VIII

El baile de la corte

El jueves 15 de mayo, a las seis de la tarde, John Harris, con uniforme de gala, me condujo a casa de Cristódulo. El pastelero y su mujer me recibieron con muchas fiestas, no sin exhalar algunos suspiros dedicados al Rey de las montañas. Yo, por mi parte, les abracé de todo corazón. Me sentia dichoso de vi vir, y en todas partes no veia más que amigos. Mis pies estaban ya sanos, mi pelo había sido cortadoy mi estómago se sentia satisfecho. Dimitri me aseguró que la señora Simons, su hija y su hermano estaban invitados al baile de la corte y que la planchadora acababa de llevar un vestido al Hotel de los Extranjeros. Saboreé por anticipado la sorpresa y la alegria de Mary—Ann. Cristódulo me ofreció un vaso de vino de Santorin. Con esta bebida deliciosa me pareció beber la libertad, la riqueza y la dicha. Subi la escalera de mi cuarto; pero antes de entrar en él, pensé que debía llamar a la puerta del señor Mérinay. Este me recibió en medio de una tormenta de libros y de papeles.

—Querido amigo, aqui me tiene usted metido en el trabajo hasta la coronilla. Encima de la aldea de Castia he encontrado una inscripción antigua que me ha privado del placer de combatir por usted, y que desde hace dos días me esta atormentado. Es absolutamente inédita, acabo de comprobarlo. Nadie la ha visto antes que yo; tendré el honor del descubrimiento; pienso que mi nombre vaya unido a él. Se trata de un pequeño monumento en piedra caliza de treinta y cinco centimetros de alto por veintidos de ancho, colocado por azar al borde del camino. Los caracteres son de la buena época y esculpidos de un modo perfecto. Aqui tiene usted la inscripción, tal como la he copiado en mi cuaderno.

S. T. X. X. I. I.

M. D. C. C. C. L. I.

Si consigo explicarla, he hecho mi fortuna. ¡Serė miembro de la Academia de Inscripciones y Buenas Letras de Pont—Audemer. Pero la tarea es larga y dificil. La antigüedad guarda sus secretos con cuidado celoso. Temo haber dado con un monumento relativo a los misterios de Eleusis. En ese caso, habria que encontrar dos interpretaciones: una vulgar o demótica, la otra sagrada o hierática. Debe usted darme su opinión.

—Mi opinión —le dije — es la de un ignorante.

Pienso que ha descubierto usted un guardacantón, como hay muchos a lo largo de los caminos, y que la inscripción que le ha dado tanto trabajo podría, sin ningún inconveniente, traducirse asi: «Stadion (1), 22, 1851.» Buenos dias, señor Mérinay; voy (1) Estadio, medida itineraria.—(N. del T.) ♥ 259 a escribir a mi padre y a ponerme mi hermoso traje colorado.

La carta a mis padres fué una oda, un himno, un canto de felicidad. La embriaguez de mi corazón fluia sobre el papel entre las dos puntas de mi pluma. Invitaba al matrimonio a toda la familia, sin olvidar la buena tía Rosenthaler. Supliqué a mi padre que vendiese lo antes posible su fonda, aunque tuviese que deshacerse de ella a bajo precio. Exigi que Frantz y Juan Nicolás abandonasen el servicio, y conjuré a mis otros hermanos a que cambiasen de oficio. Yo me encargaba de todo; yo les buscaria a todos un porvenir. Sin perder un solo momento sellé la carta y la mandé con un propio al Pireo, a bordo del vapor austriaco que zarpaba el viernes por la mañana, a las seis. «De este modo — me decía—gozarán de mi dicha casi tan pronto como yo.» A las nueve menos cuarto en punto entraba yo en palacio con John Harris. Ni Lobster, ni el señor Mérinay, ni Giacomo habían sido invitados. Mi tricornio tenia un reflejo imperceptiblemente rojizo; pero a la claridad de las bujías este defecto no se notaba. A mi espada le faltaban siete u ocho centimetros, pero ¿qué importaba? El valor no se mide por la longitud de la espada, y, sin vanidad, tenia derecho a pasar por un héroe. El traje rojo me estaba apretado, me molestaba debajo del brazo, y los adornos de las mangas quedaban bastante lejos de mis puños; pero los bordados hacían buen efecto, como habia profetizado papá.

