El Criticón (Segunda parte)/Crisi IV


CRISI CUARTA

El museo del Discreto

Solicitaba un entendido por todo un ciudadano emporio, y aun dicen Corte, una casa que fuese de personas; mas en vano, porque aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas cuanto más llenas de ricas alhajas tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya su dicha a entrar en una, y aun única; y al punto, volviéndose a sus discretos, les dijo;

—Ya estamos entre personas: esta casa huele a hombres.

—¿En qué lo conoces? —le preguntaron.

Y él:

—¿No veis aquellos vestigios de discreción?

Y mostróles algunos libros que estaban a mano:

—Éstas —ponderaba— son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto como un culto museo donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron, y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron y los insignes varones que celebraron. ¡Oh! gran gusto el leer, empleo de personas que si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría, y de ordinario andan reñidas; los que más tienen menos saben, y los que más saben menos tienen, que siempre conduce la ignorancia borregos con vellocino de oro.

Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, a los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre, y aun más, pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes que se remontaba a las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fue cosa notable que cuando a otros, en llegando, les amarraban fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, a éste al punto que llegó le jubilaron de una que al pie arrastraba y le apesgaba de modo que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:

—Hombre o prodigio, ¿quién eres?

Y él prontamente:

—Ayer nada, hoy poco más, y mañana menos.

—¿Cómo menos?

—Sí, que a veces más valiera no haber sido.

—¿De dónde vienes?

—De la nada.

—¿Y dónde vas?

—Al todo.

—¿Cómo vienes tan solo?

—Aun la mitad me sobra.

—Ahora digo que eres sabio.

—Sabio, no; deseoso de saber, sí.

—¿Pues con qué ocasión viniste acá?

—Vino a tomar el vuelo, que pudiendo levantarme a las más altas regiones en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía apesgado.

—Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?

—De ningún modo, que no se permuta bien un adarme de libertad por todo el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.

—¿Y podrás?

—Siempre que quiera.

—¿Podríasnos librar a nosotros?

—Todo es que queráis.

—¡Pues no habíamos de querer!

—No sé, que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados cuando más perdidos. Ésta, con ser un encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.

—¿Cómo es eso de encanto? —dijo Andrenio—. Pues ¿no es éste que vemos tesoro verdadero?

—De ningún modo, sino fantástico.

—Éste que reluce, ¿no es oro?

—Dígole lodo.

—¿Y tanta riqueza?

—Vileza.

—¿Éstos no son montones de reales?

—No hay una realidad en todos ellos.

—Pues estos que tocamos ¿no son doblones?

—Sí, en lo doblado.

—¿Y tanto aparador?

—No es sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis que todo esto es apariencia, advertid que en boqueando cualquiere, el más rico, el más poderoso, en nombrando «¡Cielo!», en diciendo «¡Dios, valme!», al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y aun cenizas.

Así fue, que en diciendo uno «¡Jesús!», dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño, tanto, que despertando los varones de las riquezas y mirándose a las manos, las hallaron vacias: todo paró en sombra y en asombro. Y fue un espectáculo bien horrible ver que los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos; los monarcas arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco, y no por haber dado en él; no ya ocupaban tronos de marfil, sino tumbas de luto; de sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros, las sedas y damascos fueron ascos, las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas, los cabellos tan rizados ya erizados, los olores hedores, los perfumes humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso, y los ecos de la vida en huecos de la muerte, las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia a los que quedan; y toda aquella máquina de viento, en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada. Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos cuando más muertos, pues desengañados. Preguntáronle a su remediador alado dónde estaban, y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si les querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otro, le rogaron que pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

—Luego que me vi con alas —respondió—, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscaban y menos los que la hallaban. Discurrí por todas las más celebres Universidades sin poder descubrirla, que aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos que el vulgo llama letrados, pero como me veían sin dinero decíanme leyes; hablé con muchos tenidos por sabios, mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad, y aun de todo lo bueno. Mas como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba: extraña catadura, la primera metad de hombre y la otra de serpiente; de modo que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba rastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno a sus camaradas le dejasen pasar sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse que no preguntase a uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.

