Estudios literarios por Lord Macaulay/Petrarca

Nota: Se respeta la ortografía original de la época

PETRARCA.




Et vos, o lauri, carpam, et te proxima myrte.
Sie positæ quoniam suaves miscetis odores.

Virgilio.

Sería difícil citar el nombre de un poeta cuya fama pueda ser comparada con la del Petrarca, si se tiene en cuenta lo extendida que se halla. Cuatro siglos y medio[1] van trascurridos desde su muerte, y, sin embargo, los habitantes de todos los pueblos de Occidente conocen su carácter y sus aventuras con tantos detalles y tan á la menuda cual si se tratara del hombre más ilustre y moderno de la historia literaria de su país respectivo; raro privilegio que ha puesto á sus detractores en la necesidad de confesar que sin mérito notorio no habria podido conseguirlo. Mas no por eso irán sus admiradores hasta el extremo de sostener que el Petrarca hubiera podido elevarse á tanta altura con su propio esfuerzo y por su propio mérito; gloria que ni Shakspeare, ni Milton, ni Dante han alcanzado todavia, y que ningun escritor moderno, excepto Petrarca y Cervantes, ha logrado conservar largo tiempo: la gloria de la fama universal.

Sin gran pena podrian descubrirse algunas de las causas á las cuales ha debido este varon eminente la celebridad de que goza, y que desde luego consideramos desproporcionada á los verdaderos derechos que tiene á la admiracion de las gentes. El Petrarca era un egoista, y este defecto, aborrecido de todos en la conversacion, tanto que, á nuestro parecer, no hay servicios, ni talentos, ni simpatias que lo hagan perdonable sino es el cariño reciproco de los amantes, y que sólo el interes, la gratitud, la admiracion y el temor son parte á reprimir el desagrado que causa, presta á las narraciones, cuando son escritas, encanto indecible. Rousseau ha hecho en este género los ensayos más atrevidos con el mejor éxito. Lord Byron, á su vez, ha logrado en nuestros días excitar interes y admiracion extraorainarias, merced á una serie de tentativas semejantes. Wordsworth escribia con un egoismo más profundo, pero ménos visible, y se ha visto recompensado por una secta de fiéles, poco numerosa comparativamente, si bien de infinita más devocion y fanatismo. Inútil es que multipliquemos los ejemplos. Tampoco nos parece necesario decir que hay ahora una multitud de pretendientes de celebridad, asidos á todas las ramas de la literatura, que hacen los mayores esfuerzos para excitar el interes del público, descubriendo las deformidades y llagas de su modo de ser moral é intelectual, y que hay otros que áun llevan más lejos su.imitacion de los mendigos, pues simulan y fingen males y padecimientos que no tienen, para llamar la atencion sobre sus personas é implorar mejor la caridad pú blica; la cual emplea en ellos su conmiseracion y su dinero cuando haria mejor en cubrirlos de menosprecio y de vergüenza, por no ser merecedores los que tal hacen sino es de ir á galeras por tiempo indefinido. Pero este artificio, que suele dar buen resultado á los necios, presta indefinible seduccion á las obras que ya por sí mismas tienen mérito verdadero, debido á que siempre tenemos curiosidad de saber algo del carácter y de las interioridades de aquellos hombres cuyas producciones hemos estudiado con placer. Tal vez ningun pasaje de los poemas de Milton se ha leido con más insistencia é interes más vivo que los versos en que alude á su posicion; y es digno de ver el afan con que los críticos buscan en los de Homero algo que sea parte á dar idea de la suya. Quién bace la hipótesis de que quiso retratarse bajo el nombre de Demódoco; quién sostiene que él es y no otro aquel Femio cuya vida salvó Ulises. Esta inclinacion natural de los hombres sirve para explicar, en nuestro concepto, y en gran parte, la popularidad inmensa de un poeta cuyas obras no son otra cosa que la expresion de sus pasiones.

En segundo lugar, Petrarca no era sólo egoista, sino enamorado además, y las esperanzas, los temores, las penas, las congojas, las alegrías y los sufrimientos que él describia tenian su origen y fundamento en esta pasion, que ejerce más influen cia y cobra más fuerza que otra alguna en las imaginaciones. Aparte de esto, reunia olra ventaja, inmensa por cierto: la de ser el primer poeta amoroso que hubiera parecido desde que tuvo lugar la gran per turbacion que cambió no sólo el estado político, sino el moral del mundo. Porque los griegos, que en sus instituciones públicas y en sus gustos literarios eran diametralmente opuestos á las naciones orientales, tenian con ellas muchos puntos de semejanza en sus costumbres domésticas, preocupándose muy poco de la inteligencia de las mujeres, á las cuales recluian en el hogar; siendo uno de los menores inconvenientes de tan pernicioso sistema el que las Frines y las Lamias monopolizaran la cultura intelectual y la distincion de maneras que en las épocas de mucha civilizacion necesita el bello sexo para influir verdaderamente sobre los hombres. Faltaban en Grecia los elementos que son indispensables al amor honesto y caballeresco, porque las matronas y sus hijas, encerradas en el gineceo, insulsas, sin educacion, ignorantes de todo lo que no fuera oficios manuales y caseros, carecian de aquellos atractivos y encantos que tanto despiertan y mueven el afecto, mientras que sus rivales, Gracias y Arplas á un tiempo, ávidas de dinero y caprichosas, por más elegancia, seduccion y conocimientos que reunieran, no podian inspirar en modo alguno el primero y más fundamental y necesario de los afectos, el que nace del respeto que infunde al hombre la mujer honrada.

La sociedad romana valia infinitamente más que la ateniense bajo este aspecto, y á su literatura se debe hasta cierto punto la superioridad de la una sobre la otra, no sólo porque los poetas romanos aventajaron á los griegos en la pintura de las pa siones amorosas, sino porque ninguno de cuantos asuntos se propusieron lograron desarrollarlo tan hábil y cumplidamente, siendo necesario convenir que Ovidio, Cátulo, Tíbulo, Propercio y Horacio, á pesar de sus defectos, se elevaron á grande altura en esta parte, sin que olvidemos á Plauto, el cual, aunque copió sus intrigas del arte griego, debió ballar en Roma los originales de los seductores personajes femeninos que nos presenta, Grandes males subsistian, sin embargo, en el inmenso imperio; asi fué que pasado el momento de su esplendor, y cuando llegó la hora de la decaden-, cia, brotó por todas partes con fuerza extraordinaria lo que habia de malo y pernicioso en sus instituciones domésticas. Bajo la influencia de aquellos gobiernos, á la vez oprimidos y opresores, que humillándose á sus enemigus compraban el derecho de hollar á sus súbditos, cayeron los romanos en el extremo más bajo de la degradacion y la flaqueza, y la falsedad, la cobardía, la pereza y el envilecimiento, vicios de que todos tenian conciencia, y contra los cuales ninguno protestaba, fueron los atributos del carácter nacional en lo sucesivo. El amor más particularmente, esa palabra que en los tiempos modernos implica de una parte afecto y proteccion, de otra confianza, y de ambas respeto y fidelidadno podia existir, ni áun sospecharse siquiera entre los esclavos, holgazanes y sin corazon, que se arrastraban á los piés de Honorio y de Augústulo.

Pero entonces comenzó la época de la gran renovacion, merced at predominio de los bárbaros del Norte, que si faltos de ciencia y de humanidad, ve nian de sus bosques y de sus pantanos, sobrados de aquellas virtudes sin las que la ciencia es fruto de maldicion y la humanidad asiento de toda flaqueza, es decir: la energía, la independencia, el temor á la ignominia y menosprecio del peligro. Digno sería de estudio ciertamente averiguar cómo una mezcla de conquistadores salvajes y de afeminados esclavos pudo producir, al cabo de largos años y de muchas generaciones, de grande oscuridad y de agitacion, el carácter europeo de los tiempos modernos; digno seria de estudio ciertamente observar, desde el primer choque hasta la amalgama final, la operacion de esta alquimia misteriosa que de un compuesto de elementos contrarios y sin valor alguno, logró sacar al fin el oro puro de la naturaleza humana; y curioso seria por estremo analizar la masa de esta mezcla, determinando las proporciones de cada elemento.

Pero volvamos á nuestro asunto. La naturaleza del amor habia sufrido trasformacion completa.

