Abrir menú principal
Tipos y paisajes criollos - Serie III
Esquilando


EsquilandoEditar

¡Clic, clic, clic, clic, clic! suenan las tijeras; corren rápidas entre la lana que cae y se amontona en enormes copos, cuya nitidez contrasta con el color gris y sucio del vellón de las ovejas sin esquilar.

La gente ha almorzado y descansado durante las horas más calurosas de la siesta; han cobrado todos un nuevo brío, y a pesar del calor de plomo que todavía pesa sobre la naturaleza aletargada, trabajan con empeño, apurados. Agachados sobre la oveja, de un tijerazo hacen saltar el copete, la lana de la cara, y atacan con dos manos y de punta la lana tupida de las espaldas.

Gracias al calor que suaviza la lana grasienta, en pocos momentos, está todo el vellón en el suelo. El esquilador, de una sacudida, lo pone como soplado: «¡Lata!» dice, y el latero acude al grito, paga, alza la lana y la deposita en la mesa del atador.

Ya se agachó otra vez el hombre y desató las patas de la oveja, toda sorprendida al verse tan blanca, al sentirse tan desnuda y al mismo tiempo, toda asustada por haber sido tan violentada, cortada, sacudida, manoseada. En un minuto, están peladas la barriga y las patas.

«¡Remedio!» grita el esquilador, parado, un pie encima de la oveja, y un muchacho, con un tarro en la mano, tapa con una pincelada de bleque los numerosos tajitos que colorean en la piel, inmaculada por un breve momento, del pobre animal. Se acabó; ¡a otra! y mientras se va a juntar la oveja pelada con las compañeras en el chiquero, el esquilador sigue con ardor su trabajo.

Nadie chista; el calor ambiente, duplicado por la sudosa actividad de tantos cuerpos en movimiento, por la respiración anhelante de las ovejas que el agarrador ata de las cuatro patas y acomoda en hilera, en la orilla del tendal; por los mil olores que se mezclan, variados y poco suaves, en la espesa atmósfera del galpón, acobarda a los más alegres y no les deja fuerza de sobra para chancear.

Durante dos horas, sigue así el trabajo. A pesar de haber, al entrar, agarrado cada esquilador una oveja elegida entre las de menos lana, el agarrador está continuamente en apuros; las chiqueradas vuelan en un momento, y mientras encierra otra, los esquiladores con su incesante clic, clic, clic, clic, acaban de pelar casi todos los animales que han quedado en el tendal. Y el hombre se apresura.

Puesto envidiado el suyo; si bien tiene ciertas obligaciones fastidiosas, como la de estar el primero en el trabajo, para carnear o encerrar y el último en el tendal, para barrer, también puede, de cuando en cuando, disimular para un sabroso churrasco, algunas achuras, como la tripa gorda o los riñones, y si, a ratos, el trabajo es fuerte y penoso, también tiene sus largos momentos de descanso.

Los esquiladores, por supuesto, no dejan, cuando pueden, de hacerle alguna jugada, o de llamarle fuerte a la orden, si lo pueden pillar faltando a su obligación.

Si las ovejas remolonas han tardado mucho en entrar al brete, asustadas por el movimiento del tendal, los esquiladores, apurándose, no tanto por el interés de ganar una lata más como para desacreditar al agarrador, han acabado ligero con la última oveja atada, y claman: ¡Ovejas! como para volverlo sordo. Con el apuro, ató mal un carnero, y, a medio esquilar, éste se desmaneó, y con sus pataleos desesperados, hizo saltar la tijera de manos del obrero, deshizo todo el vellón, dando motivo a una algazara que obliga al mayordomo a intervenir con una reprensión.

Poco a poco, la gente se va cansando, pero al mismo tiempo, revive con las primeras brisas de la tarde.

«Me duele la cintura,» dice uno, y se endereza, estirándose para descansar un rato, al soltar una oveja. La verdad es que no sólo le duele la cintura, sino que también le hace cosquillas la lengua. Mientras ha durado el calor, no se ha conversado, y esto de trabajar sin charlar es una cosa bien triste.

«A afilar,» dice otro; y se va a sentar cerca de la piedra, donde está ya afilando las tijeras un compañero con quien, por supuesto, entabla una conversación llena de interés. «¡A pitar!» grita aquél, riéndose y armando un cigarro; y así, uno tras otro, con un pretexto o con otro, se paran, descansan, charlan y desentumecen a la vez el cuerpo y el alma.

