Eneida (Caro tr.)/Libro VII

Nota: Se respeta la ortografía original de la época
LIBRO SÉPTIMO.


I.

Tú, del troyano capitan nodriza
Tambien, Cayeta, á nuestras playas nombre
Impusiste muriendo, que eterniza
Tu fama, y hace que al lugar asombre:
El sepulcro que guarda tu ceniza
En la Hesperia mayor, aquel renombre
Léjos le avisa y firme le señala,
Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales,
Erigido de tierra un monumento,
Las altas olas contemplando iguales
Tornó Enéas al líquido elemento.
Ministras de la noche las geniales
Auras la anuncian con creciente aliento,
Y sendasalumbrando á la fortuna
Rielansobre el mar rayos de luna.

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III.

No distante de allí la costa yace
Do Circe, hija del Sol, potente mora;
Y ya de dia con sus cantos hace
Sonar sus altos bosques; ya á deshora
Su alcázar regio iluminar le place
Con el cedro oloroso que atesora,
Y ella misma tejiendo se desvela
Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leones, que furiosos
En la noche reluchan en cadena:
Allí erizados jabalíes, y osos,
En jaula que sus ímpetus enfrena,
Se embravecen: aullidos dolorosos
Horribles lobos dan; el bosque suena:
¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!
Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen
Los piadosos Troyanos no querria,
No, que á esas playas pérfidas tocasen;
Un viento largo á la sazon envía,
Y así concede que volando pasen
Tras el hórrido golfo. Nuevo dia
En su carro gentil la rubia Aurora
Anuncia en tanto, y horizontes dora.

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VI.

Calláronse las auras de repente,
Muda y sólida calma sobrevino;
Clavados en el mármol resistente
Bregan los remos por abrir camino.
Vido Enéas en esto un bosque ingente,
Y al Tibre, que por él al mar vecino,
Bullente en ondas, rojo con la arena,
Trae sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y á par de las orillas
Cantan con dulce pico alborozadas
Y al bosque vuelan miles de avecillas
Que en la sombra recatan sus inoradas.
Holgóse Enéas, y mandó las quillas
Inclinar á las playas deseadas;
Y alegre de ocuparlas, al umbrío
Hospicio acude ya del bello rio.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista
Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,
Tiempo es ya que presentes á mi vista,
Aun ántes que á sus playas extranjera
Nave arribase. Tú de la conquista
El origen descubre, y yoesa era
Yo esa historia marcial diré en mi canto,
¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

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IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones
He de cantar: de furia el pecho lleno,
Convertidos los reyes en leones:
Congregado el ejército tirreno:
Volando de la Hesperia los varones
A las armas: de Hesperia rojo el seno
Nuevo cuadro á mi ojos resplandece;
Crece el asunto y la osadía crece.

X.

Campos, ciudades florecer veia
Anciano, en paz antigua, el rey Latino:
Él de Fauno y Marica procedía,
Ninfa aquélla de origen laurentino;
Pico de Fauno padre sido habia,
Y de Pico el origen fué divino;
Tú, Saturno, su padre: por primero
Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo
Ni padre de varones: muerte fiera
Quitóle en flor por voluntad del cielo
El único varon que le naciera.
Daba á Latino en su vejez consuelo,
De sus reinos opimos heredera,
Sola una hija en su estancia poderosa,
Ya en sazon llena para ser esposa.

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XII.

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella
Muchos pretenden. A su afecto tierno
Aspira, y bizarrísimo descuella
Turno entre todos, del blason paterno
Opulento heredero. Para ella
Le quiere esposo, y ya elegido yerno
Le ve la Reina; mas proyectos tales
Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia
Rico en sacro follaje un lauro anciano,
Que en años veneró la gente pia.
Es fama que Latino por su mano
En dedicarle á Febo holgóse un dia
No bien le halló, cuando en el campo llano
Echaba á sus alcázares cimiento;
Y de ahí á la ciudad nombró Laurento.

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima,
Mil abejas bajaron de repente,
Y, por los piés trabadas, se arracima
El ruidoso tropel, y así pendiente
Quedó de un ramo.«A nuestra costa arrima
Varon extraño con armada gente»,
Cantó un augur: «de do el enjambre vino,
Vendrá la muerte del poder latino.»

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XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella,
En el ara á encender con mano pura
Místicas luces la real doncella,
Vióse súbita chispa que fulgura
Sobre el suelto cabello, y baja y huella,
No sin ruido, la blanca vestidura,
Y el velo regio y la diadema ardia
Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores,
Esparce ella despues lampos de llama
Por muros, techos. Fúnebres temores
El suceso en los ánimos derrama;
Que si aquellos prodigios superiores
A ella prometen dizque gloria y fama,
Guerra amenazan á la Patria. En eso
Cava Latino, de terror opreso.

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta
Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela
Su armonioso raudal la Albúnea santa;
Mefítico vapor en torno vuela:
Que allí del tiempo venidero canta
El vatídico padre, y lo revela;
Italia, Enotria toda, allí sus pasos
Guian en tristes dudas y arduos casos.

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XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones
Allí á ofrecer acude reverente,
Si al descanso, tendiéndose en vellones
De inmoladas ovejas, da la mente,
Ve en sueños revelarle apariciones
Peregrinas; delgadas voces siente;
Habla con Dioses, y su mudo acento
Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino;
Y habiendo, segun rito, degollado,
En obsequio al oráculo divino,
Cien lanudas ovejas, acostado
En sus pieles dormia; cuando vino
Súbita y misteriosa voz del lado
Más secreto del bosque: «¡Prole mia!
De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente
Itálico no des. Foráneo yerno,
Su linaje empalmando con tu gente,
Hará nuestro renombre sempiterno.
El nacion fundará grande y potente;
Tal, que el espacio que en dominio alterno
Sobre un mar y otromar el sol rodea,
Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

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XXI.

Latino mismo estos avisos, dados
En la callada noche, no recata;
Y de Ausonia por campos y poblados
Ya la alígera Fama los dilata:
Ella daba la vuelta á los Estados
Del Rey, en los momentos en que ata
La juventud troyana el hueco leño
Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales
Y Ascanio yacen en la sombra amiga
Con que, sus ramos prolongando iguales,
Árbol excelso la campaña abriga.
Tortas de flor extienden, cereales
Manteles (Jove mismo les instiga)
Que con frutas silvestres luégo acrecen,
Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;
Ojos se van y manos tras la monda
Delgada Céres que tendida yace:
Voraz diente á los panes la redonda
Márgen y abiertos cuartos roe y pace,
Que significacion entrañan honda;
Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»
Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

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XXIV.

