El final de Norma: Segunda parte: Capítulo X


Era tal el estruendo que reinaba en todo el buque y tal el fragor de la tormenta, que la Hija del Cielo no reparó en la entrada de Serafín.

Así es que continuó cantando.

Nuestro músico temblaba de amor y respeto.

La estancia en que había penetrado era digna de figurar en la galera que montaba Cleopatra cuando bogaba por el Nilo con el vencedor del mundo.

Pero Serafín sólo tenía ojos para contemplar a su adorada.

La Hija del Cielo vestía una larga túnica de terciopelo verde, que modelaba noblemente las formas juveniles de su hermoso talle. Los bucles de oro de su cabellera, mal aprisionados en un casquete griego de terciopelo también verde, salpicado de perlas, caían alrededor de su cuello, velado de encajes. En sus primorosas manos campeaba una sola sortija, muy singular por cierto. Era un estrecho aro de plata con un rubí plano en forma de escudo, atravesado de una ligera banda de oro; trasunto quizá del peto rojo con insignia amarilla que ocultaba Rurico de Cálix bajo su blusa.

Luego que la joven acabó de cantar, adelantóse Serafín, que aún permanecía junto a la puerta, y, cayendo de rodillas al lado del piano, exclamó:

-¡Perdonadme!

La Hija del Cielo se volvió asombrada, y encontró al músico a sus pies.

La tempestad rugía más que nunca.

El Leviathan oscilaba en todas direcciones como una fiera herida de muerte.

-¡Vos aquí! -exclamó la joven en italiano, dirigiendo a Serafín una mirada indefinible.

-¡Perecemos, señora!... -contestó el joven en el idioma que había usado ella-. ¡Yo quiero salvaros o morir con vos!

-¡Sé que morimos... -respondió la hermosa-, y ya veis que me despedía del mundo! Levantaos y volved a vuestra cámara. ¡No añadáis un peligro más a los que nos cercan!

-¡Qué me importan los peligros con tal de que viváis! ¿No los he arrostrado esta mañana? ¿No estoy resuelto a arrostrarlos hasta morir o libraros de ese hombre?

La extranjera se estremeció al escuchar estas palabras, y exclamó con voz severa y en cierto modo solemne:

-¿Quién os da derecho para pensar que yo quiero librarme de nadie? Vos habéis hecho hoy responsable de vuestra vida al jarl Rurico de Cálix... ¡Yo, a mi vez, os hago a vos responsable de la suya!

Serafín quedó anonadado.

-¡Luego le amáis! -dijo con desesperación.

-¡Le pertenezco! -contestó ella, mirando al joven con fijeza y dignidad-. Le pertenezco, y él me pertenece. Su vida es la mía. Si él muere a vuestras manos, yo debo morir al saberlo; y si yo muriese antes, él pediría a los cielos y a la tierra cuenta de mi muerte. ¡Porque yo no soy dueña de mi vida! ¡Porque mi vida es suya!

Serafín, que tanto había soñado con el amor de la Hija del Cielo, se horrorizó al tropezar tan pronto con la barrera de la desesperación.

-Señora, Rurico de Cálix vivirá... -dijo con voz ronca y desconsolada.

Y dio un paso hacia la puerta.

La desconocida frunció la frente con visible enojo.

Luego hizo un movimiento como para hablar, como para detenerlo...

Después se arrepintió y lo dejó irse.

Mas, al verlo ya junto a la puerta, exclamó de un modo extraño:

-No me habéis entendido...

Serafín volvió sobre sus pasos y llegó cerca de la joven.

-¡Tenedme lástima! -dijo con desconsuelo.

-¿Qué pensabais al alejaros? -preguntó la extranjera.

-Pensaba, señora, en que yo no pertenezco a nadie; en que nadie me pertenece; en que mi vida es mía; en que nadie pedirá a los cielos ni a la tierra cuenta de mi muerte... ¡En que hay hombres más venturosos que yo!

-¡No envidiéis su ventura! -repuso la joven con voz sombría.

-¡Oh!..., decidme de una vez... -exclamó Serafín.

-Os digo que viváis.

-¿Para qué?

-¡Para vivir! -exclamó con grandeza la Hija del Cielo.

-¡Pero lejos de vos!... -murmuró Serafín con desaliento.

-Lejos de mí, muy lejos.

-¡Oh!... Vivir así, es la muerte.

-¡Vivir es amar! -respondió la joven.

-¡Oh! -suspiró él-. Pero amar sin esperanza es padecer demasiado...

-¡Y padecer por lo que amarnos es una dicha mayor que la del sepulcro!

Dijo la extranjera estas palabras con tan honda pena, que Serafín creyó que envolvían un sentimiento de amor hacia él.

