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II.

LA EXPRESION DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE
Y EN LOS ANIMALES.

I [1].

La última obra de Darwin «La Expresion de las emociones en el hombre y en los animales,» no es, en cierto modo, más que el complemento de su trabajo sobre la descendencia del hombre. Tal vez habrian ganado ambas publicaciones publicándose juntas, ya que lo verdaderamente importante y original de la más reciente es que viene á ratificar con nuevos argumentos la teoría transformista en su aplicacion á nuestra especie. Estos últimos estudios han permitido al naturalista inglés determinar con más exactitud muchas fases de la evolucion humana: ha recopilado, por ejemplo, un número considerable de observaciones para probar que los principales modos de expresion son comunes á todas las razas de nuestra especie, y de este hecho deduce consecuencias favorables á la hipótesis de la unidad de orígen. El tronco único del que han descendido todos los tipos actualmente vivos, debia ser, segun los argumentos deducidos del análisis y la comparacion de las expresiones, ya completamente humano, bajo el punto de vista morfológico, en la época en que empezaron á divergir unas de otras las diferentes razas humanas. Además, la expresion de ciertos sentimientos, tales como la cólera ó la desconfianza, hace suponer que el hombre procede de animales acostumbrados á defenderse y luchar con los dientes. Este es el único medio de explicar el por qué, en la cólera, los labios se encogen y dejan descubiertos los dientes, como para morder y desgarrar una presa; el por qué, en la desconfianza, el labio superior se contrae á un lado dejando ver uno de los caninos. Tales actos son evidentemente, en el hombre, restos de costumbres hereditarias que han sobrevivido á las causas que las produjeron, y que pueden considerarse, del mismo modo que los órganos rudimentarios, como últimos vestigios de antiguos órganos que, gradualmente, han llegado á sernos inútiles.

Algunos naturalistas y filósofos hablan fijado ya su atencion en estos hechos, y tratado de explicarlos, más ó ménos satisfactoriamente. Darwin no se ha limitado á aprovecharse de las observaciones de sus predecesores, sino que por sí mismo ha practicado numerosas cuanto detalladas investigaciones; ha observado los fenómenos de expresion en muchas especies de animales, y sus vastísimos conocimientos en ciencias naturales le han permitido recoger inapreciables datos sobre las especies restantes. Ha llegado á someter sus propios hijos á sus numerosos experimentos. Trabando relaciones con habitantes de las regiones en que aun viven tribus salvajes, ha logrado comparar los movimientos fisiognómicos de las diferentes ramas de la humanidad, cerciorándose de su identidad ó semejanza. Se ha informado detalladamente de los fenómenos de expresion más notables de los locos, estudio curiosísimo bajo este punto de vista, ya que casi siempre obedecen ciegamente á los impulsos de una pasion predominante. Finalmente, más de una vez ha recurrido á la expresion de los sentimientos en las obras maestras del arte y en las descripciones de poetas y novelistas. No ha desechado ni olvidado ninguna de las fuentes en que podia encontrar datos para hacer su obra más sólida y más completa.

Su teoría consiste en reducir á tres principios generales la explicacion de todos los fenómenos de expresion. Es el primero el de la asociacion de hábitos útiles al individuo; da al segundo el nombre de principio de antitesis; el tercero es el de las acciones que, independientes de la voluntad y casi hasta de las costumbres, se refieren esencialmente á la constitucion del sistema nervioso.

II.


Muchos movimientos del cuerpo y del rostro son sólo medios para lograr el cumplimiento de los deseos que acompañan á los sentimientos. En su orígen eran sin duda actos voluntarios, y aun hoy lo son en buen número de circunstancias, pero, con todo, como han llegado á convertirse en habituales, se producen sin intervencion ninguna de la voluntad, adquiriendo todos los caractéres de los actos reflexos. Tal es, por ejemplo, la fijeza de la mirada sobre los objetos que deseamos examinar; el pestañear cuando tenemos delante alguna cosa que amenaza herir la vista; los ademanes con que rechazamos los objetos que nos desagradan, y la fuga que emprendemos cuando los queremos evitar. Todos estos actos se realizan, sin que el yo necesite tener conciencia de ellos, desde el instante en que experimenta el deseo respectivo. Muchos animales han contraido la costumbre de hinchar su cuerpo para presentar un aspecto más terrible; así lo hacen involuntariamente al encontrarse delante de un enemigo. Cuando estos hábitos se han transmitido hereditariamente engendran acciones instintivas; sabido es que el instinto, segun la teoria Darwiniana, no no es sino un hábito originariamente adquirido, y que ha llegado á ser hereditario.

