El Criticón (Segunda parte)/Crisi XIII


CRISI DECIMATERCIA

La jaula de todos

Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco, y el corazón hasta los cincuenta, mas el ánimo siempre: gran argumento de su inmortalidad. Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en el medio; llega ya el hombre a su punto, el espíritu a su sazón, el discurso es substancial, el valor cumplido y dictamen de la razón muy ajustado a ella; al fin, todo es madurez y corduda. Desde este punto se había de comenzar a vivir, mas algunos nunca comenzaron y otros cada día comienzan. Esta es la reina de las edades, y si no perfecta absolutamente, con menos imperfecciones, pues no ignorante como la niñez, ni loca como la mocedad, ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al medio día. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades la naturaleza a sus criados: comienza por el rubio y purpurante en la aurora de la niñez, al salir del sol de la juventud, gala de color y de colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de la virtud, librea de la vejez lo cándido.

Había Andrenio llegado a la cumbre de la varonil edad cuando ya Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión, porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el discurso de tan varia vida (que quien mucho vive, mucho experimenta), mas éste les causó harta novedad, porque crecía y menguaba como él quería, estirábase cuando era menester y iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreabase de modo que parecía un gigante, tan descomunal, que hiciera cara al mismo capitán Plaza y aun a Pepo; por otro extremo, cuando a él le parecía se volvía a encoger y se empequeñecía de modo que parecía un pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una virtud tan variable.

—No te admires —le dijo él mismo—, que yo, con los que tratan de empinarse y levantarse a mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal a mal, también sé hacer piernas; pero, con los que se humillan y llevan las cosas de bien a bien, me allano de modo que de mi condición harán cera, cuando más sincera: que tengo por blasón perdonar a los humildes y contrastar los soberbios.

Este, pues, hombre por extremos, habiéndoles desengañado de que el marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte imperial, sino en la romana, con negocios de extraordinaria grandeza, y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y marchar a la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.

—Y porque me empeñé —decía— en mostraros el señorío verdadero, sabed que no consiste en mandar a otros, sino a sí mismo. ¿Qué importa sujete uno todo el mundo, si él no se sujeta a la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos, y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, sino pensión, pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. Asegúroos que no hay tiranía como la de una pasión, y sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto al más bárbaro africano como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas veces querría dormir a sueño suelto el necio amante!, y dícele su pasión: «¡Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo, sino un infierno de estar suspirando toda la noche a los umbrales de la desvanecida belleza!» Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina, y dícele su codicia: «¡Anda, perro, ni una sed de agua, y siempre de dinero!» Suspira el ambicioso por la quietud dichosa, y grítale el deseo de valer: «¡Hola, perro, anda aperreado toda la vida!» ¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? ¡Eh!, que no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón; eso sí que es ser señor, príncipe, rey y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce amistad, el importante valor, la aventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez el mando verdadero, ¿Qué os ha parecido —preguntó el agigantado camarada— de los bravos alemanes?

—Grandes hombres —iba a decir Critilo, cuando perturbó su definición uno que parecía venir huyendo en lo desalentado y a gritos mal distintos repetía:

—¡Guarda, la fiera! ¡Guarda, la mala bestia!

No dejaron de asustarse, y más cuando oyeron repetir lo mismo a otro y a otros, que todos volvían atrás de espanto.

—¿Es posible —dijo Andrenio— que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?

Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo, mas él, con voz intrépida, les animó, diciendo:

—¡No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte!

—¿Cómo suerte —gritó uno de los fugitivos—, si está ahí una fiera tan cruel que no perdona al hombre más persona?

—¿Cómo nos guías por aquí? —instó Critilo.

Y él:

—Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.

Dábase a las furias, oyendo esto, Andrenio, y preguntóle a uno de los menos asustados:

—¿No me dirías qué fiera es ésta? ¿Vístela tú?

