El Criticón (Segunda parte)/Crisi VIII


CRISI OCTAVA

Armería del Valor

Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío y a punto de expirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.

—No tengo otros que a mí mismo —les respondió—. Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fui. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo. Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros, y pidieron la testa.

—Yo os la mando —dijo—. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo a entrambas manos.

Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo, y deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.

—Temo —dijo— que si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo, no pararéis un punto: malos sois para vecinos. Pero los genoveses, de paso, les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas; pero a los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre cuando más dormidos.

—Item más, dejo el rostro a los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara a un Calvino, a un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de «hermosa fachata, mas sin celebro».

Muy antentos, los venecianos pidieron los carrillos. Riéronse los demás, pero el Valor:

—No lo entendéis —les dijo—. Dejad, que ellos comerán con ambos, y con todos. Mandó la lengua a los sicilianos, y habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que a las dos Sicilias; a los irlandeses, el hígado; el talle, a los alemanes.

—Seréis hombres de gentil cuerpo, pero mira que no lo estiméis más que el alma. La melsa a los polacos; el liviano, a los moscovitas, todo el vientre a los flamencos y holandeses:

—Con tal que no sea vuestro Dios.

El pecho a los suecos, las piernas, a los turcos, que con todos pretenden hacerlas, y donde una vez mete el pie, nunca más lo levantan; las entrañas, a los persas, gente de buenas entrañas; a los africanos, los huesos, que tengan que roer, como quien son; las espaldas a los chinas, el corazón a los japones, que son los españoles del Asia, y el espinazo a los negros.

Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa que vinieron de allende a echarlos de ella.

—¿Qué nos dejas a nosotros? —le dijeron.

Y él:

—Tarde llegáis, ya está todo repartido.

—Pues a nosotros —replicaron—, que somos tus primogénitos, ¿qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?

—No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero. Pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas, y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.

No lo dijo a los sordos; hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo que no la hayan dado su pellizco, y a pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies a cabeza.

Esto les iba exagerando a Critilo y Andrenio a la salida de Francia por la Picardía, un hombre que lo era, y mucho, pues así como tienen unos cien ojos para ver y otras cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir, y todo él era corazón.

—¿Saldréis —decía— con cariño de la Francia?

—No, por cierto —le respondieron—, cuando sus mismos naturales la dejan y los extranjeros no la buscan.

—¡Gran provincia! —dijo el de los cien corazones.

—Sí —respondió Critilo—, si se contentase con sí misma.

—¡Qué poblada de gentes!

—Pero no de hombres.

—¡Qué fértil!

—Mas no de cosas substanciales. — ¡Qué llana y qué agradable!

—Pero combatida de los vientos, de donde se les origina a sus naturales la ligereza.

—¡Qué industriosa!

—Pero mecánica.

—¡Qué laboriosa!

—Pero vulgar, la provincia más popular que se conoce.

—¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!

—Pero inquietos, los duendes de la Europa en mar y tierra.

—Son un rayo en los primeros acontecimientos.

—Y un desmayo en los segundos.

—Son dóciles.

—Sí, pero fáciles.

—Oficiosos.

—Pero despreciables y esclavos de las otras naciones.

—Emprenden mucho.

—Y ejecutan poco y conservan nada; todo lo emprenden y todo lo pierden.

—¡Qué ingeniosos, qué vivos y qué prontos!

—Pero sin fondo.

—No se conocen tontos entre ellos.

—Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.

—Es gente de gran cortesía.

—Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven exentos de sus alevosos cuchillos.

—Son laboriosos.

—Así es, al paso que codiciosos.

—No me podéis negar que han tenido grandes reyes.

—Pero los más, de poquísimo provecho.

—Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.

—Pero, ¡qué desairadas salidas!; que si entran a laudes, salen a vísperas.

—Acuden con sus armas a amparar cuantos se socorren de ellas.

—Es que son los rufianes de las pronvincias adúlteras.

—Son aprovechados.