Cuando las acciones se han convertido en hábito ó instinto, continúan acompañando, y por consiguente, expresando los sentimientos que las han hecho nacer, aun en aquellos casos en que, por causas diversas, han cesado ya de coadyuvar á la realizacion de los deseos y son completamente inútiles. Cuando los perros quieren dormir sobre una alfombra cualquiera, dan tres ó cuatro vueltas y escarban el suelo con las patas delanteras como si intentasen hollar el césped ó ahondarse un lecho; esto es sin duda lo que harian sus antepasados cuando habitaban, en estado salvaje, los bosques y las praderas. Los martines-pescadores' tienen la costumbre de golpear contra algun objeto para matarlos, los peces que cogen revoloteando sobre el agua; en las jaulas de los jardines zoológicos se les vé asimismo golpear los pedazos de carne con que los alimentan. Un ejemplo muy curioso de costumbres que han sobrevivido á sus causas lo vemos en la manera que tiene el hombre de suplicar extendiendo sus manos unidas; un autor inglés, M. H. Werdgwood, cree que este ademan proviene de que antiguamente los cautivos daban pruebas de su completa sumision tendiendo las manos á su vencedor (dare manus) para ser encadenados; al propio tiempo se hincaban de rodillas para facilitar esta operacion. A ser así, la actitud que hoy caracteriza la adoracion seria sólo un vestigio de las costumbres salvajes de la humanidad primitiva. Cuando estamos irritados ó encolerizados con alguien, cerramos convulsiva é involuntariamente los puños como para pegar ó amenazar, aun en el caso de que no tengamos intencion de atacar á la persona odiada, ó en el de que esta se halle ausente; este es tambien otro vestigio de las luchas de nuestros antecesores. A impulsos del mismo sentimiento comtraemos los labios dejando en descubierto los dientes, como si nos dispusiéramos á morder; movimiento que explica Darwin diciendo que descendemos de una especie animal que combatia con la cabeza. La misma explicacion debe darse de la costumbre que tienen muchas personas que expresan la desconfianza descubriendo uno de los caninos superiores, accion que hace tambien el perro cuando se mantiene á la defensiva.

Cuando el hábito ha asociado una expresion á un sentimiento determinado, este continúa acompañando á aquella, aun cuando el sentimiento actual sea causado por motivos distintos de los que originariamente determinaron la expresion. Los perros han adquirido la costumbre de lamer á sus cachorros con objeto de tenerlos limpios; este movimiento se ha asociado gradualmente á los sentimientos de afecto, y se ha convertido en una manifestacion de cariño que hacen extensiva á sus dueños y á cuantos les acarician. Cada vez que sentimos turbada nuestra vista nos frotamos los ojos; un acto igual realizamos muchas veces cuando nos es difícil comprender el alcance ó la significacion de una idea oscura. Cuando un obstáculo cualquiera impide la respiracion, tosemos para separarlo; de la misma manera tosemos inconscientemente cuando nos causa embarazo una dificultad cualquiera. Para no ver un objeto desagradable cerramos los ojos ó volvemos la cara; lo propio hacemos frecuentemente cuando desaprobamos ó rechazamos una opinion. Por el contrario, cuando asentimos profundamente á las ideas emitidas por un interlocutor, á menudo inclinamos la cabeza hacia adelante, y abrimos desmesuradamente los ojos, como cuando contemplamos asiduamente un objeto que nos gusta.

Tambien se pueden atribuir á una extension de ciertas gesticulaciones fundadas sobre la semejanza de sentimientos, los ademanes ordinarios de que nos servimos para expresar la afirmacion y la negacion. Para afirmar inclinamos la cabeza; señal de aceptar procedente sin duda de que los antecesores del hombre cogian con la boca los objetos que les gustaban. Para negar, movemos la cabeza de un lado á otro; lo mismo exactamente hacen los animales y los niños cuando se les coloca ante la boca un objeto qué rehúsan tomar.

Análogo orígen podemos asignar al uso de silbar y aplaudir para expresar respestivamente nuestra desaprobacion ó nuestro agrado. Él acto de silbar no es sino una transformacion de los movimientos que hacemos para expresar el desprecio, el disgusto y el desden, y que se parecen extraordinariamente á la accion de escupir algun objeto ó manjar desagradable introducido en nuestra boca. De las interjecciones ¡uf! ¡pche! ¡pst! al silbido hay muy poca diferencia. En cuanto al acto de aplaudir, puede proceder de la costumbre de extender los brazos hácia las personas ú objetos agradables que vemos y que constituye un esfuerzo natural para abrazarlos, pero cuando el objeto está á demasiada distancia para ser cogido, se encuentran y chocan necesariamente las palmas de las manos; este mismo movimiento, repetido muchas veces consecutivas, produce los aplausos.

Darwin hace observar que ciertos movimientos asociados por el hábito á determinados estados del ánimo pueden reprimirse por la voluntad; cuando así se hace, los músculos sobre los que la voluntad ejerce poca ó ninguna influencia, son los únicos que continúan obrando, siendo entonces sus movimientos expresivos en alto grado. Al sentir una emocion dolorosa se oblicuan las cejas. Hé aquí por qué: cuando el hambre ó el dolor arranca agudos gritos á los niños, el esfuerzo producido por la accion de gritar modifica profundamente la circulación; la sangre se agolpa á la cabeza y á los ojos, y los músculos que rodean á estos se contraen para protegerlos. Esta accion, por efecto de la seleccion natural y de la herencia, ha llegado á ser un hábito instintivo. Llegado á una edad más avanzada, el hombre trata de reprimir en gran parte su disposicion para gritar, se esfuerza en impedir que se contraigan los músculos de corrugacion, pero sólo lo logra respecto á ciertos músculos de la nariz por la contraccion de las fibras centrales del músculo frontal. Precisamente la contraccion del centro de este músculo eleva las extremidades interiores de las cejas, y dá á la fisonomía la expresion característica de la tristeza.

