V

Desde hacía un mes, Chaverny, estaba muy preocupado con la idea de llegar a ser gentilhombre de cámara.

Parecerá acaso extraño que un hombre gordo, perezoso, amigo de la comodidad, fuese accesible a un pensamiento ambicioso; pero no carecía de buenas razones para justificarlo.

—Ante todo—decía a sus amigos—, yo gasto mucho dinero en palcos, que doy a mujeres.

Cuando tenga un cargo en la corte, tendré, sin que me cueste un céntimo, tantos palcos como quiera. Y ya se sabe todo lo que se consigue con palcos. Además, me gusta mucho cazar; tendré a mi disposición los cazaderos reales. Por último, ahora que no tengo ya uniforme, no sé cómo vestirme para ir a los bailes de Madama; no me gustan los trajes de marqués; un traje de gentilhombre de cámara me sentárá muy bien.

Por consiguiente, se había puesto a solicitarlo. Hubiese querido que su mujer solicitase también; pero ella se había negado con obstinación, por más que tuviese varias amigas muy influyentes. Por haberle hecho algunos pequeños favores, confiaba mucho en el crédito del duque de H***, que era entonces muy bien visto en la corte. Su amigo Chateaufort, que tenía también muy buenos conocimientos, le servía con un celo y un interés que encontraréis acaso si estáis casados con una mujer bonita.

Una circunstancia favoreció mucho el asunto de Chaverny, aunque pudo tener para él consecuencias bastante funestas. Su mujer se había procurado, no sin algún trabajo, un palco de la Opera cierto día de primera representación. Este palco tenía seis asientos. Chaverny, por excepción, y después de vivas instancias, había consentido en acompañarla. Era que Julia quería ofrecer un asiento a Châteaufort y, sintiendo que no podía ir sola con él a la Opera, había obligado a su maridɔ a venir a esta función.

Inmediatamente, después del primer acto, Chaverny salió, dejando a su mujer sola con su amigo. Ambos guardaron al principio silencio con aire un poco cohibido: Julia, porque desde hacía algún tiempo se sentía turbada cuando se hallaba a solas con Châteaufort; éste, porque tenía sus proyectos y había encontrado conveniente aparecer conmovido. Al echar a hurtadillas una ojeada por la sala, vió con placer varios gemelos conocidos dirigidos hacia su palco. Experimentaba una viva satisfacción en pensar que, varios amigos suyos envidiaban su felicidad y, segúr. toda apariencia, la suponían más grande de lo que en realidad era.

Julia, después de haber olido su pomo y su ramillete varias veces, habló del calor, del espectáculo, de los trajes. Châteaufort escuchaba distraído, suspiraba, se agitaba en su asiento, miraba a Julia y volvía a suspirar. Julia comenzaba a inquietarse; de repente él exclamó: —¡Cómo quisiera vivir en los tiempos de la caballería!

—¡Los tiempos de la caballería! ¿Por qué?—preguntó Julia—. Sin duda porque un traje de la Edad Media le sentaría a usted bien?

—Muy fatuo me supone usted—dijo él con tono de amargura y de tristeza—. Me gustan esos tiempos porque un hombre que tenía corazón podía aspirar a... muchas cosas.... En definitiva no se trataba mas que de hendir un gigante para agradar a una dama. Mire usted: ¿ve ese gran coloso en la galería? Yo quisiera que usted me ordenase ir a pedirle el bigote, para darme en seguida permiso de decirle a usted dos palabritas sin que se disgustase.

—¡Qué locura!—exclamó Julia, ruborizándose hasta el blanco de los ojos, pues adivinaba estas dos palabritas—. Pero vea usted a la señora de Sainte—Hermine, descotada a su edad y con traje de baile.

—Yo no veo mas que una cosa: que usted no quiere escucharme, y hace mucho tiempo que lo advierto... Usted lo quiere, me callo; pero...—añadió muy bajo y suspirando—usted me ha comprendido.

—No, ciertamente—dijo Julia con tono seco—. Pero ¿dónde está mi marido?

Una visita muy oportuna la sacó de apuro. Châteaufort no despegó los labios. Estaba pálido, y parecía profundamente afectado. Cuando salió el visitante, hizo algunas observaciones indiferentes sobre el espectáculo. Había entre ellos largos intervalos de silencio.

Iba a comenzar el segundo acto, cuando se abrió la puerta del palco y apareció Chaverny, acompañando a una mujer muy bonita y muy compuesta, tocada con magníficas plumas rosa. El duque de H*** la seguía.

—Querida amiga—dijo a su mujer—, he encontrado al señor duque y a la señora en un palco detestable de al lado, desde el cual no pueden verse las decoraciones. Se han servido tomar un asiento en el nuestro.