—Y aun he experimentado —respondió—, por desgraciada dicha, su fiereza. Éste es un monstruo tan ruin como despiadado, que sólo se sustenta de hombres muy personas. Cada día le han de echar, para su pasto, el mejor hombre que se conoce, un héroe, y por el mismo caso que es conocido y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en gobierno; y, si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza rosa a rosa, estrella a estrella y se la traga, que de las feas y fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran: en habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen, y tal vez sus propios hermanos, que el primer hombre que despedazó, un hermano suyo le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado cuanto más valiente y hazañoso cómo perece hecho víctima de su vilísima rabia.

—¿Pues qué, a los valientes se atreve?

—¿Cómo si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo duque de Feria, y otros tan excelentes: fiero monstruo de deshacer todo lo bueno. ¡Pues ve cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con el gestillo, con el modillo y de todas maneras!

—¡Qué buen gusto debe tener! —dijo Critilo.

—Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, oliendo de cien leguas una eminencia, y rabia por deshacerla. Y así, yo doy voces: «¡Afuera, lindas! ¡A huir, sabios! ¡Guardaos, valientes! ¡Alerta, príncipe! ¡Que viene, que llega rabiando la apocada bestia! ¡Guarda, guarda!»

—¡Eh, aguarda! —dijo el ya enano Gigante—. Por lo menos, no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas las cosas grandes.

—Antes, es muy poca cosa, y aunque no hinca el diente venenoso sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el sol y deslucir las mismas estrellas: los cristales empaña y la plata más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y rara, la toma de ojo y de tema.

—¿No hay un paladín que degüelle esa orca tan perjudicial? —preguntó Andrenio.

—¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño, antes los venga y consuela; no los grandes hombres, porque ella acaba con todos: ¿pues quién le ha de emprender?

—¿Es bruto o persona?

—Algo, aunque poco, tiene de hombre; de mujer mucho, y de fiera todo.

Ya en esto, venía para ellos un rayo en monstruo dando crueles dentelladas, espumando veneno:

—¡Aquí el remedio es —gritó el ya Enano, y mucho menos— no sobresalir en cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna!

Así lo platicaron, y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el imaginado gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los despreció dando la vuelta a su poquedad y vileza.

—¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja? —preguntó el ya otra vez Gigante.

Y Critilo:

—Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que a todos los insignes varones destierra y querría echar del mundo no más de porque lo son. En oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena a no ser oído; al esclarecido, a deslucido; al valiente le hace cargos, transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, a no ser vista; y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.

—¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas? —replicó Andrenio.

—Y hoy pasa en hecho de verdad —le respondió.

—¿Y dónde van a parar tantos buenos?

—¿Dónde? Los valientes a Extremadura y la Mancha, los buenos ingenios a Portugal, los cuerdos a Aragón, los hombres de bien a Castilla, las discretas a Toledo, las hermosas a Granada, los bellos decidores a Sevilla, los varones eminentes a Córdoba, los generosos a Castilla la Nueva, las mujeres honestas y recatadas a Cataluña, y todo lo lucido a parar en la Corte.

—A mí me pareció —dijo Andrenio— en aquel mirar de mal ojo, en el torcer de la boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el enfadillo, que era la Envidia.

—La misma —respondió el Gigante—, aunque ella lo niega.

Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron a un paso inevitable donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos de cómo han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros a medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy cortos, a tres o cuatro dedos de necios, ya por esto, ya por lo otro: uno porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba; éste era ingenioso, pero candido; aquél docto, pero rústico. De modo que ninguno venía al cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos: hablaban unos bien, pero se escuchaban; sabían otros, pero se lo presumían; y todos estos enfadaban. Así, que unos por cortos, otros por largos, unos por carta de más, otros de menos, todos perdían; a unos les faltaba un pedazo de entendimiento, y a otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre mil, venía a ser de la medida, y aun quedaba en opiniones. En viendo el juicioso varón que uno no llegaba, o un otro se pasaba, los mandaba meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos de que siempre estaba llena; que de loco o simple raro es el que se escapa, los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose todos, unos por tontos, otros por locos.

