De aquel célebre Juan, por mote Lanas,
hijo fue Pedro, por apodo Enreda,
buscador impertérrito de nidos
en tiempo de la veda,
verdugo de lagartos y de ranas,
y apedreador insigne de ventanas.
Estudiaba latín... Miento: asistía
quince días al mes, y no seguidos,
a la clase del dómine García;
pero eso de estudiar... ¡qué tontería!
Les embelesa tanto los sentidos
a ciertas criaturas
el placer sin igual de hacer diabluras,
que es trabajar en vano
enseñarles latín ni castellano.
Al salir, pues, el estudiante maula
un miércoles del aula,
le fue Juan a esperar: llegó temprano,
y estando enfermo por allí un vecino,
pasose Juan a verle de camino.
Perico Enreda en tanto
se anticipó a salir. -A jugar, ea.
Hoy me toca ejercicio de pedrea;
mas que venga, provisto de antiparras
por la calle y me vea
ese dómine abanto,
gruñidor y estafermo.
Yo sabré libertarme de sus garras.
Dice: y agarra un canto,
mira con precaución a la redonda,
ve una ventana abierta,
(era la de la alcoba del enfermo),
lanza por ella el proyectil con honda,
y al inocente Juan a darle acierta
en lo alto de la calva descubierta,
causándole del golpe tal herida,
que por gracia de Dios quedó con vida.


Malas inclinaciones de muchachos,
que el rigor a su tiempo no endereza,
darán el fruto de partir en cachos
al indolente padre la cabeza.