Contra la marea: 06

Capítulo VI
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Contra la marea Alberto del Solar


Muy de mañana, al día siguiente, se levantaron los de El Ombú.

Quiso Rodolfo presenciar la partida de la cabalgata. Con tal objeto vistiose deprisa y bajó a la terraza.

Lucía estaba ya allí, aguardando su cabalgadura.

La falda de su traje de montar, alzada por los costados y sostenida por un broche, dejaba ver hasta más arriba del tobillo el lindo pie de la hermosa viuda; pie de veinte y cinco años, pie de criolla, masculinamente ceñido en una elegante botita de charol, sobre cuyos múltiples pliegues relucían chispeando los rayos del sol matinal. En su mano tenía uno de esos inflexibles sticks británicos con que la moda ha reemplazado ya casi del todo al ágil y silbante látigo de nuestras amazonas de ayer.

Se acercó Rodolfo respetuosamente a la gentil madrugadora y diole los buenos días. Esta no manifestó sorpresa alguna al verle.

-¡Hola! -dijo con indiferencia- ¿se ha levantado usted también? ¿Luego no era cierto que renunciaba a acompañarnos en nuestro paseo?

-Señora -contestó algo turbado Rodolfo-, por desgracia para mí, es ello verdad. No partiré con ustedes. Pero, en cambio, les veré partir. Me habría costado trabajo privarme del hermoso espectáculo que presenta siempre la salida de una cabalgata; máxime cuando, como en este caso, se halla ella tan bien constituida. ¿Entiendo que serán ustedes unos doce o quince por lo menos?

-Doce solamente.

-Ya lo ve usted, señora; hubiérame correspondido el número trece, número que me inspira vivísima repulsión, sin duda porque la experiencia ha llegado a demostrarme que no me es propicio.

-¡Vaya! -observó Lucía con ingenuidad, o picaresca intención (no supo definir Rodolfo si lo uno o lo otro). Un joven del talento y condiciones de usted ¿cómo puede pagar tributo a esas patrañas? Pues, mire usted: por lo que a mí respecta, cada vez que, en cualquier circunstancia, se me presenta oportunidad de completar el famoso número con la agregación de mi persona, lo hago gustosa, para demostrar que en ellas no creo.

A pesar suyo, Rodolfo se estremeció al oír estas palabras pronunciadas con toda naturalidad y desenfado. ¿Por qué ocultarlo? Tuvo temor de que ellas irritaran al destino y causaran enojos y desdichas a la hermosa mujer. Había sido y continuaba siendo fatalista. La historia de su vida explicará, sin duda, más tarde, lo bastante, el porqué de estos tempranos presentimientos.

-No hay que tentar a la suerte -replicó con gravedad; lo que hizo sonreír de nuevo a Lucía-. Mi creencia en la ojeriza que lleva consigo el maldito número trece me viene desde antiguo. En un día trece nací y estuve a punto de costar la vida a la que me dio el ser; en un día trece murió mi padre; trece amigos nos sentamos en cierta ocasión a una comida íntima de despedida y, trece días después, uno de ellos perecía ahogado en viaje hacia el viejo mundo, por haberse hecho trizas contra unas rocas el valor que lo conducía.

¡Y el muerto fue precisamente aquel que más se había burlado de mis supersticiones esa tarde! -concluyó, dando aún mayor expresión de sinceridad a su acento.

Lucía dejó de sonreír.

-Pero ¿es exacto? -repuso, poniéndose seria-, ¿es cierto lo que usted me está diciendo? Esas cosas se cuentan; mas dudo que exista quien pueda probar su veracidad.

-Si no basta a usted mi palabra, señora -contestó Rodolfo algo picado-, allí viene Jorge, quien se halla en el caso de apoyarla.

-¡Ah, no! -se apresuró a replicar Lucía, como si tratara de disculparse. Mas, ¡es extraño!

Y se quedó pensativa.

Pero su actitud duró sólo un segundo. Jorge se acercaba en esos momentos. Habíase vestido apresuradamente y acudía a la cita matinal rezongando por haberse visto obligado, según lo decía, a levantarse tan temprano.

-¡Vaya una ocurrencia -exclamó, restregándose los ojos! ¡Dar en la flor de hacer competencia a las gallinas!

-Abusas de tu carácter de primo -díjole juguetonamente Lucía, volviendo a su buen humor, perturbado un instante por las fúnebres reflexiones de Rodolfo. Abusas, al demostrarte tan descortés. Voy a contárselo a Elvira. Porque, ha de saber usted, señor Montiano, que nada menos que Elvira es la compañera que le tengo destinada. ¡Y todavía se queja! -concluyó, haciendo una deliciosa mueca de desdén, y, dando a su primo un golpecito en el hombro con el cabo de su stick.

-Pues, ¿no he de quejarme? -repuso Jorge, en uno de aquellos arranques de retozona indignación fingida que le eran propios-,¿no he de quejarme, si me despiertan antes de salir el sol? Y ello ¿para qué? Para hacerme galopar dos leguas al lado de una mujer a propósito de la cual se han empeñado en convencerme de que nada hay en el mundo como el matrimonio, cuando yo sostengo y seguiré sosteniéndolo con el gran Tolstoï, ¡que el tal matrimonio es la invención más ruin que haya podido brotar de humano cerebro!

-¡Anarquista! ¡descreído! -exclamó a espaldas del joven una vocecita burlona y penetrante.

Era la de doña Melchora que, sin ser sentida, se incorporaba al grupo.

-Buenos días, hijita, añadió la ágil esposa del doctor Viturbe, dirigiéndose familiarmente a Lucía y besándola en ambos carrillos. ¡Valiente cínico es usted! continuó, volviéndose hacia Jorge y sacudiéndole el abanico delante los ojos, como si con él le administrara una zurrita discreta y cariñosa.

Y luego al divisar a Rodolfo:

-Caballero -dijo secamente. Hizo una inclinación que no pasó de la punta de su perfiladísima nariz; arremangó la linda barba y le volvió las espaldas, como solía.

Los paseantes comenzaron a llegar unos tras otros.

Era aquella una de esas espléndidas mañanas que parecen privilegio exclusivo de esta nuestra región austral de la América; mañanas incomparables, con sus auroras maravillosas y la límpida claridad de su atmósfera diáfana y vivificante.

La angosta faja de verdura que al pie de la colina, se extendía largo espacio, para ir a perfilarse después al borde del río -donde al detenerse bruscamente formaba islas y penínsulas caprichosas que parecían brotar del seno de las plomizas aguas-, presentábase en este momento realzada por un tinte profundo, aterciopelado, semejante al que produce el rocío o el riego de la lluvia sobre las hojas del verde musgo. Era que la marea, después de haber cubierto durante varias horas aquellos parajes, se había retirado por fin, dejándolos en seco, limpios, frescos, nítidos, impregnados de color y de fragancia.

Relinchando de impaciencia y tascando nerviosamente el freno, aguardaban los caballos de Lucía y Jorge, mantenidos de la brida por el palafrenero que acababa de traerlos de las caballerizas, mientras otros jinetes aparecían, montados ya.

Transcurrieron algunos momentos.

Se oyó, luego, una palmada y, enseguida, el grito de ¡vamos!, dadlo con voz estentórea por Viturbe. En un segundo estuvieron listos todos los excursionistas; primero agrupados entre sí, sin orden ni distinción de parejas; divididos, después, de a dos en dos, de modo que cada caballero quedara, al costado de su dama preferida.

Lucía abrió la marcha, acompañada por el inevitable Viturbe.

Rodolfo la vio partir, ligera, airosa, esbelta; dominando con soltura y maestría consumadas los primeros caracoleos de su cabalgadora -un soberbio pura sangre digno-, por la elegancia de su ademán y por la nobleza de su porte de la hechicera mujer que lo montaba.

La vio partir y quedose pensativo, con los ojos fijos en la silueta que huía, y cuyos graciosos contornos, después de perfilarse un momento sobre el fondo verde del follaje, se perdieron de súbito en una rápida vuelta, detrás del camino por donde, a todo galope, se dirigía la alegre cabalgata...

¿Qué pasaba en el espíritu de Rodolfo? Él no logró explicarselo. Pero es el caso que se sentía preocupado y triste. Su carácter impresionable, su lúgubre conversación con la hermosa viuda habían contribuido, sin duda, a ello.

Pronto se repuso, sin embargo, y, tratando de desechar las ideas extrañas que empezaban a anublar su mente, encaminose hacia la quinta, en dirección al bajo del río.