Fué esta voz primer nuncio que declara
A los Teucros ventura. El padre al hijo
La palabra quitóle; mas se pára
Con asombro, un instante, y regocijo,
Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»
Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:
«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra
La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes
Mi amado genitor me dió la clave:
«Cuando el hambre aguzando edaces dientes
»(Pegada á playa incógnita tu nave)
«Haga que tras las viandas te apacientes
»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,
«Que patria hallaste; y con alegre pecho
»Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados
Término justo y de cruel destino.
Animo, pues: del sueño recreados,
Con el albor primero matutino
De aquí saldremos por diversos lados
El país á explorar circunvecino:
Quiénes son de estos términos los amos;
Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

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XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente
Bebed; á Anquises invocad; más vino!»
Hablaba Enéas, y la noble frente
Ceñida ostenta en ramo peregrino.
Primero á la alma Tierra, y del presente
Lugar invoca al Protector divino;
Las Ninfas á que el bosque da guaridas;
Rios sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales,
Á Cibéles y á Júpiter de Ida;
Y á sus padres, que moran inmortales
Cielo y Erebo, en órden apellida.
Jove tres veces, en momentos tales,
Desde lo alto del cielo truena, y cuida
Mostrar en medio del fragor sonoro
Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia
Blandir él propio el nimbo rutilante.
Rumor que de fundar llegó ya el dia
La anhelada ciudad, en un instante
Circula y crece. Todos á porfía,
Orgullosos dí agüero tan brillante,
Renuevan las gozosas libaciones
Y con flores de Baco ornan los dones.

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XXX.

Con el primer albor del nuevo dia
Van, costa y lindes á explorar: los vados
Estos son de Numicio; ésta es la ría
Del Tibre: campos éstos son poblados
Por los fuertes Latinos. Cauto envía
Cerca del Rey augusto cien legados
Enéas, que en sus tercios selecciona;
Y ya el árbol de Palas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros
De paz, que da á sus sienes verde gala,
A la vecina capital ligeros Marchan.
Enéas mismo allí seinstala;
Y ya con zanja humilde los linderos
De la futura poblacion señala,
Y cual ciñendo un campamento, ordena
Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,
Ven las casas y torres presumidas,
Y ascienden á los muros. A la entrada
Y en torno á la ciudad, corre en partidas
Alegre juventud: regir le agrada
Potros y carros con mañosas bridas;
Y con rígidos arcos y ligeras
Flechas, tiros ensayan y carreras.

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XXXIII.

Tomó uno de á caballo á su cuidado
Trasmitir nuevas tales al oido
Del viejo Rey: acorre; haber llegado
Unos hombres, anuncia, con vestido
Peregrino, de cuerpo agigantado.
Que á su presencia vengan, comedido
Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;»
Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada,
Grande, augusta, soberbia, en una altura
De la ciudad descuella; consagrada
Por religion antigua y selva oscura.
De Pico Laurentino real morada
Fué antaño. Por presagio de ventura
Allí los nuevosreyes recogian
El cetro y fasces que al poder se fian.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares
Corderos inmolando, los señores
De la corte á gustar sacros manjares
Sentábanse en continuos cenadores.
Cada príncipe vió las tutelares
Imágenes allí de sus mayores
El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas,
Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

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XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano
Suelo trajo la vid, el buen Sabino,
A quien, áun hora, figurado anciano,
La corva hoz le asoma, autor del vino;
El gran Saturno y el bifronte Jano
Muestran, callando, su poder divino:
Otros reyes les siguen, con heridas
Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos,
Hay en los sacros postes mil despojos:
Armaduras suspensas, penachudos
Yelmos, corvas segures ven los ojos:
Ven sin número allí dardos y escudos,
Ven de puertas grandísimos cerrojos;
Cautivos carros, y espolones graves
Quitados por valientes á las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,
Con trábea corta, allí tambien se muestra;
Báculo quirinal tiene en la mano,
Sentado, y sacra adarga en la siniestra:
Pico, á quien ya, de ardor tocada insano,
Hirió con vara de oro maga diestra,
Circe, amanta cruel; con hierbas malas
Mudóle en ave y le pintó las alas.

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XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno,
De sus abuelos en el rico trono,
El Rey audiencia concedió benigno.
Entraron los legados, y él con tono
Manso y afable, de clemencia signo,
«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»
Les dice: «ántes que vistos anunciados,
Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

«Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega
Necesidad á nuestra costa impele
Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega?
¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele
Avenir al que en alta mar navega,
Tras rodear tan largo, al leño imbele
Embistió ronca tempestad? Propicio,
Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

XLI.

«Á los Latinos apreciad: lejanos
De pacto escrito y de penal violencia,
En dulce paz cultivan como hermanos
Antiguos usos, de Saturno herencia.
Y ya entre los Auruncos hallé ancianos
Que, si bien entre sombras (influencia
Envidiosa del tiempo), en la memoria
Aun guardasen de Dárdano la historia.

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XLII.

»Fué de ésta, dicen, suya, á patria ajena;
Fué á las frigias ciudades, cabe el Ida,
Y de la tracia Sámos el arena
Honró, que hoy Samotracia se apellida:
Dejó á Corito y su mansion tirrena;
Y en el celeste alcázar ya le anida
Aureo solio que esmaltan luminares,
Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»
Palabras tales respondió Ilioneo:
«No aquí impelida nuestra flota vino
Por rudo soplo en agitado ondeo;
Estrella no torció nuestrocamino,
Ribera no engañó nuestro deseo:
Trajo nuestros bajeles á esta rada
Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nacion mayor que peregrino
Viniendo de los límites de Oriente
El sol miraba, nos lanzó el destino.
Tiene en Jove principio nuestra gente;
La juventud dardania del divino
Abolengo se precia. A aquella fuente
El que á tí nos envía está cercano,
Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

222
XLV.

Cuántas nubes de muerte de Micénas
A asolar fueron la ciudad troyana;
Cuál lucharon al pié de sus almenas
Asia y Europa con crueza insana,
Lo sabe el que las últimas arenas
Pisa do va á quebrarse espuma cana;
Lo sabe á quien la zona ancha intermedia
Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

«Despues de aquel diluvio y largo viaje,
Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre
Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:
El aire y agua, propiedad del hombre.
No será al reino nuestro ingreso ultraje;
Crecerá nuestro amor y tu renombre:
¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,
No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

«Y esto lo juro por lo que es Enéas;
Por su diestra, no ménos ya probada
En sellar pactos que en vencer peleas.
Muchos pueblos—tenernos en nonada
Excusa, ¡oh Rey! aunque extender nos veas
En las manos la oliva; aunque embajada
De súplicas traigamos—gentes muchas
Ligas nos propusieron y no luchas.

