Contra la marea: 24

Capítulo XXIV
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Contra la marea Alberto del Solar


Por esa época y a mediados del verano, más o menos, sobrevinieron, casi repentinamente, varios acontecimientos públicos que determinaron como consecuencia cierta alarma en el círculo de los especuladores más atrevidos. El principio de la enfermedad en que pronto debía consumirse el país se declaraba ya. Al uso del crédito sucedía, no sólo el abuso, sino el abuso monstruoso.

De allí a la crisis no había más que un paso. La entrada del nuevo año empeoró las cosas. Prodújose un krack que llenó de terror a los especuladores.

Jorge y Rodolfo perdieron, de un solo golpe, las ganancias de varios meses.

Pero esta advertencia, lejos de serles provechosa, los irritó y los condujo a la peor de las resoluciones: intentar a fuerza de audacia recuperarlo todo de una vez.

El resultado inmediato de los hechos había sido un alza repentina, inusitada, en el precio del oro; precisamente en circunstancias en que ambos especuladores jugaban a la baja.

La liquidación de fin de mes dejoles un enorme saldo en contra.

Jorge, de ordinario tan seguro en sus procedimientos bursátiles, comenzó, por vez primera, a sentirse desorientado.

Su amigo le aconsejó entonces una prudente calma. Pero, inútilmente. La opinión de Levaresa, del todo contraria a la de su socio, lo llevó a engolfarse más aún en el abismo.

Rodolfo, como era natural, sufrió, a su vez, las consecuencias de tales desaciertos y concluyó por desorientarse también, alarmándose como los demás.

En el primer momento, aturdido, quiso retirarse, ¿pero cómo abandonar a su compañero? Y luego, ¿cómo resignarse a dar por definitivamente perdido lo ganado a fuerza de tanto afán?

Difícil sería bosquejar aquí, siquiera fuese a grandes rasgos, el cuadro de una situación memorabilísima y por todos conocida. Bastará, pues, decir que las famosas especulaciones en tierras improductivas, títulos estrafalarios y otros fantasmas de valores por el estilo que tanto dieron que hablar durante todo un periodo económico sensacional, disminuyeron considerablemente en sólo unos cuantos días. Los bancos, asediados por sin número de deudores que debían cubrir obligaciones a plazo ya vencidas o por vencerse, alarmados a su vez, comenzaron a restringir el crédito, lo que dio lugar a que aparecieran en legión los usureros, entronizando, desde entonces, el pacto de retroventa y el terrible uno y medio por ciento, que tantas víctimas debía hacer.

A aquellos que tenían fuertes depósitos en los establecimientos bancarios oficiales les llegó el caso de retirarlos poco a poco, parte por desconfianza, parte para aprovecharse del naciente pánico y darles, merced a él, inversión más productiva.

Cundió el descontento. Unos culpaban al gobierno, otros a los especuladores. Varios ministros de hacienda perdieron sucesivamente sus carteras y, al caer, fueron cubiertos con las maldiciones de los más, con la compasión de unos pocos, y con la simpatía de los menos. Y a todo este cúmulo de hechos nefastos vinieron a agregarse, por fin, como para hacer más sombrío aún el cuadro, los rumores de un movimiento revolucionario que se suponía próximo a estallar.

Tres meses consecutivos duraba ya esta situación. Las pérdidas de Jorge y de Rodolfo habían ido aumentando de día en día. Extraviados ya, definitivamente, en el rumbo, ni uno ni otro sabía qué hacer.

Sobrevino, por fin, la anunciada revolución que dio por tierra con un gobierno, mas no con un estado de cosas.

Ambos socios tomaron parte, si bien indirecta, en los acontecimientos. Fueron revolucionarios de corazón y acudieron al puesto del peligro resueltos a hacerse notar allí.

Mas, terminado luego aquello, que fue tan breve, volvieron a lo de antes: a especular, a exponer el resto de su capital, a seguir perdiendo lo ganado.

Por más esfuerzos que hacían por ocultar sus desastres financieros, la noticia de esos desastres empezó a cundir de boca en boca. Sus verdaderos amigos se inquietaron.

Lucía misma, hizo a Rodolfo dos o tres advertencias disimuladas.

