El bastardo Mudarra
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto I

Acto I

Álvar Sánchez y Mendo con unas cañas,
y Dª Sancha y Dª Lambra en alto.
ÁLVAR:

¡Notable mi tiro ha sido!

MENDO:

Nadie en el tablado ha dado.

ÁLVAR:

Temblando queda el tablado.

MENDO:

Y más de un pecho ofendido.

LAMBRA:

¿Hay más galán caballero
que Álvar Sánchez?

SANCHA:

Bien tiró;
pero siete he visto yo
de quien mejor tiro espero.

LAMBRA:

Tus hijos, y mis sobrinos,
doña Sancha, fuertes son,
dignos de toda opinión
y de todo nombre dignos;
pero Álvar Sánchez, mi hermano,
no tiene igual en Castilla.

MENDO:

La ciudad se maravilla
de tu fuerte brazo y mano;
los caballeros están
llenos de envidia, y de amor
las damas.

ÁLVAR:

¡Bravo favor!

MENDO:

Mil bendiciones te dan.

ÁLVAR:

A las bodas que se han hecho
de doña Alambra, del Conde
de Castilla prima, adonde
todo el valor de su pecho
Ruy Velázquez ha mostrado,
—pues las fiestas y torneos,
galas, empresas, trofeos,
y rica mesa, han durado
siete semanas y más—,
concurren los caballeros,
ya propios, ya aventureros,
que viendo en Burgos estás.
De Extremadura y Navarra,
de Portugal y Aragón,
vino a tan justa ocasión
gente lucida y bizarra.
Y aunque todos han tirado,
Mendo, al tablado de hoy,
yo sólo pienso que soy
por el mejor celebrado.
Están todas las ventanas
llenas de damas; tiré,
y con la caña llegué
a las luces soberanas.
Que pues fue más alta que ellas
cuando la viste subir
con razón puedo decir
que pasé de las estrellas.

MENDO:

Doña Sancha está envidiosa
viendo en estos regocijos
sin fama sus siete hijos
por tu opinión belicosa.
Algunos dellos han hecho
corrillos; querrán tirar,
mas no han de poder llegar,
aunque en un brazo y un pecho
las fuerzas de todos siete
pusieran, donde has llegado.

ÁLVAR:

Gonzalillo va al tablado:
¡brava arrogancia promete!

MENDO:

Es de los siete el mejor,
aunque de menos edad.

ÁLVAR:

Ya tira.

MENDO:

Y ya la ciudad
le da su aplauso y favor.

SANCHA:

¡Notable tiro!

LAMBRA:

Pudiera
ser bueno, a no haber mostrado
envidia el que le ha tirado.

SANCHA:

Cuando Gonzalo no fuera
mi hijo, y sobrino tuyo,
doña Alambra, esa razón
mostrara enojo y pasión;
mas de tu nobleza arguyo
que quieres encarecer
desa suerte su valor.

LAMBRA:

Luego ¿el tiro no es mejor
de Álvar Sánchez?

SANCHA:

Puede ser;
mas pregunta a la ciudad
si mejor tiro se ha visto.

LAMBRA:

Está Gonzalo bien quisto;
ninguno dirá verdad.

Entre Gonzalo Gónzalez y Lope,
su escudero, con cañas.


GONZALO:

El tiro cobró el honor
de los infantes de Salas.

LOPE:

Hurtóle al viento las alas,
y a los rayos el furor.
Bendiga Dios la pujanza
de ese brazo y dese pecho,
en tanta envidia venganza.
Si allá en la región del viento
se pudiera detener,
cañas viéramos nacer
sobre su claro elemento.
Y en fe de tales hazañas,
fuera gran honra del suelo
que por esta parte el cielo
tuviera el techo de cañas.

ÁLVAR:

Vendrás blasonando el brío,
Gonzalo, como muchacho,
de cosa que diera empacho
a quien no tuviera el mío.
Al bohordo que tiré
la envidia sola llegó,
porque donde alcanzo yo
ninguna fuera lo fue.
Y pudieras excusar
el alborotar la gente,
y estando el Conde presente
quererme el honor quitar.
Pero ¿qué te culpo yo
siendo un rapaz atrevido?

GONZALO:

Álvaro, en todo has mentido.

ÁLVAR:

¿A mí, villano?

GONZALO:

Eso no,
que respondo con la espada.

ÁLVAR:

¡Ay!

MENDO:

¿Quién gana de los dos?

LOPE:

Pegándole ha ¡vive Dios!
una gentil cuchillada.

ÁLVAR:

¡Ah, que me ha muerto, parientes!

Éntrase.
MENDO:

¿Esto has hecho?

LOPE:

Mendo, huye.

MENDO:

Si el Conde no restituye...

LOPE:

No hables, Mendo, entre dientes.
No te haga el mozalbillo,
de quien habéis murmurado,
que de aquel beneficiado
vengas a ser monacillo.

MENDO:

Al Conde voy a quejarme.

LOPE:

Llévate ésta de camino:

Huyóse
LAMBRA:

¿Hay tal desatino?
¡Ninguno quiere vengarme!
¿Hay tal maldad, tal traición?

SANCHA:

De aquí me quiero quitar,
porque no le quiero dar
Con mi presencia ocasión.

Váyase Dª Sancha.
LAMBRA:

¡Ah, cobardes deudos míos!
¿Así mi sangre se vierte?

Ruy Velázquez, con un bastón.
RUY:

¿Qué es esto?

LAMBRA:

¡Ah, Rodrigo fuerte,
con mi sangre tienen bríos
los hijos de mi cuñada!

GONZALO:

No todos; sólo fui yo.

RUY:

¿Qué ha hecho?

LAMBRA:

A Álvar Sánchez dio...

RUY:

¿Qué le dio?

LOPE:

Una cuchillada.

RUY:

¿Tú has tenido, Gonzalillo,
este atrevimiento?

GONZALO:

Mira
que el honor llama a la ira,
ella al brazo, él al cuchillo;
un primero movimiento,
tío, no es culpa en el hombre.

RUY:

Sí; mas para que te asombre,
y a otros sirva de escarmiento,
castigue aqueste bastón,
sobrino, tu desvarío.

GONZALO:

¡Muerto me habéis, señor tío;
muerto me habéis sin razón!
Mas yo ruego a mis hermanos
que no os demanden mi muerte.

RUY:

Yo castigo desta suerte
muchachos locos y vanos.

GONZALO:

Si no fuérades mi tío,
de mi madre hermano...

LOPE:

¡Tente!

GONZALO:

No me deis otro, pariente,
pues ya conocéis mi brío,
que no lo puedo sufrir.

RUY:

¡Desvergonzado!

GONZALO:

Eso no:
¡Tomad!

LOPE:

¡Por Dios, que le dio!

GONZALO:

Todos sabemos herir.

RUY:

¡Muerto soy! ¡Armas, amigos!
¡Armas, vasallos, parientes!

GONZALO:

Aunque la venganza intentes,
hago los cielos testigos
de que me has dado ocasión.

Entren Albendari y Estébañez.
ALBENDARI:

Ruy Velázquez, ¿qué es aquesto?

RUY:

Desta manera me ha puesto
ese infame rapagón.

Fernán Bustos y Diego González entren.
ESTÉBAÑEZ:

¿Hay tan grande desvarío?

FERNÁN:

¿Qué es esto, Gonzalo hermano?

GONZALO:

Así me trata el tirano

RUY:

Velázquez, vuestro tío.

DIEGO:

Pues, tío, ¿vos maltratáis
vuestra sangre desta suerte?

RUY:

¿Y ésta que mi rostro vierte,
sobrinos, no la estimáis?

LOPE:

Diole sin causa primero.

RUY:

Causa bastante me dio,
porque a Álvar Sánchez hirió,
mi deudo y gran caballero.

ALBENDARI:

Las espadas han de ser
las hojas deste proceso.

DIEGO:

La verdad diga el suceso.
Puestos para acometerse,
entren el conde Garci Fernández
y Gonzalo Bustos

BUSTOS:

Vos, Conde, sois menester.

CONDE:

¡Deténganse, caballeros!

RUY:

Sólo el Conde mi señor,
en quien yo pongo mi honor,
puede templar mis aceros.

GONZALO:

Como vasallo leal,
te rindo, señor, la espada.

CONDE:

¿En tanto bien comenzada
fiesta ha de parar tan mal?
¿Es éste el justo respeto
que a vuestro señor debéis?
Que os castigue merecéis,
y castigaros prometo.
Vos, Gonzalo, ¿no advertís
que es doña Alambra mi prima,
y que quien mi sangre estima,
si de lealtad presumís,
no ha de atreverse a la suya?
Y vos, Rodrigo, ¿no veis
la que de Bustos tenéis?

BUSTOS:

Mejor es que se concluya,
Conde, y señor, esto en paz;
ya es hecho, mal hecho fue;
mas yo, como padre, haré
castigo en este rapaz.
Dejádmele a mí, señor;
y vos, cuñado, estad cierto
que, si le hubiérades muerto,
os tuviera el propio amor.
Es muchacho; todos fuimos
mozos; pídele perdón,
rapaz.

GONZALO:

Tío, la razón
que en esta cuestión tuvimos
nos da disculpa a los dos;
mas yo quiero ser culpado:
Dadme perdón; que humillado
le pido al Conde y a vos.

RUY:

Al Conde pedid, sobrino
perdón por los dos aquí.

CONDE:

Yo tomo el agravio en mí.

Sale Mendo.
MENDO:

Doña Lambra, de camino
para Barbadillo está,
y ya te aguarda quejosa.

CONDE:

Paréceme justa cosa
que todos os vais allá,
pues acompañarla es justo;
y para confirmación
destas paces.

BUSTOS:

Y es razón
que todos os demos gusto.

CONDE:

Mirad que enojaré
si a Burgos me vienen quejas.