—¿Quién ha de ser —le respondió— sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo, y éste es el pozo de ciencia.

—Tú te engañas y le engañas —replicó el alado—, que no es sino uno que sabe al uso del mundo; que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados; éste es el que habla más y sabe menos, y éste es el necio que sabe todas las cosas mal sabidas.

—¿Y dónde os lleva? —preguntó Andrenio.

—¿Dónde? A ser sabios de fortuna.

Extrañó mucho el término y replicóle:

—¿Qué cosa es ser sabio de ventura?

—Uno que sin haber estudiado es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo a los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haber trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama; al fin, él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: «Ventura te dé Dios, hijo…?» Pues éste es el mismo, y nosotros lo pensamos también ser.

Mucho le contentó a Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y atraído del gran séquito que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceñándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose a sus compañeros les dijo:

—¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!

Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.

—Basta —dijo el varón alado al atónito Critilo— que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú a él que él a ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.

Quisiera ir en busca suya Critilo, mas viendo ya brillar el gran palacio que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos del camino allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. Era su arquitectura extremo del artificio de la belleza, engolfado en luces y a todas ellas, que para recibirlas bien, a más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes: todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres que lo eran, que estaban como adorando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y sacando algunas cortezas las mascaban y se paladeaban con ellas.

—¿De qué provecho puede ser eso? —dijo Critilo.

Y uno de ellos:

—Por lo menos es de sumo gusto.

Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole a la boca, conoció era sal y muy sabrosa, y los que imaginaron cristales no lo eran, sino sales gustosísimas. Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas, y ésas bien raras; vestíanla yedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy a lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo, y algunas de ellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo. Percibieron luego una armonía tan dulce que tiranizaba no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo a sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo, y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón y muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza. Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio, con el agrado que suelen los condujeron a la agradable presencia de un sol humano que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron no sólo hacía inmortales los vivos, pero que daba vida a los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya a saludarla entre fruiciones de verla, pero más de oírla, y ella en honra de sus peregrinos huéspedes hizo alarde de armonía. Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros, mas suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fue echando mano de los modernos. El primero que pulsó fue una culta cítara, haciendo extremada armonía, aunque la percibían pocos, que no era para muchos; con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable, que aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la concentuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:

—Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza a la heroica composición, los asuntos graves a la cultura de su estilo, la materia a la bizarría del verso, a la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.

Tomó ya un italiano rabelejo, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan fido pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy a mano dos laúdes tan igualmente acordes que parecían hermanos.

—Éstos —dijo— son graves por lo aragoneses, puédelos oír el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo, pero en el cuarto, ni aun quintos.

Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza, y aunque estaba bajo de otra, pero en el material artificio ni ésta la cedía, ni aquélla en la invención la excedía; y así, dijo el alma de los instrumentos:

—Si el Ariosto hubiera atendido a las morales alegorías como Homero, de verdad que no le fuera inferior.

Resonaba mucho y embarazaba a muchos un instrumento que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa cogidas en la más fértil vega; llenábanse de viento popular, mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética belleza:

—Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fue bien oído y llenó por lo plausible todos los teatros de España.

Descolgó una vihuela, tan de marfil, que afrentaba la misma nieve, pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo:

—En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.

Colgóla junto a otras dos muy sus semejantes, de quienes dijo:

—Éstas más se suspenden que suspenden.

Y en secreto confesóles eran del Dante Alígero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vinieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.

—No las extrañéis —les dijo—, que son muy donosas; con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.

Tañó con indecible melodía unas folias a una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón:

—Bástele —dijo— ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo: «El que amo es.»

Gustaron no poco de ver una gaita, y aun ella la animó con lindo gusto, aunque descompuso algo qué su gran belleza, y dijo:

—Pues es verdad que fue de una musa princesa, a cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.

Grande asco les causó ver una tiorba italiana llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno, y sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa dijo:

—Lástima es que este cuito plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva. Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas de que estaba todo él esmaltado:

—Este —ponderó— solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle, y aunque no ha salido a la luz en estampa, luce tanto, que de él se puede decir: «¡El alba es que sale!»