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XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados
A los bordes venimos de tu imperio:
A la cuna de Dárdano los hados
Traen los nietos de Dárdano. Con serio
Ordenamiento, á los tirrenos prados
Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,
Nos mueve á las vertientes de Numico,
El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

«Que en prenda de concordia aceptes fia
Los breves restos de la Patria cara,
Memorias de otra edad, quien los envía:
Vé en qué oro libó Anquises en el ara;
Mira cuáles, si al pueblo reunia,
En su alto tribunal cetro y tiara
Príamo usaba, y el bordado arreo
Por damas de Ilion.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,
Miéntras, bajos los ojos, con prolija
Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,
Ni en el cetro real la atencion fija:
Ideas tales no le ocupan, cuanto
El proyectado enlace de la hija;
Y la voz del oráculo elocuente
Revuelve pensativo allá en su mente.

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LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno
Con quien mi cetro he de partir, medito;
El que hará de su raza el nombre, eterno,
Y de su imperio el ámbito, infinito.»
«Vos el augurio que feliz discierno,»
Exclama luégo con gozoso grito,
«Dioses, sellad, y coronad mi idea!
Troyano, en lo que á tí, cual pides sea.

LII.

«Ni menosprecio el dón. Miéntras Latino
Impere, no de fértiles terrenos
Opimos frutos, de Ilion divino
Magnificencias no echareis de ménos.
Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,
Si hospedaje leal, dias serenos
Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega
De verle el gozo, y ante mí no llega?

LIII.

«Ojos amigos le verán; y en muestra
De la alianza que firmar decido,
Estrecharé su diestra con mi diestra.
Id, y en mi nombre referidle, os pido,
Que una hija tengo que en la patria nuestra
Hallar no puede para sí marido;
Con profética voz glorioso abuelo,
Con visiones de horror lo impide el Cielo.

270
LIV.

«Vendrá yerno extranjero á mi palacio;
Me le anuncia infalible profecía:
En él sus esperanzas finca el Lacio;
Y él, su raza empalmando con la mia,
De nuestro nombre llenará el espacio:
Por tal el hado á vuestro Rey me envía;
Créolo, y si es verdad lo que adivino,
Lo anhela el corazon.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno á uno, á los Troyanos
Lleven sendos caballos: de trescientos
Que en reales cuadras hay, los más lozanos.
Con púrpura y bordados paramentos
Y colleras riquísimas ufanos
Van los ágiles brutos, opulentos
Con el profuso aurífero tesoro.
Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente,
Y dos potros con él, despacha luégo,
Que, renuevos de eléctrica simiente,
Por la abierta nariz despiden fuego:
Los bridones del Sol secretamente
Sagaz con yegua oculta á fértil juego
Circe movió: fruto éstos de esa traza,
Bastardos brotes son de etérea raza.

284
LVII.

Así, en régios corceles caballeros
Y de régias mercedes abrumados,
Portadores de paz, ya mensajeros,
Tornaban á su campo los legados.
Partiendo, á la sazon, de los linderos.
Argivos, con los céfiros aladas
Volando va de Júpiter la esposa
En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino,
Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada,
En la tierra á quien fia su destino,
Bases á echar de sólida morada,
Las naves olvidando. En su camino
Paróse adolorida y asombrada
La Diosa, y meneando la cabeza,
Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,
Por siempre opuestos á los hados mios!
¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?
¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?
¿Ilesos de sus muros abrasados
Salir, y de las hondas de sus rios?
¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,
Hallar camino y restaurar la suerte?

297
LX.

»¡Á bien que de venganzas satisfecha
Yo, ó cansada de odiar, desistiría!
Luégo que el hado de Ilion los echa,
Prófugos restos, á la mar bravia,
Mi cólera en las olas los estrecha,
Les cierro á toda empresa toda via,
Y armada, último golpe, les afronto
Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila,
Ni qué las Sirtes? La nacion troyana
Libre del mar, respecto á mí tranquila,
Ya el Tibre deseado ocupa ufana.
¡Y á los Lápitas fieros aniquila
Marte! ¡y en manos pone de Diana
Jove á los Calidonios por perdellos!
¿Cuál el gran crimen fué de éstos ó aquéllos?

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo
Cuanto recurso da el furor; que ensayo
Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?
¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!
Ajena mano, si en la lid flaqueo,
Irá á encender de mi venganza el rayo;
Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza,
Empeñaré al Averno en mi venganza!

313
LXIII.

»No ya el imperio del país latino,
Ni de Lavinia la ofrecida mano
(Si así inflexible lo ordenó el destino),
Quitar pretendo al príncipe troyano.
Mas yo estorbos sin cuento en su camino,
Yo pondré entre ambas razas odio insano;
A ambos reyes tan caro así les cueste
Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote,
Y madrina á tu union Belona asiste,
Virgen!... Hacha nupcial que incendios brote»
Hécuba, no tú sola concebiste;
Que tambien de dos pueblos para azote,
De Páris ominoso copia triste,
Nació el hijo de Vénus. Boda nueva
Ya á Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa
Con rápido descenso inclina á tierra;
Y de aquella region que tenebrosa
Las hermanas frenéticas encierra,
Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa
En fraudes, iras y rencor de guerra;j
Que todo crimen é intencion dañada
Tiene en ella su nido y su morada.

327
LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales;
Pluton mismo su padre, y las hermanas
Tartáreas la detestan; ¡visos tales
Y tantas apariencias inhumanas
Toma y muda, afligiendo á los mortales!
¡En serpientes tan ásperas é insanas
El crin le abunda que su cuello eriza!
Juno á hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes
Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio
Que en tan estrecha coyuntura, vedes
Que sucumba mi honor y el poder mio:
No dejes tú que, entre nupciales redes de
Latino envolviendo el albedrío,
A mansalva el troyano aventurero
Los ítalos confines tome artero.