BUSTOS:

Muy obligado me dejas;
pon en esta boca el pie.

DIEGO:

Pequeñas son las heridas:
Bien podemos caminar.

RUY:

[Aparte]
¡O me tengo de vengar,
O me ha de costar mil vidas!
Nuño Salido salga al entrarse todos.

NUÑO:

Detente, Lope, y dime qué es aquesto,
que volando una cuerva, no he podido
cobrar mi azor para venir más presto.

LOPE:

Bien te puede alabar, Nuño Salido,
de mejor ayo la moderna fama,
que príncipes ni reyes han tenido.
De Alejandro, Aristóteles se llama
maestro, y del gran Ciro, Jenofonte,
a quien la antigüedad venera y ama;
mas tú a los dos en competencia oponte,
pues tales siete Infantes has criado.

NUÑO:

Desdicha ha sido que hoy saliese al monte.

LOPE:

Tiraban caballeros a un tablado
que formó Ruy Velázquez mil bohordos
con diestro brazo y con galán cuidado.
Al aplauso y rumor, los aires sordos,
cual suele al despedir la cuerda al arco,
partiendo a un tiempo el escuadrón de tordos,
cuando Álvar Sánchez, arribando al marco
del tablado, quedó más arrongante
que César con Amiclas en su barco.
Doña Alambra lo alaba, aunque delante
de doña Sancha, madre de Gonzalo,
que algo corrida le miró al instante.
El muchacho, veloz, que al viento igualo,
partió, y rompió con una caña el viento;
que tiene obedecerla por regalo.
El tiro dio tan general contento,
que le dijo don Álvaro, envidioso,
no sé qué descompuesto atrevimiento.
Diole una cuchillada el animoso
Gonzalo, y a las voces de su tía
llegó Rodrigo, su enojado esposo.
Hirióle con un palo que traía;
pero a segunda vez, de una puñada
fuente de sangre el rostro parecía.
Y toda la pendencia es acabada,
con que todos se van a Barbadillo,
acompañando a la recién casada.

NUÑO:

Del valor del rapaz me maravillo,
mas temo esta mujer presuntuosa
si los coge una vez en su castillo.

LOPE:

¿No ves que con su mano poderosa,
Garci Fernández, Conde de Castilla,
hizo esta paz, y que es lealtad forzosa?
De Arlanza van por esa verde orilla
los siete Infantes, de quien eres ayo,
cazando hasta la margen de la villa.
Ayuda el claro sol templando el rayo,
el aire con olor, con fresco el río,
con sombra el bosque, y con guirnaldas mayo.

NUÑO:

Pues sigámoslos todos; que confío
en Dios, y en la palabra al Conde dada,
que cesará de doña Lambra el brío.

LOPE:

No sé, porque es mujer y está enojada.

Vanse, y salen Dª Lambra y Estébañez
ESTÉBAÑEZ:

¿Esto sólo te desvela?

LAMBRA:

De suerte vengo afligida,
que está en su muerte mi vida.

ESTÉBAÑEZ:

Pues ¿ha de faltar cautela
en tanto que no recela
Gonzalillo tus enojos,
para que sirva en despojos
a las aves desta selva?

LAMBRA:

No hay cosa en que me resuelva.

ESTÉBAÑEZ:

Serena tus bellos ojos
y piensa alguna venganza.

LAMBRA:

Temo a Ruy Velázquez.

ESTÉBAÑEZ:

Mira
a qué se extiende tu ira,
y déjame la esperanza.

LAMBRA:

La fresca margen de Arlanza
ocupan los siete Infantes;
volando van arrogantes
las garzas con sus halcones,
que en los celestes balcones
besan los claros diamantes.
Si tú, Estébañez famoso,
si tú, fidalgo valiente,
en tanto que de su gente
se aparta el mozo alevoso,
te acercases animoso
con alma determinada,
no para sacar la espada,
mas para hacerle una afrenta,
quedara el alma contenta
de ver la suya vengada.

ESTÉBAÑEZ:

Pues ¿eso dudas de mí?
¡Vive Dios, que solamente
respete al Conde, y que intente
perder la vida por ti!

LAMBRA:

Escúchame atento.

ESTÉBAÑEZ:

Di.

LAMBRA:

Llega, y al volver el hombro,
porque no reciba asombro
si en verte venir repara,
quiébrale en toda la cara,
lleno de sangre, un cohombro.
Y sabes que es esta afrenta
en Castilla la mayor;
que yo te daré favor
si alguno seguirte intenta.

ESTÉBAÑEZ:

¿Estás con eso contenta?

LAMBRA:

Con esta afrenta lo estoy.

ESTÉBAÑEZ:

Pues a ejecutarla voy.

LAMBRA:

En aquella fuente clara
baña el halcón.

ESTÉBAÑEZ:

Pues repara
con qué pujanza le doy.

Vase


LAMBRA:

Cae sobre el dragón que le ha mordido
el indiano elefante, y en el prado
muerde aquel mismo pie que le ha pisado
el áspid, a vengarse promovido.
Celoso el toro, con feroz bramido
desnuda el vede bosque, y el pintado
tigre se arroja al mar precipitado,
del fugitivo cazador vencido.
No es en las fieras y animales solos
a quien la ira del vengarse alcanza
con tal solicitud, fraudes y dolos;
que la mujer, sin admitir mudanza,
tiene su condición sobre dos polos
que mueven el amor y la venganza.

Sale Constanza, dama, prima de Dª Lambra.
CONSTANZA:

¿Qué haces tan sola aquí?

LAMBRA:

Estoy prima, como ausente
que ama, teme, espera y siente.

CONSTANZA:

¿Fuese Ruy Velázquez?

LAMBRA:

Sí,
porque el Conde, mi señor,
ayer le envió a llamar.

CONSTANZA:

¿En qué le quiere ocupar?

LAMBRA:

Dicen que el rey Almanzor
dos capitanes envía
a molestar las fronteras
de Castilla.

CONSTANZA:

Y ¿cuándo esperas
que vuelva?

LAMBRA:

Luego querría
que volviese a recoger
vasallos con que servir
al Conde, que resistir
sabrán del moro el poder.

CONSTANZA:

¿Quién iba en su compañía?

LAMBRA:

Gonzalo Bustos.

CONSTANZA:

Ya sabes,
prima, que las cosas graves
siempre a Ruy Velázquez fía:
Ten esperanza y paciencia,
aunque estarás disculpada
de que recién desposada
sientas soledad de ausencia.

LAMBRA:

¿Cómo a doña Sancha dejas?

CONSTANZA:

Porque en la villa se entró,
y poque el eco me dio
nuevas de tus tristes quejas.

LAMBRA:

A fe que te trujo acá
la voluntad de Gonzalo
más que el hacerme regalo.

CONSTANZA:

¿Piensas que sé dónde está?

LAMBRA:

Discretamente preguntas
por él; de amor invención,
que quiere en una razón
decir muchas cosas juntas.

CONSTANZA:

Gonzalo González es
tu sobrino.

LAMBRA:

Así es verdad.

CONSTANZA:

Pues no hay en mi voluntad
otro mayor interés.

LAMBRA:

Advierte, Constanza amiga,
que pintó un sabio al amor,
para declarar mejor
cómo encubre su fatiga,
el rostro hermoso embozado
de una capa de cristal,
con que puede encubrir mal
su pensamiento y cuidado.
El presume que los tapa
con sólo que el rostro emboce,
mas cualquiera le conoce
como es de cristal la capa.

CONSTANZA:

No niego yo que a Gonzalo
tengo alguna inclinación;
pero diferentes son.

LAMBRA:

Constanza, yo los igualo,
porque inclinación y amor
todo es una misma cosa,
pues esa estrella amorosa
inclina a hacerle favor.
Y pues ya te has declarado,
mala elección has tenido.

CONSTANZA:

¿No es Gonzalo bien nacido?
¿No es hijo de tu cuñado?
¿No es doña Sancha su madre,
hermana de tu Rodrigo?

LAMBRA:

Por otras cosas lo digo
en que no imita a su padre;
porque es un mozo arrogante,
desvanecido, atrevido,
furioso y mal admitido.
Dentro los Infantes

GONZALO:

¡Nadie se ponga delante,
que le quitaré la vida!

CONSTANZA:

Voces dan; ¿qué puede ser?

DIEGO:

Si es loco, se puede ver
cuando su favor le pida.

FERNÁN:

Si mi tía lo mandó,
en el favor se verá.
Entre huyendo Estébañez.

ESTÉBAÑEZ:

Favoréceme, que ya
tu gusto se ejecutó.

LAMBRA:

Cúbrete de mi brial,
que vienen todos tras ti.
Entren Gonzalo, lleno de sangre el rostro,
y los hermanos, desnudas as espadas.

GONZALO:

¿Acogióse a Lambra?

DIEGO:

Sí.

LAMBRA:

Sobrinos, no le hagáis mal.
Mirad que podéis herirme;
mirad que preñada estoy;
tened respeto a quien soy.

GONZALO:

Yo vengo a vengarme firme.
Si Garci Fernández fuera,
sé que le hubiera amparado;
demás que se lo has mandado,
porque el hidalgo no hiciera
sin causa tal desatino.

LAMBRA:

¿Yo lo mandé?

GONZALO:

Pues, si no,
déjale.

LAMBRA:

Ya se acogió
a mi sagrado, sobrino.

FERNÁN:

No trates de tu respeto,
que le habemos de matar.

LAMBRA:

Después os queda lugar,
y de dárosle prometo.

GONZALO:

¡Dale, Fernando!

ESTÉBAÑEZ:

¡Ay de mí!

LAMBRA:

¡Ah, crueles! ¿Esto hacéis?

ESTÉBAÑEZ:

¡Muerto soy!
Huya.