Conservaba todavía, en verdad, el caracter volandero y voluptuoso que tenía en los pueblos meridionales de la antigüedad; pero comenzaba á tomar al propio tiempo el tinte de la veneracion supersticiosa que los guerreros del Norte acostumbraban á mostrar por la mujer: la piedad religiosa y el esplritu guerrero prestaban al amor y lo revestian de sus aspiraciones más puras, vehementes y profundas, y lo que las guirnaldas del torneo decoraban lo santificaban las bendiciones de la Iglesia. Como en la fabula mitológica, Vénus surgia de nuevo de entre la espuma de las aguas; mas no como ántes, en todo el esplendor de su hermosa desnudez; aún traia el cinturon de sus gracias; pero ceñía la frente de la diadema de Juno, y el escudo de Palas se veia en sus nanos. Podia decirse que el amor era una nueva pasion, y no es por tanto extraño que el primer poeta distinguido que haya consagrado por completo su talento á este asunto, haya producido sensacion extraordinaria en el ánimo de las gentes, pudiéndosele comparar con un aventurero que llega por casualidad á una isla desconocida y rica, y á quien basta plantar una cruz informe y tosca en la orilla para tomar posesion de todos los tesoros que contiene y darle, además, su nombre. Los titulos del Petrarca se parecen mucho á los de Américo Vespucio sobre el continente que descubrió Cristóbal Colon. Fueron los poetas provenzales los maestros del Petrarca; pero ellos escribieron en una época que no podia comprender cuánto valian, mientras que su imitador alcanzó la en que las obras escritas en la lengua materna comenzaban á llamar la atencion de las gentes. Petrarca fué en literatura lo que un Valentin[2] es en amor; y el público lo prefirió, no tanto por su mérito trascendente, cuanto por haber sido el primero que se presentó á su vista en el momento de sustraerse á profundo letargo.

Petrarca gané tanto al ser comparado con sus aucesores inmediatos como con los que le habian precedido, y trascurrió más de un siglo despues de su muerte antes de que la Italia hubiera producido un poeta que pudiera ser puesto en parangon con él. Débese atribuir, sin duda, en gran parte esta decadencia del talento poético al influjo que sus propias obras habian ejercido sobre la literatura de su patria, circunstancia que contribuyó á su gloriaporque nada es tan propicio á la reputacion de un escritor como el que lo siga una generacion que no le iguale, y es ventaja de que disfrutan más frecuentemente los corruptores del buen gusto que no los que lo perfeccionan.

Demás de las causas que acabamos de enumerar, existe otra que ha contribuido de una manera eficacísima á extender la fama del Petrarca, cual es la del interes que han inspirado los sucesos de su vida, y que debió ser intenso y fuerte entre sus contemporáneos, cuando al cabo de cinco siglos no hay un crítico que no se halle bajo su influencia. Y en efecto, le corresponde el primer lugar entre los grandes hombres á quienes somos deudores del renacimiento del saber, constituyendo su adhesion apasionada á tan gran causa su título mejor establecido y más claro á la gratitud de la posteridad. Porque el Petrarca era fervorosísimo devoto de la literatura, que amaba con fidelidad extremosa y adoraba con fanatismo casi, viniendo á ser á manera de misionero que anunciaba sus maravillas y virtudes y excelencias á los pueblos más apartados, de peregrino que viajaba por extraños y remotos lugares recogiendo sus reliquias, de ermitaño que habitaba en apartado lugar para mejor y más reposadamente consagrarse á la contemplacion de sus bellezas, de paladin que libraba por las letras singulares com bates, de conquistador que traia uncidos á su carro victorioso la barbarie y la ignorancia, y que recibia en el Capitolio los laureles ganados en glorioso triunfo.

Nada puede imaginarse de más noble y conmovedor que aquella ceremonia. Los soberbios palacios y los pórticos que habian visto pasar los carros de marfil de Mario y de César, no existian ya sino es en ruinas y menudo polvo; las haces ornadas de laurel, las águilas de oro, las legiones y su constante griteria, los cautivos y los cuadros de las ciudades, todo esto faltaba al cortejo victorioso del poeta; ef cetro ya no lo empuñaba Roma; pero como áun conservaba y ejercia la influencia más poderosa del imperio intelectual, otorgaba la recompensa más gloriosa lambien del triunfo intelectual, y la Ciudad Eterna rendia justo y noble tributo de gratitud al hombre ilustre que supo extender los dominios de su antigua lengua, levantar los trofeos de la filosofla y de la imaginacion sobre las guaridas de la ignorancia y de la barbarie, subyugar y encadenar los corazones merced al poder irresistible de sus cantos, y traer á manera de despojos, en pos de su carro, los tesoros incalculables de la antigüedad arrancados por él á la oscuridad y á la destruccion. En medio, pues, de las ruinas del arte antiguo y de los primeros monumentos del arte moderno, el que habia restablecido y reanudado el lazo roto entre las dos edades de la civilizacion humana, recibió la corona merecida de las modernos por haberlos hecho cultos, y de los antiguos por haberlos restaurado en su fama. Ni Reims ni Westminster fueron nunca testigos de un espectáculo de mayor grandeza y lucimiento que aquel.