Una angustia, creciente, aniquiladora, fue apoderándose de Montiano a medida que empezó a darse cuenta cabal de su caso. Por todas partes oía que el mal era incurable, que la situación producida no tenía ya remedio, que la catástrofe era segura... y, sin embargo, no encontraba fuerzas para detenerse ni energía para aprovechar de su situación. Le parecía que desde que su estrella había comenzado a eclipsarse, se eclipsaba, también, su prestigio. Y entonces se sintió despechado. Creyó deber recuperar ese prestigio a toda costa; y, pues había nacido él al calor de su fortuna, sólo la fortuna podría reivindicárselo...

La ambición es así.

Una tarde, hallábase Rodolfo en su despacho aguardando, impacientemente a Jorge, que ese día debía realizar en la bolsa una operación atrevidísima en la cual cifraban ambos grandes esperanzas. Comenzaba ya a inquietarse por la demora de su socio, cuando lo vio entrar precipitadamente, pálido y aterrado.

-¡Maldita suerte! -exclamó Levaresa arrojándose sobre un canapé...- ¡Los dos golpes!

-¿Frustrados?

-Frustrados

-Pero ¿arriesgaste mucho? -preguntó Rodolfo con ansiedad.

Jorge alargó a su amigo un papel.

-¡Seiscientos mil, en diferencias! -exclamó Montiano anonadado-. ¡Seiscientos mil!... Luego tan sólo nos quedan...

-Trescientos mil -repuso Jorge con voz desfalleciente.

Rodolfo sintió que se le oprimía el pecho, enmedio de una sensación de ansiedad casi dolorosa.

-Pero, hay todavía algo más ¡y muy grave! -continuó Jorge-. Parece que se prepara una corrida a los bancos oficiales. A las puertas de uno de ellos se agolpaba esta tarde una verdadera muchedumbre de depositantes alarmados. Fue necesario que acudieran fuerzas de policía para guardar el orden. Mañana aumentará, de seguro, esa alarma.

Al oír lo anterior había dado Rodolfo un salto en su asiento.

-¡Demonios!... -dijo, poniéndose de pie y dándose un golpe en la frente...-. ¡Los depósitos de Lucía!...

-No hay que olvidarse de los nuestros -agregó Jorge.

Sacó Montiano el reloj. Eran más de las tres de la tarde. La hora de las operaciones bancarias había pasado ya; pero los gerentes debían estar en sus oficinas aún.

Tomó su sombrero y salió precipitadamente, resuelto a salvar a toda costa aquellos depósitos.

Diez minutos después llegaba al banco.

Su conferencia con el gerente duró sólo breves instantes. Encontró a este funcionario inquieto, nervioso, rodeado de personas que, como él, habían ido a consultarlo.

No ocultó el motivo de su visita; con lo cual, como era lógico que sucediese, aumentó la desazón del atribulado banquero.

-¡Pero, si todos obran así, dijo el director gerente, el banco tendrá que cerrar, en realidad, sus puertas!

Montiano se disculpó con sus deberes para con Lucía; hizo valer su responsabilidad; la vidriosa situación en que lo colocaba su carácter de apoderado y dio otras razones por el estilo.

-¿Y lo suyo por qué lo retira? -preguntó el gerente.

-¿Lo mío?... ¿Cree usted -interrogó Rodolfo-, cree usted que lo mío pueda afectar, como suma, al establecimiento?...

El gerente miró a su interlocutor con sorpresa.

-¡Pero eso es una monstruosidad! ¡Quiere decir que en un solo día un solo depositante me retira cerca de un millón!...

-Cerca de un millón; eso es: seiscientos mil pesos por un lado; doscientos por otro: ochocientos mil pesos en todo -repuso Rodolfo, con tono de resignado desaliento-. Pero lo suyo, amigo, lo suyo ¿por qué lo retira? -preguntó de nuevo el jefe del Banco, entre incrédulo y sorprendido.

-Porque lo necesito -contestó Montiano, con gravedad.

El gerente volvió a mirar a su visitante, como dudando aún de la veracidad de estas palabras. Eran amigos y se trataban familiarmente.

-¡Seiscientos mil pesos! -repitió al cabo de un momento de silencio. ¿Luego están ustedes locos de veras?

-O muy próximos a convertirnos en tales -replicó Rodolfo levantándose de su asiento-. Mas, es tarde ya y usted tiene asuntos que atender. Hasta mañana, pues.

Y esto diciendo, estrechó la mano del aturdido jefe, y salió de su despacho.


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