El Angel de la Sombra
de Leopoldo Lugones
Capítulo XL
XL


Al entrar esa noche en el comedor, estaba tan linda, que doña Irene sintió exaltarse una vez más su orgullo materno.

—Ya ves cómo te sienta salir un poco. Pareces una flor, aunque te noto algo lánguida todavía. Se conoce que estás contenta.

—Soy muy dichosa, mamá—respondióle con sencilla dulzura.

Don Tristán contemplóla no menos satisfecho; pero como su mirada insistiera un poco, ligero fuego animó sus mejillas.

—Yo te encuentro, sin duda, mejor semblante—dijo aquél.

—Y es verdad-intervino Tato chanceando. —Una carita de novia.

La risa de la joven brotó espontánea, si bien con claridad un tanto excesiva:

—Y cómo son las caras de novia?...

—Psch... Cómo son!... Como los caramelos rosados. Una mezcla de ángel y de muñeca boba.

—Tienes alguna en vista, para comparar con tanta exactitud?...

Y animándose con picaresca volubilidad:

—Te gustaría que estuviera yo de novia? Con quién?... Veamos...

—Con un príncipe, nada menos—afirmó la tía Marta en tono de cómica solemnidad.

—Transijo hasta con un duque—repuso Tato, continuando la broma.

La joven volvió a estallar en una risa casi luminosa de cristalina:

—Mándame traer uno, papá!

Ambas hermanas miráronse satisfechas.