El Cristo de los Andes

El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 2
El Cristo de los Andes
 de José Ángel Venegas y Venegas

Nota: se ha conservado la ortografía original.


EL CRISTO DE LOS ANDES

(El dia de la inauguración del monumento)

¡Hermosa idea la de coronar las escarpadas crestas de los Andes con la imagen de Cristo Redentor, Rey Pacífico, en testimonio de la consolidación de la paz existente entre la Argentina y Chile! El vate chileno, José Ángel Venegas y Venegas, nacido en 1867, celebra aquel fausto acontecimiento en inspiradas estrofas de castiza factura y solemne entonación, digna de la epopeya.


Á

LZATE, oh Cristo, en la región andina

Sobre las cumbres de perpetua nieve;
De allí tu diestra, que doquier domina,
Paz a dos pueblos perdurable lleve.
Sobre ellos, pío, tu mirada inclina,
E inmensa dicha probarán en breve.
Que la ventura celestial y humana
De ti, Señor, únicamente mana.

¡Qué sienta bien tu trono soberano
Encima de esas moles giganteas!
Allá no llega el clamoreo insano
De bastardas y míseras ideas.
Abajo lo pequeño, el polvo vano;
Lo espléndido, lo grande, arriba veas;
Y el águila real y el sol naciente,
Humildes tocarán tu eterna frente.

¡Oh cielos! apartad vuestra mirada
De los campos de Oriente, do la tierra
Enrojece la sangre derramada
Por el demonio cruel de impía guerra.
Venid, mirad acá. ¿Veis la alborada
Que sonríe a este valle y a esa sierra?
¿Veis cuál baña las pampas argentinas,
Y el aire pueblan músicas divinas?

Es que la noche funeral se ha ido
Y el día del amor nace esplendente;
Injustos odios cubrirá el olvido
Y dos pueblos serán sólo una gente.
El Rey de las naciones lo ha querido
Y desciende la paz al continente;
Que siendo hija del cielo, sólo el cielo
Puede darla al mortal en este suelo.

Aun veo aquellas nubes de tormenta
Que empañaron el cielo inmaculado
De los pueblos del Andes; aun se ostenta
Fatídico el espectro ensangrentado
De la guerra feroz, que hundir intenta
Al mundo en los errores del pasado,
Cuando el derecho no tenía altares,
Ni la Cruz coronaba los hogares.

Aun veo a estos gemelos de la gloria
Limpiar sus armas con afán insano,
Y, ciegos, y olvidados de su historia,
Aprestarse a rasgar el pecho hermano.
Sería desastrosa la victoria
Y escándalo del mundo colombiano;
Que al chocar frente a frente dos gigantes,
O mueren, o ambos quedan expirantes...

Empero, ¡basta ya, cruel pesadilla!
Disípase la noche ante la aurora,
Como el temor del náufrago a la orilla
De la cercana playa salvadora;
Y así, cual dobla humilde la rodilla
Y agradecido a Dios, férvido ora.
La América también, mirando al Ande,
Hoy con viva emoción su pecho expande.

Que allí está Cristo,el Redentor del mundo.
El Autor de la Paz de las naciones;
Su diestra mano con amor profundo
Ofrece Corazón por corazones;
Con la otra empuña el cetro sin segundo,
El Lábaro que ha visto los pendones
De veinte siglos descender al suelo.
Postrados, de la muerte por el hielo.

Allí está Cristo respirando amores
Para los pueblos que su amor imploran;
Que si un alma lo encuentra en sus dolores.
También lo hallan los pueblos cuando lloran.
Y es muy pródigo el Rey, de sus favores,
Y sus arcas riquezas atesoran,
Y América lo sabe, porque ha visto
Brillar cien veces la Piedad de Cristo.

Allí está de la Paz el Monumento,
Iris constante de feliz bonanza;
Está ya realizado el pensamiento
De la Fe, del Amor y la Esperanza;
En céfiro trocóse el fuerte viento,
Las nubes no se ven en lontananza,
Y a Chile y a Argentina estrecho abrazo
Une hoy de Jesús en el regazo.

Los hombres cantarán triunfos guerreros,
Los triunfos del cañón y de la espada,
Envueltos en gemidos lastimeros
Del huérfano y la viuda desolada:
El caído, en sus ayes postrimeros,
Maldice al vencedor de la jornada;
Y en lugar de morir en dulce calma,
Respirando venganza entrega el alma.

Mas, ¡ay! el cielo sólo cantar puede
Los triunfos de la Paz con arpas de oro
Aquí es vencido el corazón que cede
Ante el amor del Corazón que adoro.
Y esa victoria a todo triunfo excede,
Y es digno objeto del celeste coro;
Que ha menester angélica armonía
El poema de Dios y el alma pía.

En tanto, dadme ¡oh cielos! un acento
Tan gigante, tan rico en vibraciones.
Que al trueno venza, y a la mar y al viento;
Y abarcando del orbe las regiones,
Llene el espacio y suba al firmamento.
— « ¡Gloria al Rey de la Paz! » — gritan sus sones;
Y cual eco de espléndida victoria,
El Cóndor y los Andes: « ¡Gloria!!... ¡Gloria!! »

Mas, otra voz desciende de la cumbre.
Llena de suavidad y de ternura...
Es de Cristo la voz. Su mansedumbre
Templa la majestad con la dulzura:
« Amaos — dice — mientra el sol alumbre,
« Con recto corazón, con alma pura,
«Y Yo estaré velando los destinos
« De los pueblos chilenos y argentinos.