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El pecado favorito
de Godofredo Daireaux



Cuando don Augusto Bouret vino a tomar posesión de sus dos suertes de estancia, adquiridas del Gobierno, convino con don Pedro Agüero, en testimonio de simpatía, que, en vez de pedirle campo, como a los demás intrusos, le completaría la majada, como para hacer sociedad.

Don Pedro, cordobés aporteñado, cuyo rancho ocupaba, desde hacía veinte años, la mejor loma del campo, apreció, como lo merecía, la excepción hecha a su favor, que le permitía quedar en la querencia, donde había vivido tantos años, con la finada su mujer, y donde dejaba correr despacio los días, cuidando, con sus dos hijos, las pocas ovejas que le había dejado lo que él llamaba la mala suerte.

Por su lado, don Augusto, extranjero, nuevo en el oficio, sacaba de sus conversaciones con don Pedro, mil pequeños secretos de la vida del campo, aprendiendo a conocer las vivezas instintivas de los animales para defraudar la vigilancia del hombre, y los medios criollos de contrarrestarlas; el modo de hacer tal o cual trabajo, de salir airoso en sus tratos y de evitar las trampas, frecuentes en los negocios de hacienda.

Se estableció la estancia, dejando independiente, aunque a poca distancia, el rancho de don Pedro, y todo andaba a las mil maravillas, sin que nada viniese a confirmar los augurios de los vecinos que habían anunciado tempestades, para cuando don Pedro, decían, «tomase su primera tranca».

Y, ¿cómo creer semejante cosa? si todo, en su conducta, era de tanta corrección que no podía haber, aseguraba don Augusto, otro gaucho en la Pampa, mejor educado, ni más instruido.

-Sí, sí -contestaban los vecinos-, cuando no está ebrio. Instruido y educado, lo es.

Y con cierto misterio, susurraban:

-Dicen que, en Córdoba, ha estudiado para fraile.

Hospitalario y generoso con cualquier paisano que le viniera a pedir un servicio, don Pedro inspiraba a todos cierto respeto como hombre bueno y de bien, que era incapaz hasta de comer una oveja ajena extraviada en su majada. Su relativa superioridad, por benévola que fuese, no dejaba de dar lugar a cierta envidia, pronto disimulada con los ayes de lástima que todos concedían a los arrebatos locos de vicio que, de vez en cuando, venían a empañar sus excelentes cualidades.

-Usted verá, usted verá. ¡Es una lástima!

El tiempo pasaba; don Pedro seguía cumpliendo regularmente con sus obligaciones; y cuando, por la mañana, después de haber atado en el palenque su caballo, bien rasqueteado y con la crin cuidadosamente tusada, se venía -caminando, al parecer, ligero, pero a pasitos tan cortos y menudos que su apuro era más ficticio que real- a saludar al patrón, con afectuosa humildad, su cara, de facciones distinguidas, realzadas por un cuadro de pelo negro ondulado y de barba toda rizada, recordaba esos hermosos tipos semíticos, cuya sumisa gravedad deja traslucir en los ojos, a la vez serios y risueños, algo como cierto desprecio burlón para la humanidad en general y para el interlocutor en particular.

Su seriedad atenta, cuando le hablaba el amo, su política aprobación habitual de las ideas del patrón, sólo restringida, a veces, por el sacramental y prudente: «Usted es dueño», que tan hondamente significa lo que quiere decir; los consejos, dados en forma de mera y modesta indicación, como quien no quiere la cosa, y con ese tacto peculiar del subalterno que no quiere parece saber algo mejor que el superior; su comedimiento en ofrecerse para cualquier trabajo, todos sus modales hacían de este cordobés, barnizado sin acabar de pulir, un lunar entre el paisanaje porteño que le rodeaba, más activo, pero más rudo.

Es cierto que su ayuda era algo platónica, y cuando, viendo al patrón con una herramienta cualquiera en la mano, se le acercaba, diciendo: «Preste, patrón», y se la quitaba con gesto resoluto -como si fuera deshonra para él dejar un momento que el patrón se cansara en trabajar, en su presencia-, era generalmente puro ademán; ¡pero lo hacía tan bien y con tanta sinceridad aparente!

Seguramente, cuando joven, había sobresalido en todos los trabajos de campo; hoy, se contentaba con dar indicaciones a los muchachos para lo que era domar, o enlazar, o cualquier otro trabajo pesado; pero para un trabajo delicado, tenía fama merecida de hombre hábil, y si algún estanciero vecino quería que se le adiestrase un caballo para la silla de la señora, o se le amansase un petizo para los chicos, no buscaba sino a Pedro Agüero.

Tampoco había peligro de que Mandinga se llevase al padrillo hecho potro por él, cuando le había dibujado con la punta del cuchillo, en la faz interna de la cola, la señal de la Santa Cruz.

Fatalista, como los árabes a quienes parecía, perdonaba a la suerte sus errores, pero no por esto dejaba de tratar de evitarlos, y como su mayor superstición era que todo trabajo hecho un sábado tenía que salir bien, poco a poco, llegaba a no trabajar más que el sábado... cuando no llovía, o que lo permitía el estado de la luna.

Y por el conjunto de sus cualidades y de sus defectos, resultaba, para don Augusto, entre muy útil y casi inservible.

... Hasta que un día de viento norte muy feo, se oyeron en el puesto gritos desaforados, vociferaciones, insultos soeces: «a ese gringo que se le había venido a meter aquí, quién sabe con qué derecho»; y sonó un tiro de revólver, que fue a herir en el brazo al hijo mayor, quien había querido pedir al padre que se moderase.

Y, siguiendo la farra, volvió a la pulpería, donde, con un tono chocante que contrastaba con su finura habitual, convidó a los concurrentes, hablando, con altanería sin par, de medir con cualquier facón su «capadora» y de castigar a rebencazos a esos cobardes, que lo miraban como zonzos, sin atreverse a decirle nada.

Y ¿por qué no le decían nada?, ¡porque bien sabían que él era gaucho!

-¡Soy gaucho! -repetía-, ¡soy gaucho!

Lo que menos era, el pobre; pero no sólo lo sabían inofensivo, sino que pocos eran, en la vecindad, los que no habían tenido ocasión de ir a buscarlo a su casa, encontrándolo siempre dispuesto a venir, a cualquier hora, a cristianar a un recién nacido, en peligro de muerte, o a rezar, en un velorio, las preces de los difuntos.

Al rato, le dio por cantar, y compró una guitarra; con ella, se fue para su casa, y de allí, mandó a su hijo menor a buscar otro porrón de ginebra.

Cuando volvió el chiquilín, le salió al encuentro, bamboleándose, emponchado, y desafinando a raja y cincha con la guitarra y con la voz; el mancarrón, un viejo servidor bichoco, se asustó y volteó al muchacho; don Pedro no vaciló, sacó la cuchilla, y degolló al caballo.

La vista de tanta sangre lo calmó; arrojó lejos de sí el arma; la guitarra fue a dar violentamente contra el suelo, hendida, estertorosa, y don Pedro, dejándose caer en la cama, se durmió profundamente.

¡Pobre don Pedro Agüero!


M42


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: