajaban en obras colectivas. Como los esclavos, también podían poseer bienes, casarse con personas libres, tener hijos libres, teniendo una relativa libertad.
  6. E. de Jonghe "Histoire du Mexique" manuscrito francés del XVI (Biblioteca Nacional de París.)
  7. Popol Vuj. Libro sagrado de los mayas.