Allí vieron un culto instrumento coronado del mismo laurel de Apolo aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña, mas por tener cáncer la musa que la tocaba, a cada concento se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico superior, y dábase a entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte, mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vinieron en un rincón muchos otros instrumentos que, con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado, Critilo dijo:

—¿Por qué, ¡oh gran reina del Parnaso!, éstos tan presto los arrimas?

Y ella:

—Porque rimas, todos se arriman a ellas, como más fáciles; pocos imitan a Homero y a Virgilio en los graves y heroicos poemas.

—Para mí tengo —dijo Critilo— que Horacio los perdió cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigurosos preceptos.

—Aun no es eso —respondió la gloria de los cisnes—, que son tan romancistas algunos, que no entienden el arte, sino que para las obras grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que es un otro Virgilio christiano, y tanto, que siempre se desempeña con ángeles y con milagros.

Había un vacío en buen lugar, y notándolo, Critilo dijo:

—De aquí algún gran plectro han robado.

—No será eso, sino que estará destinado para algún moderno.

—¿Si sería —dijo Critilo— uno que yo conozco y estimo por bueno, no por ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?

No pudieron detenerse más, porque la Edad les daba priesa, y así hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso, si en lo fragante paraíso. Llamóles el Tiempo a un otro salón más dilatado, pues no se le veía fin. Introdújoles en él la Memoria, y aquí hallaron otra bien extremada ninfa, que tenía la metad del rostro arrugado, muy de vieja, y la otra metad fresco, muy de joven. Estaba mirando a dos haces, a lo presente y a lo pasado, que lo porvenir remitíalo a la providencia. En viéndola, dijo Critilo:

—Ésta es la gustosa Historia.

Mas el varón alado:

—No es sino la maestra de la vida, la vida de la fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.

Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y otros por ruines, grandes y pequeños valerosos y cobardes, políticos y temerarios, sabios y ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos, sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas, pero tan prodigiosas, que con una sola que entregó a uno le hizo volar y remontarse hasta los dos coluros; no sólo daba vida con el licor que destilaban, sino que eternizaba, ni dejando envejecer jamás los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque a ninguno daba la que él quería, y esto a petición de la Verdad y de la Entereza. Y así, notaron que llegó un gran personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero, y no sólo no se la concedió, sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres, ni se vuela a la eternidad en plumas alquiladas. Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.

—Eso, no —respondió la eterna Historia—, no conviene, porque aunque agora sería reída, de aquí a cien años será creída.

Con esta misma atención a ninguno daba pluma que no fuese después de cincuenta años de muerto, y a todo muerto pluma viva; con lo cual ni Tiberio el astuto, ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo Cornelio de Tácito. Fue a sacar una buena para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe, y porque la vio algo qué untada de oro la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente, y dijo:

—Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.

Solicitaba un otro a grandes diligencias alguna que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito, averiguó que no; replicó él que para serlo; no se la quiso conceder, aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres, sino sus hechos propios, bien ejecutados primero y bien escritos después. Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla; y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo que los de otros, no tales, entre mucha elocuencia. Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos. Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa, y aun con escandescencia dijo:

—Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis a mis dilectísimos escritores, no haciendo caso de ellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada, pero sí preciada.

Daban en rostro las demás naciones a la española el no haberse hallado en ella una pluma latina que con satisfación la ilustrase. Respondía que los españoles más atendían a manejar la espada que la pluma, a obrar las hazañas que a placearlas, y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas. No le valió, antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron, y un César cabal pluma y espada rige. Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar a pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón, mas reparó en cuál la daría que la desempeñase bien después de tanto silencio, y aunque tiene por ley general no dar jamás a provincia alguna escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia. Comenzaron luego a murmurarlo las demás naciones y a mostrar sentimiento, mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:

—Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar, pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza. Esto no le fiaron a la Francia, y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes a un italiano; y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese a Italia a escribir libremente; y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha escurecido al Guicciardino y aun causado recelo a Tácito. Con esto, cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera: las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en La unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más eterna prudencia. Pidió uno las de la fénix para escribir della, y encargósele seriamente no las gastase sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fue la de aquella princesa excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, a quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos. Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas; por el mismo caso se la dio sin cortar, diciéndole:

—Vuestra misma espada le ha de dar el corte, que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.