—Sí, y tanto, que estiman más una onza de plata que un quintal de honra; el primer día son esclavos, pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles: pasan de extremo a extremo sin medio, de humanos a insolentísimos.

—Tienen grandes virtudes.

—Y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey. Y al fin, ellos son antípodas de los españoles,

—Pero, decidme, cómo fue aquello del Ermitaño, qué salida dio a la sagaz pregunta de Critilo.

—Confesóme que a la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero; que bien se les puede echar dado falso a los hombres, pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo, y en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil Hipocresía.

—¡Oh qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero: es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud o falsa; está ya muy despabilada la advertencia: luego le conocen a uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil vale a los alcances y, por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir a vistas del cielo y de la tierra, ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar, y no parar hasta hallarla, aunque sea pasando por picas y por puñales; que ella os encaminará a vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando. Animábales mucho a emprender aquel monte de dificultades que tan acobardado tenía a Andrenio.

—¡Ea, acaba! —le decía—, que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.

—¿De qué suerte? —preguntó Andrenio.

—Armándose primero muy bien, y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.

—¿Qué armas son ésas, y dónde las hallaremos?

—Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.

Íbanle ya siguiendo y razonando.

—¿Qué importa —decía— sobren armas, si falta el valor? Eso más sería llevarlas para el enemigo.

—¿De modo, que ya finó el Valor? —preguntó Critilo.

—Sí, ya acabó —respondió él—, ya no hay Hércules en el mundo que sujeten monstruos, que deshagan tuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí, que las conserven también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había entonces, un embustero solo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo, y cada casa es su cueva: muchos Anteos hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues, arpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término a sus quimeras.

—¡Qué poco duró el Valor en el mundo! —dijo Andrenio.

—Poco, que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.

—¿Y de qué murió?

—De veneno.

—¡Qué lástima! Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase, que un buen fin toda la vida corona, ¡pero de veneno! ¿Hay tal fatalidad? ¿Y en qué se le dieron?

—En unos polvos más letíferos que los de Milán; más pestilentes que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.

—Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas que paran en lodos de sangre.

—No; sino con toda realidad; digo que la malicia humana se ha adelantado, de modo que no deja qué obrar a los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres, y desde que éstos corren y aun vuelan no ha quedado hombre de valor en el mundo: con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.

—¿Y qué polvos son esos tan traidores? —preguntó Critilo—. ¿Son acaso de basiliscos molidos, de entrañas de víboras destiladas, de colas de escorpiones, de ojos envidiosos o lascivos, de intenciones torcidas, de voluntades malévolas, de lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto a quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?

—Aún son peores. Y aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados a esternudos del demonio, pero yo digo que del corazón humano, que excede a la intratabilidad de las Furias, a la inexorabilidad de las Parcas, a la crueldad de la guerra, a la tiranía de la muerte; que no puede ser otra una invención tan sacrilega, tan execrable, tan impía y tan fatal como es la pólvora, dicha así porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España; ya no hay corazón, ni valen fuerzas, ni aprovecha la destreza: un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro a un león, y el más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.

—Antes, ahora —dijo Critilo— he oído ponderar que está más adelantado el valor que antes, porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego, cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas hecho terreno de rayos? Ése sí que es valor, que todo lo antiguo fue niñería; ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces, en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.

—Engáñase de barra a barra quien tal dice: ¡qué dictamen tan exótico y errado! Pues ése que él celebra no es valor, ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.

—Ahora digo —confirmó Andrenio— que ya la guerra es para temerarios, y aun por eso diría aquel gran hombre tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas: «¿Es posible que desto gustaba mi padre?» Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz: aquélla salió de sus casillas a campaña, y ésta se apeló al Juicio.

—No tienes razón —dijo el Valeroso—. ¿Qué hiciera la fortaleza sin la prudencia?; que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil; es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo: aquí está en un medio muy proporcionado.

Llegaron ya a una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre que aquí se cobra la fama, entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y a prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres que siguieron los pendones marciales. Fue gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.