El trabajo sigue; pero ya con menos apuro. El agarrador, cruzado de brazos, ha llenado el tendal de ovejas maneadas y saborea un cigarro, el primero, desde la siesta.

El atador, todavía, anda medio atrasado, con un gran montón de vellones en la mesa. Extiende, sin descansar, las blancas capas de lana; las separa, las coloca unas encima de otras, las arrolla, las envuelve con el hilo, aprieta con el pecho, cruza el hilo, aprieta otra vez, hace nudo, corta y ¡a la pila! y sigue así sin resollar, hasta que el montón desaparecido de la mesa le haya hecho lugar para sentarse también un momento, y prender el pito.

-«Te corro cinco cuadras.

-¿Con cuál?

-Con el bayo.

-¿Cuánto me das?

-Nada, a mano. Está a campo hace dos meses.

-¡Qué esperanza! los míos son todos mancos.

-Te doy cinco kilos.

-Así, todavía; ¿por qué plata?

-Cien latas.»

Y en el momento en que todos seguían con oído atento los detalles de la carrera que se estaba por hacer, apareció en la puerta del galpón el mismo patrón, el dueño de la estancia.

Hay patrones que se hacen temer, otros que se contentan con ser respetados, y algunos pocos que saben también hacerse querer. ¿Por qué? ¿cómo? esto no se aprende; pero cuando, después de su buena siesta, viene el patrón al tendal a ver cómo anda el trabajo, y si la lana sale liviana o pesada, limpia o fea, es fácil conocer a qué variedad pertenece.

El primer momento es siempre de silencio, súbito y completo, y el clic, clic de las tijeras suena como nunca.

-«¡Ay! exclama de repente un esquilador, sacudiendo el dedo, como si se hubiera pinchado: ¿Será abrojo?»

-«Está feo... el tiempo, dice otro; voy a que tenemos tormenta!»

O bien el silencio se hace profundo, y profundo queda, hasta que la aparición silenciosa se haya retirado, y un rato largo, todavía, después.

Basta que ciertos patrones pidan que se trate de acabar la majada en esta misma tarde, para que no falte quien conteste: no se puede; o: son muchas; o: ¿Quién sabe?

Al patrón que para sus peones no es ente ni tirano, lo saludan ellos afectuosamente, cuando aparece, y si también pide que se empeñen en acabarle la majada: «La lana está muy seca, dirá uno.

-¡Qué agua fea!» contestará otro; y con un litro de caña que mande buscar, sin que, así, nadie parezca habérselo pedido, conseguirá lo que, para los otros ni, pudiendo, se hubiera hecho.


El agarrador, al pasear la escoba por el tendal, entre los esquiladores atareados en cumplir con el patrón generoso, ha visto el litro de caña, apenas principiado, depositado en un rincón, cerca de la mesa del atador. Ha podido hacerlo desaparecer, y, sin que nadie lo viera, lo escondió entre unos vellones de lana negra que se han puesto aparte.

Al fin, se acabó la majada: cansados, sedientos, rodean todos un balde de agua fresca que se mandó traer, y buscan la caña, para tomarla con ella.

¿La caña? -¡voló!

Ladislao es muchacho alegre, vivo, perspicaz: se fija que el agarrador sigue barriendo con entusiasmo, sin protestar, sin pedir su parte, y ya tiene sus dudas.

-«No digan nada, les dice a los compañeros; pronto vamos a saber quién es; váyanse, no más, a comer.»

Y él, en el crepúsculo, pronto queda invisible entre los árboles que rodean el galpón. Poco tiempo tiene que esperar: ve venir al agarrador, y también lo ve echarse al buche un gran trago de caña y volver a esconder la botella entre la lana negra.

Ladislao corre a la cocina, pide una botella vacía, la llena con un líquido... de color parecido a la caña, y la pone en el lugar de la otra.

Después de comer, se fueron todos sin ruido, a esconder en el galpón, y cuando el compañero volvió para asentar la comida, empinó voluptuosamente el litro, y lo tiró de repente, enojado, y quiso tirar con él hasta el gañote, ¡no fueron nada las risas y los golpes en la boca con que lo aplaudieron!