Otro gran príncipe, y aun monarca, pretendió la mejor de todas por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y diole una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento, antes murmuraba que cuando pensó le daría la de alguna águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.

—¡Eh, señor, que no lo entendéis! —dijo la Historia— [que éstas] son de cuervo en el picar, en el adevinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos. Ésta del Comines es la más plausible de todas.

Trataba un gran personaje de mandar quemar una déstas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las de la fénix, que en el fuego se eternizan, y en prohibiéndolas vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho, y por eso la dio a Aragón, fue una cortada de un girasol.

—Ésta —dijo— siempre mirará a los rayos de la verdad.

Admirándose mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano, ni las ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros. Mas desgañáronse cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiél de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.

—Que no todas las naciones —decía la gran reina de la verdad— tienen un numen para la historia: aquéllos por ligeros fingen, estos otros porque llanos descaecen, y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas, y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores: unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y a la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia; otros cuestionarios, todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos; hay anticuarios, gaceteros y relacioneros, todos materiaies y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.

Topó una pluma de caña dulce distilando néctar, y al punto la sacudió de sí, diciendo:

—Estas no tanto eternizan las hazañas cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, por apasionada, decantándose siempre ya al lado del odio, ya de la afición. Fue a sacar una y reparó:

—Ésta ya ha salido otra vez, ya la di a otro primero, y si mal no me acuerdo fue a Illescas, a quien le traslada capítulos enteros el Sandoval: basta que yo me he equivocado. Mucho se detuvieron aquí, y aun se estuvieran: tan entretenida es la mansión de la Historia.

Pasaron ya, cortejados del Ingenio, por la de la Humanidad. Lograron muchas y fragantes flores, delicias de la Agudeza, que aquí asistía tan aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros, y escogiéndolas en romance las florestas españolas, las facecias italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos, las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios, elogios, teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales, polianteas y fárragos.

No fue menos de admirar la ninfa Anticuaría, de más curiosidad que sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas, piedras, inscripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas, barros, láminas, con todos los libros que tratan desta noticiosa antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio Agustín, ilustrada de los Golzios y últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas españolas del Lastanosa.

Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que a la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas cuando vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas, dioptras, cilindros, compases y pantómetras, conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun de las vulgares, pero de la noble pintura y arquitectura había tratados superiores.

Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no ignorar, así como el de la indagadora Natural Filosofía, levantando mil testimonios a la naturaleza. Servían de estantes a sus curiosos tratados los cuatro elementos, y en cada uno los libros que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces, brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales; y en el fuego, de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio para meterlos en sí. Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más profunda estancia y más compuesta estaba entresacando las saludables hojas de algunas plantas, para conficionar medicinas y distilar quintas esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral Filosofía. Cortejaron de propósito, y ella les dio asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contra veneno, y mostró estimarlas mucho, si bien a algunos les parecieron algo secas y aun frías, de más provecho que de gusto; pero de verdad muy eficaces. Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:

—Éstas, aunque más desabridas, son divinas.

Allí vieron el ruibarbaro de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor para aliviar el ánimo. Para apetito y regalo, hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que a los más descomidos les abrió el gusto no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia. Después déstos, echó mano de unas hojas muy comunes, mas ella las comenzó a celebrar con exageraciones; estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias que de personas.

—No tenéis razón —dijo, que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias para que entiendan los hombres.

Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una, y aunque las vio imitadas en algunos, pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa. De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios. Echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos de ellos premiados con estimación por haberles ayudado mucho y aún, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad. Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia, y así dijo:

—Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.

Acertó a sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron, y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar aplicando el polvo a las narices.

—Basta —dijo— que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reír que aprovechar.

De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas a las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.