Cuando apartamos la vista de tan famoso y magnífico espectáculo para fijarnos un espacio en la vida privada del poeta; cuando contemplamos la lucha que trabó en él la pasien y la virtud, su mirada triste, sus mejillas surcadas por el llanto de la desesperacion producida por un deseo culpado y sin esperanza; cuando reflexionamos en toda la historia de sus amores, desde las primeras sonrisas de su juventud hasta los últimos desesperados acentos de su edad madura, la conmiseracion y la simpatía se mezclan y confunden con la admiracion que nos inspira. Y cuando la pérdida de lo que más amaba hubo puesto el sello postrero á su dolor, entonces lo vemos consagrar á la causa noble y grande de la inteligencia humana cuanta fuerza y energía le dejaron el amor y la pena, y si vivió como apóstol de la literatura, cayó como mártir de ella, rindiendo el espíritu con la frente apoyada sobre un libro.

Los que han estudiado con atencion la vida y los escritos de Petrarca sentirán, tal vez, impulsos de hacer objeciones á este panegirico. Porque es indubitable que su mérito real y verdadero parece oscurecido por la afectacion; que su celo por la literatura comunica un tinte de pedantismo á todos sus sentimientos y opiniones; que su amor es el de un compositor de sonetos, y su patriotismo el de un anticuario. Pero el interes con que contemplamos las obras y estudiamos la historia de los que han ocupado la atencion de nuestro país en los tiempos pasados, viene de los vínculos que los unen á la sociedad presente ó se hallan contenidos en todos los objetos de nuestras afecciones y de nuestras esperanzas. Petrarca experimentaba opuestos sentimientos; amaba la Italia, porque estaba llena de los monumentos que levantaron los antiguos dominadores del mundo, y su cuna, la hermosa y célebre Florencia, la moderna Atenas, entonces en todo el esplendor de su juventud y de su virilidad, apénas si podia obtener dei más eminente de sus ciudadanos la menor parte de los apasionados homenajes que tributaba á la decrepitud de Roma. Lunares son estos que debemos reconocer honradamente, y que no pueden disminuir el brillo de su carrera sino es en muy débil medida; y por lo que á nosotros respecta, podemos decir que la contemplamos con tanto placer que, no sin pena, desviamos los ojos de ella para estudiar sus obras, que distan mucho de inspirarnos la misma admiracion.

Tenemos, sin embargo, un muy elevado concepto del genio poético del Petrarca. Cierto es que no poseia el arte de presentar á. la imaginacion de una manera viva y palpitante los objetos sensibles, y que esto es tanto más notable, cuanto que el talento de que hablamos es uno de los rasgos más característicos de los poetas italianos, del cual la Divina Comedia ofrece clásico ejemplo, y cuyo carácter revisten casi todos los poetas compatriotas suyos que han logrado alcanzar cierta celebridad. Bien puede ser que deba ser esto atribuido al grado de perfeccion que la pintura y la escultura lograron alcanzar en Italia mucho antes de que se hubiera comenzado á cultivar profusamente la poesía. Los hombres carecian de libros; pero se hallaban habituados desde la infancia á contemplar las obras admirables del arte que la Italia comenzaba á producir en el siglo XIII; y su imaginacion recibió tan fuertes impresiones de ellas, que el gusto por las descripcio nes pintorescas se descubre hasta en sus escritos.

La marcha de las cosas fué diversa en Inglaterra, y de aquí que los cuadros de historia entre los ingleses sean poemas sobre lienzo, en tanto que los poemas entre los italianos son cuadros pintados para los ojos del espíritu con palabras por colores. Los escritos del poeta florentino carecen de esta cualidad casi por completo. A decir verdad, no es posible presentar como ejemplo sus sonetos, cuyo asunto y naturaleza excusan la falta, ni sus poemas latinos, en los cuales se explica por las trabas que impone siempre una lengua muerta; pero sus triunlos exigian imperiosamente la aplicacion de este talento, sin que echemos de ver su huella siquiera.

Tenía talento, sin embargo, y de un órden muy elevado, y es fuerza reconocer la pasion, la ternura, la alteza de sus pensamientos, su imaginacion brillante y la eleccion feliz de sus expresiones, tan elegantes y cultas como enérgicas. Empero un dón fué parte á que perdieran sus cualidades todas la mitad á lo menos de su valor: su ingenio; que á no tenerlo tan extraordinario habria logrado ser más gran poeta. Su ingenio fué el azote de su talento y su castigo, porque abandonó el estilo natural y noble en que pudo lucir tanto, para entregarse al artificio y al oropel de las frases deslumbradoras, cosa que lograba con facilidad verdaderamente admirable; y como aquella dama romana de quien habla Tito Livio, cayó en la tentacion de las bujerías, rindiendo la fortaleza de su virtud al brillo de las joyas falsas.