DIEGO:

Vos merecéis,
tía, que os traten así.

GONZALO:

Vamos, Diego, por mi madre,
y a Salas la llevaremos,
donde después contaremos
esta deshonra a mi padre.
¿Cohombro de sangre de mí?
¿Tan grande afrenta a mi cara?

LAMBRA:

¡Ah, traidores!

DIEGO:

Ven.

CONSTANZA:

Repara
en que tienen gente aquí
y que está tu esposo ausente.

LAMBRA:

¿A éste tienes voluntad?
¿Conoces ya que es verdad
que es loco y que es insolente?

CONSTANZA:

Si por la cara le dio,
como él dice, ¿por qué cuenta
quieres que corra esta afrenta?

LAMBRA:

Pues di: ¿mandéselo yo?

CONSTANZA:

No digo tal; más, en fin,
el hidalgo fue culpado.

LAMBRA:

Dos veces me han agrentado;
estos procuran mi fin.
A dos parientes me ha muerto
Gonzalillo: en Burgos uno,
y éste aquí; pero ninguno
iguala tal desconcierto
como matar un hidalgo
que amparaba mi brial;
que por la sangre real
debiera tenerme en algo,
ya que no por ser su tía.

CONSTANZA:

No te ha faltado razón,
que no faltara ocasión,
ya que vengarse quería.

LAMBRA:

Mira, prima, cuál me han puesto
las tocas, sangrientas todas;
nunca yo hiciera estas bodas:
¿Qué ganaba el Conde en esto?
¿Mil caballeros no había
como Ruy Velázquez?

CONSTANZA:

No,
porque ninguno igualó
su sangre y su valentía;
ser señor de Villarén
es lo menos de Rodrigo.

LAMBRA:

Si él no intenta un gran castigo,
prima, no me quiere bien.
Voyme a vestir de luto;
así le quiero esperar
hecha fuentes, para dar
al mar de mi honor tributo.
¿Sangre en mis tocas? ¿A mí
los hijos de doña Sancha?

CONSTANZA:

Prima, el corazón ensancha,
y no le estreches así;
quepa aqueste agravio en él.

LAMBRA:

Cuando entre mis dientes tenga,
si Ruy Velázquez me venga,
aquel corazón cruel;
que no he de tener sosiego
hasta comerle a bocados,
que bien sé que irán asados,
pues que la venganza es fuego.

Váyase.
CONSTANZA:

Nunca el cielo dé lugar
a que el corazón mejor
que castellano valor
pudo eternamente honrar
se vea en desdicha tanta,
sino que goce su dueño,
blanda paz, sabroso sueño,
larga vida, quietud santa;
mas ¡ay, que temo y recelo
que esto a Rodrigo le escriban!

Lope entre.
LOPE:

Por aquí dicen que iban
volando garzas al cielo;
Nuño va por una senda,
yo por otra, sin que tope
rastro ni señal.

CONSTANZA:

¿Qué hay, Lope?

LOPE:

¡Oh dulce, oh querida prenda
de Gonzalo, mi señor!
En su busca ando perdido.

CONSTANZA:

A Salas todos se han ido;
¿No dice el eco el rumor?

LOPE:

¿Cómo tan presto, y estando
su tío ausente?

CONSTANZA:

Esta fiera,
doña Alambra, a Dios pluguiera
que yo pudiera, sacando
la sangre que della tengo,
causarle un triste accidente
a Estébañez, su pariente.

LOPE:

Casi a sospecharlo vengo.

CONSTANZA:

Mandó que a Gonzalo diese
con un cohombro sangriento;
y como su pensamiento
en ejecución pusiese,
acogióse a su brial,
adonde, muerto a estocadas,
dejó sus tocas manchadas
de su sangre desleal.
¿Cómo te podré decir
los extremos, las quimeras
que ha hecho, y las voces fieras
que ha dado?

LOPE:

Con presumir
que he visto tigres, serpientes,
toros, víboras, dragones,
cocodrilos y leones,
y animales diferentes;
acompañarlos es justo:
quédate a Dios.

CONSTANZA:

Oye un poco:
Ruy Velázquez es un loco,
y ha de hacer con el disgusto
algún castigo en Gonzalo;
dile, Lope, que se ausente.
Si ve, si sabe, si siente
que el alma su vida igualo,
que su padre hará las paces,
o el Conde, si es menester.

LOPE:

Pues ¿cómo me ha de creer
que tú esa merced le haces?

CONSTANZA:

Llevándole aqueste anillo.

LOPE:

Muestra.

CONSTANZA:

Dile con el miedo
que entre aquesta gente quedo.

LOPE:

Si quieres que a Barbadillo
vuelva por ti de secreto,
no dudes de que vendrá.

CONSTANZA:

En Salas seguro está.

LOPE:

Ese es un consejo discreto.

