Contra la marea: 23

Capítulo XXIII
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Contra la marea Alberto del Solar


Transcurrieron así varios meses.

La fortuna de Jorge y de Rodolfo continuó aumentando. Ganaron tanto dinero: hicieron tantas y tan atrevidas especulaciones que no pasó mucho tiempo sin que la opinión pública los designara como los candidatos más probables al título, tan ambicionado por Jorge, de reyes de la Bolsa. No hubo en la capital quien no los conociera; no hubo quien no hablara de sus pingües ganancias, de sus fabulosos negocios; y, naturalmente, el nombre de ambos jóvenes, asociado, así, a la historia de tanto triunfo, corrió de boca en boca.

Los intereses de Lucía eran preferentemente atendidos por Montiano, aún enmedio de la vorágine de asuntos personales en que se veía envuelto, pues Jorge, con razón, había concluido por exigirle su concurso efectivo, el cual no pudo negarle aquél, convencido de que era su deber no recargar a su amigo con el peso total de la común tarea.

El resultado fue que comenzara Rodolfo, poco a poco, a cobrar afición a lo que antes había aborrecido. Sin poner, sin embargo, en la bolsa un pie, como vulgarmente se dice, y dejando a su compañero toda la responsabilidad y gloria de las especulaciones que allí acometía, atendió, fuera de ese recinto, cuanto se relacionaba con los compromisos por él firmados; llevó anotaciones, manejó depósitos, hizo giros, etc., etc.

Pasó el invierno, luego la primavera, y llegó por fin el término de aquel año, con la sucesión de alarmas y de inquietudes que comenzaron a caracterizarlo.

Una suerte loca había seguido favoreciendo a Montiano y a Levaresa en sus especulaciones bursátiles. Ambos jóvenes llegaron a convertirse en potencia financiera. Todos los halagaban, todos les sonreían.

En los círculos sociales de que eran miembros les brotaron amigos y admiradores por docenas. Los talentos de Rodolfo, esos mismos que hasta entonces sólo le habían servicio para darse a conocer de cierta colectividad formada por el núcleo relativamente estrecho de sus amigos y de sus clientes, fueron ensalzados; sus opiniones en diversas materias hicieron ley; ofreciéronsele puestos honoríficos.

Pero ¡oh veleidad de las cosas de esta vida! Lo mucho que ganó ante el concepto de las agrupaciones sociales propia y exclusivamente mundanas, en cuyo seno empezó a figurar, lo perdió con creces ante el de ciertos y determinados envidiosos de mala ley, que hasta entonces le habían brindado con su simpatía y aparente amistad. De ese grupo le salieron enemigos encarnizados, implacables.

Salvo este detalle, no se había equivocado, pues, Montiano, al prever que su cambio de situación, si llegaba a obtenerlo algún día, habría de colocarlo en el pie en que él anhelaba ser colocado ante el criterio de las gentes cuyo apoyo moral le era necesario para el logro de sus aspiraciones.

Por lo que respecta a Lucía, no pudo ella menos que demostrar de manera ostensible la satisfacción con que veía a su joven y honorable administrador ganar terreno ante la opinión pública.

Si llegó a alarmarse por otros motivos -por lo que con el manejo de sus propios intereses se relacionaba-, la verdad es que no lo demostró. No habría tenido, tampoco razones sólidas en qué fundar sus quejas, pues la manera como Montiano se conducía a este respecto debía bastar para inspirar toda confianza.

Las entrevistas cuotidianas de Rodolfo y Lucía comenzaron a tomar un carácter acentuado de inteligencia mutua.

A nadie se ocultaban ya los propósitos del interesante apoderado; y la hermosa viuda llegó hasta permitir que se hiciese en su presencia más de una alusión intencionada al caso. Recibía de buen humor bromas e indirectas sociales, que devolvía esquivándolas casi siempre con desenfado, nunca con terquedad o disgusto.

Y por lo que toca al trato íntimo entre ambos... la puerta, hasta entonces cerrada a la franqueza, a las confidencias, a las confesiones definitivas, comenzaba poco a poco a abrirse; pero siempre a discreción o capricho de la gentil propietaria de su dorada llave...


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