Dos rosas y dos rosales: 13

Dos rosas y dos rosales de José Zorrilla
Historia de la primera Rosa: capítulo III, VI

VI.Editar

Y trascurrió una semana,
Durante la cual subía
Al castillo cada día
El doctor muy de mañana;

Y á Don Carlos presentando
Su colación matutina,
Iba de su medicina
Los efectos observando.

El mozo se acostumbró
Poco á poco á su presencia,
Y el médico con paciencia
La voluntad le ganó.

Pasósele la manía
En que con furor insano
De su puerta espada en mano
Las entradas defendía;

Y al llamar á ella el doctor,
Salía tranquilamente
Y almorzaba mansamente
Con él en el corredor.

Mentóle á Rosa una vez,
Y él, siguiendo en su manía,
Con la mayor sencillez
Dijo: “duerme todavía.”

Sentóse un dia el barón
Entre ellos dos á la mesa
Sin que hiciera de sorpresa
La menor demostración;

Comió en silencio y tranquilo
Sin la señal mas ligera
De que les reconociera,
Mas no perdió nunca el hilo

De las continuas historias
Que el médico le contaba,
Y con las cuales trataba
De despertar sus memorias.

Don Carlos, cuya demencia
Tal vez era una manía,
Que completa le absorvia
La luz de la inteligencia,

Que habiendo todo su ser
Concentrado en una idea,
Le hace cuanto ella no sea
Incapaz de comprender,

Presta á cada relación
Del médico oido atento,
Porque él echa en cada cuento
Un anzuelo á su razón.

Y del corazón humano
Conocedor, y de ciencia
Muy capaz cualquier dolencia
De sondar, le va á la mano

Con sus oportunos cuentos
Trayendo insensiblemente,
Haciéndole diestramente
Hilvanar sus pensamientos.

Pero nunca los asuntos
Y relaciones horrendas
De sus sombrías leyendas
Tocaban mas que dos puntos:

El amor y la locura;
Amor siempre contrariado,
Pero siempre al fin logrado
Por milagrosa aventura.

Locura siempre causada
Por un amor imposible
O por una escena horrible,
Mas por el amor curada.

Pues todas sus relaciones
Concluían venturosas
Con curas maravillosas
Y hasta con resurrecciones.

El barón, que algunas veces
Tales historias oía,
A sí mismo se decia;
“¿A qué contarle sandeces

“Semejantes? ¿No está ya
“Bastante huero de seso
“Sin venirle ahora con eso?
“En fin, él se entenderá.

“¡Qué diablos! este doctor
“No hace como los demás
“Ninguna cosa jamás.”
Y se iba de mal humor

El barón á su aposento,
Dejando al doctor y á su hijo
Engolfados de algún cuento
En el relato prolijo.

Mas el buen doctor, que paso
A paso con sus intentos
Iba adelante, sus cuentos
Seguia sin hacer caso

Del barón; y cada dia
Con mas atención Don Carlos
Distraído en escucharlos
Menos loco parecía.

Y así pasó otra semana;
De noche apuraba el loco
Su frasquillo poco á poco,
Y el doctor por la mañana

Subia el efecto á ver
Del misterioso elixir,
Y tornábase á partir
Para tornar á volver.

Y siempre al irse, el barón
Al médico preguntaba
Si Don Carlos mejoraba:
Mas nunca contestación

Categórica obtenía:
Por lo que él daba por fijo
Que ó no mejoraba su hijo
O el doctor no lo sabia.

Mas si rázon de provecho
Jamas de él puede obtener,
Siempre le ve parecer
Y marcharse satisfecho:

Lo cual tiene el buen barón
Tan ciego y desorientado,
Que vive como colgado
Entre una y otra opinión.

Resuelto, pues, á esperar,
Al tiempo deja que ruede
Y hace no mas lo que puede,
Que es; ver, oir y callar.

Y así paso la semana:
El doctor en cada cuento
Mas difuso, y mas atento
Don Carlos cada mañana.