Contra la marea: 02

Capítulo II
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Contra la marea Alberto del Solar


Rodolfo Montiano, hijo de casa pobre, había recibido en herencia buen ejemplo y excelente educación, ya que no bienes de fortuna. Formado en la escuela de la dignidad, vio, desde su niñez, en torno suyo, cierta modestia innata que jamás llegó a confundirse con el servilismo envilecedor. Integridad en el juicio, conciencia en el deber, esas fueron las prendas características de su padre. Y don Julio Montiano, el más popular de los empleados de banco, había sido, merced a ellas, universalmente conocido y respetado.

Viejo ya para la modesta posición en que hasta entonces viviera, había llegado a merecer, don Julio, allá por los últimos años de su existencia, toda la confianza de su opulento principal, el célebre banquero Levaresa, quien no sólo concluyó por entregarle el manejo de delicados asuntos particulares, sino que lo hizo su amigo.

Colmolo de bondades llegando un día a cederle la posesión legal y absoluta, en premio de sus impagables servicios, de una finca situada no muy lejos del barrio más aristocrático de la ciudad; fortuna con la cual había soñado siempre la madre de Rodolfo, contemplándola anhelosamente a la distancia.

Rodolfo había hecho sus estudios en uno de los colegios más renombrados. Sus padres lo habían querido así, pues, siendo hijo único el muchacho, deseaban convertirlo en perfecciones, capaz de ilustrar un apellido exento, hasta entonces, no sólo de brillo, sino hasta de antecedentes.

Con efecto: el origen de don julio no podía ser más humilde. Dos palabras sobre este punto:

Su padre, «el viejo Montiano», como cariñosamente se le llamó durante largos años, había sido en otro tiempo capitán de barco mercante. Genovés de origen, marinero de profesión, guarda, poco después, de un faro que se alzaba enmedio de la inmensidad a treinta o cuarenta millas de las costas sicilianas, había permanecido largo tiempo allí, arrullado por la voz gigante del Océano, sin más patria que su peñón salvaje y sin otro hogar que la torre luminosa con la cual daba alerta y rumbo al navegante.

De este sitio salió, por fin, el aventurero hombre de mar, fatigado de soledad y de abandono forzoso; y viajando, viajando constantemente, al mando de un pequeño bergantín-goleta, arribó en hermosa mañana primaveral a las playas risueñas del Nuevo Mundo, donde, enamorado luego de la luz esplendorosa del sol, del verdor incomparable de los campos, y de los negros ojos de una linda compatriota suya -emigrada a su vez- echó ancla definitivamente, resuelto a cambiar la azarosa vida del marino por la más tranquila, segura y provechosa, del padre de familia y del modesto chacarero.

Pero los instintos que habían nacido con él y desarrolládose invencibles desde los primeros años de su infancia no lograron apaciguarse bajo la transformadora acción del tiempo. Casado en edad avanzada; viudo después y padre de un solo hijo; inválido, paralítico, más tarde; postrado en un lecho sombrío, desde donde tan sólo le era dado contemplar la superficie del ancho estuario del Plata, semejante a la del Océano, especialmente cuando la agitaban los vientos del sudeste, soñaba el viejo marino con las glorias del mar, renovando en la mente y en el corazón el recuerdo de sus emociones pasadas.

Cuando rugía con mayor fuerza el huracán y se encrespaban del todo las aguas del gigante río, mirábalas crecer y agitarse, a través de una ventanilla que le hacía recordar el pequeño tragaluz que, allá a bordo, había iluminado en otro tiempo su flotante covacha de contramaestre. Y entonces, aquel cuerpo agobiado por los años y por las dolencias; aquella cabeza abatida, colgante sobre el pecho, erguíanse de súbito a impulsos de fuerza extraña y poderosa, a la vez que los ojos, despojados habitualmente de luz, parecían encenderse como al reflejo de un relámpago vivaz.

Mas, así que calmaba el temporal, volvía a caer sin apoyo la cabeza; apagábase la ardiente mirada; moría en los labios la enérgica expresión que poco antes les diera vida, y, al revés de los pájaros que en esos mismos instantes se regocijaban entonando sus más dulces trinos a la dorada pompa de la naturaleza en calma, el anciano se sumía en un abatimiento profundo, que sólo lograba ser disipado poco a poco por el afán y cariñoso celo de su hijo Julio. La visión había desaparecido para el lobo de mar. Esa líquida superficie, muda e inerte, no era ya la del Océano soberbio, cuya sola memoria hacía vibrar en el fondo de su ser fibras que hasta entonces se creyera muertas para siempre. ¡Aquello era tan sólo un charco -inmenso en verdad-, pero despojado, para él, de fuerza, de voz y de movimiento!

Así vivir el viejo hasta el día mismo en que la muerte acabó con sus dolencias y sus recuerdos...

El hijo heredó la honradez, el amor al trabajo, la firmeza de carácter y otras de las cualidades que habían distinguido al padre. Se ha dicho ya que don Julio Montiano llegó a merecer, como empleado, toda la confianza de su jefe.

