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Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El éxodo


El éxodoEditar

Han pasado dos semanas enteras, desde que don Florencio, armando viaje para fuera, se ha ido con su hijo mayor y un peón, a recorrer campos desconocidos, internándose en la Pampa, un poco al azar, con datos algo vagos sobre tal y cual punto que le han ponderado como bueno y fácil de arrendar, en condiciones ventajosas. Otros han ido, de los cuales algunos han vuelto, y se preparan a mandarse mudar con todo, sin mirar para atrás, convencidos de que ya, adentro, no hay adelanto posible y que allá, lejos, con campo extenso y barato, a pesar del pasto duro, están el porvenir, el aumento, la fortuna.

Sólo los miedosos se quedarán, amontonados y estrechos, pagando arrendamientos aplastadores, en estos campos sin holgura, donde el dueño les limita el número de yeguas y de vacas; donde las majadas, a cada rato, se mixturan; donde todo podrá ser muy lindo, ricos los pastos, verdes las lomas, dulce el agua, pero donde falta esta hermosura que sola hace la vida feliz, aun en medio de sus tristezas, la esperanza en el porvenir.

Y cuando don Florencio, de vuelta, dejando la tropilla, se aproxima al palenque con sus compañeros de viaje, entre la alegre gritería de su numerosa prole y de los saltos locos de la perrada, todos, en la sonrisa alegre que le ilumina la cara, leen otra cosa que la banal satisfacción de encontrarse ya en su hogar y rodeado de su familia; canta en sus facciones tostadas como nunca, por el áspero y continuo roce de los vientos y del sol de la Pampa, durante los quince días pasados a la intemperie, el triunfo del éxito. No llegaría Colón a España, después de su primer viaje a las Indias, más lleno de orgullo por su descubrimiento que don Florencio, ese día.

Y sentados en la rústica mesa, devorando en grandes tajadas el jugoso costillar de vaca, cuyos sabrosos vapores llenan la cocina del apetitoso perfume de la carne gorda asada, todos escuchan con avidez los mil cuentos que hace el viajero, de su larga expedición, cautivando la atención de su auditorio con la descripción de la llanura despoblada y la enumeración de sus riquezas inexplotadas. «¡Vieran que pastizales!¡Allá no se puede comer los capones de gordos!» ¡Y las lagunas, y las flores que hay en el campo, y el trébol de olor!, y a lo lejos, se ven sierras, las de Curamalal; ¡y la cantidad de venados, de perdices, de mulitas, sin contar los bichos de todas clases, tan tranquilos todavía, en ese desierto fértil, donde nada les falta!

Encantados están todos; y no cabe vacilación; mañana, irá don Florencio a la ciudad, a cerrar trato por dos leguas cuadradas de campo, y a la vuelta, -cuatro días apenas-,se empezará a preparar todo para la marcha, para el éxodo a los campos de afuera.

Nadie está triste en la casa, aun los que en ella han nacido, pues estos son muchachos todavía, y charlan sin descanso, con sus grandes ojos relucientes, soñando ya de mil proezas contra las alimañas de que habló el padre, y Martincito, que ya tiene diez años, hace revolear sus boleadoras de carne, persiguiendo un gallo, y gritando, en un arrebato de imaginación: «mirá, ché, mirá: ¡un avestruz!»

Y mientras anda don Florencio por la ciudad, se da aparte a los vecinos en los tres puestos del establecimiento, para dejar bien limpitas de ajenas sus cuatro mil ovejas; después se marcarán estas en el anca, con un fondo de botella mojado en alquitrán, precaución que evitará por el camino muchos trastornos, en caso muy posible de mixtura con majadas de señales parecidas. Y todos estos trabajos se vuelven fiestas para los muchachos, y también para los grandes, inagotables temas de conversaciones, de bromas, de suposiciones, de proyectos, optimistas todos, por supuesto.