Julia se inclinó fríamente; el duque de H*** le desagradaba. El duque y la dama de las plumas rosas, se confundían en excusas y temían molestarla. Hubo un movimiento y un pugilato de generosidad para colocarse. Durante el desorden que se originó, Châteaufort inclinóse al oído de Julia, y le dijo muy bajo y muy de prisa:

—Por amor de Dios, no se coloque usted delante. Julia se extrañó mucho y permaneció en su puesto. Ya todos sentados, se volvió hacia Châteaufort, y le pidió con una mirada algo severa explicación de este enigma. Estaba sentado, con el cuello rígido y los labios apretados, y toda su actitud, anunciaba que sufría una enorme contrariedad. Reflexionando, Julia interpretó bastante mal la recomendación de Châteaufort. Pensó que quería hablarle bajo durante la representación y continuar sus singulares discursos, cosa imposible si se ponía delante. Al mirar hacia la sala notó que varias mujeres dirigían sus gemelos hacia el palco; pero siempre ocurre lo mismo cuando aparece una figura nueva. Hablaban en secreto y sonrefan; pero ¿qué había en ello de particular? ¡La Opera es una aldea tan pequeña!

La dama desconocida se inclinó hacia el ramillete de Julia, y dijo con sonrisa encantadora:

—¡Tiene usted un magnífico ramillete, señora!

Me parece que ha debido costar mucho en esta estación: por lo menos, diez francos. Pero, ¿se lo han dado a usted, es un regalo, sin duda? Las damas no compran nunca sus ramilletes.

Julia abría los ojos, y no sabía qué especie de provinciana tenía delante.

—Duque—dijo la dama con aire lánguido—, usted no me ha dado un ramillete.

Chaverny se precipitó inmediatamente hacia la puerta. El duque quería detenerlo y la señora también. No tenía ya ganas de ramillete. Julia cambió una mirada con Châteaufort, como queriéndole decir:

—Le doy las gracias, pero es demasiado tarde.

No había, sin embargo, adivinado por completo.

Durante toda la representación, la dama de las plumas, tocaba con los dedos con medida falsa y hablaba de música a tontas y a locas. Interrogaba a Julia sobre el precio de su traje. de sus joyas, de sus caballos. Julia no había visto modales semejantes. Dedujo que la desconocida debía de ser una parienta del duque, recién llegada de la baja Bretaña. Cuando volvió Chaverny, con un enorme ramillete, mucho más hermoso que el de su mujer, hubo una gran admiración, con gracias y excusas interminables.

—Señor de Chaverny, yo no soy ingrata—dijo la supuesta provinciana, después de una larga retahila; para probárselo, "hágame usted pensar en prometerle alguna cosa", como dice Potier. De verdad, le bordaré una bolsa cuando acabe la que he prometido al duque.

Por fin terminó la ópera, con gran satisfacción de Julia, que se sentía violenta al lado de su singular vecina. El duque le ofreció el brazo; Chaverny tomó el de la otra dama. Châteaufort, con aire sombrío y contrariado, seguía detrás de Julia, saludando cohibido a las personas conocidas que encontraba en la escalera.

Algunas mujeres pasaron al lado de ellos. Julia las conocía de vista. Un joven les habló bajo con risa burlona; en seguida miraron, con aire de curiosidad muy viva, a Chaverny y a su mujer, y una de ellas exclamó:

—¿Es posible?

Apareció el coche del duque; éste saludó a la señora de Chaverny, repitiéndole las gracias por sus atenciones. Mientras tanto, Chaverny quería acompañar hasta el coche a la dama desconocida, y Julia y Châteaufort se quedaron solos un momento.

—¿Quién es esta mujer?—preguntó Julia.

—¡No debo decírselo..., porque la cosa resulta un poco extraordinaria!

—¿Cómo ?

—Por lo demás, todas las personas que la conocen a usted sabrán a qué atenerse. ¡Pero Chaverny!... No lo hubiera creído.

—Pero, bueno, ¿ qué es ello? ¡Hable usted, por favor! ¿Quién es esa mujer?

Chaverny volvía. Châteaufort respondió en voz baja:

—La querida lel duque de H***, la señora Melania R***.

¡Dios mío!—exclamó Julia, mirando a Cháteaufort con aire estupefacto—. ¡Es imposible!

Châteaufort se encogió de hombros, y, al mismo tiempo que la acompañaba al coche, añadió:

—Eso es lo que decían esas señoras que hemos encontrado en la escalera. En cuanto a la otra, es una persona aceptable dentro de su género. Exige cuidados, miramientos... Hasta tiene un marido.

—Querida—dijo Chaverny con tono alegre, tú no me necesitas para volver a casa. Buenas noches. Voy a cenar en casa del duque.

Julia no respondió nada.

—Châteaufort—prosiguió Chaverny—, &quiere usted venir conmigo a casa del duque? Está usted invitado, acaba le decírmelo. Se ha fijado en usted, y le es usted simpático, buena persona.

Châteaufort dió las gracias fríamente, y saludó á la señora de Chaverny, que mordía el pañuelo con rabia cuando partió su coche.

—Bien, querido—dijo Chaverny—, al menos me llevará usted en su "cabriolet" hasta la puerta de esta infanta.

—Con mucho gusto—respondió alegremente Châteaufort—; pero, a propósito, ¿sabe usted que su mujer ha comprendido al fin al lado de quien estaba?

—Imposible.

—Esté usted seguro; y por parte de usted, no estaba eso bien.

—¡Bah! Ella ha estado muy bien, y además no se la conoce todavía demasiado. El duque la lleva a todas partes.