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno
Públicos y domésticos enlaces;
Por tí hermanos unánimes, terreno
Sangriento van á disputar: falaces
Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno
Astuto anima, pues: juradas paces
Rompe; discordias siembra: audaz asome
La juventud; pida armas, armas tome!»

341
LXIX.

Al punto, el corazon y las miradas
Infectas de ponzoña medusina,
Del Rey á detenerse en las moradas,
Alecto vuela á la region latina:
Mueve en silencio á Amata sus pisadas:
Amata á la llegada repentina
De los Troyanos, y á la ansiada boda
De Turno, su atencion dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros femeniles
Se abrasaba la Reina, cuando vino
La Furia á su mansion con pasos viles:
Tírale del cabello serpentino
Uno de sus cerúleos reptiles,
Y se lo hunde en el seno, porque el tino
Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita
Todo el furor del monstruo que la agita.

LXXI.

Y ya el áspid sutil por entre el bello
Seno y las ropas de la Reina gira;
Ya, sin que la infeliz se cure de ello,
Víbora, alma de víbora le inspira:
Crece, y dorada alhaja orna su cuello;
Crece, y cinta elegante atar se mira
Sus cabellos y sienes; crece, y blanda
Hincha sus venas, por sus miembros anda.

354
LXXII.

Mientra el virus primero que destila
De la ponzoña húmida, resbala
Por los sentidos tímido, y vacila
El fuego oculto que los huesos cala;
Miéntras no oprime al ánima intranquila
Toda la fuerza del incendio, exhala
La dolorida Reina quejas tales
A estilo y en acentos maternales:

LXXIII.

«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro
Por la hijay frigias bodas derramaba,
Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro
Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba
En su suerte, en mi amor, en tu decoro?
Haya viento propicio, ¡y por esclava
Llevarásela á bordo, y dejaráme
En duelo eterno el robador infame!

LXXIV.

«Ejemplo toma del pastor troyano
Que de Esparta á Ilion llevóse á Elena.
¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano,
Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena
Esa que veces mil paterna mano
Tendiste á Turno ya de afecto llena?
Oigo me arguyes que forzoso agüero
Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.

368
LXXV.

»Si Fauno así sobre tu mente impera,
No se rinde por eso mi deseo;
Region independiente es forastera,
Que á esto los Dioses aludieron creo:
El origen de Turno considera:
Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo
Que, honrando patria extraña, honran su gente;
Y la clara Micénas fué su oriente.»

LXXVI.

En balde hablaba así la Reina: mira
Que en Latino sus voces no hacen mella;
Y ya, quemando sus entrañas, gira
El veneno furial por toda ella:
Movida, en fin, de ponzoñosa ira,
Fantasmas ve, respetos atropella,
Y por la ancha ciudad el paso ciego
Abrevia con febril desasosiego.

LXXVII.

Cual peonza que en plaza despejada
De juguetones mozos circuida,
Va, del torcido látigo azotada,
Que hace que, vueltas dando, espacios mida;
A ver el boj tornátil de pasada
Necia, curiosa ociosidad convida
Absorta turba; y ni el herir se aplaca,
Ni él ménos bríos de los golpes saca:

383
LXXVIII.

Por medio á la ciudad, y entre sus gentes
Indómitas, el paso precipita
La Reina así con ímpetus ardientes.
Nuevas furias concibe ya, medita
Escándalo mayor: en accidentes
Convulsivos, semeja que la agita
Interno Baco: á selva hojosa, inculta,
Lleva á la hija consigo; allí la oculta.

LXXIX.

Tál eludir ó deshacer aquella
Boda intenta que teme y que desama:
Y gritando ¡Evohé! de la doncella
Unico digno á tí, Baco, proclama;
Que por tí, dice, en tiernas hojas ella
Viene á vestir tu predilecta rama;
Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro,
Suelta de sus cabellos el tesoro.

LXXX.

Corre la nueva; y del furor tocadas
Ya todas las matronas, desparcidas
Las melenas al viento, sus moradas
Dejan, buscando insólitas guaridas:
Astas vibran de pámpanos ornadas,
Y de rústicas pieles van vestidas;
Otras dan voces de dolor. Blandea
Amata en medio improvisada tea.

398
LXXXI.

Y anuncia á voces, con mirar de llama,
De Lavinia y de Turno el himeneo;
Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama,
«Oh matronas del Lacio, mi deseo:
Si áun á la triste Reina amais que os ama,
Si honrais fueros maternos, el arreo
De las sienes al punto desatando
Que órgias conmigo celebreis os mando.»

LXXII.

Así en los bosques, en feral desierto,
Con estímulos báquicos incita
Alecto á Amata; y como mira cierto
Prender la llama que atizó maldita,
Y en conflicto por ende y desconcierto
Ve la real casa, y lo que el Rey medita,
Hácia el rútulo audaz la Diosa triste
Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo á laciudad que él ama,
La cual Dánae, traída á la ribera
Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,
Con acrisios colonos. Ardea era
Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama:
Cambió la suerte, el nombre persevera.
Allí, mediada ya la noche umbría,
En su excelsa mansion Turno dormia.

415
LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja
Su apariencia furial; la toma humana;
Ara con rugas mustia faz de vieja;
Con venda ciñe la melena cana
Y con rama de oliva; y ya semeja
A Cálibe, al andar, ministra anciana
De Juno y de su templo. De esta suerte
Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:

LXXXV.

«¡Turno! ¿y así permitirás que nada
Te sirvan tantos méritos, y lleve
Huésped dardanio en mengua de tu espada
El cetro que en justicia se te debe?
Aquel enlace y dote conquistada
Por tí con sangre, el Rey te niega aleve:
Y á un extranjero en tu lugar convida.
¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!

LXXXVI.

»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte,
La paz á los Latinos asegura!
Estos avisos mándame traerte
Entre el descanso de la noche oscura,
Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte
Tu ardor la juventud, y la conjura
Los muros á dejar, de armas provista,
Y haz que á los Frigios animosa embista!

430
LXXXVII.

»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio,
Y á sus pintadas naves fiero hostiga
Con rayo abrasador. El labio mio
Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga
Latino propio si en infiel desvío
Niega el pactado enlace, como amiga
Probó tu mano ya, pruébela ahora
Justiciera tambien y vengadora!»

LXXXVIII.