Váyase.
CONSTANZA:

Discreta fuera yo si no quisiera
adonde tengo el fin indiferente;
mas como fue mi amor por accidente,
no puedo no querer lo que amor quiera.
Quiero y querré, pues quien amando espera,
ya de sus posesión principios siente,
pues quien los goza, no es razón que intente
del bien que comenzó salirse afuera.
Dificultades el amor me ofrece,
pero también me ofrece las victorias
con que a sombras del bien el mal padece.
Esto puede el placer de sus memorias,
que quien ama ocasión que lo merece,
hasta las penas le parecen glorias.

Váyase,


y entren Ruy Velázquez y Mendo.
RUY:

Mendo, no me digas más;
que perdiendo voy el juicio.

MENDO:

Con tu hermana se partieron
a Salas.

RUY:

¡Qué desatino!

MENDO:

Mucho riñó doña Sancha,
muchas palabras es dijo;
cierto que te muestra amor.

RUY:

¡Oh, nunca hubiera nacido
del pecho que la engendró!
¿Qué piensan estos sus hijos?
¿De qué han cobrado soberbia?

MENDO:

Señor, de ser tus sobrinos.

RUY:

¿A un hidalgo de mi casa,
a un hombre tan bien nacido?
¿No basta lo de Álvar Sánchez?

MENDO:

Diablo es este Gonzalillo;
de una puñada no más,
matar un hombre se ha visto.

RUY:

Pues hombre habrá que le mate.

MENDO:

Oye el extraño rüido
del llanto de tu mujer.

RUY:

A buen descanso venimos.

MENDO:

Gonzalo Bustos a Salas
se fue reñir, afligido,
esta valiente canalla.

RUY:

¿De qué sirve, Mendo amigo,
este llanto en doña Alambra,
y de qué el haber vestido
de luto hasta las paredes?

MENDO:

Ya sale.

Salga Dª Lambra.
RUY:

Si vengo vivo,
¿para qué te vistes de luto?

LAMBRA:

Porque venganza te pido
de tus sobrinos infames;
que este luto que me visto
es por mi honor, muerto ya.

RUY:

Muerto no, sino ofendido.

LAMBRA:

¡Con cuál hombre me casara
del mundo el Conde mi primo,
que le perdiera el respeto
un villano, un rapacillo,
un caballero que ayer
jugaba con otros niños,
y hoy mata un hombre en mis tocas,
bueno entre los deudos míos!
¡Esta es su sangre, ésta es,
Esta es su sangre, Rodrigo!
¡Di que no quieres venganza,
y haré a la rueca que ciño,
para agravio de un rapaz,
una punta y unos filos!
¡A mí Gonzalo González!
¡Ah, Dios, no tengo marido!
pues no he de lavar las tocas,
si no es por ventura oficio
de lágrimas de mujer,
hasta que del pecho mismo
de Gonzalillo le saque
aquel corazón altivo.

RUY:

¡Callad, callad, doña Alambra!
¡Callad, callad, ojos míos;
que los infantes de Salas
son mis honrados sobrinos!
No es justo tratar venganzas
entre deudos, ni Dios hizo
leyes de satisfacción,
sino de perdón y olvido.
Parte, Mendo, alcanza a Bustos,
dile que yo le suplico
que luego al punto me vea;
que ayer el Conde me dijo
que le pidiese un consejo.

MENDO:

Nunca más cuerdo te he visto:
¿Cuánto es mejor que entre deudos
haya concordia?

RUY:

Eso digo.

MENDO:

Yo voy.

RUY:

Di que vuelva luego.

LAMBRA:

¿Tú eres hombre? ¿tú el temido
de los moros cordobeses?
¿Tú aquel que en Burgos mi primo
me enseñó para casarme,
de blanco acero vestido,
en un retrato famoso,
con mil pendones moriscos,
cabezas y alfanjes rotos,
con un rétulo prolijo
de tu sangre y de tus hechos,
causa de haberte querido
para mi esposo entre tantos?

RUY:

Calla, Alambra, y no des gritos;
que en las cosas de cautela
anda el corazón fingido.

LAMBRA:

Ponerte fuera mejor,
en vez del acero limpio,
aquestas sangrientas tocas
y aquesta cofia de pinos;
crenchas en vez de penachos,
rojos, blancos y amarillos;
chapines en vez de espuelas,
y por pendones moriscos
arcas de afeite y color,
y una rueca en vez del filo;
por rétulo tus infamias,
y entrellas, que Gonzalillo,
el menor de los Lara,
te ha muerto dos deudos míos,
y con un halcón torzuelo,
que le arrebató atrevido
de la mano a un escudero
que de las montañas vino,
delante del Conde, en Burgos,
te cruzó ese rostro lindo,
vertiendo sangre a su golpe,
boca, narices y oídos.
Vete, y no me veas más,
ni vuelvas a Barbadillo,
pues que sufres en tus barbas
las afrentas que te han dicho.