La reputación de generoso que había favorecido en vida al banquero Levaresa era por demás fundada. Largos años de trabajo incesante y de honorabilidad sin tacha; un espíritu emprendedor; el conocimiento perfecto del complicado engranaje de sus negocios; un caudal, en fin, de experiencia adquirida a costa del trato directo con la múltiple y variada calidad de gentes que de diversa manera acudían a solicitar su apoyo o protección, habían llegado, además, a merecerle el envidiable título de «Rey de la alta Banca» con que se le designó y distinguió por mucho tiempo.

El deseo manifestado en reiteradas ocasiones por el bienhechor de Montiano de iniciar al joven Rodolfo en la carrera del comercio había encontrado escollo en las inclinaciones de éste, abiertamente contrarias a tal género de trabajo. Prefería el estudio de las leyes y de las buenas letras, lo que no obstaba para que, a menudo, y cuando a ello era solicitado, ayudase a su padre en sus tareas; sobre todo en aquellas ocasiones en que, por exceso de labor, solía el buen viejo pasarse las noches de claro en claro, a la luz de una lámpara, haciendo números, formando «estados», y más «estados», «planillas» y más «planillas». De esa manera logró el muchacho adquirir conocimientos no despreciables en aquello de llevar cuentas, anotar «partidas» y hacer «balances», y -lo que era todavía de mayor consecuencia-, a imponerse muy regularmente de lo relativo a los negocios particulares de Levaresa; a conocer la ubicación, valor y rédito de sus propiedades urbanas y rurales más importantes.

Cuando falleció su padre, Rodolfo acababa de cumplir veintisiete años.

La esposa siguió muy de cerca al esposo.

Era Rodolfo a la sazón un mozo de gallardo talante, dotado de cualidades morales exquisitas. Y por lo que respecta a su inteligencia, bastará para su elogio hacer mención de que, en diversas circunstancias, durante los dos o tres años que siguieron a su luto, gacetillas y secciones de periódicos tuvieron especial motivo para referirse a ella, con ocasión de tal o cual notable trabajo suyo, o por este o aquel apreciable triunfo forense obtenido en buena lid. Lo que vale decir que no sólo publicó el mozo con éxito algo de su propia cosecha, sino que recibió muy pronto su diploma de abogado, anexo al título de doctor. Y en tales circunstancias estuvieron todos de acuerdo, al trazar la silueta o semblanza de estilo, para decir de él cosas que habrían hecho derramar lágrimas de gozo a su pobre madre si ella hubiera podido leerlas.

Describíasele dotado de prendas físicas, morales e intelectuales capaces de halagar la vanidad del menos vanidoso de los jóvenes de su edad y condición social. Todos los periódicos y publicaciones estuvieron de acuerdo en decir que su estatura era elevada; que su perfil era correcto y regular; que su frente era ancha y despejada. «Frente de pensador», añadía un discípulo de Gall. La «gracia viril» no se la escasearon; reconociéronle «una constitución vigorosa» y «una fisonomía franca, abierta y simpática». Agregaron que su pelo era obscuro, y claros, grandes y serenos sus ojos. Por fin, periodista hubo que, al continuar refiriéndose a sus atractivos externos, mencionó, de paso, la urbanidad delicada de sus modales, la reserva de su carácter, algo que, aunque pareciese paradoja, no lo era en modo alguno: su modestia «llena de amor propio y de dignidad...».

Durante los primeros días de su luto, recibió Rodolfo del banquero Levaresa ofrecimientos y palabras de consuelo.

Siguiendo el modo de ser de su padre, rechazó cortésmente los unos y aceptó las otras.

Hacía ya tres años, por otra parte, que era abogado, y, lo que es esencial, abogado con algunos pleitos. Eso, y dos cátedras desempeñadas animosamente y hasta con amor al oficio, en el mismo plantel de educación donde había recibido la que poseía a su vez, dieron al mozo por entonces con qué vivir, sin estrecheces ni compromisos.

Entre tanto, circunscrito a la relación de unos pocos amigos, ocupaba la heredada casa paterna, sin más compañía que la de Perico, su viejo criado, modelo de honradez, y de fidelidad.

Era, en efecto, el buen Perico uno de los escasísimos ejemplares que van quedando ya del tipo del antiguo criado, aquel que entraba a servir en una casa y moría en ella, llegando a interesarse en tal manera por todo lo que a la familia se refiriese que podía considerársele, al fin, como a un verdadero miembro del hogar.

Repartiendo Rodolfo el tiempo entre sus tareas y el estudio -al cual cobró afición tan extremada que llegó a subordinarle todas las pasiones y todos los anhelos propios de su edad-, habíansele deslizado las horas sin que las sintiera pasar en el curso de su plácida y solitaria vida. Es, en efecto, la inteligencia, respecto de las demás potencias del alma lo que el sol respecto de los astros que giran dentro de su misma órbita sideral: centro de atracción, de luz y de fuerza subyugadora.