Burlándose el doncel de la adivina,
«No ha faltado,» contesta, «cual supones,
Nuncio que á la ribera tiberina
Me avise que llegaron galeones.
¿Mas tú á notificarme de ruina
A qué vienes con lúgubres ficciones?
No ha puesto la alta Juno todavía
En olvido mortal la causa mia.

LXXXIX.

»Ya: decrépita edad, y asombradiza
De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena
Mujer! con temorcillos martiriza,
Y de especies fatídicas te llena
Viendo entre reyes la empeñada liza.
Cuidar las aras tu deber te ordena;
Hazlo, y deja del reino á los magnates
Acordar treguas ó librar combates.»

445
XC.

En cólera creciente se inflamaba
Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta
Paró la vista, áun bien de hablar no acaba;
Espantosa vision le desconcierta,
Convulsivo terror sus miembros traba.
¡Así disforme á demostrarse acierta
La Furia, al propio sér vuelta de lleno!
¡Tanto silban las hidras de su seno!

XCI.

Y ya con vista que abrasando mata,
Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha,
En balde de añadir medroso trata,
Sus ojos tuerce y la intencion desecha;
Y dos gemelos áspides desata
De la crin ruda de serpientes hecha,
Chasquéalos su mano, ira rebosa,
Y esto agrega con boca ponzoñosa:

XCII.

«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza,
A quien el peso de los años, buena
Mujer, con temorcillos martiriza!
¡La que de especies vanas anda llena
Viendo entre reyes empeñada liza!
Torna, torna á mirar, si no te apenar
Furia soy de los reinos infernales;
Guerras llevo en la mano y fieros males!»

456
XCIII.

Así diciendo, vengativa tea
Al jóven lanza, en cuyo triste pecho
Ya con negro fulgor hundida humea.
En sudor copiosísimo deshecho,
Que brota y cala, pavorosa idea
Su letargo interrumpe; y ya en el lecho,
Ya fuera, con voz ronca y mano brusca,
Armas pide frenético, armas busca,

XCIV.

Y en sed de sangre criminal, en fiera
Rabia arde loco. Así en sonante llama
Los costados de férvida caldera
Cerca y envuelve allegadiza rama:
Siente el agua el ardor, bulle ligera,
Y enciéndese, y borbota, y se derrama
La desbordada espuma, y vuelto nube
El cálido vapor al aire sube.

XCV.

Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino,
Rompida entre ambos pueblos la alianza,
Turno señala militar camino,
Y armados los convoca á la venganza:
A Italia defender es su destino,
Y rechazar al invasor; que alcanza
Por sí sola, dice él, la fuerza suya,
A que el Latino ceje, el Teucro huya.

471
XCVI.

Hecho á los suyos Turno estas razones,
Y á los Dioses pedido fuerza y guia,
Entre sí los rutulios corazones
A la lid se estimulan á porfía:
Corren unos á armarse campeones
Ricos de juventud y lozanía;
Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes
Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.

XCVII.

Turno inflama á los Rútulos; y vuela
A los Teucros en tanto Alecto impía:
Con nueva traza, al márgen va do anhela
Tras las fieras Ascanio ó las espía;
Y con violento ardor hace que huela
Rastros de ciervo la sagaz jauría
Que Ascanio lleva. Rústicos furores A
quí nacieron; y despues, horrores.

XCVIII.

Con altos cuernos y gentil figura,
Temprano hurtado al maternal sustento,
Hubo un ciervo á quien daban con ternura
De Tirreo los hijos alimento—
Tirreo, aquel que en campos de verdura
Custodiaba del Rey greyes sin cuento;—
Mas si querido á los mancebos era,
Silvia ante todos en su amor se esmera.

488
XCIX.

Amaél su servidumbre, ella le adora:
Plácida jóven, la enastada frente
Con suaves guirnaldas le decora,
Peina á su ciervo y lávale en la fuente:
Manso á la mesa va de su señora,
Ledo caricias de su mano siente;
Ociosas horas en la selva pasa,
Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa.

C.

De la querencia, á la sazon, distante,
Ansioso el ciervo de apacible frio,
Sesteaba en la playa verdeante,
Nadando á tiempos á merced del rio.
Los podencos de Ascanio, allí cazante,
Fieros le avientan con ardiente brio;
Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta,
Lanza del combo arco una saeta.

CI.

Y dió acierto fortuna á su descuido;
Que á herirle los ijares, por el viento
Volando al ciervo fué con gran ruido
La flecha aguda. El triste huye sangriento
A la usada mansion, y con gemido
Como quien llora y llama en su lamento,
Entra en su establo, y los contornos llena
Con los ecos dolientes de su pena.

503
CII.

Con las palmas los brazos se golpea,
Y alza Silvia tristísimos clamores;
Fué el primer llamamiento que á pelea
Convocó los fornidos labradores.
Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea
Sembrara en la ágria selva sus ardores)
Al punto comparecen: éste saca
Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.

CIII.

Cuanto ha tomado, en armas lo convierte
La rabia, y toma cuanto á mano mira.
Con recias cuñas, con empuje fuerte,
Tirreo á la sazon á hender aspira
Un roble colosal. Y como advierte
Amenazas venir, fuego respira
Del hacha asiendo arrebatado, y llama
Los suyos á su lado y los inflama»

CIV.

Volando en esto la terrible Diosa,
Que alta cl momento de dañar espía,
Precipítase audaz, y el ala posa
En la cumbre mayor de la alquería;
Y desde allí la seña sonorosa
Que á pastores reune, al aire fia,
Y por el campo, con el corvo cuerno,
Hace sonar los ecos del Averno.

514
CV.

Y el campo se estremece y la arboleda,
Y atónita retumba selva anciana
En són profundo; y aunque léjos queda,
Oye el clamor el lago de Diana,
Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda
Pues de vertientes sulfurosas mana;
Trémulas madres, al rumor del trueno,
Apretaron los hijos contra el seno.

CVI.

Corren al són de la bocina insana
Los rústicos, tomando armas á tiento;
Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana
Juventud en abierto campamento.
Ordénanse las haces: no es villana
Riña ya, ni se ostenta el ardimiento
Con macizas estacas ó tizones;
No; que blanden el hierro, y son legiones.

CVII.