Con frecuencia sucede que un hábito de expresion está enlazado más íntimamente con la idea que nos formamos de un sentimiento, que con este sentimiento mismo; y hasta se manifiesta en casos en que no están presentes los fenómenos ordinarios causados por los objetos de esta idea. Este acto se realiza en nosotros por ejemplo, cuando en el teatro se pone ronco un cantante, instintivamente tosemos como si tratásemos de hacer más clara nuestra propia voz. Cuando esperamos ansiosamente á álguien que tarda en llegar, expresamos nuestra impaciencia pateando rápidamente, como si quisiéramos apresurar el paso del otro.

III.


Ciertas gesticulaciones que, por una parte, son completamente inútiles para la satisfaccion de algun deseo, y, por otra, no dependen en nada de la influencia del placer ó del dolor, no tienen otra razon de ser, segun Darwin, que una disposicion primitiva á acompañar una emocion con ademanes inversos de los que sirven para expresar la emocion contraria. Esto constituye el principio que llama de antítesis.

Apóyase principalmente el naturalista inglés en las diferencias que presentan en el modo de expresar los sentimientos cariñosos el perro y el gato. Pareceria, en efecto, que siendo el afecto el mismo sentimiento en todos los animales, debia tambien manifestarse en todos del mismo modo. ¿Por qué, pues, mientras el perro prueba su cariño imprimiendo á su cuerpo movimientos delicados y ondulantes, tendiéndose en el suelo, agachando las orejas y bajando la cola; el gato, en las mismas circunstancias, se endereza, se arquea sobre sus patas, levanta la cola y endereza las orejas? Ninguno de estos movimientos se explica directa ni indirectamente por la utilidad; sólo, segun Darwin, puede considerarse que se producen por ser inversos á los movimientos con que perro y gato manifiestan los sentimientos opuestos al de cariño; todos los animales, para expresar sus emociones de ira ú odio, ejecutan los actos con que se preparan al ataque de un enemigo; en este caso la actitud que adopta el perro es distinta por completo de la del gato, ya que aquel combate principalmente con sus dientes, y este con sus uñas. La manera como el perro demuestra su afecto consistiria, aceptando este principio, en las actitudes opuestas á las que sirven para preparar un ataque con los dientes.

Cuando el hombre expresa la resignacion á que le sujeta su impotencia, levanta ligeramente los hombros, inclina la cabeza sobre el pecho, y abre las manos; todas estas actitudes son contrarias á las que ofrece cuando presiente una lucha, y fia en sus propias fuerzas.

IV.


De los hechos esencialmente involuntarios que cita Darwin, presentaremos uno que explica ingeniosamente por su tercer principio; el de la determinacion por la constitucion nerviosa, de los efectos que no dependen, en ningun modo, del hábito ó de la voluntad.

En las emociones de pudor, de vergüenza y de modestia, la sangre se agolpa al rostro que adquiere el sonrosado matiz que caracteriza al rubor. Es preciso observar antes, que todas las emociones de este género se experimentan cuando pensamos que otras personas tienen fijada su atencion en nosotros, ya para elogiarnos, ya para censurarnos, ya simplemente para observarnos con detencion. Este pensamiento produce el inmediato efecto de concentrar nuestra atencion sobre nosotros mismos y en particular sobre nuestra cara, ya que á ella principalmente se dirigen las miradas de los demás, cuando se ocupan de nosotros. Ahora bien: la atencion fijada en una parte del cuerpo, en un órgano cualquiera, causa ordinariamente una modificacion en el estado de esta parte ó en las funciones de este órgano; basta tomarse el pulso para que se haga irregular la circulacion, basta pensar en ciertas secreciones, como la saliva, para que se aumenten. Basta tambien, segun Darwin, concentrar la atencion sobre nuestra cara para que el sistema vaso-motor se afecte, y dilatando los vasos capilares se aumente la afluencia de sangre. Repitiéndose este hecho durante muchas generaciones, una disposicion semejante llegaria á ser habitual y hereditaria.


En resúmen: en su última obra se esfuerza Darwin en referir á causas puramente naturales los fenómenos de expresion. Prueba con tanto ingenio como sagacidad que ningun órgano, ninguna funcion han sido destinadas originariamente á la expresión; y que los movimientos del organismo sólo han llegado á ser señales exteriores de ciertas emociones, á consecuencia de coexistir ordinariamente con estas últimas.

  1. Entresacamos este análisis completo de la última obra de Darwln, de un estadio del distinguido psicólogo francés Leon Damont.
    (N. del T.)