Contra la marea: 03

Capítulo III
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Contra la marea Alberto del Solar


Al cabo de una hora de conversación, durante la cual, si bien habló Rodolfo menos que sus interlocutores, observó y estudió mucho más, pudo formarse juicio suficientemente exacto, no sólo sobre ciertos rasgos típicos de la fisonomía moral de Lucia, sino, también, sobre las peculiaridades características que aquejaban a la esposa del excelente doctor Álvarez Viturbe -vecino de El Ombú-, y a su hijo Miguel; de quienes sólo entonces recordó haber oído hablar en diversas ocasiones. Una serie de chistosos epigramas sociales relacionados con estos personajes, le vinieron en aquellos momentos a la memoria.

Por lo que respecta a la joven dueño de casa, era indudable que había experimentado alguna transformación durante el corto espacio de tiempo transcurrido desde la muerte de su esposo.

Si bien es verdad que volvía a encontrarse Rodolfo con la misma hermosa y arrogante mujer de siempre, observando en ella más de cerca y con mayor detenimiento aquella juventud opulenta, aquella distinción suprema que tanto le imponían e impresionaban cuando solía antes admirarlas en silencio y desde lejos; es cierto, también, que por lo que atañe a lo moral, parecíale reconocer que el rasgo característico, de antiguo dominante: -el culto de las grandezas y del «rango» se hallaba acentuado; sin duda, por las naturales influencias de un nuevo género de vida, o, tal vez, porque no existía ya quien templara de cuando en cuando sus arranques excesivos con el ejemplo refrenados o con la palabra persuasiva y cariñosa.

Exagerado en este punto, tenía, sin embargo, mucho de complaciente el carácter de Lucía, de esa misma Lucía a quien los menesterosos y desamparados consideraban como a un ángel tutelar.

Practicaba ella, en efecto, los principios de la caridad cristiana. Pero esa práctica era hecha «por lo alto», conservando quien la ejercía, en presencia de la desgracia, lo que pudiera llamarse la dignidad del papel.

No descendía la linda viuda hasta el antro obscuro donde sufre y se lamenta la miseria, por no respirar su frío y tenebroso ambiente; ni tocaba el tosco harapo del mendigo, por no sentir la impresión ingrata de su áspero contacto. Alargaba a menudo su mano blanca y delicada para dejar caer un flamante billete en el grasiento sombrero del que se allegaba a pedirle una limosna por amor de Dios; pero, si al hacerlo veíase obligada a detenerse un instante por no dejar de cumplir con lo que juzgaba un deber estricto, observábase en su fisonomía un gesto involuntario de violencia o repulsión instintivas, que durante algunos segundos arrugaba y descomponía su ceño, de ordinario grave, si bien nunca severo ni adusto.

No escuchaba, tampoco, los lamentos del desconsolado, a quien sólo pedía silencio y disimulo a cambio del socorro que le daba a manos llenas; y la vista del decrépito, del valetudinario o del herido, le producía trastornos y marcos que la ponían en el caso de alejarse inmediatamente. Sus mayordomos derramaban oro en su nombre, haciéndolo con prodigalidad inagotable; todos los establecimientos de caridad la contaban entre sus protectores más generosos; y, por donde quiera, la viuda, el huérfano, el desamparado y hasta el criminal arrepentido, le debían una dádiva ocasional o una pensión vitalicia.


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