Oscura miés de puntas encontradas
El campo cubre, y en dudosa liza
Reflejan en las nubes las espadas
Del sol los rayos. Tal primero eriza
El piélago sus ondas, y encrespadas,
Más y más cada vez se encoleriza,
Y encumbrándose, en fin, desde su asiento,
Esforzado amenaza al firmamento.

531
CVIII.

Hé aquí, lidiando en avanzada hilera,
Crujiente flecha á su garganta asida
Almon cayó, que entre los hijos era
De Tirreo, el mayor. La cruda herida
Con la ferviente sangre que aglomera,
La húmida voz y la delgada vida
Extinguió del mancebo, á cuyos lados
Muchos otros sucumben derribados.

CIX.

Allí murió Galeso, que intervino
Medianero de paz, ¡infortunado!
Rico en tierras cual no otro convecino,
Él, viejo ilustre, y de virtud dechado:
Contaba en sus dehesas de contino
Rebaños cinco de mayor ganado
Y cinco greyes de lanosa cria;
Y el campo con cien yuntas revolvía.

CX.

Miéntras pugnaban con incierto marte,
Firme en cumplir lo que á su fe se fia
Habiendo Alecto por su fuerza y arte
Comprometido en bélica porfía
Y funeral destrozo á cada parte,
Arrebola con sangre su alegría,
Deja á Italia, veloz cruza la esfera,
Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:

545
CXI.

«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos,
Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes,
¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos!
Más allá iré, si gracia me concedes:
Azuzaré los pueblos comarcanos,
Y atraeré sus auxilios con mis redes
Al incendiado campo de la guerra:
De armas, si faltan, sembraré la tierra!»

CXII.

«Basta de ardides y traspasos; tente!»
Juno así respondió: «robusta nace
Esta guerra por sí: sangre reciente
Tiñe las armas que el furor les hace,
Y trábalos él mismo en lid patente.
Que á tan ardiente union y estrecho enlace
Venga de Vénus la famosa casta
Y el rey Latino mismo, ésto me basta.

CXIII.

»¡Y vete al punto! El que en Olimpo impera
No ya en paz que siguieses llevaria
Vagante Furia en superior esfera:
Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.»
Miéntras hablaba así Juno altanera,
Con áspides Alecto descogia
Las bramadoras alas, deja el cielo,
Y al Cocito veloz despeña el vuelo.

563
CXIV.

Hay en mitad de Italia, sojuzgado
De montes, noble sitio, por la fama
En apartadas tierras celebrado,
A quien valle Omnisanto el vulgo llama:
Selva le ciñe de uno y otro lado
Con medrosa negrura y densa rama;
Y entre rocas, en óndico tumulto,
Por el bosque un torrente suena oculto.

CXV.

Horrenda cueva allí la vista espanta,
A Pluton y sus reinos abertura:
Roto Aqueronte, férvida garganta
Gran vorágine abre, y nube oscura
De vapores pestíferos levanta;—
Allí el odioso Númen su figura
Escondió derribándose al profundo,
Y su serenidad devuelve al mundo.

CXVI.

Entretanto á los bélicos furores
Juno cuida poner última mano.
A la ciudad los míseros pastores
Acorren, y sin vida á Almon lozano
Exponen; y esforzando los clamores,
Hendido el rostro de Galeso anciano
Enseñan; y cobrando la esperanza
A los Dioses v al Rey piden venganza.

577
CXVII.

En medio al alegato se presenta
Turno feroz, el cual de sangre y llama
El terror con sus voces acrecienta:
Que á reinar á los Teucros se les llama,
Que frigia raza en su lugar se asienta,
Y á él se pone á las puertas, dice, y brama;
Y hacen parte con él hijos de aquellas
Que de Amata en furor siguen las huellas.

CXVIII.

Miéntras las madres en vinosa danza
Atropellan florestas y collados,
(¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!)
Ellos de un númen infernal tocados,
Convocan en tropel á la matanza,
Contra el querer del Cielo y de los hados,
Contra el temor de oráculos y agüeros;
Y las puertas del Rey asedian fieros.

CXIX.

Cual peñon en los mares, él resiste;
Como el peñon á quien con golpe rudo
En fragor recio el oleaje embiste,
Y él las ondas ladrantes oye mudo,
Y escollos, rocas que la espuma viste
Hirviente en derredor, los ve desnudo,
Y firme mira, en sus costados rota,
Ir y venir el alga que le azota.

591
CXX.

Yendo las cosas á merced de Juno,
Al fin el mal consejo halló camino;
Tál que, habiendo á los Dioses uno á uno
Y á los vientos alígeros Latino
Conjurado con votos importuno,
«En ondas,» dice, «adversas el Destino
Nos arrastra. Vosotros, homicidas,
La impiedad pagareis con vuestras vidas.

CXXI.

»A ti está reservado acerbo filo;
Tarde á los Dioses volverás tu ruego,
¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo
Que abre la tumba á mi esperanza, llego;
Sólo me privas de morir tranquilo!»
Habló Latino, y encerróse luégo,
Y á tristes pensamientos entregado,
Las riendas abandona del Estado.

CXXII.

Fué en el Lacio costumbre;—los albanos
Pueblos la honraron luégo; y la gran Roma,
Hoy si á los Getas lleva ó los Hircanos
Luto, ó sobre los Arabes asoma,
Ó á Oriente ó á los Indos va lejanos,
Ó enseñas propias á los Partos toma,
Roma, abriendo á sus triunfos la carrera,
En la misma costumbre persevera:—

607
CXXIII.

Y es así que dos puertas tiene iguales
El templo que renombran de la Guerra,
Por ritos consagrado inmemoriales,
Y por Mavorte, que sangriento aterra:
Guarnécenle cien barras, y son tales
El bronce y hierro que lo mura y cierra,
Que el tiempo destructor los muerde en vano;
Y firme los umbrales guarda Jano;

CXXIV.

Y apénas el Senado la balanza
Inclina por la guerra, ya, ceñida
Romúlea toga á la gabina usanza,
Vistoso el Cónsul presentarse cuida;
Las chilladoras puertas abre, y lanza
El grito que venganzas apellida:
Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa
El clangor solemniza de la trompa.

CXXV.

Estas puertas de lúgubre destino,
Rebelde chusma con furor tirano,
Siguiendo la costumbre, al buen Latino
Mandaba abrir contra el poder troyano;
Mas á alargar el Padre no se avino
Al ministerio vil la régia mano,
Y en sombras ocultóse. El vacuo puesto
La Reina de los Dioses llena presto.