—Estas otras, aunque vulgares, son picantes, y tal señor hay que gasta su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la mostaza, que aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.

Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo como en los sentimientos, las remitió más para paladear niños y mujeres que para pasto de hombres. Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con su buen olor recrean el celebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque mal aliñadas, y tan feas que les causaron horror, mas la prudente ninfa dijo:

—No se ha de atender al estilo del infante Don Manuel, sino a la extremada moralidad y al artificio con que enseña.

Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fue deshojando, y dijo:

—Estos raguallos del Boquelino son muy apetitosos, pero de toda una hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que a la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más majestuoso, les estaba convidando y decía:

—Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante, la que enseña a saber vivir.

Entraron por razón de Estado y hallaron una coronada ninfa que parecía atender más a la comodidad que a la hermosura, porque decía ser bien ajeno, y aun se le oyó decir tal vez:

—Dadme grosura y os daré hermosura.

A lo que se conocía, todo su cuidado ponía en estar bien acomodada; mas aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo:

—Ésta, sin más ver, es la Política.

—¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse a entender tan fácilmente. Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perficionábalas mucho. Había de todas materias y formas, de plata, de oro y de cobre, de palo, de robre, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón. Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra, pero más para vista que platicada; y dijeron todos era la República de Platón, nada a propósito para tiempos de tanta malicia. Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro, pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo:

—Este Príncipe del Maquiavelo y esta República del Bodino no pueden parecer entre gentes; no se llamen de razón, pues son tan contrarias a ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fue una buena vieja. A un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la Razón de Estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto extraña: que habiendo salido a luz una otra muy perfecta y labrada conforme a las verdaderas reglas de la policía christiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un gran personaje mostrando grandes ganas de haberla a su mano, trató de comprar todos los ejemplares y dijo cuanto le pidieron por ellos; y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela a su príncipe, fue tan al revés, que porque no llegase a sus manos, mandó hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire sus cenizas. Mas, aunque fue en secreto, llegó a noticia de la atenta ninfa, que, como tan política, se las entiende a todo el mundo, y al punto mandó al mismo autor la volviese a estampar, sin que faltase un tilde, y repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no volviese ningún ejemplar a manos de aquel político contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa como odorífera y, rogándole todos la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:

—Es una riquísima joya, ésta no sale a luz, con que da tanta: son las instrucciones que dio la experiencia de Carlos V a la gran capacidad de su prudente hijo.

Estaba allí apartada una que aspiraba a eterna, más en la cantidad que en la calidad, obra de tomo. Nadie se atrevía a emprenderla.

—Sin duda —dijo Critilo—, que es la de Bobadilla, que todos, cansados, la dejan descansar.

—Esta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa —dijo la sagaz ninfa—. No tiene otra falta esta Política sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban huecas, sin rastro de substancia.

—Éstas —dijo— son las Repúblicas del mundo, que no dan razón más que de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito; contentanse con la corteza. Conocieron el Galateo y otros sus semejantes, y pareciéndoles no era éste su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecían a la política de cada uno, a la razón especial de ser personas. Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes a sus hijos, varios aforismos políticos sacados del Tácito y de otros sus secuaces, si bien había muchos por el suelo. Y dijo:

—Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire y vienen a dar en tierra.

Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino sacrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las artes, la que enseña la divina policía, y estaba repartiendo estrellas en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

—Éste —dijo el varón alado— advierte que no tanto es estante de libros, cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo:

—¡Oh fruición del entendimiento! ¡Oh tesoro de la memoria, realce de la voluntad, satisfación del alma, paraíso de la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores, atesoren riquezas, con todo género de gustos y de pasatiempos: que para mí no hay gusto como el leer, ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo:

—Eso no —dijo— sin ver primero en persona la hermosa Sofísbella, que un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo sol. Suplicóte, ¡oh condutor alado!, quieras introducirme ante su divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de perfecciones, ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de su reír, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa, la sublimidad de su talle. el decoro de su persona, la gravedad de su trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes?; que cada instante que tardas se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos, después de dar noticia de lo que le aconteció a Andrenio en la gran plaza del Vulgo.