—Acercaos —decía—, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama. Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento a Critilo que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el valeroso, solicitó la causa de su pena. Y él:

—¿Es posible —dijo— que todos estos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien, merecían toda recomendación; pero para ofendella y destruilla, contra una hoja que se la lleva el viento, ¿tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!

—Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida a un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores; este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia; esta saeta fue la que atravesó el lado al famoso rey Sancho de Aragón, y esta otra al de Castilla.

—¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos: pasemos adelante.

—Esta tan luciente espada —dijo el Valeroso —fue la celebrada de Jorge Castrioto, y esta otra del marqués de Pescara.

—Déjamelas ver muy a mi gusto.

Y después de bien miradas, dijo:

—No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.

—Es que no ves los dos brazos que las movían, que en ellos consistía la braveza.

Vieron otras dos todas tintas en sangre desde la punta al pomo, muy parecidas.

—Estas dos están de competencia cuál venció más batallas campales.

—¿Y cúyas son?

—Esta es del rey don Jaime el Conquistador, y esta otra del Cid castellano.

—Yo me atengo a la primera, como más provechosa, y quédese el aplauso para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alexandro Magno?; que deseo mucho verla.

—No os canséis en buscarla, que no está aquí.

—¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?

—Porque no tuvo valor para vencerse a sí, mundo pequeño: sujetó toda la India, mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César.

—¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera?

—Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos, y segó las cabezas más dignas de vida.

—Algunas hay aquí que,—aunque buenas, parecen quedar cortas.

—No dijera eso el conde de Fuentes a quien ninguna le pareció corta con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los famosos franceses Pepino, Carlo Magno y Luis Nono.

—¿No hay más francesas? —preguntó Critilo.

—No sé yo que haya más.

—¿Pues habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin par y tan valerosos mariscales? ¿Dónde están las de los dos Birones, la del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres?

—Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las demás contra los christianos.

Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho, mas el Valeroso:

—De verdad —dijo— que es heroica y llamada por antonomasia la Grande.

—¿Cómo no está desnuda?

—Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado a sacarla. Tenía otra una muy brillante contera de oro fino. Y dijo:

—Ésta fue la que echó a su vitoriosa espada el Marqués de Leganés, derrotando al Invencible vencido.

Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo.

—No es fácil de averiguar —dijo el Valeroso—, pero yo diría que la del Rey Católico don Fernando.

—¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles —replicó Critilo—, más célebres y plausibles, tan decantadas de los poetas?

—Yo lo confieso —respondió—, pero ésta no tan ruidosa fue más provechosa y la que conquistó la mayor monarquía que reconocieron los siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el Tercero pueden salir donde quiera que haya armas: aquélla para adquirir, y éste para conservar.

—¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo?

Mostróles un todo escamado de doblones y reales de a ocho alternados y ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa vista.

—Éste —dijo el Valeroso— fue el más eficaz, el más defensivo de cuantos hubo en el mundo.

—¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de armarse ni se vio jamás obligado a pelear?

—Antes fue para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía, sin perder una almena; que es mucho más el conservar que el conquistar. Y así decía uno de sus mayores ministros: «Quien posee no pleitee, y quien está de ganancia no baraje.»

Entre tantos y tan lucientes aceros, campeaba un bastón muy basto, pero muy fuerte. Hízole novedad a Andrenio, y dijo:

—¿Quién metió aquí este ñudoso palo?

—Su fama —respondió el Valeroso—. No fue de algún gañán, como tú piensas, sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fue bastón de franceses, porque los abrumó a palos.

Extrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas blancas tan matantes.

—¿De qué sirven aquí éstas —dijo Critilo—, donde todo va de veras? Y aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este puesto.

—No son —dijo— sino de dos grandes príncipes y muy poderosos que, después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con harta pérdida de dinero y gente, se quedan como antes, sin haberse ganado el uno al otro un palmo de tierra. De modo que al cabo más fue juego de esgrima que guerra verdadera.

—Aquí echo menos —dijo Andrenio— las de muchos capitanes muy celebrados por haber subido de soldados ordinarios a gran fortuna.

