Contra la marea: 05

Capítulo V
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Contra la marea Alberto del Solar


La segunda noche de su permanencia en El Ombú, vio Rodolfo, con sorpresa, que se le acercaba Miguel. La conversación quedó pronto entablada entre ambos; pero «desde muy arriba» por parte del elegante Viturbe, quien comenzó por iniciar algo así como un examen a su interlocutor. ¿Qué género de vida llevaba éste? ¿De dónde procedían sus padres? ¿Tenía o no pleitos? ¿De qué medios podía valerse un ser de sus condiciones para deslizarse entre gentes de la categoría de las de Levaresa?... y otras impertinencias por el estilo, que dieron a Rodolfo bríos suficientes para ponerles fin con dos o tres réplicas terminantes, y tan llenas de intención y de firmeza, que el curioso no tuvo más remedio que alejarse, decidido a abandonar la compañía de su impávido respondón.

Viósele, entonces, dirigirse hacia Lucía, tomar asiento a su lado, y continuar, evidentemente, con ella el tema de la conversación interrumpida por Montiano. Pedía a la complaciente dueño de casa las respuestas que no había logrado arrancar sino a medias, o al revés, al taimado huésped; y esas respuestas le eran dadas. Rodolfo lo comprendió así al observar cómo le miraban ambos desde lejos: la una con discreto y correcto disimulo, el otro con estupendo descaro, enmedio del cual notábase, sin embargo, esa misma expresión de doblez, de falta de franqueza que inspiraban desconfianza desde el primer momento.

¿Qué le diría sobre él la linda viuda?

Sin saber por qué, Rodolfo hubiera dado cualquier cosa por saberlo.

Pocos minutos había permanecido aquella tarde al lado de la gran señora y, no obstante, el recuerdo de sus palabras, el eco de su voz, la impresión de su rostro, altivo, pero seductor, le quedaban grabados en el espíritu.

Acababa de fallecer el banquero, la última vez que había visto a Lucía. El aspecto de ésta, en aquella época, era casi el de una muchacha.

Al encontrarse de nuevo con ella, pudo Rodolfo notar que a los rasgos inacentuados de la niña habían sucedido los atractivos propios de la mujer que aborda ya la plenitud de su desarrollo físico y moral; atractivos que tan misteriosa, tan honda impresión ejercen siempre sobre el hombre puesto en el caso de experimentar su irresistible influencia. Y en Lucía hallábase ese natural y poderoso hechizo femenil realzado por la hermosura y por la gracia, por el ingenio y por la posición social.

Ligeramente trigueña, mórbida y esbelta, observábase un brillo indefinible en sus ojos negros, que perturbaban al mirar. Su boca era expresiva, acentuada, un tanto enérgica, dotada de labios húmedos, tentadores, que hacían resaltar la belleza de unos dientes blancos, esmaltados, tan puros como la porcelana. Su cabeza era fina, seductora, y hallábase adornada de cabellera espléndida, sobre la cual corrían ondulantes reflejos de luz. Su rostro, en fin, su figura, su persona toda, habrían podido servir de delicioso modelo a un pintor inteligente para trasladar al lienzo alguno de esos adorables tipos de mujer que parecen haber sido concebidos y ejecutados en un momento de arrebato artístico.

Por lo demás, el donaire, la distinción, la elegancia, el desenfado señoril -ese desenfado que sólo poseen los bien nacidos, o los que, enmedio de una sociedad exquisitamente culta, logran adquirirlo-, eran sus cualidades externas más resaltantes.

Esa misma noche se concertó para el día siguiente una excursión por los alrededores; paseo íntimo y de confianza, tal como lo permitía el luto, aún no terminado, de la familia.

Miguel, que fue el de la idea, distribuyó así a su gente: Lucía, Jorge, él y otros caballeros y damas de la vecindad, irían a caballo: doña Mercedes, doña Melchora y el doctor: el estado mayor, como le llamaba este último, en carruaje.

¿Y Rodolfo?...

El director en jefe del paseo vaciló durante un momento: mas, luego, con mirada furtiva, consultó a Lucía...

Lucía intervino en el acto.

-El señor Montiano será ele los nuestros -dijo con toda naturalidad.

Miguel iba a abrir la boca, sin duda para apoyar tan concluyente respuesta y reparar, así, su falta de tino. Pero Rodolfo no le dio tiempo para ello:

-Mil gracias, señora -se apresuró a contestar el joven, sin que se advirtiera en su tono impaciencia alguna. Ustedes disculparán que no aproveche la ocasión de disfrutar en circunstancia tan especial de la grata compañía que se me ofrece; pero séame permitido tamaño sacrificio en salvaguardia de mi amor propio. No quiero exhibir delante de este caballero, que tendría derecho para constituirse en juez inexorable, mi carencia absoluta de talentos hípicos; esos mismos que él posee tan exclusivamente.

La palabra no debió ser del agrado de Miguel, porque al escucharla se mordió el bigote, miró al soslayo y, dando una vuelta rápida sobre sus talones, se caló el monóculo y, como EL OTRO fuese... y no hubo nada.

Dirigiéndose, pocos momentos después, a Jorge, que demostraba no hallarse muy dispuesto a escucharle en ese momento:

-Bien, todo está listo, dijo.

La madre de Lucia, que durante esta escena no había pronunciado una palabra, rompió entonces el silencio.

-Es lástima, Rodolfo, dijo, que se prive usted del pasco. Pero, ya que parece resuelto a ello, le recomiendo que durante su permanencia aquí visite nuestros jardines y hortalizas. ¿Es usted aficionado a las plantas?

-En extremo, señora, contestó Montiano.

-Entonces, las admirará usted, allá abajo, próximas a aquella choza rústica, y a aquel árbol gigantesco, que la claridad de esta noche excepcional deja ver perfectamente. Mírelos al través de la ventana, en aquella dirección.

Y, al decirlo, indicó, señalándolo, el punto designado.

Rodolfo se inclinó en prueba de asentimiento.


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