La sala de baile, decorada con cierto gusto y espléndidamente alumbrada, se dividía en dos cam pos. A un lado estaban las butacas reservadas a las damas, detrás del trono del rey y de la reina; al otro, las sillas destinadas al sexo feo. Con mirada ávida revisé rápidamente el espacio ocupado por las damas. Mary—Ann no se encontraba todavia allí.

A las nueve vi entrar al rey y a la reina, precedidos de la camarera mayor, del mayordomo mayor de palacio, de los ayudantes, de las damas de honor, de los oficiales de órdenes, entre los cuales me mos traron al señor Jorge Micrommatis. El rey estaba magníficamente vestido de palikaro, y la reina llevaba un vestido admirable, cuyas elegancias exquisitas no podian venir más que de París. El lujo de los vestidos femeninos y el brillo de los trajes nacionales no me deslumbraron hasta el punto de ha cerme olvidar a Mary—Ann. Tenía la vista clavada en la puerta y esperaba.

Los miembros del Cuerpo diplomático y los principales invitados se colocaron en circulo alrededor del rey y de la reina, que les distribuyeron palabras amables durante una media hora. Un oficial, colocado delante de nosotros, retrocedió tan torpemente, que me pisó y me arrancó un grito Esto le hizo volver la cabeza, y reconocí en él al capitán Pericles, recién condecorado con la Orden del Salvador. Me pidió perdón y me preguntó cómo iba.

Yo no pude menos de contestarle que mi salud no le importaba. Harris, que sabia todą mi historia de punta a punta, dijo cortésmente al capitán:

¿Es al señor Pericles a quien tengo el honor de hablar?

Al mismo.

Me alegro mucho de haberle encontrado. ¿Seria usted tan amable que me acompañara un instante al salón de juego? Se halla todavia desierto y estaremos solos.

— A sus órdenes, caballero.

El señor Pericles, más pálido que un soldado que sale del hospital, nos siguió sonriendo. Una vez lle gado, se volvió a Harris y le dijo:

— Caballero, vea usted en qué puedo servirle.

Por toda respuesta, Harris le arrancó su cruz con la einta nueva y se la puso en el bolsillo, diciendo:

Esto es, caballero, lo que tenia que decirle.

— Caballero — gritó el capitán retrocediendo un paso.

— — No haga usted ruido, caballero; se lo suplico.

Si tiene usted interés en este juguete, sirvase enviar dos amigos al señor John Harris, comandante de la Fancy, para que lo recojan.

— Caballero — replicó Pericles, no sé con qué derecho me coge usted una cruz cuyo valor es de quince francos, y que me veré obligado a reempla zar a costa mia.

Que no quede por eso, caballero; aqui tiene usted un soberano con la efigie de la reina de Inglaterra: quince francos para la cruz, diez para la cinta. Si quedase algo, le suplicaría que lo bebiese a mi salud.

Caballero— dijo el oficial cogiendo la moneda, no tengo más que darle las gracias.

Nos saludó sin añadir una palabra, pero sus ojos no prometían nada bueno.

Mi querido Hermann—me dijo Harris—, abandone este país lo antes posible con su futura. Este gendarme me parece un bandido consumado. Por mi parte, yo permaneceré ocho dias para darle tiempo de darme la vuelta de la moneda, y después seguiré la orden que me envía a los mares del Japón.

Siento mucho — le respondí — que su viveza le haya llevado tan lejos. Yo no queria salir de Grecia sin un ejemplar o dos de la Boryana variabilis. Tenia uno incompleto, sin las raíces, y me lo he dejado allá arriba con mi caja de latón.

Deje usted un dibujo de su planta a Lobster o a Giacomo. Ellos harán por usted una peregrinación a la montaña. Pero, ¡por Dios!, apresúrese usted a poner en seguridad su dicha.

Mientras tanto, mi dicha no llegaba al baile; yo me cansaba los ojos examinando a todas las que bailaban.

