Diferencia entre revisiones de «El Discreto:Realce 12»

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Si yo creyera, a lo vulgar, que había Fortuna, también creyera, amigo canónigo y señor, que su casa era la casa con dos puertas, muy diferentes la una de la otra, y encontradas en todo; porque la una está fabricada de piedras blancas, dignas de la más dichosa urna en el mejor día, y la otra, su contraria, de piedras negras, que en su deslucimiento agüeran su infelicidad; majestuosamente alegre aquélla, y ésta lúgubremente humilde. Allí asisten el Contento, el Descanso, la Honra, la Hartura y las Riquezas, con todo género de Felicidad. Aquí la Tristeza, el Trabajo, la Hambre, el Desprecio y la Pobreza, con todo el linaje de la Desdicha. Por el tanto, la una se llama del Placer y la otra del Pesar. Todos los mortales frecuentan esta casa, y entran por una de estas dos puertas, pero es ley inviolable, y que con sumo rigor se observa, que el que entra por la una haya de salir por la otra, de modo que ninguno puede salir por la que entró, sino por la contraria: el que entró por el Placer sale siempre por el Pesar, y el que entró por el Pesar sale siempre por el Placer.
 
Desaire común es de afortunados tener muy felices las entradas y muy trágicas las salidas. El mismo aplauso de los principios hace más ruidoso el murmullo de los fines. No está el punto en el vulgar consentimiento de una entrada, que ésasesas todas las tienen plausibles, pero sí en el sentimiento<ref>''sentimiento:'' «dictamen, juicio u opinión que se hace de las cosas» (''Aut'')</ref> general de una salida, que son raros los deseados.
 
¡Oh, cuántos soles hemos visto entrambos nacer con risa del aurora y también nuestra, y sepultarse después con llanto del ocaso! Saludáronlos al amanecer las lisonjeras aves con sus cantos, al fin quiebros, y despidiéronlos, al ponerse, nocturnos pájaros con sus aúllos.
 
Todas las fachadas de los cargos son ostentosas, mas las espaldas humildes. Corónanse de vítores las entradas de las dignidades, y de maldiciones las salidas. ¡Qué aplaudido comienza un mando, ya por el vulgar gusto del mudar, ya por la concebida esperanza de los favores particulares y de los aciertos comunes! Pero ¡qué callado final!fina, Queque aun el silencio le sería favorable aclamación.!
 
¡Qué adorado, o de la esperanza o del temor, entra un valimiento, si él mismo no se desmintiera a la mitad de la dicción dividida!,<ref>Juega con la figura de la falsa etimología de la palabra «valimiento» (vale y miento), cuya segunda mitad desmiente el "valor" de la primera.</ref> Queque, aunque se varíe en privanza, no puede escapar al principio o al fin de una pronosticada infelicidad. Todos los fines son desvíos, y todos los cargos paran en cargos<ref>En el sentido de imputaciones de la justicia, de las acusaciones de murmuradores.</ref>, si no de la justicia, de la vengada murmuración. Transfórmase el contento del comenzar en muchos descontentos al acabar. Aunque no haya otro azar más que el ponerse, que aun en un sol es caer, ocasiona desvíos; oscurécese el esplendor y resfríase el afecto. Pocas veces acompaña la felicidad a los que salen, ni dura la aclamación hasta los fines; lo que se muestra de cumplida con los que vienen, de descortés con los que van.
 
Hasta las amistades se traban con el gusto y se pierden con la quiebra. Súbese volando al favor y bájase de él rodando; y comúnmente en todos los empleos y aun estados, se suele entrar por la puerta del Contento y de la Dicha, y se sale por la del Disgusto y de la Desdicha.
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