Elenco
El anzuelo de Fenisa
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto I

Acto I

Salen CAMILO y ALBANO, galanes.
CAMILO:

   «...que estoy celoso y voy leyendo en ellas»,
acaba aquel soneto castellano.

ALBANO:

¿Dónde vais a matarme, plantas bellas?

CAMILO:

    ¿En la arena del mar miras, Albano,
las estampas que deja tu Fenisa?

ALBANO:

Por ellas sigo su desdén en vano.
   Por besar el arena donde pisa,
temo que el mar deshaga las señales,
excediendo sus márgenes aprisa.

CAMILO:

    ¿Letras escribe con los pies?

ALBANO:

Y tales,
que, leyendo la historia de mis celos,
aprendo penas a la causa iguales.
   No han hecho furia ni rigor los cielos,
para castigo de la humana vida,
que sufran compararse a sus desvelos.

CAMILO:

    Que tenga celos y que celos pida
un hombre que se emplea en gran sujeto,
disculpa me parece conocida,
   porque quien ama, teme; y, en efeto,
el temor de quien ama es una cosa
que engendra en lo más firme mal conceto;
   pero querer una mujer famosa
en engañar y en no querer ninguno
-supuesto que confieso que es hermosa-,
   no tiene igual con desatino alguno:
que no se llaman celos las traiciones.

CAMILO:

Uno ha de amar y tener celos de uno;
   mas donde una mujer forma escuadrones
de tantos hombres, que con menos gente
Alejandro venció dos mil naciones,
   donde hay un galán dentro y otro enfrente,
doce de a pie, cuarenta de a caballo,
tal en la posesión, tal pretendiente,
   vergüenza es esta; y más que no lo hallo
aun en los animales, pues sabemos
que viven cien gallinas con un gallo,
   que glorioso levanta los estremos,
el pardo gamo entre cincuenta gamas,
de las puntas que nunca ofender vemos.
   Albano, deste género de damas
huye la bolsa, pon en salvo el oro;
que es lo demás andarte por las ramas.

ALBANO:

   ¡Qué manso que parece siempre el toro
al que está en la ventana! Y al letrado,
¡qué cobarde el flamenco y tibio el moro!
   El escribir un libro concertado,
¡qué fácil le parece al ignorante,
y el llevar una cátedra al soldado!
   ¡Qué fácil le parece al estudiante
el conducir la nave al Occidente,
la religión al mercader tratante!
   ¡Qué fácil el hablar un presidente,
un rey, un duque a un labrador grosero!
¡Y el olvidar a quien de amor no siente!
   Amor no es calidad, ni gusto fiero;
amor no es honra ni es mercadería;
amor no es regidor ni caballero.
   Amor es consonancia y armonía
que hacen el deseo y la hermosura,
con que se aumenta cuanto el cielo cría.
   Si yo quisiera un bronce, una pintura,
un ave, un árbol, cosa diferente
de mi naturaleza, era locura,
   pero que amar una mujer intente,
¿juzgas a desatino?

CAMILO:

¡Qué respuesta
tan hija de tu amor impertinente!

ALBANO:

   Mas ¿qué me dices tú? ¿Que fuera honesta,
dándome con Platón, cuyo aforismo
ya me fastidia y con razón molesta?
   Los que, siendo de amor único abismo,
dicen que se ha de amar el alma sola
y que es amor pagalle con él mismo,
   un casto fuego dicen que acrisola
sus sentidos amando y, en secreto,
hacen su media noche a la española.
   Nerón no confesaba hombre perfeto,
pero decía que en gozar su gusto,
cual era descompuesto y cual discreto.
   Si amor es gusto, el que yo tengo es justo.
Ama tú por allá dificultades,
que no quiero su bien por su disgusto.

CAMILO:

   Las virtudes, Albano, y calidades
de una mujer son justo fundamento
de amor, que no las locas liviandades.
   No hay en toda Sicilia -estáme atento-,
cuanto más en Palermo, donde estamos,
mujer de más humilde pensamiento.
   Al puerto, a la ciudad, al monte vamos;
allí hallaremos quien sus tretas diga,
más que arenas el mar y el bosque ramos.

ALBANO:

   Lo mismo que te cansa a mí me obliga.
Aquella libertad me rinde y mata,
y el ver que deje amor y interés siga.
   Una mujer que quiere y se recata
de ofender el galán con pensamientos,
aunque la den un Potosí de plata,
   allá puede tratar de casamientos;
que amor ha de ser fina picardía,
poca seguridad, menos contentos.
   No ha de estar el amor sin compañía:
digo sin competencia y sin disgusto;
que por la noche es tan hermoso el día.

CAMILO:

   A fe que habéis hallado vuestro gusto.
Si esto es amor, Fenisa es alto objeto.
Digo que améis y que el amor es justo.

ALBANO:

Esotro es amor bobo, este discreto.

Entra FENISA y CELIA con mantos.
CELIA:

   Admirada, y con razón,
Fenisa, de tu venida,
muestro tanta confusión.

FENISA:

Sospecho que se te olvida,
Celia...

CELIA:

¿Qué?

FENISA:

Mi condición.

CELIA:

    No sé qué tenga que ver
con venir a la aduana,
no siendo tú mercader,
pues no eres tú muy liviana,
aunque eres libre mujer.

FENISA:

    Eso te ha de dar aviso
de que sin causa no vengo.

CELIA:

¿Es amor?