Volvió don Florencio: ha tratado con el dueño del campo lejano, un comerciante de Buenos Aires, algo sorprendido de que ya pudiera darle renta ese campo que tiene como olvidado, desde más de diez años, y que, por lo demás, nunca ha pensado en visitar. Logró condiciones inesperadas, inesperadas para ambos, a la verdad, pues el campo le salió barato a don Florencio, y para el dueño, fue toda plata encontrada. Algunos días para acabar los preparativos, vender algunas cosas que estorbarían, en el viaje, comprar ropa y provisiones, arreglar las cuentas con el pulpero, herrar los terneros y los potrillos orejanos, embalar los cachivaches, contratar algunos peones que ayudarán a juntar los animales dispersos en la vecindad, y a arrear la hacienda; y una buena mañana, estando ya más o menos todo listo, empezó la jornada.

Todos han madrugado de veras, ese día; hay que aprovechar las horas de la mañana para emprender la marcha y hacer la primera etapa. Corta será, dos leguas quizás apenas; del sitio, elegido de antemano, de la primera parada, todavía se alcanzará a divisar, medio perdidas en los vapores de la lontananza, como espejismo que se desvanece, las poblaciones que se acaban de entregar al dueño del campo; pero, por corta que sea, esta primera etapa es la que violentamente separa el pasado, con todas sus zozobras, del porvenir, que sólo ofrece a los ojos de la ilusión, promesas hermosas.

Las tropillas, juntas con la manada, tomaron la delantera, y no quedan más caballos, en el palenque, que los ensillados.

El carro, donde ya se instalaron las mujeres, siguió al trote largo para el lugar donde deberán ellas preparar el almuerzo; van arreando los peones el rodeíto de lecheras, pequeño plantel del rodeo grande con que, con razón, sueña don Florencio, al salir para los campos extensos de pasto duro, tan propicios para la hacienda vacuna, y cuando ya se va retirando esta vanguardia, se abre el corral de las ovejas y se suelta la majada, juntándola, a las pocas cuadras, en medio de una tormenta de balidos ensordecedores, con las otras dos, traídas de los puestos; y despacio, sin apurarlas, dejándolas comer, el patrón, con sus hijos y algunos peones, arrean, en un solo trozo, las cuatro mil ovejas, haciéndolas salir, sin que lo sientan, del campo acostumbrado, hacia sus nuevos destinos.

Don Florencio se ha hecho vaqueano del camino que tiene que recorrer. Calcula que echará de doce a quince días, haciendo, por día, dos etapas de dos a tres leguas cada una. Ha fijado en su memoria, en lo posible, los sitios más adecuados para las paradas; los lugares donde hay agua y pasto, en campos de fácil acceso, sin demasiados alambrados, ni dueños de estancia conocidos por inhospitalarios y rezongones con las tropas que cruzan el campo.

En las primeras paradas, no está todavía, que digamos, muy bien organizado el servicio de campaña: por temor de olvidar la olla, se le ocurrió a doña Mercedes, la señora de don Florencio, de ponerla antes que todo, en el carro; y al llegar, por supuesto, hubo que descargar una cantidad de cosas para poderla encontrar. La suerte que había salido el carro con mucha anticipación y que hubo tiempo para preparar todo, prender el fuego y preparar el puchero, antes que llegara la majada.

A la noche, fue más fácil, porque se pudo llegar a lo de don Teódulo Fuentes, un amigo viejo de don Florencio, quien lo estaba esperando con buen corral para la manada y las vacas, cena lista para toda la comitiva, amos y peones, y hasta buenas camas para las mujeres. ¡Qué charla! Esa noche. ¡Qué de cuentos! ¡qué excitación! ¡qué alegría!, a pesar del cansancio causado por ese repentino cambio de vida.

¡Mire!, que le pidió datos y más datos don Teódulo a don Florencio, sobre los campos de afuera, y lo que costaba la legua, y si eran buenos los pastos, y si había buenas aguadas, y si el agua no era muy amarga; y quiénes estaban ya por allá, si a don Fulano le iba bien, y qué tal andaba de aumento; y sino era mejor vender las ovejas y comprar vacas, y esto, y el otro; y las contestaciones algo entusiastas, por supuesto, de Florencio lo dejaron tan pensativo que su despedida, por la mañana, fue casi una promesa de ir, el año siguiente, a visitarlo por allá.

Seguía el viaje, con todas las pequeñas peripecias previstas e imprevistas que se pueden presentar, en tan larga jornada.

