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Estancias XXXV
de Medardo Ángel Silva

Nota: Poema número XXXV de El árbol del bien y del mal


    En vano, como niños que velan su tesoro,
del amor nuestras almas, temerosas, guardamos...
¡Ay! presto nos descubren sus grandes ojos de oro
y, malhechor divino, roba lo que ocultamos...

    Nutrimos su existencia con nuestra propia vida
y sus labios, que vierten sensuales embelesos,
juntan en una mezcla la caricia y herida
el sabor de la sangre al sabor de los huesos.


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