FENISA:

¡Tan de improviso...!
Pero yo, ¿cuándo le tengo?
Si me adorase Narciso...
   Desde el primero que amé
y que a olvidar me enseñó,
tan diestra en no amar quedé,
que, de uno que me burló,
en los demás me vengué.
   Notablemente se arroja
una mujer a querer
cuando un gusto se le antoja,
pero más aborrecer,
cuando se cansa y se enoja.
   Según corre entre los hombres
esto de amar con engaño,
de mi desdén no te asombres.
Basta al cuerdo un desengaño,
que es amor. No me lo nombres.
   No porque yo no perciba
sus regalos y su bien,
pero no es razón que viva
quien nació libre también
de un hombre libre cautiva.
   Yo he dado en esta flaqueza
de burlar cuantos engaña
esto que llaman belleza.

CAMILO:

Celia sola la acompaña.

ALBANO:

¿Celia?

CAMILO:

No más.

ALBANO:

¡Linda pieza!
   ¡Estraña imaginación
es venir a la aduana
deste puerto!

CAMILO:

Cosas son
de su condición liviana.

ALBANO:

Conozco su condición.
   Palermo es famoso puerto
de estranjeros y de trato.
Algún lance ha descubierto.

CAMILO:

Ella es de Circe un retrato.
De que te ha visto, te advierto.

ALBANO:

   Hablalla será mejor.
¿Dónde bueno?

FENISA:

A ver el mar,
que me agrada su furor.

ALBANO:

Todo te suele agradar
cuanto carece de amor.
   ¿Este desdén de las ondas,
esta perpetua contienda
te agrada...? Mas no respondas;
por lo que tiene de hacienda
pienso que su margen rondas.
   ¿En qué rico forastero,
en qué mercader famoso,
en qué estraño marinero,
echas el anzuelo hermoso
para buscar su dinero?
   ¿Qué es lo que buscas aquí,
en el puerto deste mar?

FENISA:

Seguro estarás de mí
que no te vengo a buscar.

ALBANO:

Yo vengo a buscarte a ti.

FENISA:

    ¿Qué me quieres?

ALBANO:

Solo verte,
para alivio de una vida
que has condenado a la muerte.

FENISA:

¿Llamábasme tú homicida?

ALBANO:

No es poco bien conocerte.

FENISA:

   Albano, si no has sabido
esta condición que el cielo
me ha dado, que oigas te pido,
porque cese tu desvelo
de competir con mi olvido.
   Yo tuve en mi nacimiento
una estrella que me obliga
a que en este mar violento
peces busque, peces siga,
como otros aves del viento.
   ¿No has visto que un gran señor
va por los valles y cerros,
despeñado cazador,
ya con aves, ya con perros,
sin temer nieve o calor?
   Pues eso mismo hay en mí,
pero apliqueme a pescar;
y a eso vengo por aquí.
Tiendo la red en el mar,
que es la estrella en que nací.

FENISA:

   Ojos y lengua son cebo
del anzuelo deste amor;
si pica y es bobo y nuevo,
doyle cuerda, y del favor
asido un año le llevo.
   Si es inútil y está diestro,
aunque caiga, vuelve al mar,
porque ofendida me muestro
que, si no ha de aprovechar,
ocupe el anzuelo nuestro.
   Si yo viese la hermosura
mayor que naturaleza
ha dado a mortal criatura;
si viese más gentileza,
más tierno amor, más blandura;
   si viese por mí llorar;
si me viese eternizar
más que Laura y que Beatriz;
si viese un mozo infeliz
de mis balcones colgar;
   si viese que por Fenisa
Píramo se pasa el pecho,
y a Leandro ya en camisa,
mientras no viese provecho,
todo era cosa de risa.

CAMILO:

   ¿Oístelo?

ALBANO:

Ya lo oí.
Escucha, Fenisa.

FENISA:

Di.

ALBANO:

Si hubiese quien llorase,
te amase y te regalase,
¿tendríasle amor?

FENISA:

Eso sí.

ALBANO:

   ¿Con qué te contentarás
para prueba deste amor?

FENISA:

Necio por estremo estás.
¿Quiéresme entender mejor?

ALBANO:

Sí.

FENISA:

Pues declárome más.
   Quien tiene un jardín, ¿qué hace?
Riega, regala, cultiva
la yerba o árbol que nace,
para que después reciba
el fruto que satisface.
   Quien tiene un caballo hermoso
asiste a verle comer,
de su estancia cuidadoso;
hasta el herrar quiere ver,
de sus estampas curioso.

FENISA:

   Mira el freno y el bocado
que lengua y boca no ofenda,
tráele bien enjaezado
y por puntos le encomienda
al solícito criado.
   Bozales le manda hacer
y rizar y componer
de bandas de bizarría;
y todo esto para un día
en que le quiere correr.
   ¿Hasme entendido?

ALBANO:

Bien creo
que te entiendo.

FENISA:

Pues ¿qué aguardas
a conocer mi deseo?

Sale LUCINDO, TRISTÁN, hombre de mar, uno mercader y otro criado.
LUCINDO:

¿Has contentado las guardas?

TRISTÁN:

Que quedan contentas creo.
   Toda la ropa está fuera,
no queda cosa en la nave.

LUCINDO:

¡Oh, Sicilia!

TRISTÁN:

¿Qué te altera?

LUCINDO:

¡Qué bien, tras tanto mar, sabe,
Tristán, la verde ribera!

TRISTÁN:

   Diraslo por las mujeres
que pasean por la playa.

LUCINDO:

¡Qué mal conocerme quieres!
No hayas miedo tú que vaya
por el mar de sus placeres
   esta nave de mi edad,
aunque bonanza prometa,
porque no hay seguridad,
en la mujer más perfeta,
de mudanza o libertad.
   Advierte que no te digo
perfeta en virtud.