—¡Oh! —dijo el Valeroso—, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas: aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes; allí está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la fama. Y si faltan algunas es porque fueron más ganchos que estoques; que algunos más han triunfado con los oros que con las espadas.

—¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de Augusto?

—Ésa y otras sus iguales andan por esos suelos hechas pedazos a manos tan flacas como femeniles. La de Aníbal la hallaréis en Capua, que habiendo sido de acero, las delicias la ablandaron como de cera.

—¿Qué espada es aquélla tan derecha y tan valiente, sin torcer a un lado ni a otro, que parece el fiel a las balanzas de la Equidad?

—Ésa —dijo— siempre hirió por línea recta. Fue del non plus ultra de los Césares, Carlos Quinto, que siempre la desenvainó por la razón y justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan torcidos.

—Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella que tiene por pomo una esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No sabríamos cúya fue?

—Ésta —respondió alzando la voz el Valeroso— fue del tan celebrado después como emulado antes, pero nunca bastantemente estimado ni premiado, don Fernando Cortés, marqués del Valle.

—¿Que ésta es? —dijo Andrenio—. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?

—¿Pues de qué había de ser?

—Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.

—¡Eh!, que la entereza de la fama siempre venció la emulación, digan lo que quisieren éstos y aquéllos; que ésta con su oro dio aceros a todas las de España, y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en Lombardía.

Vieron ya una, tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y amagando a otras.

—¡Qué espada tan heroicamente coronada! —ponderó Critilo—. ¿Y quién es el valeroso y dichoso dueño de ella?

—¿Quién ha de ser sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, que va restaurando la monarquía a corona por año?

—¿Qué tridente es aquel que en medio de las aguas está fulminando fuego?

—Es del valeroso Duque de Alburquerque, que quiere igualar por la valentía la fama de su gran padre conseguida en Cataluña por gobierno.

—¿Qué arco sería aquel que está hecho pedazos en el suelo, y todos sus arpones botos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún rapaz, mas en lo fuerte de algún gigante.

—Ése —respondió— es uno de los más heroicos trofeos del Valor.

—Pues ¿qué gran cosa —replicó Andrenio— rendir un niño y desarmarle? Ésa no la llames hazaña, sino melindre. ¡Miren qué clava de Hércules rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada hecha trozos!

—¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz, y cuanto más desnudo más armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más certero cuando ciego: creedme que es gran triunfo vencer al que a todos vence.

—Y, dinos, ¿quién le rindió?

—¿Quién? De mil, uno: aquel fénix de la castidad, un Alfonso, un Filipo, un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos, sembrados todos por tierra?

—¡Qué otro blasón ése —dijo Andrenio— y más siendo de vidrio! ¡Qué gran cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día.

—Pues, de verdad —ponderó el Valeroso—, que era bien fuerte el que hacía la guerra con ella y que derribó a muchos: del más bravo no hacía él más caso que de un mosquito.

—¿Qué, estaría hechizada?

—No, sino que hechizaba y les trastornaba a muchos el juicio. No dio Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.

—¿Y en qué transformaba las gentes?

—Los hombres en jimios, y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre y pegaba en la mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los vencidos quedaban muy alegres.

—Pues bien está por tierra la que a tantos derribó, y éste sea el blasón de los españoles.

—¿Qué otras armas son aquéllas —preguntó Critilo—; se conoce bien su valor en su estimación, pues están conservadas en armarios de oro?

—Éstas —respondió el Valeroso— son las mejores, porque son defensivas.

—¡Qué escudos tan bizarros!

—Y aun los más son escudos.

—Este primero parece de cristal.

—Sí, y al punto que se carea con el enemigo le deslumbra y le rinde: es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.

—Estos otros tan cortos y tan lunados, ¿de quién son?; que parecen de algún alunado capricho.

—Éstos fueron de mujeres.

—¿De mujeres —replicó Andrenio—, y aquí, entre tanta valentía? — Sí, que las amazonas, sin hombres fueron más que hombres; y los hombres, entre mujeres, son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan, no le hacen mella ni los mismos reveses de la fortuna; y esto, a prueba de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquél tan brillante.

