El Zarco/Capítulo V

A la sazón que esto pasaba en yautepec, a un costado de la hacienda de Atlihuayan, y por un camino pedregoso y empinado que bajaba de las montañas, y que se veía flanqueado por altas malezas y coposos árboles, descendía poco a poco y cantando, con voz aguda y alegre, un gallardo jinete montado en brioso alazán que parecía impacientarse, marchando tortuosamente en aquel sendero en que resonaban echando chispas sus herraduras.

El jinete lo contenía a cada paso, y en la actitud más tranquila, parecía abandonarse a una deliciosa meditación, cruzando una pierna sobre la cabeza de la silla, como las mujeres, mientras que entonaba, repitiéndola distraído, una copla de una canción extraña, compuesta por bandidos y muy conocida entonces en aquellos lugares:


Mucho me gusta la plata,

pero más me gusta el lustre,

por eso cargo mi reata

pa la mujer que me guste.


El jinete, caminando así a mujeriegas, no parecía darse prisa por bajar al llano, y de cuando en cuando se detenía un momento, para dejar que su caballo respirara y para contemplar la luna por los claros que solían dejar los árboles de la montaña. Así, mirándola atentamente, observaba también las estrellas y parecía averiguar la hora, como si estuviese pendiente de una cita.

Por fin, al dar vuelta un recodo del camino, los árboles fueron siendo más raros, las malezas más pequeñas, el sendero se ensanchaba y era menos áspero, parecía que la colina ondulaba suavemente y todo anunciaba la proximidad de la llanura. Luego que el jinete observó este aspecto menos salvaje que el que había dejado atrás de él, se detuvo un instante, alargó la pierna que traía cruzada, se estiró perezosamente, se afirmó en los estribos, examinó con rapidez las dos pistolas que traía en la cintura y el mosquete que colgaba en la funda de su silla, al lado derecho y atrás, como se usaba entonces; después de lo cual desenredó cuidadosamente la banda roja de lana que abrigaba su cuello, y volvió a ponérsela, pero cubriéndose con ella el rostro hasta cerca de los ojos. Después se desvió un poco del camino y se dirigió a una pequeña explanada que allí había, y se puso a examinar el paisaje.

La luna había aparecido ya sobre el horizonte y ascendía con majestad en el cielo por entre grupos de nubes. A lo lejos, las montañas y las colinas formaban un marco negro y espeso al cuadro gris en que se destacaban las oscuras masas de las haciendas, la faja enorme de Yautepec, los cerros y las arboledas, y al pie de la colina que servía de mirador al jinete se veían distintamente los campos de caña de Atlihuayan, salpicados de luciérnagas, y en medio de ellos los grandes edificios de la hacienda con sus altas chimeneas, sus bóvedas y sus ventanas llenas de luz. Aún se escuchaba el ruido de las máquinas y el rumor lejano de los trabajadores y el canto melancólico con que los pobres mulatos, a semejanza de sus abuelos los esclavos, entretienen sus fatigas o dan fin a sus tareas del día.

Ese aspecto tranquilo y apacible de la naturaleza y ese santo rumor de trabajo y de movimiento que parecía un himno de virtud, no parecieron hacer mella ninguna en el ánimo del jinete, que sólo se preocupaba de la hora, porque después de haber permanecido en muda contemplación por espacio de algunos minutos, se apeó del caballo, estuvo paseándolo un rato en aquella meseta, después apretó el cincho, montó, e interrogando de nuevo a la luna y a las estrellas, continuó su camino cautelosamente y en silencio. A poco estaba ya en la llanura y entraba en un ancho sendero que conducía a la tranca de la hacienda; pero al llegar a una encrucijada tornó el camino que iba a Yautepec, dejando la hacienda a su espalda.

Apenas acababa de entrar en él andando al paso, cuando vio pasar a poca distancia, y caminando en dirección opuesta, a otro jinete que también iba al paso, montado en un magnífico caballo oscuro.

-¡Es el herrero de Atlihuayan! -dijo en voz baja, inclinando la ancha faja de su sombrero para no ser visto, aunque la bufanda de lana le cubría el semblante hasta los ojos.

Después murmuró, volviendo ligeramente la cabeza para ver al jinete, que se alejaba con lentitud:

-¡Qué buenos caballos tiene este indio! ... Pero no se deja ... ¡Ya veremos! -añadió con acento amenazador.