TRISTÁN:

Pues ¿qué?

LUCINDO:

En amar.

TRISTÁN:

Amor bendigo.
¡Plega a Dios que no te dé
de esa libertad castigo!

LUCINDO:

   Si mi padre aquí me envía
desde Valencia, Tristán,
con esta mercadería,
y mis deudos, que allá están,
con hacienda suya o mía;
   si de lo que he de vender
tengo de cargar de trigo,
¿por qué me nombras mujer,
que es el mayor enemigo
del trato del mercader?
   Ni el fiar ni el porfiar,
ni el alzarse, ni el quebrar,
ni el no pagar los señores,
ni el morirse los deudores,
ni la inclemencia del mar,
   igualan a que se arroje
un mercader a querer,
ni hay pirata que despoje
como una hermosa mujer
que entre los brazos le coge.

TRISTÁN:

   ¡Plega al cielo que te dure
tan alto conocimiento!

ALBANO:

En fin, ¿dices que procure
regalarte?

FENISA:

Ese es mi intento,
porque el amor se asegure;
   que no puede amor durar
sin fundamento y estribo.

ALBANO:

Y ¿qué es el estribo?

FENISA:

El dar,
porque es, no habiendo dativo,
cantar mal y porfiar.

ALBANO:

   Voy a tratar de tu gusto;
dame esta noche licencia.

FENISA:

Si me regalas, ¿no es justo?

ALBANO:

Perdiendo voy la paciencia.

CAMILO:

Yo siento vuestro disgusto.
   ¿Pensáis regalarla?

ALBANO:

Sí,
que estoy muriendo por ella.

CAMILO:

¿No os desapasiona aquí
verla interesable?

ALBANO:

Es bella,
y más me amartela ansí.
   Este interés y desdén
me obliga a ver si la venzo.
Vanse CAMILO y ALBANO.

FENISA:

El hombre parece bien.

CELIA:

Pues llega a hablarle.

FENISA:

Comienzo.
¿Fuéronse?

CELIA:

Ya no se ven.

FENISA:

   ¿Parécete pez el hombre
que me será de provecho?

CELIA:

Llega y pregunta su nombre.

FENISA:

¡Por mi vida, que es bien hecho!
   Dios os guarde, gentilhombre.

LUCINDO:

Y a vos os dé un rico esposo,
si sois libre; y si tenéis
marido -pues fue dichoso
en ser vuestro-, le gocéis
sin pensamiento celoso.
   ¿Qué es lo que queréis de mí?

FENISA:

¿Cuándo llegastes aquí?

LUCINDO:

Hoy vi la tierra y la aurora
juntas, pero el sol agora,
que hasta veros no le vi.

FENISA:

   Con poética licencia
me habéis hecho vuestro sol.

LUCINDO:

Diomela vuestra presencia.

FENISA:

¿Qué nación?

LUCINDO:

Soy español.

FENISA:

¿De qué parte?

LUCINDO:

De Valencia.

FENISA:

   Si fuérades de Toledo,
tenía qué preguntaros.

LUCINDO:

Solo de Valencia puedo...

TRISTÁN:

¿Puedo yo también hablaros?

CELIA:

Bien puede, estandose quedo.

TRISTÁN:

   Va de quedo, y digo ansí:
¿quién es aquesta su ama?

CELIA:

Una dama.

TRISTÁN:

¿Dama?

CELIA:

Sí.

TRISTÁN:

Y ¿de qué manera es dama?

CELIA:

¿Eso me pregunta a mí?

TRISTÁN:

   Pues ¿está mal preguntado?

CELIA:

¿Cómo es él hombre?

TRISTÁN:

Formado
de cuatro elementos soy,
tengo alma y cuerpo, y estoy
de potencias adornado;
   diferénciome a mujer
en las barbas y el valor.
No me mande proceder,
sino advierta que, en rigor,
dama es oficio, y no es ser.
   Doncellas suelen decir
a muchas, sin advertir
que se han de diferenciar:
que hay doncellas de casar
y doncellas de servir;
   y así dama ha de tener
su diferencia forzosa.

CELIA:

Por lo menos es mujer
discreta, gallarda, hermosa
y de honrado proceder.

TRISTÁN:

   Y ¿qué busca por aquí?

CELIA:

Nuevas de un perdido hermano.

TRISTÁN:

Peligro corréis ansí.

CELIA:

¿Peligro?

TRISTÁN:

Luego ¿no es llano?

CELIA:

¿No es tierra segura?

TRISTÁN:

Sí,
   pero el mar estos altivos
peñascos quiere exceder
y sus límites nativos;
sin duda os quiere prender
por pescados fugitivos.

CELIA:

   ¡Lindo bellaco!

TRISTÁN:

¿Yo lindo?

CELIA:

¿Tu conmigo españolizas?

FENISA:

Digo, mi bien, que me rindo.

LUCINDO:

Esta humildad solemnizas.

FENISA:

Dime tu nombre.

LUCINDO:

Lucindo.

FENISA:

   Si nombre de luz tenías,
¿qué mucho que me encendieses?

LUCINDO:

Las desconfianzas mías
querría que conocieses.

FENISA:

Español, ¿tú desconfías?

LUCINDO:

   Pues ¿no ha de desconfiar
un forastero?

FENISA:

No sé...
¡Nunca yo viniera al mar,
pues otro en su playa hallé,
donde me pienso anegar!

LUCINDO:

   ¿Que te he parecido bien?

FENISA:

No sé cómo te encarezcan
estos mis ojos tan bien
ese talle, sin que crezcan
las aguas del mar que ven.
   Pero ¿qué digo? No más.
Loca estoy. Hombre, ¿qué es esto?
¡Jesús! ¿Qué hechizos me das?