Vase

RUY:

La dulce lengua de engañoso estilo
de un lisonjero amigo fabuloso;
la pluma del cobarde cauteloso,
ardiente espada de doblado filo;
las lágrimas del falso cocodrilo,
de la sirena el canto peligroso;
el león hambriento, el áspid venenoso
que silba por las márgenes del Nilo;
la furia del que hablando se deslengua
contra el ausente, la ocasión pasada
para poder satisfacer su mengua;
en el rendido la villana espada,
no igualan a la furia ni a la lengua
de una mujer, para vengarse airadas.
Entren Mendo, Gonzalo Bustos y sus hijos.

MENDO:

En el camino, Ruy Velázquez noble,
hallé a Gonzalo Bustos tu cuñado;
que porque no presumas trato doble,
viene obediente a lo que le has mandado;
no tiene el valle flor, ni el monte roble,
que no se haya movido y lastimado
del sentimiento que le dio tu pena,
haciendo propia en sí la culpa ajena;
sus hijos trae porque des castigo
al que dellos te ha sido inobediente.

BUSTOS:

Señor cuñado, el cielo sea testigo
de lo que el alma vuestro enojo siente.
Mis hijos, como veis, vienen conmigo
para que el que quedare se escarmiente.
Prended, matad a los que os dieron pena:
cualquiera dellos de mi brazo es vena;
sangrad al que os parece más culpado,
pues todos venas son de la cabeza;
quedaré por habellos engendrado
con la pena mayor, que es la tristeza.
¿Es Diego, es Nuño, es Álvaro el que ha dado,
para degenerar de mi nobleza,
causa a vuestro pesar, o acaso Ordoño,
de corto ingenio y en hablar bisoño?
¿Es Fernando, por dicha, aunque sencillo
para ofender a nadie, y de buen seso?
¿Es Alfonso, el mayor, o es Gonzalillo,
que al fin, como rapaz, será travieso?
Sacad la espada, y pasen a cuchillo
para venganza de su loco exceso;
uno solo dejad para que herede
mi casa, en quien mi mayorazgo quede.

RUY:

Gonzalo Bustos, mi querido hermano,
Alambra se enojó; perdón merece,
porque en el femenil humor liviano
presto cualquier enojo se enfurece:
No soy yo tan soberbio, ni tan vano,
como a estos caballeros les parece;
hijos son de mi hermana, y mis sobrinos,
más de perdón que de castigo dices.
Estébañez, mi deudo, está bien muerto;
que quien ofende a otro sin agravio,
o es loco o le han pagado por concierto,
que en no guardarse no parece sabio:
Cuando no fuera muerto, yo os advierto
que, para hacer el justo desagravio,
yo propio le matara; que esta ofensa,
como en mi sangre toca a mi defensa.
Juróme doña Alambra que no tuvo
culpa en aquesto, y que este vil cobarde
por sola envidia tan villano estuvo,
cosa que de furor me abrasa y arde;
si Alambra entonces el furor detuvo
y quiere que respeto se le guarde,
no os espantéis, porque es mujer, y mía,
prima del Conde, y, basta, vuestra tía.
Abrazadme, sobrinos; ea, Gonzalo,
no os recatéis; ¿qué andáis buscando modos
de parecer humildes, si os igualo,
como a mi sangre, al alma misma a todos?

GONZALO:

Señor, yo solamente he sido el malo;
vos, la nobleza y honra de los godos;
dadme perdón, o con la misma espada
cortadme el cuello.

RUY:

Que viváis me agrada,
sobrino, muchos años; que en la guerra
habéis de hacer a vuestra patria agora
famosa, si el pronóstico no yerra,
por esa espada, de su paz autora:
No se hable en esto más; todo se encierra
en que es dichoso el que al mayor honora;
Dios le alarga la vida.

DIEGO:

Aumente y guarde
la tuya.

RUY:

Descansad, hijos; que es tarde,
y vuestro padre y yo que hablar tenemos.

FERNÁN:

¿Besaremos las manos a mi tía?

RUY:

Hará, como mujer, locos extremos;
pase siquiera deste enojo el día.

GONZALO:

Pues vamos, que otros muchos la veremos.

BUSTOS:

¿En qué te sirvo yo?

RUY:

Bustos, querría
hablarte con espacio.

BUSTOS:

Ya te escucho.

RUY:

Pues oye atento, que me importa mucho:
El cordobés Almanzor,
Gonzalo Bustos, temiendo
el daño que en sus fronteras
hacer con mi gente puedo,
—vasallos de Villarén,
en Burueba y en los pueblos
de Barbadillo y la Torre
yo y doña Alambra tenemos—,
para cuando me casase,
—que esto os digo con secreto—,
me prometió seis mil doblas
de buen oro de Marruecos;
si éstas, veinte caballos,
potros famosos de aquellos
que en las gamenosas pacen
de Guadalquivir el heno;
doce alfombras mequinesas,
y doce alfanjes de acero
toledano, guarnecido
en damasco de oro y hierro;
diez jaeces tunecíes,
de filigrana los frenos,
con otras riquezas tales
de los africanos reinos.