Cada día traía consigo algún pequeño acontecimiento que le imprimía su sello peculiar, de satisfacción o de inquietud, de malestar o de relativo descanso. Las paradas no siempre salían como era de desear; en unas, se encontró romerillo, y quien sabe si no hubiera habido mortandad, a no ser la previsión que tuvo don Florencio de hacer zahumar en seguida las ovejas con una fogata de la misma planta; así se evitó un desastre seguro, pues en el campo de donde venían, no se conocía semejante peligro y las ovejas incautas y hambrientas, apenas en libertad, habían empezado a pellizcar las ramas florecidas.

Hubo días de lluvia, tristes y largos, durante los cuales, iban todos envueltos en humedad y en barro, con el ánimo desalentado, sepultada la cabeza en espesos pañuelos y la mente en pensamientos lóbregos, la vista ahogada por la espesa neblina que no permite siquiera ver a los compañeros, y apenas deja distinguir el trozo más inmediato del rebaño en marcha; ¡y qué vista aquella! Las ovejas cabizbajas, lentas y pesadas, por el agua que llevan en la lana, chapaleando en el barro de la huella, echando, de vez en cuando, un balido triste, triste como el día.

Penosa es la vida, en semejante ambiente cargado de agua, con el cielo que se desploma en lágrimas sobre el suelo esponjoso y empapado: difícil es prender fuego y conservarlo prendido; apenas alcanzan para ello los cardos secos y las ramas de cicuta que, por el camino, se han podido juntar y se han guardado al reparo, con toda clase de cuidados. ¡Y los cueros que no se secan! Allí están, tendidos en todas partes, sobre las barras del carro y sobre los cachivaches, los de los capones de consumo y los de los animales muertos por el camino, por una causa o por otra; y no dejan de ser numerosos ya, pues el que, acurrucado en el nido, mal que mal se conserva en vida, muchas veces, si lo mueven, aprovecha cualquier pretexto para dejarse morir.

Lo peor es, cuando llueve, no tener a mano, siquiera para las mujeres, algún rancho para que puedan pasar la noche bien abrigadas y en seco. Pero, no hay más remedio, a veces, que arreglarse como uno puede, y tender los colchones a bajo del carro, formando una especie de carpa con lienzos y lonas... y sufrir; una mala noche pronto se pasa.

Sí, pronto pasa; pero como quiera, no pasan tantos días, fecundos en pequeños trances de todas clases, sin dejar recuerdos a veces imborrables en los que, juntos, se han encontrado en

ellos. Se forma, durante ese tiempo, tal cúmulo de ayuda recíproca, de atenciones continuas, de

familiar cambio de ideas; reina una comunidad tan estrecha de penurias pasajeras, alegremente

sufridas, y de relativos goces compartidos, que se anuda toda clase de vínculos; y apenas ocho días después de haberse emprendido la marcha, no podía ya recibir Celestino, buen muchacho, puestero de don Florencio, un mate, de manos de Filomena, hija de este mismo, sin que se le viniera a los ojos un rayo luminoso, tan intenso que a la muchacha le hacía derretir el corazón y temblequear la mano.

-«Pero Filomena, ¿qué estás haciendo? ¿no ves que vuelcas el mate?, gritaba doña Mercedes; y ¿cómo no lo iba a ver Filomena, si el agua le quemaba las manos?; pero hay dolores que para que sean gustos, basta que los presencie... Celestino.

No siempre llueve; también hay días lindos, para hacer nuevas etapas y adelantar el viaje, más cuando se va al Sud, y que después de la lluvia, sopla casi de frente y con todas sus ganas, el viento sudoeste, el Pampero que todo lo rejuvenece y lo reanima.

En esos días, al poco andar, dos de los muchachos cortaban de la punta delantera, cien o doscientos animales guapos y livianos, capones, los más, y echándolos por delante, los arreaban ligero, haciéndolos correr un poco. Las ovejas que quedaban por detrás no querían, por supuesto, ser menos, y balando, empezaban a correr también, para juntarse con las de adelante, y seguían las demás, y al cabo de un rato, se iba deshilando la chorrera, apurando el paso, cada una según sus fuerzas, para alcanzar a las de adelante, ocupando el arreo, con su inacabable rosario de cuatro mil ovejas que caminaban de a una o de a dos en fila, una extensión de una legua. Hasta que la culata haciéndose más pesada, con la corrida, y más renga, y más lerda, y más mañera, exigiendo de los que la arreaban, cada vez más gritos y más esfuerzos, había que mandar parar la punta delantera; y a esta le entraba entonces tal apuro para comer, que a vista de ojo se hinchaban las panzas y se pelaba el campo.