LUCINDO:

¡Tan presto!

FENISA:

¡Ay, Dios! Vete presto;
mas, espera, ¿adónde vas?

LUCINDO:

   A la posada; es forzoso.

FENISA:

Si por mis deudos no fuera,
dulce español generoso,
en mi casa te la diera,
como en el alma es forzoso;
   pero bien podrás entrar
con decir que de mi hermano
sabes nuevas.

LUCINDO:

¿Que hay lugar?

FENISA:

Sígueme.

LUCINDO:

Dame esa mano,
que te la quiero besar.

FENISA:

   Espera, a Celia hablaré,
para que avisada esté.

LUCINDO:

Y yo a este criado mío.

FENISA:

Celia...

CELIA:

Señora...

FENISA:

Confío
que lo que buscaba hallé.
   No ha venido forastero
a Sicilia en muchos años,
mercader o caballero,
donde puedan mis engaños
pescar tan lindo dinero.
   Una nave trae cargada
de paños, medias y rasos.

CELIA:

¿Hate dicho la posada?

FENISA:

Ya la sé.

CELIA:

¡Dichosos pasos
y tarde bien empleada!
   Y ¿qué modo de hombre es él?
¿Es negocio moscatel
o discreto vergonzoso?
¿Procede a lo generoso?

FENISA:

Cayó como mosca en miel;
   díjele cuatro dulzuras,
encarecile su talle
y está mortal.

CELIA:

¿Qué procuras?

FENISA:

El cuerpo en cueros dejalle
y el alma con mataduras.
   Tápate y vamos de aquí,
porque nos venga siguiendo.
Vanse las dos.

TRISTÁN:

¿Eso te ha pasado?

LUCINDO:

Sí.

TRISTÁN:

¿Qué mujer es?

LUCINDO:

No lo entiendo.

TRISTÁN:

Mas que se burla de ti.

LUCINDO:

   ¿De mí? Pues, ¿qué me ha tomado?

TRISTÁN:

¿Qué piensas tú que es mirar
y hablar tierno y regalado?
Escrituras de pagar
lo que se hubiere gozado.
   Y para que no te asombre
esta mi nueva opinión,
advierte que, hablando un hombre
con las mujeres que son
deste trato y deste nombre,
   los ojos están diciendo:
«Sepan cuantos esta vieren
que nos estamos rindiendo
a pagar cuanto quisieren
los que nos están vendiendo.
   Y renunciamos las leyes
que al discreto dan los reyes,
y al galán por su decoro,
mas no sé si las de Toro,
que donde hay labranza, hay bueyes».
   Solamente mientras trata,
la de la non numerata
pecunia queda en su fuerza.

LUCINDO:

Aquí, Tristán, ¿quién me fuerza,
quién me obliga, quién me mata?
   Si dije que iría tras ella,
fue porque la vi tan bella.
Pero también puede ser
una principal mujer
y alguna ilustre doncella.

TRISTÁN:

   ¿Doncella y ilustre? No;
que mujer que tiene lustre,
con alguno se le dio.

LUCINDO:

Pues siendo una dama ilustre,
¿qué pierdo en servirla yo?

TRISTÁN:

   ¡Dama ilustre junto al mar!

LUCINDO:

¿No pudo salir a ver?

TRISTÁN:

Pudo salir a pescar.
Buscona debe de ser.
Mas, ¿qué te ha de rebuscar?

LUCINDO:

   Ahora bien, ¿qué puede hacer
esta mujer, si es mujer
que busca?

TRISTÁN:

Notable daño,
porque de su falso engaño
todo se puede creer.

LUCINDO:

   ¿Es tomarme mi dinero?

TRISTÁN:

Y eso, ¿es poco?

LUCINDO:

No he vendido,
puesto que vender espero
lo que a Sicilia he traído.

TRISTÁN:

Tú eres lindo majadero.
   ¿No se lo darás después?

LUCINDO:

No la veré después.

TRISTÁN:

Vamos,
que apenas mueve los pies
para que no la perdamos...
Pero temo que le des
   el dinerillo que llevas.

LUCINDO:

Guarda tú la bolsa allá.

TRISTÁN:

Muestra, pero no te atrevas
a dar la cadena.

LUCINDO:

Está
con llave y con guardas nuevas.

TRISTÁN:

   ¡Quítatela, por mi vida!

LUCINDO:

Toma, guárdala también.

TRISTÁN:

No te enfades que te pida
esas dos sortijas.

LUCINDO:

Bien.

TRISTÁN:

Es esa piedra escogida;
   que el decir que los amantes
tiran por las calles piedras,
es por piedras semejantes;
que, a una piedra, tales yedras
   son a consumir bastantes.

LUCINDO:

Eso se suele entender,
porque locos suelen ser.

TRISTÁN:

Otro sentido has de dalle:
diamantes echa en la calle
quien sirve una vil mujer.

LUCINDO:

   Sin diamantes y dinero
y sin cadena voy.

TRISTÁN:

Vamos,
que si mar la considero,
con causa nos desnudamos
para pasarla primero.
Vanse. Sale DINARDA, en hábito de hombre de camino, y dos pajes, BERNARDO y FABIO.

DINARDA:

   Parece que escupe el mar
muchachos a la ribera.

BERNARDO:

La tierra sé que me espera,
la tierra quiero besar.

FABIO:

   Es madre la tierra, en fin,
y como madre sustenta.

DINARDA:

¡Qué temeraria tormenta!

BERNARDO:

No te faltara un delfín,
   en quien hallaras ventura,
que te sacara del mar,
como al otro por cantar,
a ti por tanta hermosura.