Comenzó a vocearles uno de los que ya estaban dentro, y decía:

—¡Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos! Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y guiados de su gran hombre entraron allá. Vieron cómo los más andaban, pero no discurrían, cada uno con su tema, y alguno con dos, y tal con cuatro. Había caprichosas setas, y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal de linajudo, y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos de todo algunos; los graciosos muy desgraciados; los dejados muy fríos; los porfiados insufribles, los singulares señalados, los valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los vulgares desestimados, los juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle:

—Advertí que ésta es la semilla que más cunde hoy en la tierra, pues da a ciento por uno, y en partes a mil; cada loco hace ciento, y cada uno déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca a un pueblo, y mañana haber cien imitadoras de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan [a] hacer cuerdo un loco, y un loco vuelve orates a cien cuerdos. De nada sieven los cuerdos a los locos; éstos sí hacen gran daño [a] aquéllos; es en tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos, por ver si se remediaría, y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó a dar gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos si no querían que perdiese el juicio en cuatro días.

Era de ponderar cuáles procedían sin parar un punto ni reparar en cosa, y todos fuera de sí metidos en otro de lo que eran, y tal vez todo lo contrario: porque el ignorante se imaginaba sabio, con que no estaba en sí, el nonadilla se creía gran hombre, el vil gran caballero, la fea se soñaba hermosa, la vieja niña, el necio muy discreto. De suerte que ninguno está en sí, ni se conoce ninguno en el caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si estaba en su juicio:

—Hombre del diablo, ¿estáis loco?

—¿Estamos en casa? —decía uno.

—¿Estáis conmigo? —decía otro.

Y a fe estuviera bien apañado si con él. A todos los otros imaginaban sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos cielos, él muy tieso y los otros rodando.

—¡Qué errado anda fulano! —decía éste.

Y respondía el otro:

—¡Qué calzado por agua va él!

Todos se burlaban, unos de otros: el avaro del deshonesto y éste de aquél, el español del francés y el francés del español.

—Hay locura de todo el mundo —filosofaba Critilo—. ¡Y con cuánta razón se llamó jaula de todos!

Iban discurriendo, y toparon los ingleses metidos en una muy alegre jaula.

—¡Qué alegremente se condenan éstos! —dijo Andrenio.

Y respondiéronle estaban allí por vanos:

—Es achaque de la belleza.

Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas, y los polacos a la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los avaros, y del agua, los Narcisos, y éste era simplicísimo elemento; en el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la corte ni en el mundo. Topaban extremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no hacer bien a nadie, y podía.

Preguntóle Andrenio la causa, y respondióle:

—Señor mío, por no morirme luego.

—Antes, no —le replicaron—, que haciendo bien a todos, todos os desearán la vida.

—Engañáisos —respondió él—, que ya el hacer bien sale mal. Y si no, prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa; los más ingratos son los más beneficiados.

—¡Eh!, que ésos son cuatro ruines, y por ellos no han de perder tantos buenos que lo reconocen y agradecen.

—¿Quién son éstos? —dijo él—, y harémosles un elogio. Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que ya sabéis que quien bien te hará, o se te irá, o se te morirá.

A par déste estaba otro gran agorero, y era hombre de porte; en encontrando un bizco, se volvía a casa y no salía en quince días; que si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico perdido.

—¿Qué tenéis? —le preguntó un amigo—. ¿Qué os ha sucedido?

Y él:

—Un grande azar.

—¿Qué?

—Que se volcó el salero en la mesa.

Riólo mucho el otro y díjole:

—Dios os libre no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor agüero que salir ella güera.

Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios y muy ingeniosos, y decía Critilo:

—Señor, que estén aquí los amantes, vaya, que no va sino una letra para amentes; que estén los músicos en su traste, bien; ¡pero hombres de entendimiento!

—¡Oh, sí! —respondía Séneca—, que no hay entendimiento grande sin vena.

Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés; llegaron a términos de perdérselos, y el francés trató al alemán de borracho y éste le llamó loco; diose por muy agraviado el francés, y arremetiendo para él (que siempre procuran ser los agresores, y con eso ganan), juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco, y el alemán, que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía. Púsose de por medio un español, mas aunque echó algunos votos, no podía aplacar al francés.

—No tenéis razón —le dijo—, que si él os ha tratado de loco, vos a él de borracho, con que sois iguales.

