El arpa perdida
de Olegario Víctor Andrade
I

   La ráfaga lasciva
jugaba con las velas de la nave
de altivo porte y de cortante prora,
   que en la tarde serena
dejó la playa que con dulces lazos
   la retuvo cautiva,
y que le tiende los amantes brazos
que rechaza la amante fugitiva.


   Era la hora
en que la mar, la mar gigante, siente
misterioso rumor, honda congoja,
y tiembla como el pájaro en el bosque
y en el árbol la hoja,
porque bajan las sombras de Occidente
   con cauteloso paso,
a espiar al sol que se envolvió en sus ondas
   y duerme en su regazo.


   De pie, sobre la popa
   de la nave gentil que lenta avanza
y que a la luz crepuscular parece
una ave que se pierde en lontananza
   en busca de su nido,
   va el bardo peregrino
   inquieto como ella,
de las ondas antiguo conocido,
a quien habla la brisa vagabunda
y sonríe en los cielos una estrella.


   Aquella estrella amiga,
que tantas veces en la patria amada
besó su frente y enjugó sus ojos
con el dulce calor de su mirada.


   Aquella estrella triste,
que a la orilla del Plata
bajó una noche, y le confió al oído
el dulce nombre de otra estrella ingrata


   Ni una sílaba brota
del labio mudo del cantor errante;
ni palpita una nota
en la lira que otrora
   con acento vibrante,
alzó a la libertad himno de gloria
y saludó aquel astro soberano,
que rasgando montañas de tinieblas,
asomaba en el cielo americano.


   Algo, como el murmullo
del enjambre interior del pensamiento,
misterioso aleteo de quimeras
que con doliente arrullo
se alejan en las ráfagas del viento,
celestes bayaderas
que en bulliciosa tropa
lo llaman desde lejos,
percibe el trovador que yace mudo
del inquieto bajel sobre la popa.


   Al fin el labio trémulo
les dice ¡adiós! con efusión extraña
a las ondas que pasan
en raudo torbellino,
a la negra montaña
que alarga la cabeza de granito,
como guardián huraño del destino,
de vela en el umbral del infinito.
Les dice ¡adiós! el bardo peregrino.


   Adiós al mar, la fiera encadenada
que revuelve en la sombra la pupila
olfateando la tierra descuidada,
que eternamente afila
el peñasco sombrío,
hambrienta y negra garra
con que amenaza al cielo en sus enojos,
y cuanto pasa a su alredor desgarra.


   ¡Adiós! que allá distante,
como cinta fantástica ceñida
del horizonte azul a la cintura,
va surgiendo a sus ojos, palpitante,
de la patria la tierra bendecida;
   la tierra de ventura
que bajo el cielo tropical soñaba,
y cuyo santo nombre repetía
en otra tierra bella; pero esclava.



II


   El Plata se adelanta
con impaciente y turbulento paso,
a recibir la nave que desplega
en el alto mástil la enseña santa
-la enseña que paseó por sus llanuras
El viejo Brown, en raudo torbellino-,
la enseña de los déspotas odiada,
que parece, flameando en las alturas,
blanca nube que cuelga de los cielos
con un girón del firmamento atada.


   ¡Caricias de león!, ¡amor de fiera!
la débil nave cruje entre sus brazos,
y más la estrecha el río enamorado
con lujuria salvaje;
parece que quisiera
arrastrarla a sus antros tenebrosos,
ahogarla en sus espumas,
y jugar con sus tablas, como juega
de la gaviota con las blancas plumas.


   ¿Quién ruge por allá que tiembla el Plata?
¿Quién baja de la altura
Espoleando las nubes, que parecen
negros potros que cruzan la llanura?
¿Quién hace aullar las olas
como hambrientos lebreles,
y azota con su látigo de fuego
las rocas y los frágiles bajeles?


   ¡El huracán, que llega
a disputar su presa al Plata inquieto!
El huracán, pirata del abismo,
que con la voz del trueno
lanza a los cielos insultante grito
y celoso de Dios, que lo perdona,
pretende en su locura
ahogar con mano impura
la centelleante luz de su corona.