DINARDA:

   ¿Qué habemos de hacer los tres,
ya que a Sicilia llegamos,
sin dineros y sin amos?

BERNARDO:

Servir.

DINARDA:

¿Servir?

BERNARDO:

Servir, pues.

DINARDA:

   Yo pienso hacerme soldado,
y sueldo del Rey tirar.

FABIO:

Yo no me pienso soldar
porque nunca fui quebrado,
   pero si hay un capitán,
le llevaré la jineta.

BERNARDO:

¡Por Dios, que es cosa sujeta!

FABIO:

Cuantos nacieron lo están.

BERNARDO:

   ¿Cuantos nacieron?

FABIO:

Sí.

BERNARDO:

¿Cómo?

FABIO:

El rey sirve de ser rey,
de hacer justicia, dar ley;
el señor, de mayordomo,
   de camarero, de ser
gentilhombre o de la boca,
o el oficio que le toca
a su pesar o placer;
   el prelado, de acudir
a su iglesia diligente;
al gobierno, el presidente;
el oidor también a oír;
   el alguacil, a prender;
el alcalde, a castigar;
el que es letrado, a abogar,
a defender o ofender;
   al proceso, el escribano;
al enfermo, el que es doctor;
el oficial, al señor;
y al hidalgo, el que es villano;
   la casada, a su marido;
a su padre, la doncella,
y el padre la sirve a ella
en la comida y vestido...

FABIO:

   Mas ¿de qué sirve alargarse?
¿Quién hay que no sirva aquí
en darse a comer a sí,
en vestirse y desnudarse?
   Diógenes con ventaja
solamente no sirvió,
pero dicen que vivió
metido en una tinaja.

BERNARDO:

   Verdad es que, a sí o alguno,
todos sirven, mas quisiera
que entre los tres no sirviera
ninguno, Fabio, a ninguno.
   Los tres somos españoles,
que, en saliendo de su tierra,
o sea en paz o sea en guerra,
se hacen príncipes y soles.
   Hagamos lo mismo acá
y, pues de España venimos,
parezcamos lo que fuimos.

DINARDA:

Bien dice.

FABIO:

Bien dicho está.
   Oíd: echemos los tres
suertes quién será el señor,
y al que saliere, en rigor,
sirvan los dos.

DINARDA:

Justo es.

BERNARDO:

   Añadirémosle un don,
diremos que es caballero,
y aunque con poco dinero,
tendrá mucha presunción.
   Acudirá a los soldados,
acompañará al Virrey,
darále ventaja el Rey
y las pagas de criados,
   con que alguna principal
mujer de Sicilia venga
donde, por ventura, tenga
ventura a español igual.
   ¿Qué os parece?

DINARDA:

Que pareces
hombre de Toledo, en fin.

BERNARDO:

¿No es mejor que un amo ruin?

DINARDA:

Digo que sí treinta veces;
   porque, en efeto, es servir
a un bellaco mentecato,
que a tres holas tire un plato.

FABIO:

Sí, pero habéis de advertir
   que, en entrando en la posada,
juntos hemos de comer,
porque señor no ha de haber,
si está la puerta cerrada.

DINARDA:

   Bien ha dicho.

BERNARDO:

Va de suerte.
Tres reales tengo aquí.

FABIO:

¿Son de España todos?

BERNARDO:

Sí.

DINARDA:

Pues bien, ¿de qué nos advierte?

BERNARDO:

   Ponlos en este sombrero.
El uno es real castellano,
el segundo valenciano
y de Navarra el tercero;
   quien sacare el de Castilla,
ese es rey.

FABIO:

Meto la mano.
Yo he sacado el valenciano.

BERNARDO:

Perdiste.

FABIO:

No es maravilla.

BERNARDO:

   Saca tú.

DINARDA:

Saco.

FABIO:

El que queda
me toca.

DINARDA:

Y ser dueño a mí.

FABIO:

¿Es el de Castilla?

DINARDA:

Sí.

FABIO:

El premio se te conceda.

BERNARDO:

   Sea en buen hora el señor.

FABIO:

Bien está empleado en ti,
que aunque me cayera a mí,
no fuera el gusto mayor.

BERNARDO:

   Por muchos años y buenos
seas dueño de los dos.

DINARDA:

Para serviros, ¡por Dios!,
puedo decir a lo menos.

FABIO:

   Con mil razones la suerte
cayó en tu gentil persona.

DINARDA:

Quita el gentil y perdona.

BERNARDO:

Va de nombre.

DINARDA:

Venga.

BERNARDO:

Advierte:
   haste de llamar don Juan.

DINARDA:

¿De qué?

BERNARDO:

Escoge.

DINARDA:

Escoger quiero,
que no seré yo el primero.

FABIO:

Famoso nombre es Guzmán.

DINARDA:

   Tómasele ya quienquiera.

FABIO:

Será Mendoza.

DINARDA:

Peor,
que no hay morisco aguador
que no se enmendoce.

BERNARDO:

Espera.
   ¿Quieres Sandoval o Rojas,
Manrique, Zúñiga, Lara,
Cárdenas, Enríquez?

DINARDA:

Para;
todo el calendario arrojas.
   El Lara escojo no más:
don Juan de Lara es mi nombre.

BERNARDO:

¡Por Dios, que vas gentilhombre!

DINARDA:

¿Habéis de venir detrás?

BERNARDO:

   Pues, ¿eso dudas?

DINARDA:

Aquí
se ve la industria española.
¡Hola, pajes!

BERNARDO:

¡Señor!

DINARDA:

¡Hola!