La choza indicada la noche interior por doña Mercedes se divisaba a no larga distancia.

Rodolfo se detuvo a contemplarla.

Dentro de los límites de la hermosa propiedad -a doscientos metros, más o menos, de la verja-; en terreno adyacente sembrado de alfalfa y hortalizas, y al pie de un ombú gigantesco que se destacaba, soberano, sobre el borde de la misma barranca, veíasela, blanca, pequeña, alegre; formando singular contraste con su espléndido y orgulloso vecino, el palacio.

Hecha de material ligero, coronada por pajiza techumbre que contribuía a darle su aspecto rústico, la frágil y liviana construcción, hallábase suspendida allí, sobre la pendiente misma, resistiendo, impávida, a las ráfagas violentas del pampero, que en ocasiones solían desgarrar hasta los árboles más sólidos. La cercanía del ombú, con su tronco colosal y sus raíces poderosas enclavadas en la tierra, cual garras de algún monstruo gigantesco; contribuía, sin duda, a que no se considerase del todo como verdadero prodigio este curioso fenómeno de resistencia y estabilidad.

La choza estaba habitada por una familia de honrados trabajadores; gente humilde, laboriosa: agrupación de seres semejantes, que vivían los unos para los otros, en la intimidad permanente, absoluta, a que les obligaban la falta de espacio, la necesidad de socorro mutuo y la común pobreza. Componían dicha familia una viuda y seis hijos, el mayor de los cuales era una hermosa niña de hasta diez y nueve años de edad. Rosa, que así se llamaba la joven, era linda como una naciente primavera.

Blanca y esbelta, rubia y sonrosada, tenía unos ojos que, si bien reflejaban luz, en la alegría y sombra en la tristeza, no sabían mirar jamás con enojo ni desdén; y una boca que, cuando sonreía, asemejábase por lo fresca, por lo roja y por lo húmeda a una dulce granada que dejara entrever con los suyos propios, blancos y brillantes granos de maíz maduro.

El interior del risueño y sosegado albergue aparecía limpio, confortable, y asociábase en la mente con ideas de paz, de honradez y de tranquilidad infinitas.

Afuera, cerca del ombú, retozaban los chicuelos a la luz del día. El árbol era, en efecto, su verdadero hogar. Obligados por la estrechez de la morada a esparcirse en el exterior, pasábanse allí las horas más calurosas de la tarde, ora disfrutando de la fresca sombra, ora entregados a sus juegos inocentes. Y por eso amaban los chicuelos a su ombú; amábanlo con amor intenso, como se ama una cosa que nos es propia, un animal que nos es fiel. Lo cuidaban, lo barrían, lo acariciaban y subíanse a sus ramas, cuyo intrincado laberinto conocían de memoria.

Con la ayuda de sus piececitos descalzos aferrábanse a la rugosa corteza, que apretaban enseguida entre sus piernas cubiertas de sarga azul; y avanzando, avanzando constantemente hacia arriba, llegaban hasta la copa misma, donde tenían sus nidos las urracas, los carpinteros y las torcazas de plumaje gris. Las aves parecían conocerlos, porque no huían ni se espantaban al verlos aproximarse. Ellos, por otra parte, sabían su idioma y, lejos de amedrentarlas, llevábanles a menudo socorro y amparo.

Lucía, «la patrona», como la llamaban los pobres de los alrededores, había tomado cariño especial a Rosa, que además de cuidar de su casa, ocupábase en el lavado de la ropa de las quintas de la vecindad, empleando en esta labor todo su empeño, todas sus fuerzas.

¡Nada más nítido, en efecto; nada más diáfano que las piezas que veía Rodolfo allí, salidas de las planchas de la linda lavandera. Más tarde, en varias ocasiones, detúvose complacido a mirar bajar a la joven hacia el pie de la barranca, acompañada de su madre, mientras ambas se dirigían por el sendero de la ancha pendiente hasta la orilla del río, llevando sobre la cabeza un enorme canasto rebosante de material para el día. Seguidas por dos de los muchachos mayores, que acostumbraban ir con ellas, depositaban su carga, al llegar, al pie de los sauces cercanos a las aguas; y una vez comenzada la labor, entregábanse a ella con ahínco, con verdadero afán.

