Contra la marea: 20

Capítulo XX
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Contra la marea Alberto del Solar


Al volver a su casa, con el alba, a la mañana siguiente; al encontrarse de nuevo solo, en la modesta y tranquila morada que había sido por tantos años el hogar de sus padres; al oír la voz de su viejo Perico; al tender la vista y pasearla a su alrededor para contemplar, con el cariño de siempre, sus libros queridos, su antiguo mobiliario, sus retratos de familia, todos aquellos objetos, en fin, que eran y continuarían siendo quizás durante largos años los constantes compañeros de su existencia, pareciole a Rodolfo como si no fuese verdad cuanto había visto y sentido.

Sin embargo, sobre todos los recuerdos, más o menos desvanecidos ya, de esa noche de placer, de aturdimiento y de contrariedades, uno especialmente quedábase flotando en su memoria; uno solo; pero real, palpitante, duradero: el que renovaba en el alma la imagen de Lucía, ya por la evocación de las escenas del corso, ya por la de su actitud y palabras durante el baile. ¿Sería posible tanta dicha?...

-¡Pero no! -exclamaba a poco de meditarlo-. ¡Mirajes de la mente, ilusiones de un alma cegada por su misma pasión! ¡La viuda de Levaresa y el hijo de don Julio! ¡Cuán absurdo!

-Y entonces concluía:

-¡Bah! ¡Yo debía de estar loco anoche!... No es tan fácil, sin embargo, que un iluso se desengañe a sí mismo.

Y, por otra parte, la obsesión producida por los sentimientos es mucho más tenaz, mucho más terrible aún que la que producen las ideas. ¿Cómo ordenarle al corazón que no palpite, cuando sólo parece hacerlo a impulsos de una emoción fija y constante? ¿Y cómo pedirle al recuerdo -el recuerdo que no es otra cosa que la vista del alma- que cese de percibir una imagen, cuando esa imagen la lleva grabada consigo el alma misma?

Inútil le era, pues, a Rodolfo, discurrir como lo hacía; considerar una y mil veces que entre la opulenta y encumbrada gran señora y su inmodesto administrador existía una barrera inmensa; la que opone siempre en tales casos la sociedad, con sus naturales exigencias y preocupaciones. ¡Inútil! ¡la misma imagen, la misma sensación estaban allí, enclavadas, fijas, imborrables!

Luego, aquel pañuelo delicioso, desprendido en un momento inolvidable por la mano misma de su dueño del sitio donde se le guardara, allí en el pecho, al calor del seno mismo... ¡Oh! ¡si alguien hubiera intentado arrebatárselo en aquel instante!... ¡Lo habría defendido como se defiende el más precioso de los tesoros!

Y al llevarlo amorosamente a sus labios se sentía Rodolfo embriagado por su perfume como por un filtro dulcísimo...

En muchas ocasiones, reconcentrándose en sí mismo, habíase sublevado el espíritu de Montiano ante la injusticia de la dura lex que, socialmente, hace desiguales a los hombres entre sí. Aquel día el recuerdo de reflexiones pasadas vino de nuevo a atormentarlo, al punto de que en un momento de exaltación llegó a transigir con la idea de cierto socialismo a su manera.

¡Terrible estado de ánimo, que dio lugar a que se planteara ante su propio criterio el mismo eterno problema cuya solución preocupó a un gran filósofo: «¿Es susceptible de transformarse la naturaleza humana? ¿El hombre creado bueno puede obrar el bien durante toda su vida, a pesar de influencias contrarias y de la adversidad del medio?».

Y meditando, meditando, lo llevaron tan lejos sus reflexiones; influyeron tanto en su espíritu, que no sería aventurado atribuir en gran parte a aquel día sombrío las causas que habían de dar lugar a todos los actos futuros de su vida. Fue en verdad, aquel momento de meditación profunda, de duda perturbadora, el verdadero momento psicológico de su existencia.

La desigualdad de índole, la desigualdad de temperamento, la desigualdad de inteligencia: todas las desigualdades debidas a la constitución física o moral de los individuos, dentro del cúmulo de doctrinas explicables ante el criterio humano, por la ciencia a la luz de la razón, o por la fe a la luz de la fe misma, no preocupaban a Rodolfo en esos momentos. Sublevábale tan sólo la consideración de la para él absurda, caprichosa, injusta desigualdad social, dentro de todas las otras igualdades: aquella que se cifra únicamente en la vanidad de un apellido o en el prestigio que da el dinero -el dinero, ¡ese poderoso nivelador de rangos y condiciones!

Y entonces se sintió acometido de repente por un ansia indescriptible de adquirirlo. ¡Tener mucho dinero! ¿no sería ese, por ventura, el medio más eficaz de acercarse del todo a Lucía; de ascender hasta ella; de ostentar públicamente sus sentimientos; de desarmar a sus enemigos?