RUY:

Ya estoy, como véis, casado;
vos sabéis si pobre quedo
de los gastos que hice en Burgos
siete semanas arreo.
Fiestas, joyas, mesas, plato,
honra y pobreza me dieron;
si quiero salir al campo,
un caballo apenas tengo.
No hay en mi casa vajilla;
ayer empeñé a un hebreo,
por buen logro, el oro y la plata;
verdad es, ¡por Dios eterno!
no puedo pedir prestado,
porque a mí propio sospecho
que me salieran colores
de la vergüenza que tengo.
Mañana tendremos hijos,
porque ya principios veo
en doña Alambra, y mi casa
ha menester gastos nuevos.
Quiero escribir una carta
al rey Almanzor, y quiero
que se la llevéis, cuñado,
si en grado os viniere hacerlo;
porque a un rey no se han de hacer
embajadores plebeyos,
sino caballeros nobles,
y, siendo posible, deudos.
Si os place, Gonzalo Bustos,
ser hidalgo mensajero
para que el Moro me cumpla
las promesas que me ha hecho,
de lo que a mí me enviare
como hermanos partiremos;
que de lo que os diere a vos
no quiero parte; que creo
que lo habréis bien menester
para el forzoso sustento
de siete gallardos hijos,
de quien veáis dulces nietos.

BUSTOS:

Si de mi satisfacción
podéis esperar que puedo,
hermano, señor y amigo,
serviros en lo propuesto,
dejando prólogos vanos
y excusando cumplimientos,
digo que escribáis la carta
para que me parta luego;
que no haré falta en mi casa,
ni ami Sancha, ni al gobierno,
pues le quedan siete hijos
que la acompañen, haciendo
mejor oficio que yo,
que como veis, estoy viejo,
gracias a Dios, no caduco;
mas de las armas el peso
me tiene, cual veis, cargado;
pero muy pronto y ligero
para serviros.

RUY:

Gonzalo,
que vays entretanto os ruego
a desenojar a Alambra.

BUSTOS:

Yo voy, y guárdeos el cielo.
Váyase Bustos.

RUY:

¡Alí! ¿Qué digo? ¡Hola, moro!
Sale Alí, cautivo.

ALÍ:

¿En qué te sirvo?

RUY:

Di a Mendo
que te dé tinta y papel.

ALÍ:

Voy.

RUY:

Aquí aguardo.

ALÍ:

Ya vuelvo.

RUY:

Desta vez sale la infamia
de Lara de todo el reino
de Castilla, y desta vez
libre de sus hijos quedo.
Agora quiero que Alambra
conozca lo que la quiero;
que la traición y el amor,
por opinión de hombres cuerdos,
desde el principio del mundo
contrajeron parentesco.

Alí entre
ALÍ:

Aquí está tinta y papel.

RUY:

Pues en arábigo, luego,
escribe tales razones...
¿De qué me miras suspenso?

ALÍ:

¿En arábigo, señor?

RUY:

Escribe.

ALÍ:

Di.

RUY:

Mientras cierro
la puerta, dobla el papel.

ALÍ:

Comienza.

RUY:

[Aparte]
¡Ah, qué bien me vengo!
«Ruy Velázquez, castellano,
a ti, Almanzor, Rey supremo
de España, salud envía.»

ALÍ:

«Salud envía..»

RUY:

«Hoy te quiero
dar a Castilla.»

ALÍ:

«A Castilla...»

RUY:

«Porque ese valiente viejo
es Gonzalo Bustos.»

ALÍ:

«Bustos...»

RUY:

«Que de siete caballeros,
los mejores de Castilla,
y de más gallardo esfuerzo,
es padre, a quien de los hombros
quita la cabeza luego,
para que Garci Fernández
pierda el mejor consejero.
A los campos de Almenar
llevar los siete prometo,
con engaño y poca gente.»

ALÍ:

«Poca gente...»

RUY:

¿Está ya puesto?

ALÍ:

Sí, señor.

RUY:

«Tus capitanes
envía con grueso ejército,
y sean Viara y Galve;...»

ALÍ:

«Viara y Galve...»

RUY:

«Que a éstos
yo se los pondré en las manos;
y está seguro que, muertos,
podrás entrar en Castilla
sin defensa, y está cierto
que otro conde Julián
rinde a tu servicio el pecho.»

ALÍ:

«El pecho...»

RUY:

Y pasando el tuyo,
queda este caso secreto.
Dale con una daga.

ALÍ:

¡Muerto soy!

RUY:

¡Mendo, Almendar!

Entren.
MENDO:

¡Señor!

RUY:

Este moro he muerto
por negocios de mi honor;
entre los dos, con silencio,
le arrojad en ese río.

MENDO:

Ten de esa parte.

ALMENDAR:

Ya tengo.

RUY:

La carta quiero cerrar
de mi mano y de mi sello,
y darla a Gonzalo Bustos.
Temeraria hazaña emprendo,
pero el amor y el agravio
ni quieren paz ni consejo.
Amo, y estoy agraviado;
traidor soy, disculpa tengo.

FIN DEL PRIMER ACTO.