Hacia las doce de la noche perdi toda esperanza. Sali del gran salón y me coloqué melancólicamente delante de una mesa de whist, donde cuatro jugadores hábiles hacían correr las cartas con una destreza admirable. Comenzaba a interesarme en este juego de destreza, cuando una carcajada argentina me hizo saltar el corazón. Mary—Ann estaba detrás de mi. Yo no la veía y no me atrevia a volverme hacia ella; pero la sentia presente, y la alegría me apretaba la garganta hasta ahogarme.

Lo que causaba su hilaridad no lo he sabido nunca.

Acaso alguna indumentaria ridícula, como las que se encuentran en todos los países en los bailes oficiales. Caí en la cuenta de que había un espejo delante de mi. Levanté la vista y la vi, sin ser visto, entre su madre y su tio, más bella y más radiante que el dia en que la habia contemplado por vez primera. Un triple collar de perlas acariciadoras ondulaba blandamente alrededor de su cuello y seguía el dulce contorno de sus espaldas divinas. Sus bellos ojos centelleaban con el fuego de las bujías, sus dientes reían con una gracia inexpresable; la luz jugaba como una loca en el bosque de sus cabellos. Su vestido era el de todas las muchachas; no llevaba, como la señora Simons, un ave del paraíso en la cabeza; pero esto sólo la hacía parecer más bella; su falda estaba levantada por algunos ramilletes de flores naturales; tenia también flores en el corpiño y en los cabellos, y ¡qué flores, señor! No puede usted figurarse. Yo pensé morir de alegria cuando vi que entre ellas estaba la Boryana variabilis. Todo me caia del cielo al mismo tiempo. ¿Hay nada más dulce que herborizar en los cabellos de la mujer a quien se ama? Yo era el más dichoso de los hombres y de los naturalistas. El exceso de felicidad me arrastró más allá de los límites de las conveniencias. Me volvi bruscamente hacia ella, le tendi las manos y le grité:

—¡Mary—Ann! ¡Soy yo!

¿Creerá usted, caballero, que retrocedió como espantada, en lugar de caer en mis brazos?

La señora Simons levantó tan alto la cabeza, que me pareció que el ave del paraiso volaba al techo.

El viejo señor me cogió de la mano, me llevó aparte, me examinó como un bicho raro, y me dijo:

—Caballero, ¿ha sido usted presentado a estas damas?

—¡Se trata precisamente de eso, admirable señor Sharper! ¡Mi querido tio! ¡Yo soy Hermann! ¡Hermann Schultz! ¡Su compañero de cautividad! ¡Su salvador! ¡Ay! ¡Después que se marcharon, las he pasado buenas! ¡Le contaré todo esto cuando lleguemos a su casa!

Yes, yes respondió—. Pero la costumbre inglesa exige imperiosamente ser presentado a las damas antes de contarles historias.

—¡Pero si ellas me conocen, mi querido señor Sharper! ¡Hemos comido más de diez veces juntos!

¡Les he prestado un servicio por valor de cien mil francos! ¿No lo sabe usted? ¡En el campamento del Rey de las montañas!

— Yes, yes; pero no ha sido usted presentado.

—Pero ¿no sabe usted que me he expuesto cien veces a la muerte por mi querida Mary—Ann?

—Muy bien; pero no ha sido usted presentado.

En fin, caballero, voy a casarme con ella; su madre lo ha permitido. ¿No le han dicho a usted que yo debía contraer matrimonio con ella?

—Pero no antes de ser presentado.

—¡Presénteme, pues, usted mismo!

Yes, yes; pero es preciso que antes me lo presenten a mí.

—Espere usted.

Corri como un loco a través del baile, choqué con más de diez parejas, mi espada se me enredó entre las piernas, resbalé sobre el entarimado y cai escandalosamente cuan largo era. John Harris fué quien me levantó.

—¿Qué busca usted?—me dijo.

—Están aqui; las he visto; voy a casarme con Mary—Ann; pero antes es preciso que les sea presentado. Es la costumbre inglesa. ¡Ayúdeme usted! ¿En dónde están? ¿No ha visto usted una mujer alta con un ave del paraiso en la cabeza?

—Si; acaba de abandonar el baile con una muchacha muy bonita.

—¡Abandonar el baile! ¡Amigo mío, es la madre de Mary—Ann!