Al pasar por delante de un rancho, don Florencio se paró y pidió un vaso de agua. Iba él detrás de todo, cuidando de que no quedase rezagada alguna punta de ovejas, olvidada entre las pajas, o algún animal caído, al cual hubiera que sacar el cusro; y ya no podía más el pobre, con la tierra que le llenaba la garganta y los ojos, cubriéndole el rostro de una capa espesa; y aunque fuera para él un desconocido, el dueño de casa lo vino a saludar y lo convido a bajarse un rato, a tomar un mate, siquiera. Un resero, que compre y arree animales para dentro, o que vaya para fuera con hacienda de cría, merece siempre ser bien recibido; pues de él no se puede esperar sino cosa buena: dinero, si compra, datos, si se muda. Don Florencio se tragó primero un gran jarro de agua, y apeándose, entró en el rancho; no podía quedarse allí mucho rato, pues seguía caminando la majada, aunque más despacio, y apenas demoró un cuarto de hora. Pero fue tal la avalancha de preguntas y de indagaciones que le hizo el huésped, que comprendió que también ese era otro candidato para los mismos rumbos; y cuando se le preguntó como le iba a don Casimiro Arancibia, que era un conocido de ambos, y también se había mudado para aquellos pagos, y que contestó: «¿Don Casimiro?, si somos vecinos, allá; ocho leguas escasas hay de su casa al campo a donde voy. Le va espléndidamente», ya se le afirmó la resolución al hospitalario criollo, de mandarse mudar también pronto, con hacienda y todo, para fuera.

Ese mismo día, se llegó a la orilla del Azul, arroyo barrancoso, de regular anchura, pero poco hondo, y se buscó n un buen sitio para poderlo vadear sin mayor dificultad, en la mañana siguiente. Noche apacible fue aquella, tibia, sin viento, de silencio profundo, sólo turbado por el soñoliento balido de algún borrego separado de la madre, por el cantito del agua sobre la tosca, y por el monótono ruido del rumeo de las ovejas que, hasta tarde, se habían podido llenar a su gusto, con el pasto tierno, abundante de la costa del arroyo. Y cuando dejaron las estrellas, encandiladas por la luz del alba, de mirarse en el espejo quebradizo de la corriente rizada, don Florencio se recordó y despertó a los compañeros, para que después de churrasquear y tomar un mate, se empezara el penoso trabajo de pasar el arroyo.

Puede ser que si hubieran sido extranjeros, hubieran dejado los caballos a un lado; pero siendo criollos, todos, lo primero que hicieron fue de arrear, montados, la inmensa majada, amontonándola en la ribera, encerrándola cada vez más, haciéndola remolinear, revolcando los rebenques y desgañitándose a gritos. Una hora, por lo menos, duró el esfuerzo; pero al sentir el agua, las ovejas les mezquinaban las patitas, como si hubiera sido fuego, y hacían tanta fuerza para atrás como si hubieran sido, ellas mismas, infranqueable corral; de tal modo que las de la orilla, pisoteadas por los caballos y golpeadas, sin poder avanzar, pronto no tuvieron otro deseo que el de volverse por atrás y de ganar campo: y diez veces, lo consiguieron, cortándose en puntas, disparando por todos lados, entre la patas de los caballos, burlando la rabiosa impotencia de los peones desanimados.

-«Cortaremos una punta, dijo don Florencio»; y manteniendo aproximada al arroyo la majada, atajada por dos o tres muchachos, los otros cortaron, entre todos, las doscientas de siempre, las delanteras de las caminatas aceleradas; y echándolas a todo correr hacia el arroyo, a gritos y golpes, trataron de hacerlas enderezar para la otra orilla; mientras los muchachos empujaban el grueso de la majada, para que no se interrumpiese la corriente.

