Don Fernando Ruiz de Castro

El Museo universal (1868)
Don Fernando Ruiz de Castro
de Ramón de Campoamor

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

Proverbios ejemplares.


No há muchos dias anunciaron los periódicos la próxima terminación de un poema en que se ocupa el celebrado autor de las Doloras. Este poema, del cual conocemos parte, está destinado á llamar poderosamente la atención del público, asi por la profundidad del pensamiento filosófico que le sirve de base, como por la manera originalísima con que se va desarrollando en la interesante serie de sus episodios, en los cuales alternan y contrastan los afectos apacibles, con lo mas dramático y sombrío que puede ofrecer la poesía. El poema se divide en cantos, y cada uno de ellos, sin romper la unidad de la obra, tiene un fin especial. Dos de los personajes principales, Paz y Honorio, recorren el espacio infinito, donde encuentran castigo los siete pecados mortales, en otros tantos astros invisibles. En cada uno de ellos se dirigen á uno ó mas condenados, preguntándoles su historia, lo cual da motivo al poeta para describir con una maestría en la forma y una verdad en el fondo, que á veces espanta, los vicios capitales del mundo.

Hoy tenemos el gusto de anticipar á nuestros suscritores, la lectura del episodio, cuya narración pone el autor en boca del condenado á purgar la ira en el astro correspondiente, reservando para mas adelante la de algún otro que, si no le aventaja, no le cede en belleza.

DON FERNANDO RUIZ DE CASTRO. —

«Mi esposa Estefanía, que está en gloria,
fue del sétimo Alfonso hija querida:
desde hoy sabréis al escuchar su historia
que hay desgracias sin fin en nuestra vida.

»Yo la maté celoso; y si remiso
no me maté también la noche aquella,
fue por matar después si era preciso
á todo el que, cual yo, dudase de ella.

«Cierto conde don Vela á Estefanía
la profesó un amor que ella ignoraba;
y Fortuna, una dama que tenia,
al don Vela á su vez idolatraba.

»Por las noches, Fortuna, artificiosa,
mientras su dueña se entregaba al sueño,
disfrazada y fingiéndose mi esposa,
hacia al conde de sus gracias dueño.

»En mi parque, una noche, Inicia una umbría
llegar vi á una mujer y á un hombre á poco;
luego el nombre al oir de Estefanía,
¡ay! yo pensé que me volvía loco.

«Torno á escuchar de Estefanía el nombre;
por vengarme mejor mí rabia aplazo;
mas vi después á la mujer y al hombre
confundirse los dos en un abrazo.

»Y—¡En guardia!—grito al hombre; él se prepara,
le acoso airado y con valor me acosa,
y mientras mato al Vela cara á cara
huye la infame que creí mi esposa.

»Dejo allí al conde atravesado el pecho,
y persiguiendo á la mujer que huia,
vi á la luz de una lámpara en su lecho
dormida dulcemente á Estefanía.

«Aquel sueño de paz juzgo fingido;
la despierto, me ve, me echa sus brazos;
y con mi daga entre ellos oprimido
hice feroz su corazón pedazos.

—«¿Me matas?» dijo; y contesté:—«De celos!»
—«¡Loco!» gritó: y al ver que me abrazaba,
—«¡Cuál te amaba!»—esclamé, y ella á los cielos
miró y dijo al morir:—«¡Cuánto me amaba!»

«Sentí luego una puerta que se abría,
y al resplandor de la naciente luna,
con el trage salió de Estefanía
cual siniestra sonámbula Fortuna.

—«¡Bárbaro! -dijo,—la mujer que ha huido
no es tu esposa feliz que muere amada;
yo soy quien disfrazada he recogido
el precio vil de una pasión robada!

«Perdona, Castro, la demencia mia;
te dejo honrado aunque de angustia lleno:
y pues muere entre sangre Estefanía
es muy justo que yo muera entre, el cieno.»—

»Y asi diciendo, del balcón abajo
se echó Fortuna de cabeza al rio,
y al ruido que hizo al recibirla el Tajo
bañó todo mi cuerpo un sudor frió.»—

Era de Castro la amargura tanta,
que al furor reemplazando la tristeza,
ronca la voz y seca la garganta,
cayó sobre su pecho su cabeza.

Y concluyó:—«¿No es cierto que debía
matarme yo también la noche aquella?
Mas, si faltase yo, ¿quién mataría
al que dudase de mi honor y el de ella?.»—

       Ramón de Campoamor.