FABIO:

¡Señor!

DINARDA:

Venid por aquí.

Vanse, y salen FENISA y CELIA, y LUCINDO y TRISTÁN.

FENISA:

    Siéntate, por vida mía.

LUCINDO:

¿No ves que es tarde, mi bien?

FENISA:

Lo que en mí es amor, también
en ti ha de ser cortesía.

LUCINDO:

   Alégrame tanto el ver
tu casa tan bien compuesta,
que esto tengo por más fiesta
que sentarme.

FENISA:

Hazme un placer:
   que lo que te diere gusto
lo lleves a tu posada.

LUCINDO:

No me dará gusto nada
con partido tan injusto.
   ¡Qué bella Cleopatra!

FENISA:

Bella,
porque amando se mató;
que ya por ti hiciera yo
lo que por Antonio ella.

LUCINDO:

   ¡Qué bello Narciso!

FENISA:

¡Ay, Dios!
No te mires como él;
y si has de ser tan crüel,
parezcámonos los dos:
   tú en decir amores tales
y yo en ser Eco a tu llanto.
¿Ríeste?

LUCINDO:

De oír me espanto
que con Narciso me iguales.
   No soy, Fenisa, más hombre
que lindo, robusto y fuerte.
¡Oh, qué Porcia!

FENISA:

De su muerte
no quiere amor que me asombre;
   que las brasas, los enojos
con que muere, de amor loca,
si le entraron por la boca,
me entran a mí por los ojos.

LUCINDO:

   ¿Es este Adonis?

FENISA:

Ansí
te imagino yo, viniendo
de caza... ¿Qué estás diciendo?

LUCINDO:

Que parezco al jabalí.
   Y lo que aquí cierto es,
es que eres Venus hermosa,
por cuya sangre la rosa
nació de tus blancos pies.
   Aquí está la griega Elena.

FENISA:

Y el mismo Paris en ti.

LUCINDO:

¡Buena cama!

FENISA:

Limpia sí,
y por tu esperanza buena.
   Mas ¿cómo se me olvidó
regalarte?...

LUCINDO:

Deja agora
regalos.

FENISA:

Celia...

CELIA:

Señora...

FENISA:

Este ¿es mentecato?

CELIA:

No.

FENISA:

   Pues, ¿qué sientes?

CELIA:

Que es discreto.

FENISA:

¿En qué lo has visto?

CELIA:

En que ya
viene sin cadena acá.

FENISA:

No lo advertí, te prometo.
   Quedo, sin cadena viene.
Él es bellaco.

CELIA:

Y ¡qué tal!
Lo que intentas saldrá mal.

FENISA:

¿Por qué?

CELIA:

Gran defensa tiene.

FENISA:

   Engañar, Celia, un cuitado
barbitonto, boquinecio,
no fuera hazaña de precio
ni digna de humor taimado;
   pasmar un ingenio agudo
es lo que se ha de estimar.
¿Cadena sabéis guardar?

CELIA:

Y que se la pesques dudo.

FENISA:

   Estudiar con más cuidado;
que engañar a un cauteloso
es pleito dificultoso
que hace estudiar al letrado.
   Ábreme esa librería
de engaños, trazas y enredos.

LUCINDO:

Aparte.
¿Qué temes?

TRISTÁN:

Tengo mil miedos
a tu humor y cortesía.
   ¡Guarda que te ha de engañar!

LUCINDO:

¿En qué, pues tienes el oro?

FENISA:

Circe, tu deidad imploro.

CELIA:

¿El cebo quieres gastar?

FENISA:

   Ve por el primer anzuelo.
Traigan aquí colación.
Siéntate, amores.

LUCINDO:

Que son
términos nobles, recelo.
   ¿Qué he de perder en sentarme?
Siéntase en dos sillas.

TRISTÁN:

¿Ya te asientas?

LUCINDO:

Calla, loco.

FENISA:

Háblame, mi vida, un poco;
que está en tu mano alegrarme.

LUCINDO:

   ¿Qué te diré?

FENISA:

Que me quieres,
aunque mientas.

LUCINDO:

No estoy muerto;
mas bien te quiero por cierto.

FENISA:

¿Por cierto? ¡Oh, qué lindo eres!
   ¿Qué es por cierto? ¿Tú eres, di,
español?

LUCINDO:

Pues, ¿no lo ves?

FENISA:

El por cierto no lo es,
el talle y la lengua sí.
   Yo aseguro que en mil años
no ha pasado otro por cierto
a Italia.

LUCINDO:

Que soy, te advierto,
nuevo por reinos estraños.

FENISA:

   Bien pareces de Valencia.

LUCINDO:

Somos muy tiernos allá.

FENISA:

El por cierto lo dirá.
Jura luego en mi conciencia;
    y queriendo encarecer
lo que a darte gusto cuadre,
di por vida de mi madre,
que bien será menester.
   Vesme estar desatinada
y, cuando desto te advierto,
me respondes un por cierto
envuelto en agua rosada.
   No, español, yo no te agrado,
o tú quieres bien allá,
que ausencia pena te da.
Oye: ¿estás enamorado?
   Por mis ojos, por los tuyos,
por los de amor, aun cïegos,
que te muevas a mis ruegos
y me encarezcas los suyos.
   ¿Son negros, garzos o azules?
¿Qué pelo, qué humor, qué talle?
¿Pensaste agora en su calle?
Ea, no lo disimules;
   en Valencia estás agora.
¿Qué hay nuevo en Valencia? Diga.

TRISTÁN:

¡Oh, socarrona!