Entre los cuatro o cinco amigos más íntimos que frecuentaban su trato, distinguía el joven Montiano con particular afecto a Jorge Levaresa, muchacho calavera, pero dotado de corazón excelente y de no escaso talento. Levaresa era pobre en bienes de fortuna -a pesar de su estrecho parentesco con el banquero millonario-, y dedicábase por entonces en cuerpo y alma a los negocios de bolsa, con gran descontento de Rodolfo, a quien no dejaban de inquietar las exageradas aficiones de su amigo por todo lo que fuera especulación, riesgo o juego de azar.

Curiosa prueba de la falta de lógica que suele presidir a algunos hechos de la vida humana era esta amistad -cada día más estrecha, más verdadera y más leal-, entre el atolondrado, el travieso Jorge, y Montiano, el más serio, el más retraído de los jóvenes de su edad y de su círculo.

Alegre, franco, decidor el uno; reflexivo, reservado, sobrio de palabras el otro; enamorado aquél de la sociedad y de sus engañosos placeres: incrédulo éste, por inclinación y por convicciones, respecto de los efímeros encantos que ella proporciona a quien la frecuenta; entusiasta el primero: tranquilo el segundo ¡imposible hubiera sido reunir dos índoles y dos temperamentos más opuestos!

Rodolfo y Jorge veíanse a menudo y casi siempre reñían. No podía el calavera soportar las amonestaciones del retraído; éste los atolondramientos del calavera.

Y, sin embargo, jamás se separaban sin un apretón de manos. Discutían y discutían con calor; pero, a la larga, al escuchar Rodolfo la palabra fácil, simpática de su amigo; al contemplar su alegría ruidosa, sana e inagotable; al recibir la descarga de sus argumentos estrafalarios, pero presentados con tanta desfachatez cuanto graciosa apariencia de sinceridad en el tono; testigo, en fin, de todo aquel chisporroteo de ingenio vivaz e inofensivo, no podía menos que soltar una franca y sonora carcajada.

No tardó en seguir el banquero la suerte de las personas de su edad. Falleció poco después, rodeado y bendecido por los suyos y por cuantos le conocieron.

El bienhechor de los Montiano dejó como única descendencia al morir dos preciosas y delicadas criaturas, retoños tardíos de una vejez casi achacosa; pues, rebelde durante largo tiempo al matrimonio -sea por indiferencia, sea por cálculo-, sólo se había resuelto a contraerlo; allá en el último tercio de su vida.

La elegida en tal ocasión fue, como suele acontecer en casos semejantes, una linda niña, de la propia familia del novio, pues Lucía era sobrina del banquero.

Hija de madres distinguidos y no del todo exentos de bienes de fortuna, hallábase la joven dotada de condiciones tan propias para brillar en sociedad, que al año de casada se la citaba ya especialmente por su elegancia, su hermosura, su exquisita y soberana distinción.

Las bodas del banquero dieron mucho que hablar, así por el fausto con que fueron celebradas, como por la circunstancia de haberse unido dos miembros de una misma familia; y, sobre todo, por la notable diferencia de edad entre los cónyuges. Lucía, en efecto, contaba apenas diez y nueve años cuando unió su suerte a la de Levaresa, quien, a la sazón, frisaba ya en los sesenta. El cielo, sin embargo, al bendecir esa unión, no había querido dejarla estéril. Se ha dicho ya que dos hermosos chicuelos iluminaron más tarde de alegría el opulento hogar.

Al sobrevenir la muerte del banquero, Lucía acababa de cumplir veinticinco años. Viuda, así, en la flor de la edad; hermosa y riquísima, fácil será comprender cuánto tema prestó a comentarios de corrillos en los salones, y en qué grado de espectabilidad se colocó, de hecho, desde ese instante ante los curiosos y los impertinentes que se dedicaron a observarla en todos sus actos, imponiéndose hasta de los más ínfimos de su vida, y entrometiéndose en ellos, como si la hermosa mujer hubiera estado obligada a vivir tan sólo para los de afuera. Y a la verdad que si la chismografía buscó asunto que explotar, debió sufrir desagradable desengaño. Los primeros veinticuatro meses lo fueron de riguroso luto para Lucía. Retirada casi constantemente con sus hijitos y su madre en una propiedad de campo lejana, pasáronse en ella ambas señoras lo más del tiempo, y sólo allá por las postrimerías del último de esos dos años se instalaron en El Ombú, permitiendo que las acompañasen algunos íntimos de su propia familia.

Por esa misma época había solicitado Rodolfo permiso de la viuda de su bienhechor para visitarla.

En la esquela con que se satisfizo al deseo del joven, expresósele que «sería grato a los de casa verle llegar a El Ombú resuelto a pasar allí algunos días».

Tal era, pues, la causa de la presencia de Rodolfo Montiano en la posesión de Levaresa.


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