Envueltas las cabezas en pañuelos de colores que las protegían de los rayos del sol; de rodillas sobre el césped húmedo; hundían, estrujaban y golpeaban la ropa: y una vez jabonada, enjuagada y vuelta a enjuagar, colgábanla sobre cuerdas extendidas entre dos sauces vecinos, mientras a no larga distancia subía y subía la marca, en medio del chacoloteo de su leve y fangosa marejada.

Los chicuelos, entretanto, desnudábanse allí mismo y, arrojándose enseguida de cabeza a los charcos, con alegre y bulliciosa algazara, reaparecían poco después, semejantes a las focas, que al salir a la orilla a respirar, hacen relucir a la luz del sol sus ágiles y humedecidos cuerpos.

Rodolfo entabló conversación con los habitantes de la choza y permaneció en su compañía más de media hora. Por ellos supo cuánto debían todos los pobres de la vecindad a la inagotable largueza de la propietaria de El Ombú, y en qué grado la querían, veneraban y ensalzaban. Oyó de su boca tales cosas y supo tales hechos, que el nombre de Lucía comenzó a convertirse para él, desde ese instante, en objeto de vivo y ferviente culto, culto ajeno, sin embargo, según él lo creyó entonces, a todo sentimiento que no fuera el de la admiración más pura, el del más profundo y acendrado respeto.

Pero, de pronto, sin que pudiera darse cuenta del cómo ni del por qué, surgió en su memoria, cual evocado por irresistible asociación de ideas, el recuerdo de otro nombre: Miguel Álvarez Viturbe...

Y entonces, al unirle así, involuntariamente, al de Lucía, sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, al mismo tiempo que cierta extraña sensación como de hondo anhelo o dolorosa angustia, le arrancaba un prolongado suspiro...

Esa misma tarde, temprano aún, se paseaba Rodolfo por los senderos de la quinta.

Distraído, no advirtió que, poco a poco, se iba acercando a un pequeño resquicio del jardín, que, por hallarse próximo a las habitaciones de los dueños de casa; les quedaba, de hecho, casi exclusivamente reservado.

Al oír la voz de Lucía, alzó de pronto los ojos, y desde el sitio donde se encontraba, a cierta distancia, sorprendió, sin ser visto, el cuadro de familia más dulcemente poético que le fuera dado hasta entonces admirar.

La joven y hermosa madre, entregada a uno de esos momentos de abandono que constituyen la íntima y serena vida del hogar, hallábase recostada en el corredor, vestida con una amplia y suelta túnica que cubría pudorosamente las graciosas formas de su cuerpo.

El menor de sus pequeñuelos -rubio y sonrosado como un querubín-, saltaba y se encaramaba sobre sus rodillas. Había límpida luz de cielo en las miradas del niño y angélico candor en sus sonrisas. Sus manecitas, mórbidas y blancas, como si fueran de delicada cera, revolvían y tironeaban con incansable porfía infantil los cadejos del opulento cabello de la madre, riendo y retozando, se defendía de ellos, ora debatiéndose con afán, ora provocando nuevo y más decidido encarnizamiento por medio de pequeños gritos de fingido dolor que redoblaban la adorable crueldad del chico. Sus bracitos se agitaban, pugnando por enlazar el cuello querido, mientras los pies, calzados con diminutos zapatines que dejaban ver el empeine regordete cubierto por una diáfana mediecita color carne, ajaban y hacían crujir, en su incesante gambetear, la rica falda de seda, hollada y comprimida por ellos.

Y cuando, por fin, cansada ya la madre, detúvose a tomar aliento, suelto el cabello en desorden, desprendido del todo del broche que hasta ese instante lo mantuviera aprisionado en lo alto de la cabeza, un beso, y otro, y otro más, sobre la frente, sobre los carrillos, sobre los ojos azules y las pestañas crespas del niño, pusieron, por un momento, tregua a la lucha.

Pero el chicuelo no se sentía satisfecho. La infancia es el sueño de la razón y la ferocidad del instinto en la alegría. Deseaba jugar más: quería acariciar aún a su manera. Entonces Lucía lo rechazó.

-¡Basta! -le dijo, dándole un último beso. Y se puso bruscamente de pie.

Rodolfo, que hasta entonces había permanecido como absorto, se escurrió, esquivando el bulto, cual si de repente le hubieran sorprendido en el acto de cometer una falta...


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