La pobreza de sus ideas es tan notable, que no es posible contemplar sin asombro el contraste que ofrece su imaginacion, lan fértil en combinaciones y tan estéril en imágenes. Su poesía amorosa se compone exclusivamente de unos pocos asuntos; pero dispuestos bajo tantas formas, y presentados bajo aspectos tan diferentes, que nos recuerda los problemas de aritmética sobre la permutacion, maravilla y asombro de los ignorantes. Aquei famoso cocinero frances que sabía condimentar y disponer de quince maneras diferentes una cabeza de merluza, no era más hábil en su arte que el Petrarca en el suyo, como que su imaginacion era una manera de caleidoscopio, que á cada movimiento presentaba fcrmas nuevas, siempre extrañas, á las veces bellísimas, y tan múltiples y variadas, que parece increible sea todo producto de los mismos pedazos de cristal. Necesario es tambien atribuir, en parte, la monotonía de las imágenes á la del asunto, porque seria injusto pretender constante variedad en unas poesias que se cuentan por cientos, que son todas de iguales proporciones y metro, y dirigidas á la misma insulsa é indiferente coqueta. Además, debemos suponer, en descargo del poeta, que los defectos de que adolecen sus composiciones amorosas son obra de la influencia de Laura, la cual preferiria, como la mayor parte de los críticos de su sexo, el estilo cargado al sencillo y majestuoso.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que tan luégo cambia de asunto, cambia de manera, y que cuando habla de las humillaciones y del rebajamiento de Italia, devastada por las invasiones extranjeras y débilmente defendida por sus cobardes hijos, la parla femenil del sonetista se cambia de repente en un grite tan penetrante, viril y solemne, como el de la voz que dijo á la sanguinaria casa de Cawdor (1): «¡Despertad!» «La Italia parece no sentir sus dolores,» prorumpe, aporque está decrépita, ociosa, y olvidada de sí. ¿Dormirá siempre ese sueño? ¿No acudirá nadie á sacarta de su letargo? ¡Ah, si pudiera yo asírla del cabello! (2)» Del propio modo y con igual energia proclama la venganza de Cristo y de la Europa contra la Babilonia del islamismo, y la magnífica enumeracion que hace de los altos y antiguos hechos gloriosos de los griegos no puede ménos de excitar en todo tiempo la admiracion de las gentes, y más aún cuando los hombres honrados y virtuosos, despues de sufrir crueles desengaños en tantos pueblos y naciones, pusieron sus cansados ojos con indecible anhelo en la tierra clásica de la libertad (3), en el campo de (1) Véase Macbeth, II, 2.

(2) Che suoi guai non par che senta; Vecchia, oziosa e lenta.

¿Domirá sempre, e non fa chi la svegli?

Le man l'avess'io avvolte entro i capegli.

Jansone, XI.

(8) Alusion á la independencia de los griegos, que coinNe batalla de Maraton, y en los desflladeros en que el leon de Lacedemonia hizo frente al enemigo (1).

Sus poemas religiosos merecen tambien las mayores alabanzas, y en primera línea débese colocar su Oda á la Virgen, que es sin duda el himno más hermoso que se haya escrito, y cuyo espíritu de mística veneracion recibe carácter exquisito de poesía de los sentimientos delicados y tiernos que inspira un ídolo de incomparable seduccion femenil; sentimientos cuyo suave perfume se aspira en cada estrofa de tan bella y sublime composicion.

Nos detendríamos con placer en el análisis de esta parte de la obra del Petrarca y de algunas otras de igual indole; pero nos vemos en la necesidad de volver á sus poesias amorosas, porque á ellas y no á otras ha confiado su reputacion, debiéndosela en gran manera.

El gran defecto de sus mejores obras de este género es la uniformidad de todas las partes, y el lenguaje fantástico y figurado de las pasiones, del amor principalmente. Pero esto tiene sus limites, porque si los sentimientos pueden revestirse de adornos, deben ser estos como los de las mujeres elegantes, que ni las disfracen, ni las desnuden, sino que sean parte á velar los defectos y á llamar la atencion sobre las bellezas. El amor del Petrarca, por el contrario, en vez de acomodarse y ajustarse á estas reglas, se engalana como un salvaje pretencioso, que trae la nariz traspasada de un anillo, el cuerpo cubierto de dibujos extraños y de vivos cocidia con la fecha en que se escribió el presente estudio.N. del T.