—No, mosiur —decía el francés—, más cargado quedo yo: peor es loco que borracho.

—Malo es lo uno y lo otro —replicó el español—, pero la locura es falta y la embriaguez es sobra.

—Así es —dijo el francés—, pero aquello de ser mentecato de alegría es una gran ventaja, es tacha de gusto.

—¡Eh!, que también un loco, si da en rey o papa, pasa una linda vida. Así que no sé yo de qué os dais por tan sentido.

—Siempre estoy en mis trece —dijo el francés—, que yo hallo gran diferencia de loco a borracho.

—¡Porque el uno es mentecato de secano, y el otro de regadío! Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no tienen un adarme de juicio.

—Ésta sí —dijo Critilo— que volverá locos a ciento.

—Y aun a más —dijo Andrenio.

Y fue así, que ella estaba loca, y loca su madre con ella, y loco el marido de celos, y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje, y decía:

—¿A mí, a un hombre como yo, de mi calidad, a un magnate intentar meterlo aquí? ¡Eso no! Si es por esto y esto, yo tuve mi razón; no se ha de dar cuenta de las acciones a todos. Si es por aquello, engáñanse. ¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no las alcanzan? ¿Por qué se meten a censurarlas?; que hay historiador, y aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible, mas los superintendentes de la jaula, tratándole muy mal, hasta ajarle, le llevaban muy contra su voluntad, diciendo:

—Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya a la jaula drecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo, y viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

—¡Eh!, sí, señor —dijeron ellos—, que estos hombres grandes hacen siempre locuras de su tamaño, y mayores cuanto mayores.

—Por lo menos —replicó Critilo—, no le pongáis en el común, sino aparte; haya una jaula retirada para los tales.

Riéronio mucho ellos, y dijeron:

—Señor mío, a quien perdió el mundo entero, todo él sea su jaula.

Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una jaula de loco, más los del gobierno no quisieron; antes, le llevaron a las de los simples, que estaban de otra banda, y fue porque pretendía mandar; que a todos los pretendientes de mando los metían a un dedo del limbo. Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista (que de voluntad y entendimiento, ya es ordinario), y éstos eran los prósperos, los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez, y los que se casaron dos, los engañados entre los bobos, y el que dos veces, jaula doble; señalaron pienso a los de penseque. Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que el primero ya se sabe; nombraron muchos y bien solemnes, antiguos y modernos, en Francia a pares, y en España a nones. Concluyeron la disputa concluyendo el poema del galán Medoro.

Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto a los tristes, los consolados a par de los podridos, los satisfechos de los confiados. Respondió uno que para igualar el peso y el pesar; pero otro, mejor, para que los unos curen con los otros.

—¿Pues qué, sanan algunos?

—Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vio en aquel que, habiéndole sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez, que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto a estar loco. Respondía que ni con él se había hecho el concierto, ni le había hecho buena obra, sino muy mala, en haberle vuelto a su juicio, diciendo que no había tenido mejor vida que cuando estaba loco, pues no sentía los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría: un día se imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el mundo, ya en el paraíso, y siempre en gloria; pero ahora, sano, de todo se consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo. Intimóle que pagase o volviese a ser loco y el escogió esto último.

Llamóles uno con grande instancia que estaba en la jaula de los descontentos. Comenzóles a hablar con grande consecuencia, quejándose de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo dudar si la tendría, porque decía:

—Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre, padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero, soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado, penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones; si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable, menosprecios. Pues ¿qué ha de hacer un hombre, y más si es persona? ¿Quién puede vivir contento sino algún tonto? ¿No os parece que tengo razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta.

Aquí se la conocieron, y grande: mal de muchos, vivir tan satisfechos de su entendimiento cuan descontentos de su poca dicha.

—¡Oh, cuántos —dijo Critilo— echan la culpa de la sobra de su locura a la falta de su ventura!