LUCINDO:

Mi amiga,
toda Valencia os adora:
   esto hay de nuevo. Y si allá
algún gusto me entretuvo,
hasta veros vida tuvo
y, porque os vi, muerto está.
   Una mujer me quería
dar a su madre por suegra,
entre blanca y pelinegra,
y el ingenio argentería.
   Enviámonos las almas
en papeles cuatro meses,
con requiebros portugueses,
trayendo este amor en palmas.
   Vila en una huerta un día,
más cerca, menos hermosa;
hablela, hallela enfadosa,
tocábala, estaba fría.
   Salí con menos pasión,
y ofreciéndose esta ausencia,
no dejé cosa en Valencia,
fuera de la obligación.

FENISA:

   ¡Ay de mí! ¡Cómo era cierto!
¿Que hombre que a mí me agradase
otra amase y me tratase
con traición?

LUCINDO:

Oye.

FENISA:

Hasme muerto.

LUCINDO:

   ¿Lloras? El lienzo desvía.

TRISTÁN:

¿Hay semejante bellaca?

LUCINDO:

El sol de esas nieblas saca,
regalada prenda mía.
   No me des esos enojos.

FENISA:

A fe que tiene él acá
prendas que trujo de allá.

LUCINDO:

Tormento me dan tus ojos,
   verdades me hacen decir,
mil jarros de agua me dan.

FENISA:

¿Dónde las prendas están?

TRISTÁN:

¿Hay tan notable fingir?

FENISA:

   A fe que era la cadena,
por eso se la quitó.
No lloro sin causa yo.

LUCINDO:

¿La cadena te dio pena?

TRISTÁN:

   Él se ablanda. ¡Vive Dios,
que la cadena se anega!

LUCINDO:

Oye, mi vida, y sosiega.

TRISTÁN:

Cadena, volved por vos.

LUCINDO:

   Como no traigo dinero,
hasta venderla envié
con Tristán...

TRISTÁN:

Yo la llevé
en casa de un caballero.

FENISA:

   Y ¿qué dinero te dio?

TRISTÁN:

No estaba en casa, y dejela.

FENISA:

El picarón me desvela,
pero destos pesco yo.
   ¿El dinero te ha faltado?
Celia...

CELIA:

Señora...

FENISA:

¿No vienes?

CELIA:

Aquí la conserva tienes.
Entra CELIA con dos criados y un escudero con una conserva, paño al hombro, taza y salva.

FENISA:

Come, mi vida, un bocado.
   Ve, Celia, y sácame aquí
el escritorio pequeño.
Melindres come, mi dueño,
del alma que vive en ti;
   come, que ya eres señor
desta casa.

TRISTÁN:

¡Qué criados
tan bien puestos, tan honrados!

LUCINDO:

Tristán...

TRISTÁN:

Señor...

LUCINDO:

Grande error
   es no creer que esta dama
es persona principal.

TRISTÁN:

Hasta agora pensé mal
de sus obras y su fama;
   digo que pido perdón.

FENISA:

¿No bebes?

LUCINDO:

Denme a beber.

TRISTÁN:

Necio has estado en comer.

LUCINDO:

Calla, que ha sido invención;
   que el bocado que cogí
le guardé en el lienzo.

TRISTÁN:

Bien.

LUCINDO:

Y luego fingí también
que le comí.

TRISTÁN:

¿Bebes?

LUCINDO:

Sí.

TRISTÁN:

   No bebas.

LUCINDO:

¿Qué puede haber
en el vino?

TRISTÁN:

Mucho mal.

FENISA:

No ha comido. ¿Hay cosa igual?
Demonio debe de ser.

LUCINDO:

   Agua bebo.

FENISA:

Agua le den.

LUCINDO:

En agua no habrá sospecha.

FENISA:

Este mi engaño sospecha,
y hele de engañar más bien.

Sale CELIA con un escritorio pequeño.

CELIA:

   Ya el escritorio está aquí.

FENISA:

Llégamele luego acá.

CELIA:

¿Tienes la llave?

FENISA:

Aquí está,
que en la manga la metí.

LUCINDO:

   ¿Qué tienes ahí?

FENISA:

Estos días
muy desproveído está;
bagatelas son, que allá
soléis llamar niñerías.
   Estos son guantes, bien puedes
tomar estos cuatro pares.

LUCINDO:

¿Son de ámbar?

FENISA:

Sí, no repares.

LUCINDO:

Hácesme dos mil mercedes.

FENISA:

   Pastillas has menester;
no son limpias las posadas.
Seis docenas estremadas
me envió una monja ayer.
   Toma, en ese papel van.
¿Qué tengo yo más que darte?

LUCINDO:

¿Con qué puedo yo pagarte?
Perdidos vamos, Tristán.

TRISTÁN:

   En estraña confusión
te ha puesto aquesta mujer.

FENISA:

Medias solía tener
de Nápoles.

LUCINDO:

Buenas son.

FENISA:

   Tristán...

TRISTÁN:

Señora...

FENISA:

Aquí van
dos pares.

TRISTÁN:

Guárdete Dios.

FENISA:

También las hay para vos;
tomad.

LUCINDO:

¿Qué es esto, Tristán?

TRISTÁN:

   ¿Qué ha de ser? Indias cifradas
en escritorios de amor.

LUCINDO:

Hácenos tanto favor,
que están las manos turbadas.

FENISA:

   Toma este bolsillo.

LUCINDO:

Beso
tus manos. Escucha.

FENISA:

Di.

LUCINDO:

Dineros suenan aquí,
y lo mismo dice el peso.

FENISA:

   Cien escudos hallarás,
mientras no tienes dinero;
y por lo que yo te quiero,
que vayas pidiendo más;
   que cuando muchos te sobren,
me lo pagarás, si quieres.

