Contra la marea: 21

Capítulo XXI
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Contra la marea Alberto del Solar


Los negocios en el país seguían prosperando, al decir de los más convencidos. Las audacias locas, las ganancias enormes efectuadas en pocos meses, por medio de golpes de fortuna inauditos, sin precedente en la historia de las grandes especulaciones del mundo entero, estaban aún a la orden del día.

Jorge entró de lleno en el movimiento general, haciéndose notar entre los más atrevidos y los más afortunados.

El capital de Rodolfo, como lo había él previsto, no sólo fue doblado, sino quintuplicado en poco tiempo. Día tras día, y cada vez con entusiasmo mayor, llegaba Jorge a su casa, donde por lo general encontraba a su amigo al caer de la tarde, poco antes de la hora de comer; llegaba allí, ebrio de placer, exaltado hasta lo indecible por aquellas emociones continuas, por aquel júbilo desbordante, desequilibrado, que, a la larga, habría, necesariamente, de enfermar a un tiempo el espíritu y el cuerpo.

-Mira -decía a Montiano, alargándole nerviosamente un papel sobre el cual había cifras repetidas y amontonadas en desorden- ¡diez mil pesos de beneficio en sólo un día! Suma el producto de la semana. Ya van setenta mil. ¡A este paso!...

No alcanzaba a concluir la frase: ahogábasele la voz en la garganta, como si un nudo se le formara en ella; iluminábansele los ojos, que parecían hablar también, como los labios, a un tiempo dilatados. La risa venía después; risa extraña, nerviosa, casi convulsiva, que, por poco que durara, alcanzaba a arrancarle lágrimas; el cuerpo se agitaba; una movilidad asombrosa, persistente, irresistible, al parecer, le hacía cambiar de sitio, a cada instante; ora obligándole a ponerse de pie; ora a sentarse un momento para volver a levantarse enseguida, sacar del bolsillo la cartera de apuntes, luego un lápiz; arrojar cifras y más cifras sobre las blancas carillas del librejo contenido en ella; volver las páginas, sumar, restar, multiplicar y desgarrar luego la hoja emborronada; comenzar otra, sacar el reloj, disponerse veinte veces a retirarse y otras tantas interrumpir su resolución o diferirla con el pretexto de un olvido, de un detalle que sólo traía por consecuencia la vuelta a la misma escena; a la repetición de los conceptos, de las operaciones aritméticas, de los desgarramientos de papel, de la movilidad, de la risa nerviosa...

El verlo así llegó a inquietar a Rodolfo, quien alguna vez expuso a su amigo sus temores de que su salud pudiera alterarse bajo la influencia de aquella constante actividad, de aquella tensión nerviosa permanente. Jorge se rió en sus barbas. Al siguiente día empezó lo mismo.

Entretanto, continuaba Montiano atendiendo los asuntos de Lucía y visitándola de cuando en cuando.

Mediaba todavía entre ambos aquella misma embarazadora reserva que a él no le sería jamás permitido romper; pues, árbitra Lucía de la situación, por razones sobre las cuales sería ocioso insistir, quedaba en el caso de alentar o rechazar a su antojo todo propósito, toda tentativa que importara por parte del joven un paso hacia adelante, dado en su presencia. Era ella, en una palabra, la depositaria exclusiva, el dueño absoluto de la llave que hubiera podido abrir la puerta a las confidencias completas, a las declaraciones definitivas.

Pero su actitud no se demostraba en modo alguno desalentadora. Recibía a Montiano siempre con marcadas muestras de satisfacción. Su sociedad le era grata, a no dudarlo, pues solía retenerlo a su lado mayor tiempo del que él se había propuesto consagrarle -no por propia voluntad, como se comprenderá fácilmente, sino forzado a ello por las conveniencias y ¿por qué no confesarlo? Por el interés de su propia causa...

La alta sociedad había comenzado a murmurar. Malos vientos soplaban para Rodolfo, sobre todo por el lado de la familia Álvarez Viturbe, convertida toda ella, con excepción, tal vez, del viejo doctor, en enemiga acérrima del simpático administrador. Desde los incidentes del carnaval, doña Melchora y Miguel casi no le saludaban: su acerbidad para con él manifestábase en toda circunstancia.

Lucia debió resignarse a soportar el mantenimiento de una relación distante con los antiguos amigos de su esposo; ello por salvar apariencias. Pero no podía dejar, Rodolfo, de advertir que día por día los alejaba más y más de su intimidad.

El repentino cambio de fortuna material de Montiano comenzó a dar que hablar a las gentes. No ocultó él a nadie, por otra parte el origen de tal cambio. Su asociación con Jorge, fue, pues, conocida por todos y aún por la misma Lucía, que, en cierta ocasión, se refirió al punto, aunque sin grande insistencia; lo que no dejó de intrigar a Rodolfo, pues ella, mejor que nadie, había conocido sus antiguas ideas. Comprendía, acaso, el porqué?...

-Es posible, se dijo Montiano. Nada escapa a la penetración de una mujer, sobre todo cuando existen motivos especiales para que así sea.


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