Muy confiado, uno llegó a entretenerse y a ver las gavias, mas al punto agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que por qué, pues él ni era músico, ni enamorado, ni desvanecido, ni salía fianza por el mismo Creso, ni había confiado en hombres ni fiado de mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos a lo antiguo, ni por los dedos a lo moderno, contando el dinero, ni había llevado plumaje ni ramo, ni se mataba de lo que otros vivían, ni suspiraba de lo que otros daban carcajadas, ni por decir un dicho había perdido un amigo, ni era de alguna de las cuatro naciones, y así que a ningún traste pertenecía. Nada le valió.

—¡Engavíenle! —gritaba el regidor mayor.

Y él:

—¿Por qué?

—Porque él solo se tiene por cuerdo, y aunque no sea loco, puede ser tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por cuerdos que sean, si dan los otros en decirles: «¡Al loco, al loco!», o le han de sacar de tino u de crédito.

Ponderaba Andrenio que casi todos era hombres; no había niños ni muchachos.

—Es que aún no se han enamorado —le respondió uno.

Mas otro:

—¿Cómo han de perder lo que aún no tienen?

Defendía un físico que por ser húmedos de celebro, pero mejor un filósofo, que por vivir sin penas. Trajeron los esbirros un tudesco, y él decía que por yerro de cuenta, que su mal no procedía de sequedad de celebro, sino de sobrada humedad, y aseguraba que nunca más en su juicio que cuando estaba borracho. Dijéronle que en qué se fundaba, y él con toda puridad decía que cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de verdad así va el mundo y todas sus cosas, al revés, nunca más acertado iba él ni mejor le conocía que cuando le miraba al revés, pues entonces le veía al drecho y como se había de mirar. Con todo, cayó de su casa, y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él drecho; y así, le metieron entre los alegres.

Donde quiera que se volvían topaban, o locos o mentecatos, todo el mundo lleno de vacío.

—Yo creí —dijo Andrenio— que todos los locos cabían en un rincón del mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio, y ahora veo que ocupan toda la redondez de la tierra.

—Podíamos responder a eso —dijo uno— lo que el otro en cierta ciudad bien noble y bien florida, que habiéndola paseado con un extranjero y habiéndole mostrado todas las cosas más célebres y más de ver (que eran tan muchas como grandes, soberbios edificios, plazas abundantes, jardines amenísimos y magníficos templos), reparó el huésped que no le había llevado a una casa de que él gustaba mucho. «¿Cuáles?, que al punto os llevaré allá.» «La casa de los que no están en ella.» «¡Oh señor!, respondió, aquí no hay casa especial: toda la ciudad lo es.»

De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen entendimiento.

—Éstos —le dijo uno— son los peores, porque no tienen cura. He allí uno que tiene el mayor entendimiento que se conoce, pero entendimiento que menos sirva a su dueño, yo dudo que le haya.

—¡Oh casa de Dios —exclamó Critilo—, poblada de orates!

Mas, al decir esto, se enferecieron todos y arremetieron contra ellos de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el Gigante, echando mano a la cinta, descolgó una bocina de marfil terso y puro, y aplicándola a la boca, comenzó a hacer un son tan desapacible para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron a huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado.

Admirado Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan celebrado.

—Primo hermano dél, aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es que me lo dio la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces, y de terribles trances, porque como habéis visto, en oyendo cada uno la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me dejan estar. Todos veréis que enmudecen en oyendo que les dicen las verdades y se van más que de paso; en diciéndole al otro desvanecido que advierta que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al punto se yela; si le decís al magnate que no adjetive lo grande con lo vicioso, luego os tuerce el rostro; si le decís a la otra que no parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel os para un gesto de un demonio; si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí; si al soldado, que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota; si a Baldo que no sea venal ni admita todas las causas; si al marido que no sea siempre novio; si al médico que no se mate por matar; si al juez que no se equivoque con Judas; si a la doncella que no comienza ya bien con el don, ni la dama con el dar; si a la bella casada que excuse el vella, todos vuelven las espaldas. De modo que en resonando el odioso cuerno de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el señor desfavorece, todo el mundo os deja, y todos van gritando: «¡A huir, a huir!», por no oír.

Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando a los canos Alpes, distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió, ofrece referir la tercera parte, en el erizado Invierno de la Vejez.