-Os he detenido cuando os marchabais -continuó la joven, como para borrar la esperanza que había sorprendido en los ojos de Serafín-, porque no puedo menos de conocer que tenéis algún derecho a mi consideración. Sé que seguís por mí este viaje descabellado, y vi vuestro peligro de esta mañana... Pues bien: en nombre de ese amor, de esos sacrificios que os he costado, os repitó que viváis; que os alejéis de mí; ¡que me olvidéis!

-Pero ¿cómo? -dijo el joven con amargo despecho-. ¿Podréis olvidarme vos? ¿Existe el olvido?

La desconocida lo miró profundamente.

-¡Creedlo así! -murmuró.

-¡Ah! -repuso él-. ¿Conque no me amáis?

-Y ¿qué os importaría un amor imposible?

-Me daría fuerzas para abandonaros...

-¡No las tendríais! -contestó la joven con tristeza.

-¡Ah!... Pero vos...

-Yo pertenezco o he de pertenecer al jarl de Cálix. No me preguntéis más.

-Bien, señora... -dijo Serafín con frialdad-. Todo esto quiere decir que me he engañado. ¡No tenéis alma! ¡Ya me lo había dicho el Capitán!...

La joven volvió a mirarlo intensamente, sonrió con amargura y replicó:

-Decís bien.

Serafín se llevó una mano al corazón, palideciendo.

Una lágrima apareció en los ojos de la Hija del Cielo.

Pero no se cuidó de ocultarla ni de enjugarla.

Dejola correr por su rostro, como respondiendo a la reconvención de Serafín.

Éste vio aquel dolor misterioso y dijo:

-¡Vos padecéis, señora!... ¿Por qué, si no me amáis?

-¡Sí; sois muy cruel! -repuso la joven con triste sonrisa.

-Pero esa lágrima, ¿es al menos una promesa? ¿Me dejáis la esperanza?

-Si os dijera que sí, cometería un sacrilegio.

Serafín soportó aquella nueva ola de amargura.

Luego que pasó, es decir, luego que su corazón se empapó en ella, saludó a la joven, que permanecía de pie, pálida como la muerte, y se dispuso nuevamente a salir de la cámara.

Pero una espantosa sacudida del barco le hizo retroceder. Las tablas crujieron de un modo horrible, y oyose el bramido del mar más furioso que nunca.

La Hija del Cielo cayó de rodillas.

Serafín acudió a sostenerla y la condujo al sofá.

-¡El barco naufraga! -dijo la joven-. ¡Idos a vuestra cámara!... El Capitán y otro hombre, a, quien amo como a un segundo padre, bajarán cuando todo esté perdido... ¡Querrán morir a, mi lado!

-¡Morir! -exclamó el artista-. ¿Y yo, señora? ¿Y yo?

El suelo de la cámara empezó en esto a cubrirse de agua.

-Vos moriréis lejos de mí... como hubierais vivido... -respondió la joven tendiendo la mano a Serafín-. ¡Adiós! ¡Adiós!

-¡Oh! ¡Esto no es posible! -exclamó el infeliz amante-. ¡Quiero morir o salvaros!...

-Adiós, Serafín... -repitió ella, viendo que la inundación subía.

-¡Ah! ¡Sabéis mi nombre! -exclamó el joven, estrechando la trémula mano de la hermosa-. Una palabra más... ¡Ya veis que morimos!... ¡Una palabra!... ¡Una mirada de amor!... Decidme vuestro nombre! ¡Decidme que me amáis!

-Idos, Serafín... idos..., y no muráis a mi lado... -respondió la desconocida con trémula voz-. El Capitán va a venir... El Capitán vendrá con la seguridad de nuestra muerte...

¡Entrad en una lancha, en un bote; asíos a una tabla! ¡Salvaos, en fin!

-¡Vuestro nombre, señora; vuestro nombre, para bendecirlo a la hora de la muerte!...

Hubo un instante de silencio.

La desconocida alzó la frente, roja de amor, y dijo con firmeza:

-Me llamo Brunilda... ¡Esperad!... ¡Oh!

¡Cuánto diera por tener la seguridad de que vamos a morir esta noche!

-¿Para qué? -exclamó Serafín aterrado.

-¡Para poderos decir... -prorrumpió la joven entre un mar de lágrimas- todo lo injusto que sois conmigo!

-¡Ah! -dijo Serafín-. ¡Ahora, que venga la muerte!

Y, estrechando a Brunilda entre sus brazos con un delirio inexplicable, miró hacia la puerta de la cámara como desafiando a la tempestad.

-¡Dejadme! -murmuró la joven.

-¡Adiós, Brunilda! -exclamó Serafín-. Si nos salvamos de la muerte... ¡que yo os vea otra vez! ¡Será la última!

-¡Os lo juro! -respondió la extranjera-. Ahora..., ¡marchad! -añadió, desprendiéndose de sus brazos.

-¡Adiós!... -murmuró Serafín, alejándose y tendiendo una mano hacia ella, cual si quisiese acortar así la distancia que ya los separaba.

-¡Adiós!... -respondió Brunilda cuando lo vio desaparecer.