Si llegaba, por medio de la posesión de un cuantioso caudal, a probar a la sociedad -esa sociedad que, sin duda, conocía ya su secreto- que no era un interés vil y bastardo lo que alentaba sus pretensiones, ¿no lograría, acaso, avanzar considerablemente en el sentido de verlas realizarse poco a poco? Y Lucía misma, ¿no sería la primera, en dar en tierra con sus naturales escrúpulos y preocupaciones? ¿Por qué no sucedería todo eso?

Esta idea, súbita, violenta, irresistible, penetró de pronto con furia en su cerebro y todo lo revolvió allí, todo lo desquició; arrasando, destruyendo; pero también fecundando con nuevos gérmenes; bien así como el huracán, al devastar un campo cultivado y fértil, siembra, de paso, la venenosa semilla que desde extranjero suelo ha traído consigo en sus alas implacables.

Frenéticos deseos, ansiosas esperanzas, comenzaron entonces a agitar su alma. Cuando volvió en sí, se sintió transformado.

-¡Venga -se dijo, con rabioso anhelo- venga ese dinero salvador! La hora es propicia cual ninguna; las ocasiones de adquirirlo múltiples... ¡Fuera, pues, escrúpulos de antaño!... ¡a un lado los libros..., a un lado pleitos... ¡al demonio la cátedra!... Jorge está en lo verdadero. ¡No hay más que la Bolsa, la especulación!

Y entonces se dio a discurrir:

El resultado se obtendría sin esfuerzo. Con sólo entregar a Jorge su pequeño capital, lo vería doblado, triplicado, centuplicado quizá, en pocos meses.

Jugaría, así, a su vez, aunque fuera por mano ajena; sentiría las emociones del alza y de la baja. Y cuando hubiese amontonado sumas considerables, cuando el éxito hubiera consagrado ya su nuevo modo de proceder, cuando le fuera permitido presentarse en público y ser señalado, al pasar, como «el millonario Montiano» ¡oh, entonces sí que podría encaminarse con la cabeza enhiesta a casa de Lucía, ostentando el semblante del alegre mortal que, satisfecho, ufano, sale del alborotado templo del dios Oro para dirigirse al dulce y sereno templo de su amor.

¡La Bolsa! ¡Mágico y rabioso nombre!...

¿Era, acaso, ese mismo que él, en su candorosa inexperiencia, considerara antes sinónimo de codicia, de algo como antro siniestro, tumba de ilusiones o recinto diabólicamente fascinador, donde al par que la dicha de unos pocos se consumaba el sacrificio de tantos?...

Ese mismo día vio a Jorge.

Fácil será comprender la sorpresa de su amigo al escucharle. ¡Cómo! ¡Rodolfo con tales ideas! ¿Qué podía significar semejante cambio, incomprensible para él, no sólo por los antecedentes de la persona en quien se operaba, sino por lo insólito y lo repentino de su manifestación?

Rodolfo no dio grandes explicaciones. Las confidencias le parecían de más en tales momentos. Dijo solamente que se trataba de ganar dinero; que él, como cualquier hijo de vecino, se había sentido picado a su vez por el aguijón de las ambiciones. La atmósfera que por todas partes lo rodeaba había ejercido por fin, y a la larga, su irresistible influencia. Sus tareas de abogado no bastaban a las aspiraciones que sentía nacer de súbito. El trabajo era duro, el fruto mezquino.

Dijo que desde ese día ponía su porvenir, su dicha, en manos de su amigo al ofrecérsele como socio capitalista. Sus ahorros todos entrarían a formar parte de la base de las futuras especulaciones de ambos; y las ganancias, como las pérdidas, se distribuirían en partes proporcionales. Él no iría a la Bolsa a especular por sí mismo, pues juzgaba que su carácter de apoderado general de Lucía lo imposibilitaba para ello. Quería, ante todo, dedicarse a atender los valiosos intereses cuya administración le estaba confiada, evitando al propio tiempo, toda ocasión a maledicencia por parte del público, siempre dispuesto a censurar.

No le costó mucho trabajo convencer a su amigo.

El terreno, por otra parte, hallábase admirablemente preparado para ello. Con fe absoluta en su estrella, lanzado aturdidamente hacia adelante, sin reparar en tropiezos, sin vacilar ante el aspecto amenazador de las nubes que ya comenzaban a obscurecer el horizonte lejano como presagiando tormenta, Jorge no se cuidaba de nada que no tuviera relación con el tema que absorbía por entero su espíritu: la especulación, la ganancia líquida.

Tocarle, pues, ese tema; demostrarse interesado en él; afiliarse entre los de su gremio, era proporcionarle la mayor de las dichas.

-¡Te regeneraste! -exclamó Levaresa, poseído del mayor entusiasmo, al terminar la conversación-. Veo que la marmota se despierta por fin. ¡Vengan, enhorabuena, esos cinco!

Y dio a su amigo el más tremendo sacudón de mano que éste recibiera en su vida.


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