XXXII

Mediano rato tardó Marciana en llegar jadeante al lugar de la tragedia... Sus ojos dudaban de lo que veían... Pasado el estupor primero y sin aliviarse de su espanto, comprendió la gravedad del hecho y asió el brazo de Fernanda para llevársela... La infortunada joven, que parecía privada de voluntad, se dejó llevar largo trecho; pero de improviso, como herida de recuerdo punzante, desprendiose de la mano de su escudera... y apretó a correr en querencia del lugar trágico, pero sin dirigirse a él en línea recta. Describió extensa curva con el ligero y brincante paso de gacela, y al llegar cerca, como a seis pasos, del cadáver de Céfora, se arrodilló ante él y permaneció en contemplación muda... En tanto Marciana, medio loca de consternación, iba y venía de una parte a otra, las manos en la cabeza, sin saber qué resolución tomar.

Cerca de aquel desolado sitio, casi tocando la tapia de las Brígidas, había un tejar, charcas pobladas de ranas, que a ratos rompían el silencio nocturno con su crotorante canticio; más allá una casucha que habitaba la viuda de un tejero. Allí vio luz Marciana, allí acudió. La viuda y un hijo suyo, mocetón hercúleo, que habían oído las alteradas voces, le salieron al encuentro. Relató la escudera el suceso como una riña sin consecuencias graves, y despachó al mozo con un recado para el guardia civil Antonio Castro, marido de ella, que estaba de servicio en el camino de Ali. Hecho esto, volvió en busca de su señorita, a quien encontró, no de hinojos, sino sentada en una piedra, los codos en las rodillas, el rostro sostenido en las palmas de las manos. Sentose a su lado Marciana, poseída de intensa emoción religiosa ante la mujer muerta; los suspiros de ella se concertaban, como fúnebre rezo, con los gemidos que de vez en cuando exhalaba la otra. Pasado algún tiempo, Fernanda alzó el rostro y dejó caer de sus labios estas lentas palabras: «Mírala... tan joven, y ya muerta...».

Marciana suspiró más fuerte, y Fernanda prosiguió así: «Morir en la juventud florida es ley de enamorados... El amor, el verdadero amor, no quiere envejecer...». Pasó más tiempo, inapreciable jirón del tiempo, y Marciana vio aparecer una figura humana, dos... Eran don Wifredo y Filiberta. Al partir corriendo el tejero hercúleo en busca de Antonio Castro, encontró a medio camino al Bailío y su criada, y les refirió con vagas y medrosas indicaciones la ocurrencia y el lugar de ella... El primero que se acercó al lúgubre teatro fue el caballero sanjuanista, y al ver a Fernanda en actitud luctuosa, y a Céfora tendida con mortuoria compostura, la espada clavada en el pecho, quedó como estatua, en estupefacción terrorífica. Luego llegó Filiberta, que de la fuerza del repentino espanto cayó al suelo diciendo: «¡Ay, Dios, ampárame! Yo no he sido».

Las cuatro figuras rodeaban en lúgubre cerco el cuerpo de la que dormía el eterno sueño, vuelta hacia el cielo la blanca faz, el cuerpo yacente en gracioso abandono, un brazo extendido sobre el césped, recogido el otro hasta dar con la mano en la tremenda herida... Los cuatro callaban; sólo de la boca de Fernanda salieron palabras sueltas, sin sentido, sin relación alguna con la tristísima realidad: «En una lanchita... olas furiosas... al agua tú...». Oído esto por Marciana y don Wifredo, creyeron que la señorita deliraba. La terrible situación presente, ¿qué tenía que ver con olas ni con lanchas? No era delirio, sino este sutil comentario que pasaba por la mente de la infeliz damisela: «Mi hermano, escapado de Melilla, salió de Orán en un barco de contrabando... Perseguido, tuvo que meterse en una lanchita... Oleaje furioso... Iban él y un griego solos... Dos hombres eran mucho peso para una embarcación tan chica... Mi hermano vio en el griego la intención de tirarle al agua... ¿Qué hizo?... Matar al griego y tirarle... Cae el que cae... se salva el que puede...». Esto se decía Fernanda, y al pensarlo, algunas palabras salieron a los labios, otras quedáronse dentro...

FERNANDA.-    (Mirando a CÉFORA.)  Matarme tú a mí de dolor... matarte yo a ti con espada... Son dos espadas... ¿Cuál de nosotras dos está más muerta?... Venga la Justicia Divina y dígalo...

DON WIFREDO.-   La Justicia Divina me ha burlado, Fernanda, pues creyéndome instrumento de ella, quise matar a un hombre perverso, y he matado a una mujer... a la infernal Antarés, la que induce a los hombres al vicio...

