IV

Varias personas invitadas a la comida de la señora de Chaverny se habían excusado, y esto hizo la comida un poco triste. Châteaufort estaba al lado de Julia, muy afanoso en servirla, galante y amable como de costumbre. En cuanto a Chaverny, que se había dado un largo paseo a caballo, tenía un apetito prodigioso. Su voracidad era capaz de estimular las ganas de los más enfermos. El comandante Perrin le hacía compañía, escanciándole a menudo y riendo a grandes carcajadas, cuantas veces la soez alegría del anfitrión le daba pie para ello. Chaverny, sintiéndose entre militares, había recobrado en seguida su buen humor y sus modales del regimiento; por lo demás, no había sido nunca de los más delicados en la elección de sus bromas. Su mujer adoptaba un aire fríamente desdeñoso a cada salida impertinente; en tal circunstancia, se volvía del lado de Châteaufort y entablaba un aparte con él, aparentando no escuchar una conversación que le desagradaba soberanamente.

He aquí una muestra de la urbanidad de este modelo de esposos. Hacia el final de la comida, habiendo recaído la conversación sobre la Opera, discutíase el mérito relativo de varias bailarinas, y, entre otras, elogíabase mucho a la ***. Con tal motivo, Châteaufort excedió a los demás en sus elogios, alabando sobre todo su gracia, su aire y sus modales honestos.

Perrin, a quien Châteaufort había conducido a la Opera algunos días antes y sólo esta vez había ido, se acordaba muy bien de la ***.

—¿Es aquella pequeña, vestida de rosa, que salta como un cabrito, que tiene las piernas de que usted habla tanto, Châteaufort?

—¡Ah! Hablaba usted de sus piernas?—exclamó Chaverny—, ¡Pero no sabe usted que si ha bla demasiado de ellas, regañará con su general, el duque de J***! ¡Cuidado, compañero!

—No le creo tan celoso que prohiba mirarlas a través de unos gemelos.

Al contrario; está tan orgulloso de ella, como si las hubiese descubierto. ¿Qué dice usted, comandante Perrin?

No soy competente mas que en piernas de caballo respondió modestamente el viejo soldado.

—Son verdaderamente admirables — prosiguió Chaverny, y no las hay más hermosas en París, excepto las... Se detuvo y se puso a retorcerse el bigote con aire burlón, mirando a su mujer, que enrojeció hasta los hombros.

—Excepto las de la D***?—interrumpió Châteaufort, citando a otra bailarina.

—No—respondió Chaverny, con el tono trágico de Hamlet. "Pero mira a mi mujer." Julia se puso púrpura de indignación. Lanzó a su marido una mirada rápida como el relámpago, pero en la que se pintaban el desprecio y el furor. Después, esforzándose por contenerse, se volvió bruscamente hacia Châteaufort.

—Es preciso—dijo con voz ligeramente temblorosa que estudiemos el dúo de "Maometto". Debe resultar muy bien con la voz de usted.

Chaverny no cambiaba de tema fácilmente.

—Châteaufort, no sabe usted que he querido sacar un molde de las piernas de que hablo? Pero no han querido permitirmelo.

Châteaufort, que experimentaba una alegría muy viva con esta impertinente revelación, aparentó no haber oído y habló de "Maometto" con la señora.

—La persona a quien aludo—continuó el implacable marido—se escandalizaba de ordinario cuando le hacía justicia en este punto; pero en el fon do no le disgustaba. No sabe usted que se hace tomar medida por el que le vende las medias?...No te disgustes, mujer; "la que le vende las medias". Cuando estuvo en Bruselas, me llevé tres páginas de letra suya con las más detalladas instrucciones para compra de medias.

Pero era inútil que hablase; Julia estaba decidida a no escuchar una palabra. Charlaba con Châteaufort y le hablaba con una alegría afectada, y su sonrisa graciosa quería persuadirle de que sólo a él escuchaba. Châteaufort, por su parte, parecía completamente absorto en el "Maometto"; pero no se le escapaba ninguna de las impertinencias de Chaverny.

Después de la comida se tocó música, y la señora de Chaverny cantó al piano con Châteaufort.

Chaverny se eclipsó en cuanto se abrió el piano.

Llegaron varias visitas; pero esto no impidió que Châteaufort hablase muy a menudo en voz baju con Julia. Al salir declaró a Perrin que no había perdido la noche, y que sus asuntos iban viento en popa.

Perrin, encontraba muy sencillo que un marido hablase de las piernas de su mujer; y cuando se quedó solo en la calle con Châteaufort, le dijo con un tono convencido:

—¿Cómo se atreve usted a perturbar un matrimonio tan bien avenido? ¡Usted sabe lo que quiere a su mujer!