Y continuó marchando hasta llegar cerca de la población de Yautepec. Allí dejó el camino real y tomó una veredita que conducía a la caja del río que atraviesa la población. Después siguió por toda la orilla meridional hasta una pequeña curva en que el río, después de encajarse entre dos bordes altos y llenos de maleza, de cactos y de árboles silvestres, desemboca en un terreno llano y arenoso, antes de correr entre las dos hileras de extensas y espesísimas huertas que lo flanquean en la población.

Allí la luna daba de lleno sobre el campo, rielando en las aguas cristalinas del río, y a su luz pudo verse perfectamente al jinete misterioso que había bajado de la montaña.

Era un joven como de treinta años, alto, bien proporcionado de espaldas hercúleas y cubierto literalmente de plata. El caballo que montaba era un soberbio alazán, de buena alzada, musculoso, de encuentro robusto, de pezuñas pequeñas, de ancas poderosas como todos los caballos montañeses, de cuello fino y de cabeza inteligente y erguida. Era lo que llaman los rancheros un caballo de pelea. El jinete estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros, los más charros de hoy. Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados de plata, calzoneras con doble hilera de chapetones de plata. unidos por cadenillas y agujetas del mismo metal; cubríase con un sombrero de lana oscura, de alas grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo de ellas una ancha y espesa cinta de galón de plata bordada con estrellas de oro; rodeaba la copa redonda y achatada una doble toquilla de plata, sobre la cual caían a cada lado dos chapetas también de plata, en forma de bulas rematando en anillos de oro. Llevaba, además de la bufanda de lana con que se cubría el rostro, una camisa también de lana debajo del chaleco y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón se ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena de cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de plata metido en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba bordada profusamente de plata; la cabeza grande era una maca de ese metal, lo mismo que la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba lleno de chapetes, de estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo negro, de hermoso pelo de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un mosquete, en su funda también bordada, y tras de la teja veíase amarrada una gran capa de hule. Y por dondequiera, plata en los bordados de la silla, en los aciones, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo. Era mucha plata aquella, y se veía patente el esfuerzo; para prodigarla por donde quiera. Era una ostentación insolente, cínica y sin gusto. La luz de la luna hacía brillar todo este conjunto y daba al jinete el aspecto de un extraño fantasma con una especie de armadura de plata; algo como un picador de plaza de toros o como un abigarrado centurión de Semana Santa.

El jinete estuvo examinando durante algunos segundos el lugar. Todo se hallaba tranquilo y silencioso. El llano y los campos de caña se dilataban a lo lejos, cubiertos por la luz plateada de la luna, como por una gasa transparente. Los árboles de las huertas estaban inmóviles. Yautepec parecía un cementerio. Ni una luz en las casas, ni un rumor en las calles. Los mismos pájaros nocturnos parecían dormir y sólo los insectos dejaban oír sus leves silbidos en los platanares, mientras que una nube de cocuyos revoloteaba en las masas de sombra en las arboledas.

La luna estaba en el cenit y eran las once de la noche. El plateado se retiró, después de este rápido examen, a un recodo que hacía el cauce del río junto a un borde lleno de árboles, y allí, perfectamente oculto en la sombra y en la playa seca y arenosa, echó pie a tierra, desató la reata, quitó el freno a su caballo y, teniéndolo del lazo, lo dejó ir a poca distancia a beber agua. Luego que la necesidad del animal estuvo satisfecha, lo enfrenó de nuevo y montó con agilidad sobre él, atravesó el río y se internó en uno de los callejones estrechos y sombríos que desembocan en la ribera y que estaban formados por las cercas de árboles de las huertas.

Anduvo al paso y como recatándose por algunos minutos, hasta llegar junto a las cercas de piedra de una huerta extensa y magnífica. Allí se detuvo al pie de un zapote colosal cuyos ramajes frondosos cubrían como una bóveda toda la anchura del callejón, y procurando penetrar con la vista en la sombra densísima que cubría el cercado, se contentó con articular dos veces seguidas una especie de sonido de llamamiento: ¡Psst ... psst! ... Al que respondió otro de igual naturaleza, desde la cerca, sobre la cual no tardó en aparecer una figura blanca.

-¡Manuelita! -dijo en voz baja el plateado.

-¡Zarco mío, aquí estoy! -respondió una dulce voz de mujer.

Aquel hombre era el Zarco, el famoso bandido cuyo renombre había llenado de terror toda la comarca.