—Parece moderno.

—Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su mucha espera y valor ha restaurado a Cataluña. Esta rodela acerada, grabada de tantas hazañas y trofeos, fue del primer conde de Ribagorza, cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal padre y de un tal hermano. D ioles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía: O con éste o en éste.

—Ésa fue la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso decir que, o con el escudo vitorioso, o en él muerto. Dioles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa.

—¿Cómo lo podrá divisar el enemigo? —dijo Andrenio.

—¡Oh, sí! —dijo—, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza tanto al enemigo que le hace ver y aun probar su picante braveza!

Vieron ya uno en forma de corazón.

—Éste debía ser de algún grande amartelado —dijo Andrenio.

—No fue sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo; digo aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque del Infantado.

Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni conocida.

—Es —dijo— de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor a su mucha prudencia el Marqués de Caracena.

—¡Qué brillante celada aquélla! —celebró Critilo.

—Sí, lo es —dijo el Valeroso— y que celaba bien con ella sus intentos del rey don Pedro de Aragón, de tal arte, que si su misma camisa llegara a rastrearlos, al punto la abrasara.

—¿Qué casco es aquél, tan capaz y tan fuerte?

—Este fue para una gran testa, no menos que del Duque de Alba, hombre de superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su propio dictamen.

—¿Es por dicha, aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?

—Por lo impenetrable, ya pudiera. Fue de don Felipe de Silva, de cuya gran cabeza dijo el bravo Mariscal de la Mota le daba más cuidado que seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del Marqués Espínola qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. Todas estas armas son para la cabeza, y más de hombres sagaces que de mancebos audaces: tan importantes, que por eso este archivo es llamado con especialidad el Retrete del Valor.

Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo, y pisados sus caballos y sus reyes.

—Ya me parece —dijo Andrenio— que te oigo exagerar una gran batalla que aquí se dio y la gran vitoria conseguida.

—Por lo menos, no me negarás —replicó el Valeroso— que hubo barajas, que siempre se componen de espadas y oros, y luego andan los palos. ¿No te parece que fue gran valor el de aquel que, cogiendo entre sus dos manos una baraja, toda junta, la tronchó de una vez?

—Ése —respondió Andrenio—, más parece efecto de las grandes fuerzas de don Jerónimo de Ayanzo que de un heroico valor.

—Por lo menos, sería el día de su mayor ganancia. Y ten por cierto que no hay valor igual como excusar las barajas, ni hay mejor salida de los empeños que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en ese duro suelo.

—Éste —replicó Andrenio— parece adrezo mujeril; pues ¿qué gran vitoria fue despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? ¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?

—¡Oh sí! —dijo—, que esto fue triunfar de un mundo entero y retirarse al cielo la más aplaudida belleza de una serenísima señora Infanta, Sor Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de Austria, que dejando de ser ángeles pasaron a ser serafines en la religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de pavón esparcidas y esos airones de una altanera garza, penachos de su soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.

Pero lo que más les satisfizo fue ver hecha pedazos una afilada guadaña.

—¡Éste sí que es triunfo! —exclamaron—: que haya valor en un moro christiano y en una reina María Estuarda para despreciar la misma muerte. Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia; iban escogiendo armas, valientes espadas de luz y de verdad, que a fuer de eslabones fulminasen rayos, escudos impenetrables de sufrimiento, yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y, sobre todo, el cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio bien armado, dijo:

—Ya no hay que temer.

—Sólo lo malo —le respondió— y lo injusto.

Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.

—Con razón —le dijo— te alegras, pues aunque concurran en un varón todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas quedan estériles y frustradas. Sin valor, nada vale, todo es sin fruto; poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el celebro en la formación del hombre comenzasen a la par, para que fuesen juntos el pensar y el obrar.

Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso una viva arma que se comenzó a tocar por todas partes. Acudieron prontos a tomar las armas y a ocupar sus puestos. Lo que fue, y lo que les sucedió, nos dirá la crisi siguiente.