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Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El tirador


El tiradorEditar

-«¡A ver, mozo! un tirador».

El mozo era un galleguito recién llegado, cuyo espíritu crítico no había tenido todavía tiempo de desarrollarse bastante para que pudiera hacer la diferencia entre un cliente y otro cliente, y ya que le pedían un tirador, y que los tiradores colgaban de las vigas del techo, agarró una caña larga, armada de un gancho en la punta, y empezó a descolgar y a depositar en el mostrador todos los tiradores de la casa.

Si hubiera echado primero una ojeada en el parroquiano, se habría dado cuenta de que éste no era más que un gaucho cualquiera, un peón, y que era inútil deslumbrar con semejante profusión de muestras a quien sólo era capaz de comprar un pobre tirador de carpincho, de los más baratos.

Tentador era, por cierto, el surtido: tiradores de toda laya, y de todos precios, anchos y angostos, con bolsillo para el revólver o sin él; con hebilla de acero o con ojales para botones de plata; de carpincho y de vaqueta, de imitación de cuero de cocodrilo, de tafilete y de gamuza; alguno; bordados con flores de todos colores, otros, con magnífico escudo patrio en perlas, que por poco lo hubiera hecho parecer al que lo llevara, todo un presidente de la República, y más, teniendo el mismo emblema en las botas acartonadas, con arrugas artificiales, último grito de la moda de entonces, en la Pampa: ¡y qué grito!

Claro es que, en este mundo, cada hombre necesita un tirador; para el gaucho andariego, es la caja de seguridad, donde conserva todo lo que posee de mayor precio: es el cinturón que detiene las puntas del chiripá y sirve de asiento al cuchillo; en sus tres o cuatro bolsillos, se resguarda el boleto de la marca, para evitar tropiezos en el camino, cuando se va de viaje, arreando la tropilla; y el boleto de la señal de las ovejas, con la papeleta de guardia nacional, el papel de pitar y los pesitos que, por casualidad, y por poco tiempo, hay que encerrar. La cartera los acompaña, con sus hojas grasientas y su lápiz, para pintar marcas de animales perdidos o apuntar algún dato.

Otras cosas habrá todavía, pues cada uno es dueño de sus bolsillos, ¿no es cierto?, y mientras algo quepa, le puede echar, no más, cualquiera cosa.

Hay tiradores especiales para los trabajos de a pie, con lazo; pues no es todo pialar un animal a enlazarlo; es preciso detenerlo hasta que lo volteen; para esto es el culero, delantal de cuero que cuelga de la parte posterior del tirador y permite hacer fuerza con todo el cuerpo, y apoyar en las piernas así garantidas, el lazo, antes que resbale en las manos, quemándolas, cruelmente, a veces. El que usa culero es gaucho guapo siempre, y fortacho; ¿de qué le serviría a un flojo? De parada, no más; pues, con culero o sin él, lo mismo se dejará arrastrar por el animal enlazado, hasta que lo suelte, esputándole ajos, porque se lleva el lazo.

Es el antípodo del tirador angosto, de gamuza, de hebillas de acero relucientes, cuyos bolsillos sólo pueden servir para guardar plata en billetes grandes, y que lleva el joven estanciero, cuando viene a pasar una temporada en el campo y trata de dar a su persona el aspecto pintoresco que requiere la situación: bombachas anchas y botas cortas, el sombrero gauchito lindamente puesto, y en la cintura, el revólver, discretamente amenazador y cuya boca sugestiva infunde respeto.

El ancho y sólido tirador de carpincho ciñe la musculosa cintura de los trabajadores, de los vascos ovejeros, de los que necesitan bolsillos grandes para amontonar los pesos, ganados de a uno, con el sudor de su frente. No es elegante, y se vuelve con el tiempo y el uso, mugriento y ajado, dejando bostezar los bolsillos cansados.

Es cierto que este mismo tirador sencillo, modesto y sin pretensión, suele, a veces, ensancharse en la opulenta panza de algún resero cargado de pesos, o en el talle elegante de algún gaucho compadre, en vena de prosperidad, con un lujo de adornos y de monedas de plata, capaz de tentar a algún pobre.

La hebilla, toda de plata, es la misma marca del envidiado dueño de tanta maravilla, y alrededor, resplandece todo un mosaico de monedas de todo tamaño y de toda procedencia: patacones españoles, de columnas, gastados, pero de buena ley, y piezas de cinco trancos, con la cara olvidada de Luis Felipe; dolares americanos, de águila y estrellas; piezas chilenas, con el cóndor, rapiñador hambriento, y bolivianos humildes, con la palmera achatada, mal acuñadas y de valor mermado; soles peruanos, algo borrados y águilas mejicanas, tragándose víboras.

El tirador de flores bordadas sienta a la juventud amorosa, y sucede que la bordadora, en un arrebato de imaginación, -quizás era joven también, y soñaba de besos dados y devueltos-, ha pintado dos corazones unidos, atravesados por una flecha.

¡Bendito sea Dios! ¡Y también le hizo bolsillos! ¿Para qué, si su dueño todavía no posee más que su bigote naciente y su buena figura? ¿O sólo será para alojar, lo que en todas partes cabe, alguna risueña esperanza?

El viejo Zuviría, él, ya no tiene esperanza que alojar, ni tirador para ello; hace años que nunca se ha juntado con bastante plata para no poder chupársela toda, y nunca le ha quedado para comprar tirador. Se contenta con una faja; no la faja ancha y larga, de lana azul o colorada, en la cual algunos extranjeros suelen envolverse tres o cuatro veces el cuerpo, sino una pobre, miserable fajita, angosta, de algodón, descolorida y sucia, torcida por el uso como el hilo de acarreto, y que cuelga desatada, cuando está mamado, haciendo acordar, a pesar de la gran flacura de su dueño: que al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen.