El bobo del colegio/Acto III

El bobo del colegio
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto III

Acto III

:Sale Octavio y Celia
Octavio:

Aun para ser tu galán,
es ese mucho rigor;
ni que tengas más amor,
aunque es tu hermano, a don Juan,
Advierte que soy marido,
y que en posesión estoy.

Celia:

Si pesadumbre te doy,
pon la venganza en tu olvido.
Demás que solo te ofendo
en estar triste.

Octavio:

¿Y es poco,
si basta a volverme loco
cuando tu gusto pretendo?
Vuelve, Celia, esposa mía,
a tu contento y placer;
que es prudencia en la mujer
mostrar al hombre alegría.
¡Nunca ha de faltar un triste!
Cuando Fulgencia lo estaba,
tú, alegre; y cuando ella acaba
la tristeza en que la viste…
¿Comienza la tuya en casa?

Celia:

Ella no tuvo ocasión;
yo sí.

Octavio:

Pues, ¿por qué razón,
si no es porque no se casa?

Celia:

¿Qué mayor, pues no cumplís
vuestras palabras los dos?

:Sale Garcerán
Garcerán:

¡Bueno me ponéis, por Dios!
Pues, esperad… ¿Por qué huís?
Que si yo cojo dos lanchos,
a Roma iremos por todo.
¿Qué hacéis los dos de este modo,
desocupando los ranchos?
¿Dónde os puso el casamiento?
Siempre mujer y marido
han de ten en el nido,
como palomas, asiento.
Muy cuerdos estáis, ¿qué es esto?
¿No estáis con gusto? ¿Hay celera?

Octavio:

Pablos, allá fuera espera.

Garcerán:

¿Vos también estáis compuesto?
{{Pt|Octavio:|
Yo no soy el enojado.

Garcerán:

Luego vos dais en celosa.

Celia:

Es muy diferente cosa.

Octavio:

Celia, yo no estoy culpado
de que no quiera Fulgencia
desposarse con don Juan.

Celia:

Si ella adora en Garcerán,
caballero de Valencia,
¿cómo quieres que se case
con mi hermano?

Octavio:

¿Y de mi hermana
dices cosa tan liviana?
¡Vive el cielo, que la abrase!

Garcerán:

¡Oxte, puto!

Celia:

Yo sé bien
que porque en Valencia vio
a Garcerán, a quien dio
su fe y palabra también,
a mi hermano trata ansí.

Garcerán:

¡Hideputa, ruin mujer!

Octavio:

¿Fulgencia pudo querer
ni hablar ningún hombre allí?

Celia:

Pues ella me lo ha contado,
bien sabré yo lo que digo…

Garcerán:

No queráis mejor testigo.

Octavio:

¿Eso en Valencia ha pasado?

Garcerán:

¿Eso en Valencia pasó?

Octavio:

Fiad honor de mujer.

Garcerán:

Fiad cosas de comer,
de pajes.

Octavio:

Pensaba yo
que la llevaba su tía
para guardarla mejor,
y hame quitado el honor.

Garcerán:

¿Hay tan gran bellaquería?

Octavio:

¿Y quién es el Garcerán?

Garcerán:

Será un hombre como yo;
hombre que si la pescó,
¡buenas noches!

Celia:

Un galán
más bien nacido que rico.

Garcerán:

Sí; porque si rico fuera
como noble, no sufriera
que le pongáis tanto hocico.

Octavio:

Iré a Valencia y haré
que no la escriba ni engañe.

Garcerán:

Si queréis que os acompañe,
porque allá le halléis, yo iré.

Octavio:

Materele sobre el caso.

Garcerán:

Sobre el caso o sobre el queso,
pardiez, hacelde un proceso
de versos de Garcilaso.

Celia:

Mejor es que le escribáis
con propio, y le amenacéis.

Octavio:

¿Quién irá?

Garcerán:

Yo, si queréis.

Celia:

Si la carta le fiáis,
a su tío de este bobo,
que ha dado ya en estudiar,
¿quién mejor la puede dar?

Garcerán:

¿La oveja le dais al lobo?
{{Pt|Celia:|
En hábito de estudiante,
sirve en Salamanca ya,
y en los principios está,
según dicen, adelante.
Dalde dineros, y parta.

Octavio:

La carta voy a escribir.

Celia:

Y yo a ayudar a decir
lo que es de esencia en la carta.
:Váyanse:

Garcerán:

¿Dónde me llevas, pensamiento loco,
de una desdicha en otra hasta la muerte?
¿Por qué medio, tan áspero y tan fuerte,
cortos principios de mis dichas toco?
Si con mi deshonor no te provoco,
y el verme en tanto mal no te divierte,
acaba de matarme de otra suerte,
si te parece que padezco poco.
Advierte que no hay música sin pausa.
Descansa un poco porque tome aliento,
si lo permite de tu amor la causa.
Pero no te acobardes, pensamiento,
que más vale tu mal por quien le causa,
que verme libre del dolor que siento.

:Sale Marín en hábito de capigorrón:

Marín:

En tu busca vengo.

Garcerán:

Aquí
siempre, Marín, me hallarás.

Marín:

¿Cómo al colegio no vas;
que se me quejan de ti?

Garcerán:

Quédome en aquesta casa
por actos de posesión,
y porque ya mi pasión
a tales extremos pasa.
Desde aquí a Fulgencia veo,
ya desnuda, ya vestida;
cuelga en su vista mi vida,
y la suya en mi deseo.
Ella, pues, como me ve
sobre esas mesas quedar,
busca con qué me pagar
la firmeza de mi fe.
Levántase de mañana
a hacerme este bien, sospecho,
y ya el cuello, el blanco pecho,
me muestra por la ventana.
Deja que al descuido esté
la manga de la camisa,
por donde el brazo divisa
quien desde abajo la ve.
Yo, más bobo que mi traje,
con el sol que me amanece,
le digo que me enloquece,
y hago al pensamiento paje.
Va y viene con mil recados;
pagados pienso que son.
Mira si tengo razón.

 


Marín:

Piensan los enamorados
que los que los ven son ciegos.
Cosa que des a entender
lo que nos venga a poner
en nuevos desasosiegos.

Garcerán:

Entra, Marín, por tus ojos,
y mira lo que hace allá;
que hay desdichas por acá,
que me hacen dar mil enojos.
A Celia dijo Fulgencia
que aborrecía a don Juan,
por amar a Garcerán,
caballero de Valencia.
No sé si fue por locura
o para echarme a perder.

Marín:

¡Oh, secretos en mujer!

Garcerán:

Por ellas ninguno dura.

Marín:

Voy.

Garcerán:

Dile que espero aquí,
y que escriben a Valencia
que yo les deje a Fulgencia.

Marín:

¿Qué tú se la dejes?

Garcerán:

Sí.

Marín:

¿Cómo, si con ella estás?

Garcerán:

¿Y cómo la dejaré?

Marín:

En fin, ¿eso le diré?

Garcerán:

Y que la espero, dirás.
¡Ay de mí, que ya no puedo
vivir sin ver lo que vi!
:Sale don Juan y Tristán

Tristán:

Esto se ha de hacer ansí,
y muera Octavio.

Don Juan:

Hablad quedo.

Tristán:

El bobo está aquí. No importa.

Garcerán:

¿A Octavio quieren matar?

Don Juan:

Yo le he de desafiar
porque vea lo que corta
la espada con el agravio
en el amigo mayor;
que me ha ofendido el honor
con aqueste engaño Octavio.

Tristán:

Pues escribidle un papel
para las once en la puente,
y llevad alguna gente
por si lo fuere con él.

Don Juan:

Eso no; que es caballero,
y yo sé que solo irá.

Tristán:

Atento este bobo está.

Don Juan:

Escribir el papel quiero
y que se le lleve un paje.

Tristán:

Yo os le ayudaré a notar.

Garcerán:

A Fulgencia me ha de dar,
o he de abrasar su linaje.
:Váyanse:

Garcerán:

¿Qué es esto, cielos? Ya trata
Don Juan de matar a Octavio;
que tiene el ver por agravio
que su gusto se dilata.
Para las once en la puente,
Pues basta, que amigo habrá,
que al camino le saldrá,
porque se excuse la gente.
¿Qué hay, Marín?

Marín:

Salir quería,
:Sale Marín
y no salió por don Juan.

Garcerán:

Peor nuestras cosas van
de lo que yo te decía.
Búscame luego un vestido,
capa y espada.

Marín:

Vendí
los tuyos para que ansí
fueses menos conocido;
que estaban en el mesón
dando sospecha.

Garcerán:

Es verdad.

Marín:

Mas yo tengo en la ciudad
amigos, que algunos son
hombres de bien y galanes.
Entra, y verás a Fulgencia
que está llorando tu ausencia
con divinos ademanes.

Garcerán:

¡Ay, Marín, qué mal agüero!

Marín:

¿Agüero?

Garcerán:

¿Llorar el sol
es poco?

Marín:

¡A fe de español,
Váyase Garcerán
que eres lindo majadero!
Amor, ¿en qué han de parar
tus enredos y quimeras?
Ya, Tormes, en tus riberas
otra vez vuelvo a estudiar.
Vesme aquí de licenciado,
siempre pensando en latín,
habiendo sido un rocín
los piensos de mi cuidado.
Y díceme Garcerán
que aproveche el tiempo ansí,
[…]
donde mil penas le dan.
¡Ay, Valencia de mis ojos!
¡Ay, plaza de la Olivera!
¿Quién por el aire te viera
para templar sus enojos?

:Salen Riselo, Gerardo y Lucindo, estudiantes:

Riselo:

En tu busca venimos.

Marín:

¿Quién os dijo
que estaba por acá?

Gerardo:

Las amistades
que en esta casa a ti y a tu sobrino
os hacen con regalos tan notables.

Marín:

¿Pues qué se ofrece?

Riselo:

Holgarnos esta noche;
porque el señor Lucindo es grande amigo,
y tiene prevenido jira y cena.
{{Pt|Lucindo:|
Dícenme del humor, donaire y gusto
del señor licenciado Juan Vicario
tantas cosas aquestos caballeros,
que quiero conocerle. Toque.

Marín:

Toco.

Riselo:

Yo digo que la fiesta será buena
en este modo.

Marín:

Dé vuarcé la traza.

Riselo:

A la puerta de Toro hay cierta ninfa
que se nos hace a todos del Parnaso,
y entre las cantelas y matracas
que merecen sus ascos y melindres,
me ha parecido que llevando a Pablos
vestido de galán, se le dejemos
en figura de príncipe reciente,
en la universidad, a solas.

Marín:

Bueno.
Cuádrame la invención. Pero el vestido,
¿adónde se ha de hallar?

Lucindo:

Yo le he traído
para de noche, de Sevilla, bueno.

Marín:

Pues yo voy a sacarle como un trueno.

Gerardo:

¿Dónde le vestiremos?

Riselo:

En mi casa.

Marín:

Pues no sepa ninguno lo que pasa.

Lucindo:

¡Qué gracia será ver vestido a Pablos!

Marín:

La ninfa se ha de dar a treinta diablos.
Entren Fulgencia y Garcerán

Garcerán:

¿Pues qué te pudo obligar
a decirle tu secreto?

Fulgencia:

Desconfiar; que, en efeto,
causa me pudiste dar.

Garcerán:

Fiaste poco de mí.

Fulgencia:

Garcerán, tardaste un mes,
y ya tú has visto después
lo que ha pasado por mí.
Cuando a Celia le conté
que te amaba, Garcerán,
fue agradecida a don Juan
por tanta firmeza y fe,
y de ti desconfiada;
pero luego que veniste,
ya mis resistencias viste,
y que, al fin, no estoy casada.

Garcerán:

¿Casada habías de estar
y vivo yo?

Fulgencia:

Si la fuerza
a un desatino me esfuerza,
¿podrelo yo remediar?
Don Juan la palabra pide
a mi hermano, y él a mí;
Celia vive mal por mí,
y a Octavio la boda impide.
Y dice que a un monasterio
mañana la llevarán.
¿Qué puedo hacer, Garcerán,
si mi hermano tiene imperio
para casarme y forzarme?

Garcerán:

¿Agora estamos ahí?
¿De esto me ha servido aquí
el venir a deshonrarme?
Mas, ¿qué quieres?, ¿que me quede
en el colegio de veras?
¡Quién pensara que dijeras
que Octavio forzarte puede!
¿Es eso lo que decías
en Valencia, castellana,
cuando el alma valenciana
pensaba yo que tenías?
¡Mal haya yo, que creí
palabras de una mujer
para venir a perder
la honra y la vida ansí!
Bien te dije que temía,
y era justo mi temor;
que traías el amor,
Fulgencia, a tierra muy fría.
Allá amaste en tiempo breve;
pero acá, para mi mal,
volviste a tu natural,
y haste cubierto de nieve.
¡Bueno quedaré sin ti,
y con aquestas colores,
ya, de vergüenza, mayores
de ver que el honor perdí.
Yo tomé propia figura
de lo que he venido a ser;
que tal es quien por mujer
la vida y honra aventura.
¿Qué no he pasado por ti?

Garcerán:

Que a ser tú cielo, Fulgencia,
ganara por penitencia
lo que por Luzbel perdí…
¿Cuántas noches he dormido,
de esta suerte, en una tabla,
en los ecos de tu habla,
dulcemente divertido?
¿Cuántas descomodidades
de estudiantes descorteses
he padecido en dos meses,
sufriendo tantas crueldades?
El picarme cada día,
a que apenas respondí,
pero estábalo de ti
y de nadie lo sentía.
Agora, muy tibia, sales
con que te quieren forzar,
y a un caballero dejar
estas infames señales
de tu crueldad. Pues, Fulgencia,
con mi lengua he de morir;
lo que soy he de decir
antes que vuelva a Valencia.
Aquí te dejo el vestido,
aunque el engaño no dejo;
como culebra, el pellejo
entre dos piedras metido,
de alma y condición tan dura.
Octavio, Celia, don Juan…
¡Oíd! ¡Yo soy Garcerán!

Fulgencia:

¿Hay tan extraña locura?
No te desnudes. ¿Qué es esto?

Garcerán:

¡Garcerán soy!

Fulgencia:

Vuelve en ti.

Garcerán:

¡Garcerán soy!

Fulgencia:

¡Ay de mí!
Que vienen. Vístete presto;
que mi palabra te doy
de ser tuya hasta la muerte,
y que fue probarte, advierte.

Garcerán:

¿Probarme? Vestido estoy.
:Sale Octavio

Octavio:

¿Quién daba voces aquí
llamándose Garcerán?

Fulgencia:

Aquí los que ves están.
Yo estoy quejosa de ti.

Octavio:

¿De mí? ¿Por qué?

Fulgencia:

Porque has dado
en creer a tu mujer,
que desde Adán viene a ser
a todo el mundo vedado,
las voces que daba aquí;
es decir, que Garcerán
dice que fue mi galán.

Garcerán:

Y yo, cuando las oí,
dije que era yo también;
y lo digo, y es verdad;
que andando por la ciudad,
aunque me ven, no me ven.
Garcerán soy, aunque os pese:
¿no soy yo vuestro galán?
Luego yo soy Garcerán.

Octavio:

Fulgencia, tu engaño cese.
O con don Juan, mi cuñado,
has de amanecer casada,
o dar causa más honrada
que hasta aquí a los tres has dado.
Sin esto, me has de firmar
dos cartas para Valencia.

Garcerán:

Bien dice su reverencia;
y yo las he de llevar.

Octavio:

En ellas has de decir
que a Garcerán aborreces.

Garcerán:

Mas que os doy pan como nueces
si tal le hacéis escribir.

Fulgencia:

Yo haré cuanto tú quisieres,
no me digas vituperios;
que por eso hay monasterios
para amparar las mujeres.
:Váyase Fulgencia
Y yo me habré de vengar
de Celia y de ti.

Octavio:

No importa,
que, a la larga o a la corta,
con don Juan te has de casar.

Garcerán:

Malos años para vos;
que se ha de casar conmigo.
:Rodrigo, criado:

Rodrigo:

¿Está aquí Octavio?

Octavio:

Rodrigo,
¿qué quieres?

Garcerán:

¿Qué es esto? ¡Adiós!

Rodrigo:

Este papel que te diese
me dio mi señor don Juan.

Garcerán:

¿Escriben y en casa están?

Rodrigo:

No me dijo que volviese
con la respuesta.

Octavio:

Pues vete.
Quejas serán.

Garcerán:

Es, sin duda;
dice que a la puente acuda.

Octavio:

Breve y sangriento billete,
pues don Juan me desafía.
¿Parentesto y amistad
permiten tanta crueldad?
Pues ni por su valentía
ni por su razón, Octavio
quedará en mala opinión.
Pésame que ya no son
las once.

Garcerán:

Haced como sabio,
si acaso estáis de pendencia
y calaos las once mil.

Octavio:

¡Oh, hermana! ¡Oh, Fulgencia vil!
Nunca fueras a Valencia.
Váyase

Garcerán:

Concertose el desafío;
que es honrado caballero.
:Entre Marín

Marín:

Más ha de una hora que espero
para hablarte, dueño mío.

Garcerán:

¿Has buscado con cuidado
el vestido?

Marín:

Él se ha venido.

Garcerán:

¿Pues de qué manera ha sido?

Marín:

Cuatro amigos me han rogado
que te dejase vestir
para burlar una dama;
que hay una cena de fama.

Garcerán:

No estoy yo para reír.

Marín:

¿Qué tenemos? ¿Hay mareta?

Garcerán:

Y aun fortuna habrá, Marín.
{{Pt|Marín:|
¿Anda a la orilla el delfín
o qué viento la inquïeta?

Garcerán:

El más cruel huracán
que sus ondas levantó
a las estrellas.

Marín:

Pues yo
piloto soy, Garcerán.

Garcerán:

Oye la historia. Mas ven,
sabrasla por el camino.

Marín:

Si no hay mareta de vino,
no puede parar en bien.
:Salen Celia y Fulgencia

Fulgencia:

Muy necia, Celia, anduviste,
y muy cuñada conmigo.

Celia:

Yo usé, Fulgencia, contigo,
lo mismo que tú quisiste,
pues nada te pregunté
de lo que a tu boca oí.
¿Por qué te quejas de mí
si el secreto no guardé?
Cuando tú, desconfiada
de ver más a Garcerán,
me dijiste que a don Juan
estabas más inclinada,
¿cómo no echaste de ver
que te podías mudar;
y él volverte a conquistar,
como ya debe de ser?
Si ya por cartas estáis
en los amores pasados
y, por dicha, concertados,
y de secreto os casáis,
¿qué ofensa te puede hacer?

Fulgencia:

Celia, no te culpo en nada
porque añadiste cuñada
a condición de mujer.
Desengañaros podéis
tú y don Juan; que Garcerán
es mi esposo, y no galán,
como vosotros le hacéis.
Y háceme ser atrevida
lo que conmigo lo estáis,
y ver que los tres me dais
tan cruel y áspera vida;
que sois del alma enemigos
más fuertes que ella los tiene.
Octavio a ser mundo viene
lleno de falsos amigos;
tú, la carne que, manida
por la sangre de tu hermano,
me tientas que dé la mano
a una mano aborrecida;
pues si el demonio es don Juan,
las obras mira…

Celia:

Ya tarda
de llegar tu ángel de guarda.
Venga el señor Garcerán
y líbrete de nosotros.

Fulgencia:

Pues sí vendrá; que alas tiene.

Celia:

Justo castigo me viene
de emparentar con vosotros:
locos, necios, ignorantes.

Fulgencia:

¡Quedo, Celia, poco a poco!

Celia:

Don Juan en darme fue loco
a villanos semejantes.

Fulgencia:

Sé que eres necia en extremo
y no quiero responder.

Celia:

Soy, de tu hermano, mujer,
y ninguna lengua temo,
ni me quiere Garcerán.

Fulgencia:

Confieso que sois más buenos,
por mi honor; pero, a lo menos,
no ha de gozarme don Juan.
Váyanse, y entren con instrumentos Riselo, Gerardo, Lucindo, y Marín, y Garcerán, muy bizarro, con capa, espada y broquel, y los Músicos

Riselo:

¡Por Dios, que vestido Pablos
no pudiera conocerlo
ningún hombre en Salamanca!

Garcerán:

¡A la fe, que vengo bueno;
no me lo quiten, señores,
hasta hacer mi casamiento!

Gerardo:

¿Luego tú quieres casarte?

Garcerán:

Y concertado lo tengo;
sino que se mete agora
el demonio de por medio,
y no sé en qué ha de parar.

Don Juan:

Ahora bien; dejemos esto,
y demos con él en casa
de Teodora.

Lucindo:

Bravo cuento
para mañana en escuelas.

Gerardo:

Para Teodora es muy presto,
porque andarán sus galanes
por su calle a sotaviento,
y es menester hacer hora
porque no erremos el juego.

Marín:

Pienso que en el Tabladillo
algunos nos conocieron
y que nos siguen a longe.

Riselo:

Dalles, si llegan a vernos,
seis pares de cuchilladas.
Pablos, ¿serás para ello?

Garcerán:

¡Pesia a tal! Juro a mi sayo
que si le mondo el hollejo,
que no hay en treinta estoriantes
para que corte pescuezos.

Marín:

No sabemos qué hora es,
¿hay quién conozca del cielo?

Lucindo:

Por allí he visto a Saturno.

Riselo:

Dalde al diablo; que es un puerco,
mortífero y desabrido;
porque si nascitur foetus
ipso dominante, o muere,
o vive falto y contrecho;
naciendo en el mes octavo
morir las criaturas vemos,
porque allí reina Saturno,
y vivir en el seteno.

Lucindo:

Yo con Júpiter nací,
que mis nueve meses tengo.
¿Vos, Pablos?

Garcerán:

¡No sé, par Dios!
Que solamente me acuerdo
de que mi madre y la burra
parieron a un mismo tiempo,
y muriéndose mi madre
a la burra me pusieron,
de cuya leche salí
con aqueste entendimiento.

Gerardo:

La hora se ha de saber
por el Norte.

Riselo:

Allí está Venus,
temperans Martis malitiam,
con su femenino aspecto.
Es paraninfo del Sol,
llámase a las tardes Héspero,
como lo dijo Virgilio
en sus bucólicos versos:
Ite domum saturae venit
Hesperus ite capellae.

Garcerán:

¡Oh, si me pudiese ir,
mientras se divierten estos,
al plazo del desafío!

Marín:

Quiero, para entretenerlos,
esforzar lo que comienzan.
Dime, estudioso Riselo,
ya que del cielo tratamos:
¿cuál es la causa que vemos,
cuantas naciones se saben,
tantos ingenios diversos?
¿Es el cielo el que lo causa?

Riselo:

Las influencias del cielo
vencen los hombres; ni hay patria
donde algún sabio no hallemos.
Mira en la Scitia a Anacarsis;
Plinio refiere unos versos
en sus epístolas, tales
que, como el escultor diestro
hace de cera una imagen,
formándola con los dedos,
así las artes, con docta
mano, forman los ingenios.
La razón dentro del hombre,
como lo dijo Galeno,
de usu partium, libro primo,
comprehende los sujetos
de los artes; lo que dijo
Julio Fírmico no creo,
porque fue por alabar
sus astrólogos efetos,
dándoles a los planetas
las causas de los sucesos.
Pero si quisieres ver
de mil naciones y pueblos
la calidad, y en España
la condición que tenemos
del uso de astrología,
leerás a Levinio Lemnio.

Gerardo:

Si nos salimos a holgar,
¿para qué hablamos en esto?
¡Lleve el diablo los astrólogos,
y a mí, si a ninguno creo!
Pablos, Pablos, ¿creéislo vos?

Lucindo:

¡Ah, Pablo! ¿Qué es de él? ¿Qué es esto?

Riselo:

¿Dónde está vuestro sobrino?

Marín:

¡Vive Dios, que no le veo!

Riselo:

¿Pues cómo se pudo ir?

Marín:

Mas que se volvió al colegio,
porque le viese el retor.

Garcerán:

Ello fue descuido nuestro
por hablar en disparates.

Lucindo:

Por Dios, que sería muy bueno
topar quien le desnudase;
que ningún vestido tengo
que estime como el que lleva.

Gerardo:

Vamos a buscarle presto.

Marín:

Sin duda, al colegio es ido.

Lucindo:

Nunca ha sucedido menos
a quien las estrellas mira
y se descuida del suelo.
:Váyanse, y entre Garcerán con una mascarilla de tafetán negro, levantada sobre la falda del sombrero:

Garcerán:

Esta es la puente de Tormes,
y la hora concertada;
que ella y mi fortuna airada
parece que andan conformes.
Extremada soledad
para honrados caballeros,
si han probado sus aceros
la mayor dificultad.
Mas no pienso que han venido;
porque mi mucho cuidado
me ha traído anticipado,
aunque el menos ofendido.
Con aqueste tafetán
haré mucho en andar bien,
que si los ojos no ven…
¿Pero si es este don Juan?
Él es, sin duda.

Don Juan:

No ha sido.
:Entre don Juan

Don Juan:

Octavio muy perezoso,
siendo, cual soy, el quejoso,
pues que primero ha venido.
Es principal caballero
y habrá sentido el papel;
bien será acercarme a él
y hablarle en esto primero.
¿Es Octavio?

Garcerán:

No; don Juan.

Don Juan:

¿Cómo no? ¿Pues qué es aquesto?

Garcerán:

Un hombre que ocupa el puesto.

Don Juan:

¿Y quién es?

Garcerán:

Soy Garcerán.

Don Juan:

¿Garcerán?

Garcerán:

El mismo soy;
que de Valencia he venido.

Don Juan:

Si de Octavio habéis sabido
lo que concertamos hoy,
ha sido término injusto.

Garcerán:

A mí no me ha dicho nada;
que yo estaba en mi posada,
y supe vuestro disgusto;
y quise ganar a Octavio
por la mano, pues por mí
le desafiáis aquí,
y satisfacer mi agravio.

Don Juan:

¿Luego Tristán me ha vendido?

Garcerán:

Yo no conozco a Tristán.

Don Juan:

¿Qué estáis aquí, Garcerán?

Garcerán:

Y de Fulgencia marido.

Don Juan:

¿Marido sois de Fulgencia?

Garcerán:

Ella lo dirá por mí;
que a este efecto la serví
desde que vino a Valencia.

Don Juan:

¿Queréisos desembozar?

Garcerán:

Yo me holgara de poder.

Don Juan:

¿Luego no os tengo de ver?

Garcerán:

Cuando me dejéis casar.

Don Juan:

¿Qué era vuestro intento aquí?

Garcerán:

Matarme con vos, primero
que llegue Octavio.

Don Juan:

Yo espero
a Octavio.

Garcerán:

Matalde en mí.

Don Juan:

¿Para qué, si estáis casado
desde Valencia, y Fulgencia
os trujo a vos de Valencia?

Garcerán:

Vos sois caballero honrado;
y como yo os conociera,
tanto respeto os guardara,
que a cualquier hombre matara
que en Valencia la quisiera.
No lo supe; ya me quiso;
ya con ella me casé.

Don Juan:

Que yo no os la quitaré,
desde este punto os aviso.
Y por ese buen respeto,
y la razón que tenéis,
cuando descubierto estéis,
solicitarla os prometo,
y teneros por amigo.

Garcerán:

¿Daisme esa palabra?

Don Juan:

Sí.

Garcerán:

¿Cumpliréisla?

Don Juan:

No la di
jamás, el cielo es testigo,
que no la cumpliese.

Garcerán:

¡Adiós!

Don Juan:

¿Pues dónde vais?

Garcerán:

A Valencia.

Don Juan:

¿Luego dejáis a Fulgencia?

Garcerán:

No; que habemos de ir los dos.
:Váyase:

Don Juan:

¿Hay suceso tan extraño?
¿El hombre es fantasma? ¿Es sombra?
Pues ya se declara y nombra,
¿para qué dura mi engaño?
Si Fulgencia se ha casado,
¿por qué Octavio me entretiene?
Un hombre a la puente viene.
:Entre Octavio

Octavio:

Perdonadme si he tardado;
que voces de vuestra hermana
con Fulgencia me han tenido
casi fuera de sentido.

Don Juan:

Si cuando yo, esta mañana,
os escribí aquel papel
supiera vuestras quimeras,
no tomara tan de veras
las quejas que puse en él.
Encubrís a Garcerán
en vuestra casa, casado;
que aquí ha venido, embozado
el rostro, de un tafetán.
Contáisle mi desafío,
y por eso os detenéis,
y agora, que ya le veis
de esa otra parte del río,
venís de nuevo a engañarme.

Octavio:

Yo no sé lo que decís;
y con la espada venís,
no con la lengua a matarme.
Ni conozco a Garcerán,
ni sé más de que mi hermana
habló en él esta mañana,
y esta es la verdad, don Juan;
y porque somos cuñados
no me arrojo a un desatino.

Don Juan:

Pues digo otra vez que vino
con los ojos embozados,
para matarse conmigo,
Garcerán.

Octavio:

Bien puede ser;
mas no que pudo tener
conocimiento conmigo;
porque quien esto dijere…

Don Juan:

Verdad es que le conozco,
preguntándoselo yo.
Solo dice que le quiere
Fulgencia, y que es su marido
desde que estuvo en Valencia.

Octavio:

Si Garcerán, por Fulgencia,
en Salamanca escondido,
sabe todo lo que pasa,
y ella misma se lo cuenta,
lejos estoy de su afrenta
ni de saber que se casa.

Don Juan:

Veo que tenéis razón;
y pues ya sabéis de mí
que Garcerán está aquí
y que los conciertos son
dar hermana por hermana,
vuélvase la espada pluma.

Octavio:

¿Pleitos?

Don Juan:

Sí.

Octavio:

Nadie presuma
que su justicia es tan llana.

Don Juan:

Entre tanto, no tendréis
a Celia.

Octavio:

¿En eso os vengáis?

Don Juan:

Lo mismo que me quitáis,
eso mismo sentiréis.

Octavio:

¿Soy culpado?

Don Juan:

No os condena
la culpa; mas no os disculpa
ser de Fulgencia la culpa,
para no sufrir la pena.
:Váyanse, y entren Fulgencia y Marín

Marín:

¿Qué puede haber sucedido,
pues que ninguno parece?

Fulgencia:

Mi bien tarda, y amanece.

Marín:

Nunca le diera el vestido.
¿Si se han muerto él y don Juan?

Fulgencia:

Lo que es mal, siempre es lo cierto.
:Entre Garcerán

Garcerán:

Garcerán vive, no es muerto.

Fulgencia:

Señor mío, ¿tan galán?

Garcerán:

¿Parézcoos mejor así?

Fulgencia:

Lo que sois me parecéis.
¡Qué noche dado me habéis!

Garcerán:

Vos amanecéis en mí,
como el alba entre las flores.

Fulgencia:

¿Qué hay de Octavio y de don Juan?

Garcerán:

Ya sospecho que vendrán
de sí mismos vencedores;
que yo dispuse el suceso,
para aplacarlos, así.
Primero que entrambos fui
con otro intento, os confieso;
pero sucedió mejor.

Fulgencia:

¿Luego ya los dos sabrán
que estás aquí, Garcerán?

Marín:

Necio has andado, señor.

Garcerán:

¿Qué quieres? Cánsame el traje,
y el colegio está mohíno
de lo poco que me inclino
(como no sabe mi ultraje)
a asistir y estar en él;
sin esto, al bien que deseo
me parece que es rodeo
y que nunca llego a él.
Determínate, bien mío,
a ser tú loca por mí,
pues yo lo he sido por ti,
al aire, al calor y al frío.
Vente conmigo a Valencia;
haz una hazaña de amor.

Fulgencia:

Temo…

Garcerán:

¿Qué temes?

Fulgencia:

Mi honor.

Garcerán:

No tienes amor, Fulgencia.

Marín:

¡Ea, señora! ¿Qué aguardas?
Si a este loco quieres bien,
a Valencia vamos; ven,
que no hay mar, montes ni guardas.
Desde aquí a Madrid habrá
lindas posadas secretas,
que yo conozco las tretas
con que en el mundo se va.
Desde Madrid a Toledo,
dulce cosa, tierra mansa;
pues desde Toledo a Almansa,
¿que puede ponerte miedo?
Pues en entrando en ma terra
cab de lleus als bordegats,
borinots castellanats,
nafrarle la galta esquerra.
Casaraste, habrá sarao,
harante mil epigramas,
visitarante las damas;
iremos al Puche, al Grao.
Bañaraste en aigua ros
y más limpia que un jazmín;
serás valenciana, en fin.

Fulgencia:

¡Ay, Marín, pluguiera a Dios!
Celia entre

Celia:

¿Tan presto te has levantado?

Marín:

¡Huye, señor!

Garcerán:

Ya me voy.

Celia:

¿Qué es esto?

Fulgencia:

Aquí hablando estoy
con el señor licenciado,
que sus estudios me cuenta.

Marín:

Como digo, estoy opuesto
a una cátedra.

Fulgencia:

¿Tan presto?

Celia:

Hombre aquí, no me contenta.

Marín:

¿De eso poco te alborotas?
Con exceso se la llevó
de lo añejo a lo que es nuevo,
por más de cuarenta botas.
Mi lición de oposición
tiene a Salamanca loca.

:Entre don Juan, y Octavio y Tristán

Don Juan:

Puesto que la causa es poca,
grandes los efectos son.

Tristán:

¿Ya tan de mañana están
estas damas levantadas?

Octavio:

Andan desasosegadas
de nuestras cosas, Tristán.

Tristán:

Grande merced me habéis hecho
en llamarme.

Don Juan:

Tu prudencia
lo merece.

Octavio:

Di, Fulgencia:
¿cómo en tan falso pecho
encubres a Garcerán
y tienes atrevimiento
de tratar tu casamiento
y despreciar a don Juan?
¡Vive Dios, que si no fuera
por ser en esta ciudad
fábula, que una crueldad
con tu desatino hiciera!
¿Tú eres mi hermana?

Don Juan:

No quiero
que hagas demostraciones,
Octavio, con tus razones,
de pecho enojado y fiero.
A Celia me he de llevar;
Tristán depósito sea.

Octavio:

Antes, don Juan, que lo vea,
más fuerza lo ha de mandar.

Don Juan:

Tú no has cumplido el concierto,
Fulgencia es de Garcerán.

Octavio:

Muéstramele tú, don Juan,
encubierto o descubierto;
que a tal hora, y en la puente
bien pudo ser ilusión.

Don Juan:

Yo sé que verdades son.

Celia:

Y yo sé que está presente;
y agora se fue de aquí,
con muchas plumas y galas.

Octavio:

Medea, que a Circe igualas,
¿adónde le tienes, di?
que vive Dios que te mate.

Fulgencia:

Yo solo este hombre hablé,

Marín:

Yo fui, señor, a la fe;
que es lo demás disparate.

Celia:

Aunque el rostro no le vi,
yo sé que era Garcerán,
y por extremo galán.

:Entre Garcerán en hábito de bobo como antes:

Garcerán:

Aquí se trata de mí.
¡Hola, borrachos! ¿Qué es esto?
¿Tan de mañana os juntáis?
Si es que almuerzo concertáis,
aquí estoy, sacadle presto.
¿Fáltaos algún convidado?

Don Juan:

Sí, Pablos: un Garcerán.

Garcerán:

Pues yo soy, ¡par Dios!, don Juan;
que ando, cual veis, disfrazado.
Mil veces le digo a Octavio
que esta Fulgencia me dé,
que, aunque bobo, yo sabré
poner en paz vuestro agravio.

Octavio:

¡Ea, Fulgencia, declara
lo que hay en esto, al momento!
¿Adónde está Garcerán?

Fulgencia:

Señores, plegue a los cielos
que aquí la tierra se abra
y me sepulte en su centro,
si he visto más que este bobo,
ni otro busco ni otro quiero,
ni con otro hablé jamás
en cosa de casamiento.
Con él me entretengo aquí.
¿No es verdad que me entretengo
contigo, desde que vine,
en amorosos requiebros?

Garcerán:

Pues que jura y no revienta,
bien podéis todos creerlo.
Y dice mucha verdad,
porque también yo la tengo
en lugar de mi mujer.
Sabe Dios lo que padezco
desde que una vez la vi
en casa de un pastelero.
La más hermosa serrana
de la Sagra de Toledo,
por quien Amor fuera mulo
de mejor gana que cesto.

Octavio:

No es tiempo de desatinos.

Garcerán:

Si yo atinara al remedio,
no fuera desatinado.

Tristán:

Señores, alguno demos;
que no es razón que esto pase
entre tales caballeros.

Don Juan:

El medio es llevarme a Celia.

Octavio:

¡Si yo sin la vida quedo!

Garcerán:

¡Tate, tate, borrachones!
¡Tate, tate, majaderos!
Que helo, helo por do viene
Garcerán con un recuero;
la barba trae crecida,
y el sayo con mil remiendos.

Fulgencia:

Don Juan, ¿por qué a Celia llevas?

Don Juan:

Porque fue nuestro concierto
que tú fueses mi mujer.

Fulgencia:

¿Y si ya no puedo serlo?

Don Juan:

Eso aguardo de tu boca;
y anoche, si bien me acuerdo,
dije a Garcerán, ese hombre
que ya se llama tu dueño,
por verle tan comedido,
tan galán y tan discreto,
que me dijo que, si acaso
entendiera mis deseos,
no solo no te quisiera,
mas que al más amigo y deudo
matara, si lo intentara;
que a su justo casamiento
ayudaría aquel día
que le viese descubierto.

Tristán:

Esperad una palabra.

Garcerán:

Oigan al señor borrego,
dará su alcaldada aquí.

Tristán:

Fulgencia, ¿en qué topa esto?
¿Garcerán es hombre noble?

Fulgencia:

Tan noble, que sé muy cierto
que, con ser Valencia ilustre
en antiguos caballeros,
ninguno más limpia sangre…

Garcerán:

Para menudo era bueno.
Pues, ¿qué falta a Garcerán?

Fulgencia:

Ventura.

Tristán:

¿Y qué más?

Fulgencia:

Dinero.

Garcerán:

¿Por esa faltilla sola?
Hay en el mundo escuderos,
dueñas, pajes y lacayos,
oficiales y hombres buenos,
y poetas hay también;
que a mí me dijo un discreto
que nacieron los poetas
de la falta del dinero.
Tristán Pues si es noble, aunque sea pobre,
¿qué importa? Demos un medio,
pues don Juan dio su palabra
para aqueste casamiento;
y, con buen gusto de Octavio,
iré a buscarlo y traerlo.

Octavio:

Por mí, si gusta don Juan,
a serle amigo me ofrezco.

Don Juan:

Yo que lo consiento digo.

Garcerán:

Pues, alto, cásenme luego.

Celia:

¡Desvíate, bestia, allá!

Garcerán:

¡Calla vos, urraca en zuecos!;
que yo he de ser Garcerán,
si ninguno quiere serlo.

Tristán:

Di, Fulgencia, ¿dónde está?
Y acábense estos enredos.

Fulgencia:

Veisle ahí.

Octavio:

¿Quién?

Fulgencia:

Pablos.

Garcerán:

Yo, que ya lo digo en seso,
Garcerán soy; veisme aquí,
y el que anoche los aceros
quiso sacar con don Juan.
Vi en Valencia el bien que espero,
con vuestro gusto, este día;
quitáronmele tan presto
que, con desesperación,
loco le vine siguiendo.
Pareciome disfrazarme
por poder hallar mi centro;
diome el colegio esta ropa,
y el amor me dio el consejo.
¿Qué respondéis?

Don Juan:

Que sea suya
por muchos años y buenos.

Garcerán:

Dame, señora, esos brazos,
pues sabes que los merezco.

Fulgencia:

¿Qué me cuestas, Garcerán?

Garcerán:

Ninguna cosa te debo.

Marín:

Conózcanme a mí, señores.

Octavio:

¿Eres caballero?

Marín:

Menos.

Octavio:

¿Pues quién?

Marín:

Cerca de caballo;
tan cerca que con el pecho
suele tocar mis espaldas.

Octavio:

¿Lacayo?

Marín:

De medio a medio.
Esto hice por mi amo.

Garcerán:

Mi hacienda tendrás en premio,
porque demos, con mis bodas,

FIN DE LA FAMOSA COMEDIA DE “EL BOBO DEL COLEGIO”