620
CXXVI.

La cual del cielo rápida desciende,
Y ella misma las puertas rechinantes
Empuja, y los ferrados postes hiende.
Italia, al punto, adormecida en ántes,
En bélico furor toda se enciende:
Quiénes á pié se ensayan; arrogantes
Quiénes, en polvo envueltos, potros doman;
Ya todos piden armas, armas toman.

CXXVII.

Y á las hachas dan filo, y pulimento
A los lisos escudos y saetas;
Quieren banderas tremolar al viento,
Que el viento hieran voces y trompetas:
Renuevan, pues, al yunque el armamento
Cinco ciudades, á porfía inquietas:
Árdea, Atina potente, Crustumero,
Y Antena torreada y Tibur fiero.

CXXVIII.

Aperciben las cóncavas celadas,
De cabezas reparo; adargas nuevas
De varillas de sauce conformadas,
Y corazas metálicas y grevas,
Hecho el argento láminas delgadas;
Y nadie ya ni en hoces ni en estevas
Ocupa el pensamiento; que humillado
Yace yse esconde el arte del arado.

636
CXXIX.

¿No ves cuál de sus padres los aceros
Reforjan en el horno? El clarín suena;
Pasa de mano en mano entre guerreros
El símbolo marcial: aquél estrena
Yelmo arrumbado en casa; aquéste fieros
Potros á desusado yugo enfrena;
Y la de triple franja, áurea loriga,
Toma, el escudo fiel, la espada amiga.

CXXX.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona,
Mi númen sed! Qué jefes principales
Corrieron á ganar triunfal corona
Decid, qué gentes los siguieron; cuáles
Nobles varones en la hesperia zona
Ya florecian: honras desiguales
Da Fama oscura á tan insignes hombres;
Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!

CXXXI.

Mezencio de los términos tirrenos,
De los Diosesreidor, primero vino,
Y armó los suyos dí coraje llenos:
Lauso con él, mancebo peregrino,
El cual gallardo sobre todos, ménos
Turno, se ostenta, y de otro rango dino;
Hábil jinete y cazador de fieras:
¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste, fueras!

652
CXXXII.

De Agilina mil hombres sacó en vano
Lauso infeliz. En pos de estas legiones
Noble Aventino en el gramoso llano
Su carro y sus indómitos bridones
Lanza, con palma triunfadora ufano:
De Hércules la hermosura y los blasones
Heredó, y á su escudo da ornamento
Hidra ceñida de culebras ciento.

CXXXIII.

Dióle á luz en las sombras del collado
Que, como él, goza el nombre de Aventino,
Rea, sacerdotisa, que al agrado
Cedió, débil mujer, de un sér divino,
Luégo que, habiendo á Geríon postrado,
A las regiones deLaurento vino
El semidios, y en tiberinas olas
En paz lavó sus vacas españolas.

CXXXIV.

Trae el hijo de Alcídes su vestido,
Que ancho los hombros y hórrido cubriendo
Arrastra en puntas á los piés partido:
Piel que muestra, á su frente adorno horrendo,
Los albos dientes de un leon vencido;
Tal á su regio alcázar va tremendo
Aventino marchando. Sus peones
Menean fieros dardos y rejones;

665
CXXXV.

Y la sabina pica aterradora
Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos
Dejan, Catilo y el fogoso Cora,
Argiva copia, jóvenes lozanos,
Los tiburtinos muros que decora
Nombre fraterno; y á lidiar insanos.
Acorren, y con armas delanteras
A romper del contrario las hileras..

CXXXVI.

Hijos de nubes dos Centauros, cuando
De niveas cumbres rápidos descienden.
Así, ancho espacio abriendo, resonando,
Arbustos postran y la selva hienden.
Tambien Céculo vino con su bando,
Fundador de Preneste, el cual entienden
Todos los siglos que entre vil ganado
Nació, y fué pronto junto al fuego hallado.

CXXXVII.

De todas partes campesina hueste
Al Rey se adscribe que engendró Vulcano:
Los que tratan las cimas de Preneste,
Los que de Gabia, á Juno grata, el llano;
Los que el gélido Anio, y el agreste
Hérnico monte con arroyos cano;
Los que las tierras de la rica Anana;
Padre Amaseno, y las que tu onda baña.

685
CXXXVIII.

No armados todos van de firme hoja,
Ni hacen ellos sonar carro y escudo:
Gente es que en balas pardo plomo arroja;
Algunos blanden doble dardo agudo:
De piel de lobo capellina roja
Les defiende la sien: de cuero crudo
Lleva el derecho pié cerrada abarca;
Desnudas huellas el izquierdo marca.

CXXXIX.

Gran domador de potros vino luégo
Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado
Le protege, y ni á espada ni con fuego
Su sacra vida vulnerar es dado.
El á su pueblo, en secular sosiego
A pacíficas artes avezado,
A la guerra de súbito apellida,
Empuñando el primero arma homicida.

CXL.

Forman la multitud que le acompaña
Los que el suelo Falisco y Fescenino,
Los que el alto Soracte, y la campaña
Flavinia, y lago y bosques de Cimino
Tratan, y de Capena la montaña.
Más que terrestre, ejército marino,
No de hombres, sino de aves le creyeras,
Movidas con estruendo á las riberas.

698
CXLI.

En ordenadas filas los loores
Cantando de su Rey marchaban ellos,
Cual entre húmedas nubes sus candores
Muestran los cisnes de Caistro bellos
Cuando vuelven del pasto, y triunfadores
Cantos exhalan de los largos cuellos;
Y el rio suena y los asíanos vados
De la celeste música agitados.,

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones,
Igual él mismo á una legion potente;
Clauso, ilustre varon, de los varones
Antiguos de Sabinia procedente,
Del cual por las latinas poblaciones,
Tribu admitida al fin, la Claudia gente
Se propagó, desde que Roma dada
Fué en parte á los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento,
Los de Cúres y Ereto habitadores
A Clauso unirse veo en un momento:
La olivosa Mutusca guerreadores
Da á su turno, y la villa de Nomento,
Y el campo de Velino, rico en ñores;
Y van los que en Severo desabrido
Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

714
CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente,
Y la que Himela en sus riberas cria;
La que bebe del Tibre en la corriente,
Y en las aguas de Fábaris: la fria
Nursia y Orcia tambien su contingente,
Y el latino país el suyo envía;
Tambien arma sus hijos la campaña
Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número á las ondas van iguales
Que ruedan en el piélago africano
Si triste se hunde en aguas invernales
Orion; ó á las que de Hermo en fértil llano
Ó en las mieses de Licia candeales
Espigas densas tuesta rayo insano;—
Y suenan los escudos, y la tierra
Treme, de piés batida, en són de guerra.