FERNANDA.-   He sido yo, señor. DON WIFREDO.-   Mía es la espada. FERNANDA.-   Mía fue la mano... MARCIANA.-    (Protestando con voz lacrimosa.)  No delires, hija del alma. Tú no has sido... Como testigo que no miente, digo y sostengo que esa pobre mujer iba delante de nosotras... De pronto salió de lo obscuro un hombre enmascarado que la mató, atravesándola con su espada. DON WIFREDO.-   La espada es mía, y yo el matador enmascarado. Lo digo y juro yo, Bailío de Nueve Villas en la Hospitalaria Orden de Jerusalén; yo, que jamás he mentido; yo, que por riguroso mandato de la caballeresca religión que profeso no puedo decir cosa contraria a la verdad. FERNANDA.-   (Con voz entera.)  Por mi culpa, por culpa también de alguno que no está presente, he venido a caer en este infierno. Yo estoy en él por mi pasión furiosa. La generosidad del buen Bailío no tiene puesto aquí. DON WIFREDO.-    (Inspirado, pulsando la lira, más bien templándola.)  No se obstine, Fernanda, en creer que sus manos pueden estar manchadas de sangre... En ellas veo yo la blancura de las azucenas, como en toda su alma la celeste claridad de la virtud...  (Tocando la lira con frenesí.)  Pasa la gentil doncella de Ibero por el valle que riegan nuestras lágrimas. Los ángeles la preceden, las estrellas la acompañan; coronan su frente y adornan su seno piedras preciosas, símbolo refulgente de la pureza. Recorre nuestro mísero valle la inefable dama; ella es el cielo que pasa; nosotros, el infierno que permanece... Quedamos en el valle angosto y negro de la llamada justicia humana, de la falsa devoción, de la vanidad y de la mentira... Para ella el esplendor de la bienaventuranza; para nosotros la obscuridad de cárceles y presidios, entre la villana grey de estos diablos llamados hombres...  (Rompiendo alguna cuerda, de la furia con que toca.)  Adiós, virgen de Ibero, la del destino venturoso... Un triste caballero desconsolado, hoy criminal confeso, contempla la vía luminosa que dejas tras de ti, y en ese polvo rutilante busca dejos de tu voz, estelas de tu sonrisa, destellos de tu mirada... Adiós, mujer que fuiste, querubín que eres. Reserva un lugar humilde en tu Paraíso al caballero loco y enamorado, matador de Antarés, la de las dos naturalezas. FILIBERTA.-   ¡Pobrecito amo mío, cómo está!  (Antes de que terminara el cantor Bailío su grave melopea, prorrumpen las ranas en cháchara clamorosa.)  FERNANDA.-    (Trastornada.) Oigo espantosos gritos, y una voz llorosa, y un sonar de cuerdas de laúd. Marciana, yo desfallezco de cansancio, de horror, de piedad... ¿Es verdad que he matado a esa?... Soy criminal... Mi madre, ¿dónde está? Quiero verla, quiero contarle... Mi madre y mi padre, mis hermanos queridos, me consolarán.  (Espántase de la vista del cadáver; con violenta sacudida se levanta, como queriendo huir.)  MARCIANA.-    (Aprovechando aquel movimiento para llevársela.)  Ven, hija del alma... Estás enferma... Aparta de este horror tus ojos y tus oídos...  (Aparece una pareja de guardias civiles: uno de estos es ANTONIO CASTRO. Tras los guardias viene el mocetón que fue a buscarlos.)  FERNANDA.-    (Poseída de terror, poseída del ansia de la verdad.)  Guardias, yo maté.  (MARCIANA habla un momento con su marido; habla después con el hombre atlético. Este se va derecho a FERNANDAy la coge en brazos como a un niño. Avanza con ella hacia el punto de salida; detrás MARCIANA.)  DON WIFREDO.-    (A los guardias que se acercan.)  Señores guardias, tan claro es esto, que no necesitan interrogarme. En el corazón de la muerta está mi espada... y aquí, en mi corazón y en mis labios, la verdad de esta tragedia... Llevadme ante el juez. FILIBERTA.-   No le crean, guardias. FERNANDA.-    (En brazos del atleta, gritando.) Yo la odiaba... Ella me mató antes a mí. Muerta soy... Santiago, hermano mío, Teresa, ¿dónde estáis?... Espíritus fuertes, venid, resucitadme.


 
 
FIN DE ESPAÑA SIN REY
 
 

Madrid, Oct., Nov., Dic. de 1907; Enero de 1908.