Si los hombres hubieran andado a pié, quizás pasan las delanteras; pero estaban a caballo, y fue en vano; apenas hubieran tocado el agua, que nada las pudo contener y se volvieron como tromba. Desanimados estaban todos, cuando un puestero irlandés que vivía ahí cerca, notó el percance y vino en su auxilio.

-«¡Porfiadas las rabonas!, como cangrejos para volverse atrás, le dijo don Florencio, cuando se acercó; vamos a quedar aquí toda la mañana.

-No crea, contestó el irlandés; pruebe de otro modo. A pie, corten una puntita que puedan, entre todos, encerrar de tal modo que ni una oveja se vuelva; acérquenla despacio, sin gritar, sin chistar, siquiera, sin golpear, y mientras por detrás se va arreando la majada, cruzan el arroyo, a pie entre el agua, empujando despacio las ovejas con las manos».

Don Florencio, renegando, pero dócil como quien conoce que ha agotado todos sus recursos y acepta cualquier auxilio como caído del cielo, obedeció, y la maniobra empezó, bajo la dirección del irlandés. ¡Oh!, la primera vez, no salió bien; pues, aunque las ovejas, como abombadas por la tuerza silenciosa que las envolvía, entraran al agua, sin hacer mucha resistencia, vacilaron los peones, al ver que había que mojarse casi hasta la cintura, y empezaron a aflojar.

Dos capones grandes se dieron vuelta, forcejearon hacia la orilla que ya iban dejando; un peón gritó, otro levantó un brazo para pegar a los revoltosos, y bastó esto para que toda la puntita se volviera atrás, rompiendo el cerco y pasando los animales entre las piernas abiertas y los brazos levantados, de tal modo que los peones quedaron con la cara compungida de quien ha cerrado fuerte la mano para agarrar agua.

El irlandés se reía: «¡Oh!, decía, le tienen miedo al agua; hay que entrar, no más, con las ovejas, y seguirlas hasta la otra orilla; sino no hacen nada».

Y se volvió a hacer la misma maniobra; pero esta vez, en toda forma, y cuando llegaron a la otra orilla, todos mojados, pero satisfechos, y dejaron allá, sueltas, las veinte o treinta ovejas que habían así llevado, oyeron en seguida detrás de sí, los balidos apurados de toda la majada que, en columna espesa, cortaba la corriente y salvaba el paso.

Ya empezaban los pastos a cambiar de naturaleza. La población era todavía escasa, por aquellas alturas, pero era llanura fértil y de tierra buena, voluntaria para cubrirse de pasto, algo duro quizás, pero tupido y florido; tan florido que, dos horas después de haber pasado el arroyo, vio con sorpresa don Florencio que muchas de sus ovejas caían y se revolcaban, como atacadas de alguna enfermedad nerviosa.

Hizo juntar pronto la majada, acordándose-de lo que le habían contado del chucho, pasto muy pernicioso, le habían afirmado, que mataba en un momento millares de ovejas.

No pudo conocer esta vez el dichoso yuyo ese, fruto, por lo demás, de la imaginación campestre; y sin sospechar siquiera que la súbita enfermedad pudiera ser un simple acceso de ebriedad, causado por las flores con que se habían llenado vorazmente las ovejas, emprendió otra vez la marcha, después de señalar con cinco esqueletos rojizos la etapa.

Pocos son los sitios donde se haya hecho parada, que no luzcan mayor o menor cantidad de estos tétricos mojones. Pero, aunque merme un poco la majada, durante el viaje, no hay por eso que perder la fe en el porvenir: ¿no hablan todos los que han ido a establecerse en aquellos campos, de aumentos inauditos? Y entonces, ¿qué importan cien o doscientas ovejas sembradas por el camino?

Don Florencio, por su parte, tiene el corazón rebosando de esperanza; nunca por cierto, ha oído hablar de los patriarcas bíblicos; pero lo mismo que ellos, siente que su misión de pastor, en estas inmensas llanuras, es de poblar: poblar con sus rebaños la Pampa extensa; desparramar por ella, en enjambres, los animales domésticos, providenciales proveedores de la humanidad, que, con prodigalidad sin igual, le ha confiado la naturaleza, y también esparcir por estos campos tan injustamente desiertos, los hijos de su sangre, para que, según la orden divina: «crezcan y se multipliquen».

...Y lo mismo piensan Celestino y Filomena.