   ¡Ay de la débil nave!
¡Ay del bardo gentil del arpa de oro!
La nave va saltando de ola en ola,
   como corcel herido
que lleva en los ijares la cornada
   del iracundo toro.
y el bardo taciturno
sonríe con desdén a la tormenta,
fija siempre en las sombras su mirada.


   Es que también él siente
otro huracán rugiendo en su cabeza;
   y lleva, aunque sereno,
como la nave herida por el rayo,
otra herida mortal dentro del seno
   que sangra eternamente;
   la herida de la duda
por donde el alma arroja a borbotones
los sueños generosos que encendieron
las chispas de las dulces ilusiones.


   ¡Ay de la débil nave!
¡Ay del bardo gentil del arpa de oro,
que la brisa del trópico suave
despidió con tristísimo lamento!
El huracán sañudo
va tronchando sus mástiles soberbios
como podridas cañas,
asesino feroz, que en su demencia,
le revuelve el puñal en las entrañas.


   Como la inerme res que el duro lazo
conduce al matadero
-la res desgarretada
que aun lucha de rodillas
con su enemigo fiero-
aquella pobre nave destrozada,
   gladiador expirante,
Va arrojando a la faz de su verdugo,
girones de su seno palpitante.



III

   ¡Horrenda sacudida!
La nave se detiene amedrentada,
y temblando de espanto como un niño,
quiere emprender la huída;
¡pero una mano férrea la sujeta!
La zarpa del abismo,
que juega con las naves, como juega
con el carro ligero
el brazo formidable del atleta.


   Ahí está prisionera
del escollo traidor que la asechaba.
Y en vano en el terror de la impotencia
quiere romper la bárbara cadena
que la retiene esclava.
En vano se retuerce y forcejea;
el escollo la estrecha entre sus brazos
y el huracán feroz la abofetea.


   ¡No hay esperanza ya!, la pobre nave
como un cadáver mutilado flota
amarrado al abismo
con invisibles lazos.
Las nubes, son las aves de rapiña
que bajan turbulentas
a devorar su carne a picotazos.



IV

Enmedio del estrago,
   taciturno y sombrío,
yace el bardo gentil del arpa de oro,
   el bardo que cantó del patrio río
   la cólera y la calma,
   y que al fin va a confiarle
   los últimos delirios de su alma.


   Desciende de la nave
con paso firme y ánimo sereno:
   ¿a dónde va?, ¡quién sabe!
En el roto mástil posa la planta,
   y con la fe del bueno
   y el arpa de oro al lado,
   se lanza a la ventura
   a las ondas del piélago irritado.



V

Los náufragos oyeron
largo rato en la sombra que crecía,
sobre la voz del huracán y el trueno,
murmullos de celeste melodía,
notas truncas de música divina,
como si alguien cantara en lontananza
el himno de las santas alegrías,
el poema inmortal de la esperanza.



VI

Desde entonces, el viajero
oye en la noche plácida y serena,
o entre el rumor de la tormenta brava,
como el eco de dulce cantilena
que de lejos lo llama;
es el arpa perdida,
el arpa del poeta peregrino
casi olvidado de la patria ingrata,
que duerme entre los juncos de la orilla
del turbulento y caudaloso Plata.


* * *

Esta Fantasía tiene por base un episodio histórico.

En el mes de marzo de 1824 naufragó en el Banco Inglés del Río de la Plata, el Bergantín La Agénoria que conducía al Dr. D. Valentín Gómez, ministro argentino en la Corte del Janeiro y su secretario, el poeta D. Esteban Luca y Patrón.

La mayor parte de los pasageros se salvaron, permaneciendo a bordo hasta que fueron socorridos por un buque mandado desde Buenos Aires.

Sólo el poeta Luca se embarcó en una débil angada formada de tablas, y pereció en el río, sin que se llegase a encontrar su cadáver.

Luca había cantado en magníficos versos la Victoria de Chacabuco, los Triunfos de Cochrane en el Pacífico, y La Libertad de Lima, en aquella oda inmortal que empieza así:


No es dado a los tiranos
eterno hacer su tenebroso imperio.