LUCINDO:

Hija de Alejandro eres.

LISEO:

Yo te juro que se cobren.

ESCUDERO:

   ¿Qué pez es este?

LISEO:

No sé.

ESTACIO:

Un mercader valenciano.

LISEO:

Ganando va por la mano.

CELIA:

Perderáse por el pie.

ESTACIO:

   Pues que Fenisa le fía,
hipotecado tendrá.

LUCINDO:

Mi señora, tarde es ya,
y también la hacienda mía
   quiere un poco de cuidado.

FENISA:

El cielo vaya contigo.
¿Haste de acordar, amigo,
del alma que me has llevado?

LUCINDO:

   Cadenas de obligaciones
me acordarán mi ventura,
pues, sin las de tu hermosura,
en las que llevo me pones.
   Pienso que sabré pagarte,
aunque si esta nave fuera
de oro puro, no pudiera
deste bien mínima parte.
   ¡Ojalá fueran sus jarcias
cuerdas de perlas de Oriente,
[.......................................]
[.......................................]
   el corredor de su popa
fuera de diamantes hecho,
de historias varias el techo,
del pincel mejor de Europa;
   y para arrastrar en faldas
de tu ropa ricas telas,
fueran brocado sus velas,
sus árboles de esmeraldas,
   la jareta de cadenas,
los trinquetes y mesanas
de rubíes como granas
y de coral las entenas!
   Esta te diera en presente
y, en la mitad del fogón,
pusiera mi corazón,
porque ardiera eternamente.

FENISA:

   Guárdeteme Dios mil años.
¡Hola! Acompañalde todos.

LUCINDO:

¿Qué es esto?

TRISTÁN:

Notables modos...

LUCINDO:

¿De qué?

TRISTÁN:

De amor o de engaños.

LUCINDO:

   Yo presumo que es amor;
que amor en obras se ve.

TRISTÁN:

En el fin te lo diré,
que allá se sabrá mejor.
Vanse LUCINDO, TRISTÁN y criados.

CELIA:

   A mucho te has atrevido.

FENISA:

Esta es ganancia segura.

CELIA:

Así Dios me dé ventura,
que pienso que te ha entendido.

FENISA:

   Pues ¿qué gusto puede haber
como avisar y engañar?

Entra el capitán OSORIO, DINARDA en hábito de caballero, BERNARDO y FABIO, pajes.
OSORIO:

¿Puedo entrar?

FENISA:

Puedes entrar.

OSORIO:

Un huésped traigo a comer.

DINARDA:

   Vuesa merced, mi señora,
me tenga por su criado.

FENISA:

Seáis, señor, bien llegado.
¿Es de España?

OSORIO:

Y llega agora.

FENISA:

   ¿Caballero?

OSORIO:

¿No lo ves?

FENISA:

¿El nombre?

OSORIO:

Don Juan de Lara.

FENISA:

Buena cara.

OSORIO:

Linda cara.

DINARDA:

Partí de España habrá un mes,
   llegué a Sicilia en el día
de mi vida más dichoso,
pues veo ese rostro hermoso.

FENISA:

Estimo la cortesía.
   ¿A qué venís?

DINARDA:

A servir
al Rey con los alimentos
de padre y madre avarientos,
hasta quererse morir.

FENISA:

   Dios los despache a su cielo.

DINARDA:

Pajes...

BERNARDO:

Señor...

DINARDA:

Responded.

FABIO:

Amén.

DINARDA:

Notable merced
me hiciera.

FENISA:

¡Gentil mozuelo!

DINARDA:

   Llegué a un corro de soldados,
hallé al señor capitán,
que es de mi tierra y que están
deudos con deudas casados;
   ofreciome su posada,
y, para mayor favor,
me trujo aquí.

FENISA:

Obliga amor
ver vuestra persona honrada;
   no hay cartas más efectivas,
para que el favor se halle,
que la buena cara y talle.

OSORIO:

Comamos, Celia, ansí vivas.

CELIA:

   Ya está todo prevenido.

BERNARDO:

Fabio...

FABIO:

¿Qué?

BERNARDO:

Ya la picaña
se inclina al humor de España.

FABIO:

Hablándose están de oído.

BERNARDO:

   En entrándose, me llego.

FABIO:

¿A quién?

BERNARDO:

A la francisquina.

FABIO:

Mas ¿qué? ¿Tenemos mohína?

BERNARDO:

Aqueso niego y reniego,
   que está la mujer por mía
desde que el umbral pisé.

OSORIO:

¿Ya me dais celos?

FENISA:

¿De qué?
Vos me enseñáis cortesía.

OSORIO:

   Vamos, que yo gusto mucho
que honréis al señor don Juan.

DINARDA:

Tiernas las hembras están.

FENISA:

Escucha, Celia.

CELIA:

Ya escucho.

FENISA:

   ¡Notable español!

CELIA:

Gallardo.

FENISA:

En mi vida tuve amor,
pero ya fuera mejor
no haberle visto.

CELIA:

Eso aguardo.

FENISA:

   De Sevilla dice que es.

CELIA:

Es gente en estremo airosa.

FENISA:

Fuera de la cara hermosa,
me matan piernas y pies.

CELIA:

   Tienes lindo gusto.

FENISA:

El mío
este despejo procura,
que del hombre la hermosura
consiste en piernas y brío.

OSORIO:

   Venid, don Juan, a comer.

DINARDA:

Pajes...

BERNARDO:

Señor...

DINARDA:

¡Bueno va!

BERNARDO:

¿Pica?

DINARDA:

Picada está ya,
aunque fue sin alfiler.