(1) Maratona, e le mortali strette Che difese il leon con poca gente.

Canzone V.

lores, y las orejas desgarradas con el peso de los pendientes. Puede considerarse como regla sin excepcion que, en todos los géneros de literatura, no debe dejárse confundir la idea principal con los adornos que la acompañan, sino que, por el contrario, se distinga y separe de ellos del propio modo que en un cuadro se distingue la figura de Napoleon, por ejemplo, vestido del sobretodo gris y sin plumas en el sombrero, de su fastuoso estado mayor. En los versos del Petrarca no es posible determinar la idea que él quiere poner más de relieve, porque así lo accesorio como lo principal lucen de igual modo, pudiendo decirse que el amo de la casa viste una librea idéntica á la de sus criados y que no logra parecer como quien es, sino confundirse y desaparecer entre la muchedumbre de sus servidores. De aquí resulta que sus poesías no tienen luz ni sombras acusadas, que no hay primero ni segundo término, que semejan á los adornos y pinturas de los manuscritos orientales, donde abundan los colores vivos y fuertes, pero falta la perspectiva.

Hé aquí los defectos más notables de sus obras; y no hacemos referencia a los que la generalidad encuentra, porque aún son más visibles y aparentes; tienen muchos puntos de contacto con ellos, pero se les parecen como una mascarada al Campo del Paño de Oro; el oropel y lo falso reemplazan la riqueza verdadera, y en tales ocasiones se nos presenta como esas mujerzuelas que traen sucios los bajos y arrastran luengas colas de vistosa seda.

Cuando va por esa pendiente, si apura sus frasos y no halla cómo expresar sus pensamientos de una manera conceptuosa, supla con sutilezas metafisicas ó antítesis forzadas, con juegos de palabras ó detestables logogrifos. Su quinto soneto es en este género una obra perfecta, y bien puede asegurarse que no se ha producido cosa peor.

Prueba evidente de esta verdad es que casi todos los sonetos del Petrarca producen idéntico efecto en el ánimo de quien lee, aun cuando se refieren á los diversos estados del alma de un amante; desde el placer á la desesperacion, y á pesar de tan diver sas gradaciones y modos de ser del espíritu, consistiendo esto más principalmente en que la pasion y la inteligencia no se mezclan y confunden de la manera debida y en la proporcion que se necesita para conmover y agitar de diverso modo los afectos, y en que carece su autor de la habilidad necesaria para sazonar una misma cosa de cien modos diferentes. En esto, y perdónesenos la comparacion, el banquete que nos ofrece el Petrarca tiene muchos puntos de semejanza con el festin á la española de El falso astrólogo, de Dryden, en el cual el gusto de los platos servidos desaparecia envuelto en el perfume de las. especias, y la carne y el pescado y la volatería sabian igual y uniformemente á pimienta y clavo.

Tambien sufren los escritos del Petrarca las consecuencias de un mal que no debemos dejar en silencio. Porque como sus imitadores han vulgarizado en Italia y en todo el resto de la Europa los lemas favoritos de las lisonjas amorosas y de las lamentaciones, se nos antoja cuando las hallamos en él, que no son obra original, sino es remedo de los otros, y no sin gran esfuerzo logramos persua dirnos de que él fué su inventor y propagador primero. Tal es la suerte de los autores eminentes en sus principales pasajes, cuyos más nobles y altos pensamientos parecen condenados á sufrir los diversos grados de la profanacion, pasando de ellos á otros, como las ropas del amo que visten los criados, acomodándolas á su cuerpo, y luego sus deudos ó sus hijos, despues de volverlas y remendarlas, y que acaban sirviendo en la punta de un palo para espantar los pájaros en los sembrados. Petrarca ha sufrido mucho de tales tratamientos, y esta misma circunstancia es parte á demostrar tambien que sus cualidades no eran de primer orden; porque si se puede imitar un verso, no es posible que un plagiario se apodere subrepticiamente de la inspiracion de un gran poeta. Imitase á Homero desde hace veinticinco siglos; pero él continúa siendo lo propio que era, y así acontece con el Dante, cuyas imágenes y cuyas estrofas en la Divina Comedia podrian copiarse y plagiarse hasta el exceso sin que perdiesen un átomo siquiera de su vigor y lozania primitiva.