—Cálmese usted, ya la encontraremos. Haré que le presente a usted el ministro plenipotenciario de los Estados Unidos.

—Eso es. Voy a mostrarle a usted a mi tio Edward Sharper. Lo he dejado aqui. ¿Dónde diablos se habrá marchado? ¡No debe de estar lejos!

El tio Edward había desaparecido. Yo arrastré al pobre Harris hasta la plaza de Palacio, frente al Hotel de los Extranjeros. Las habitaciones de la se ñora Simons estaban alumbradas. Algunos minutos después las luces se apagaron. Todo el mundo estaba en la cama.

—Hagamos como ellos—dijo Harris—. El sueño le calmará a usted. Mañana, entre la una y las dos, yo arreglaré sus asuntos.

Pasé una noche peor que las noches de mi cautiverio. Harris durmió conmigo; es decir, no durmió.

Oíamos los coches del baile, que bajaban por la calle de Hermes con sus cargas de uniformes y galas femeninas. Hacia las cinco, la fatiga me cerró los ojos.

Tres horas después, Dimitri entró en mi cuartodiciendo:

¡Grandes noticias!

—¿Qué pasa?

—Sus inglesas acaban de marcharse.

—¿Para dónde?

—Para Trieste.

—¡Desgraciado! ¿Estás seguro de ello?

—Yo mismo las he llevado al buque.

—Pobre amigo mio,—me dijo, estrechándome las manos—; el agradecimiento se impone; pero el afecto no admite mandatos.

—¡Ay!—exclamó Dimitri. En el corazón de este muchacho parecia encontrar eco mi infortunio.

Desde aquel día, caballero, he vivido como los animales: bebiendo, comiendo y aspirando el aire. Envié mis colecciones a Hamburgo sin una sola flor de Boryana variabilis. Al dia siguiente del baile, mis amigos me condujeron al barco francés. Creyeron prudente que hiciésemos el viaje por la noche, temerosos de encontrar los soldados del señor Pericles.

Llegamos sin obstáculo al Pireo. Pero, a veinticinco brazas de la orilla, media docena de fusiles invisibles cantaron a mis oídos. Era la despedida del apuesto capitán y de su hermoso país.

He recorrido las montañas de Malta, de Sicilia y de Italia, y mi herbario se ha enriquecido más que yo. Mi padre, que tuvo la buena idea de conservar su fonda, me hizo saber en Mesina que mis envios eran muy apreciados en mi país. Acaso cuando lle gue encuentre una colocación; pero yo he adoptado el principio de no contar con nada.

Harris está en camino para el Japón. Dentro de un año o dos espero tener noticias suyas. El peque.

ño Lobster me escribió a Roma; sigue ejercitándose en la pistola. Giacomo continúa sellando cartas por el día y cascando nueces por la noche. El señor Mérinay ha encontrado una nueva interpretación para su piedra mucho más ingeniosa que la mia. Su gran trabajo sobre Demóstenes debe imprimirse un dia u otro. El Rey de las montañas ha hecho las paces con la autoridad y está construyendo una gran casa en el camino del Pentélico con un cuerpo de guardia capaz para veinticinco palikaros decididos. Mientras tanto, ha alquilado un hotelito en la ciudad moderna, a orillas del gran arroyo. Recibe a mucha gente y se mueve activamente para llegar al Ministerio de Justicia; pero necesita aún tiempo. Fotini es la que lleva la casa. Dimitri va algunas veces a cenar y a suspirar en la cocina.

No he vuelto a oir hablar de la señora Simons, del señor Sharper ni de Mary—Ann. Si este silencio continúa, pronto no pensaré más en ellos. Algunas veces, todavía, en medio de la noche, sueño que estoy delante de ella y que mi largo y flaco rostro se refleja en sus ojos. Entonces me despierto, lloro amargamente y muevo furiosamente mi almohada. Lo que siento, créamelo usted, no es la mujer, sino la fortuna y la posición que se me han escapado. Y menos mal que no entregué mi corazón: no hay dia que no bendiga mil veces mi frialdad natural. ¡Figürese usted, querido señor, lo miserable que viviria si hubiese tenido la desgracia de enamorarme!