CXLVI.

Griego, Haleso odia á Troya: sus bridones
Unce al carro, y á Turno, á lid dispuestas
Arrastra mil valientes poblaciones:
Aquellos que del Másico en las cuestas
Cultivan, Baco, tus preciosos dones;
Los que enviaron de sus ágrias crestas
Los Auruncos ancianos; los vecinos
De los húmedos campos Sidicinos;

728
CXLVII.

Y los que á Cáles dejan y las bravas
Satículas guaridas, y el asiento
Que tú, Volturno, con tus ondas lavas;
Llegan al par los Oscos ciento á ciento:
Todos redondas y erizadas clavas
Prendidas llevan con flexible amiento:
Adarga que la izquierda cubre enseñan
Y el corvo alfanje con que en lid se empeñan.

CXLVIII.

Ni á tí en mis versos dejaré en olvidó
En la ninfa Sebétide engendrado,
Ebalo, por Telon, cuando adquirido
Hubo de los Telebos el reinado,
Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido.
Estrecho el hijo en el paterno estado,
A los campos Sarrastes le dilata,
Y á los llanos tambien que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiones
Le obedecen, y el valle de Celena,
Y la que Abela entre altos torreones
Campiña mira al pié de pomas llena.
Tercian la pica á guisa de Teutones:
Almete de alcornoque la melena
Ciñe en torno: de acero cicaladas
Brillan las peltas, brillan las espadas..

744
CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente,
A tí á la guerra Nersa montuosa
Tambien te diputó. La esquiva gente
De los Ecuos te sigue, que escabrosa
Tierra ocupa, y de asaltos impaciente
En la caza de monte no reposa:
Siempre á nuevos despojos se aperciben,
Armados andan y de presas viven.

CLI.

Tambien, marruvio sacerdote, vino
Umbron á combatir; movióle á tanto
El rey Arquipo: sobre yelmo fino
Tiende sus hojas el olivo santo.
El los monstruos del reino serpentino
Con el tacto domaba y con el canto;
Iras durmiendo de dragon furente
Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede
El paso á la troyana arma homicida
Tu canto soporífero; ni puede
Hierba sanar la inevitable herida
Si en Marsos montes se buscase adrede.
El bosque te lloró que Anguicia cuida,
Y las diáfanas olas de Fucino;
Vivos lagos lloraron tu destino.

761
CLIII.

Luégo, prole de Hipólito, dechado
Llegó, Virbio, de garbo y lozanía:
Con la prístina gloria señalado
Materna Aricia á pelear le envía
Del fondo de la selva en que educado
Fué por Egeria, cabe la onda fria,
A par del ara ilustre de Diana,
Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que despues que sin ventura,
Portraza infame de madrastra fiera
Y de padre cruel sentencia dura,
Fué Hipólito arrastrado en la ribera
Por caballos sin freno, al aura pura
Tornóse á alzar y á la superna esfera,
Por merced de Diana y su cuidado
Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente
Que un hombre de los reinos infernales
Volviese así con apacible frente
A la luz y á los hálitos vitales,
Y ráfaga flechó de fuego ardiente
Contra el de ciencia tanta y hierbas tales
Sabio descubridor, hijo de Apolo,
Yen las estigias aguas sepultólo.

774
CLVI.

Compadecida entónces la alma Diosa
A Hipólito tendió su mano pia,
Y en morada le oculta nemorosa
Y allí á la ninfa Egeria le confía:
Oscuro así y en soledad dichosa
Una vida ingloriosa viviria
Por las selvas itálicas, cuál hombre
Nuevo, de Virbio bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y á los bosques de Diana
Por eso á los cornípedos corceles
Llegar no es dado, pues la mar cercana
Huyendo, y monstruos de la mar crueles,
Tiraron mozo y carro en fuga insana.
El no ménos audaz, ellos más fieles,
Sus potros en el campo el hijo incita,
Y su carro á la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento
Y sobre todos la cabeza eleva
Armado Turno, cuyo almete al viento
Triple penacho ofrece, y alta lleva
Quimera que respira etneo aliento:
Ella su ardor al parecer renueva
Envuelta en tristes llamas, á medida
Que la lid se ensangrienta embravecida.

789
CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro
En tanto el terso escudo abulta Io,
Prole aparente de cerdoso toro
(Nobiliaria leyenda); Argos impío
Custodio allí de virginal tesoro
Osténtase tambien; tambien un rio
Figurado de líquida abundancia
De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos
Una nube le sigue de peones:
Allí van los Argivos, los Sicanos
Antiguos, en cerrados batallones,
Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos;
Los Labicos, que pintan sus blasones;
Los que te explotan, Tibre, en bosques rico,
Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados
Cultivan; las que tratan la colína
Circea; las que campos sojuzgados
A Júpiter Anxur, y el que domina
Holgándose en sus verdes arbolados
Feronia; las que la húmeda Pontina
Laguna, y hondos valles por do Ufente
Helado va en el mar á hundir la frente.

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CLXII.

Con gallardo escuadron la marcha cierra
Honor, Camila, de la Volsca gente:
Sus jinetes temblar hacen la tierra
Acorazados de metal luciente.
No á hilar, no á tejer mimbres, mas en guerra
A lidiar y á sufrir, manos y mente
Dió la animosa virgen, que en su vuelo
Vence al aura y apénas toca el suelo.

CLXIII.

Sobre campos y mieses pasaria
Sin mover las aristas la doncella
En su rápido curso; cruzaría
Con planta enjuta y fugitiva huella
Hinchadas olas de la mar bravia
Como suspensa aparicion. Por vella,
Mozos, hembras, en campos y poblados,
Acuden á su paso embelesados.

CLXIV.

Y áun de léjos admiran cómo vuela
Gentil; cómo con púrpura los bellos
Hombros, terciando regio manto, vela;
Y cómo los undívagos cabellos
En auríferos hilos encairela;
Cómo con licia aljaba da destellos;
Y cuál blande con noble desenfado
E1 mirto pastoral de hierro armado.