Antes de abandonar este asunto, diremos algunas palabras en órden á un cargo que suele hacérsele al presente. Segun declara unánime toda una secta de críticos, sus sonetos carecen de ciertas cualidades que suponen indispensables á estos, y las exigen con tanto aplomo y fuerza de razon como sus predecesores al sostener la necesidad y la conveniencia de las unidades en el drama. Comenzaremos por declarar nuestra ignorancia, diciendo que nos hallamos imposibilitados de explicar los misterios de esta novisima y flamante fe poética, y que sólo sabemos que á título de tal fe debe de conservarse y mantenerse pura y sin mancha en su integridad inmaculada, so pena de ser calificado do torpe y estulto quien intente menoscabarla. No obstante, séanos lícito preguntar con el respeto debido en qué consiste la virtud especial del número catorce para que así se la encomie y alabe y ponga por sobre la 20 que puedan tener otros. ¿Consiste tal vez en que sea el primer múltiplo de siete? ¿Se relaciona esto de algun modo con la institucion del Sabbat? Sus propiedades tan singulares, ¿se relacionan con el orden de las rimas? Por desgracia, los sonelos de Shakspeare diferian tanto, bajo este respecto, de los del Petrarca, como de la estrofa empleada por el Ariosto ó por Spenser. Pero dejémonos de insulseces y de naderias, que no en vano ba caido en ruinas el antiguo régimen de la crítica literaria, y no hemos de consentir que sobre ellas funden ciertos revolucionarios otro despotismo tan pedantesco y ridículo como el pasado. ¡Sería de ver que hubiéramos destronado á Aristóteles para someternos á semejantes dictaduras! Antes que pretendor imponernos la leydebieran recordar esos aficionados á sonetos que si el estilo de Petrarca no les place porque no encaja en el molde fantástico de perfeccion que se han trazado, tienen grandes obligaciones y respelos que guardar á sus poemas; porque sin él es más que probable que nunca nadie hubiera parado mientes en un ritmo para el cual promulgan abora pragmáticas tan discretas y juiciosas, ni ellos se habrian deleitado tantas veces admirando versos y componiéndolos tan bellos como suelen salir de sus manos.

Antes de dar de mano á este trabajo, diremos algunas palabras en órden å los escritos latinos de Petrarca, respecto de los cuales, así él mismo como sus contemporáneos, tenian mejor opinion que de sus composiciones italianas. La posteridad, y esto simplifica nuestro trabajo,-tribunal supremo de apelacion literaria, no sólo ha casado esta sentencia, sino es que lo ha hecho con expresa condenacion de costas; fallo que nos parece justo, porque sería necesario que tuviéramos mucho en cuenta las circunstancias atenuantes de tiempo y lugar para que pronunciásemos juicio un tanto favorable sobre ellas. Necesario es considerarlas como plantas exóticas trasladadas á tierra extraña y cultivadas en malas condiciones, y sería por demas absurdo exigirles la savia fuerte y sana que anima las plantas indígenas, y que tendrian ciertamente en su clima propio. Petrarca imitó de una manera imperfecta el estilo de los autores latinos, y, en compensacion, no añadió á la lengua de los antiguos las bellezas y encantos de la poesía moderna: el ingenio y la tersura que admiramos en sus poemas italianos, al propio tiempo que los criticamos, faltan casi por completo en los primeros, y sólo á grandes distancias arrojan su luz sobre las tinieblas de A frica: las Eglogas tienen más animacion; pero sólo por cortesía se les puede dar el nombre de poemas, y nada hay en ellas de comun con cuanto ha escrito en su lengua materna sino es el eterno juego de palabras sobre Laura y Dafne: ninguna de estas obras, en fin, hubiera sido parte á colocarlo en el mismo rango que á Vida y á Buchanan. Sin embargo, cuando se le compara con los que le han precedido, cuando se tiene en memoria que iba delante de todos, á manera de explorador, y que en sus aventureras investigaciones fué el primero en percibir y en proponerse la resurreccion de la elegancia y de la pureza del lenguaje que hablaba el mundo antiguo, sentimos impulsos de colocarlo aún más alto que aquellos hombres que jamás lo hubieran excedido si no lo hubieran imitado.

Petrarca quiso reproducir la elocuencia filosófica de Ciceron del propio modo que la majestad poética de Virgilio. Su ensayo sobre la buena y la mala fortuna es una obra singular, extraña y escrita en buen estilo, sobre el modelo de las Tusculanas y en forma de diálogo. En cada escena se ve llegar un personaje, á quien ha sucedido algo bueno ó malo, que refiere su historia, sobre la cual un interlocutor, que viene á ser la razon personificada, le refula, obra que no es difícil, porque el discipulo para defender su tésis se limita á repetirla con obstinacion singular, casi en iguales términos, por toda respuesta, á los argumentos de su antagonista. De esta suerte juzga Petrarca infinidad de causas, lantas, que sería difícil mencionar una manera de alegría ó de tristeza que no tenga su asiento en esta disertacion. Da excelentes consejos á uno que se promete descubrir la piedra filosofal, á otro que ha construido una grande y hermosa pajarera, y á otro que se recrea con los juegos y diabluras de su mono favorito. Las lecciones que da á los desgraciados son no ménos extrañas, porque parece creer que la cita de un precedente es consuelo que debe mitigar todos los dolores y amarguras posibles. «La ciudad ha sido tomada,» dice uno.-«Tambien fué tomada Troya,» responde su interlocutor.-«Mi mujer se ha escapado de casa,» dice otro.-«A Menelao le sucedió eso mismo dos veces,» le contesta. Acude up pobre hombre, todo triste y cariaconlecido, y expone su cuita, que no es otra sino haber descubierto que el hijo que suponia suyo no lo es: «Duro es, dice el desdichado, haber vivido en tal engaño, educando y manteniendo al hijo de otro.»-«Eres hombre, le responde el mentor, citando el famoso verso de Terencio, y nada de cuanto concierne y toca á otro hombre debe serte extraño.» Tampoco se olvidan las calamidades materiales de la vida, y merece mencionarse una, entre varias, en la cual se pretende persuadir de las ventajas inapreciables que resultan de tener sarna. Las invectivas contra un médico desgraciado, ó mejor dicho, contra la medicina, son más vivas y animadas. Petrarca se ocupó del caso en serio, y su mala voluntad contra la clase da ocasion á veces, y á vueltas de sus pedanterías clásicas y escolásticas, á cierlas frases dignas de la segunda Fillpica; Swift mismo le hubiera envidiado el capitulo sobre las causas de la palidez de los médicos.

De todas las obras latinas de Petrarca, sus cartas son en general lo más conocido y apreciado, siendo mejores como composicion que sus ensayos. Pero su mérito es solo comparativo, porque en una coleccion epistolar tan considerable, redactada por persona tan eminente, durante el curso de una vida tan activa y vária como la suya, faltan apreciaciones completas en órden á la literatura, las costum bres y la política de su tiempo. A título de viajero, de poeta, de erudito, de amante, de cortesano y de perseguido, pudo dejar con esta ocasion un monumento imperecedero á la posteridad, en el cual viera la imágen fiel de su siglo; mas es lo cierto que quien examine su correspondencia fiado en tal esperanza, sufrirá un desengaño penoso, porque no hallará la menor cosa que caracterice la época ni el individuo de aquel entónces, sino una serie de temas que podrian emplearse en las aulas para uso de la juventud, como cualquiera otra coleccion de generalidades. Y sin embargo de esto, y de que ya escribiese de política, dirigiéndose al emperador ó al dux, ó lo hiciera á sus amigos particulares, se hacía indigesta su lectura á fuerza de citas y de nombres tan sonoros como los de Escipion y de Anaxágoras, el interes que excitaba su carácter era tal, y se admiraba tanto su estilo epistolar, que no sin grandes tropiezos y dificultades llegaban sus cartas á poder de quien debia recibirlas; contrariedad que lamenta con fingido enojo y visible complacencia, haciendo como quien de véras se duele de la importuna curiosidad de los que tan á menudo abrian sus composiciones para leerlas y áun para apropiárselas.

Merece particular mencion la circunstancia de que de todas sus epístolas, las ménos hinchadas son las que escribió á gentes que habian ya pasado de esta vida ó no nacido aún. Nada más absurdo que la mania del Petrarca de redactar largas cartas de quejas á Ciceron y á Séneca; pero aparte de esto, esas son sus mejores producciones en este género literario, por la naturalidad del estilo que campea en ellas.

Su Epístola á la posteridad es la mejor de sus composiciones latinas, por lo sencilla, noble y patética, y hace tanto honor á su buen gusto como á su corazon, pudiéndose añadir que ningun escritor ha dejado acerca de sí mismo un testimonio que más grato sea á todos, abstraccion hecha de su aparente modestia.

Para concluir diremos, resumiendo en breves palabras cuanto queda expuesto, que las obras del Petrarca son inferiores á su talento y á su fama, y que las circunstancias que lo rodearon así fueron contrarias al desarrollo de su ingenio, como favorables á que su nombre alcanzara inmensa celebridad.


  1. Este ensayo se publicó en 1824.—N. del T.
  2. El 14 de Febrero de cada año, dia de San Valentin, el primer jóven que encuentran las doncellas casaderas, es su novio de oficio, su Valentin, como ellas dicen. Véase Hamlet, IV, 5.