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A Antonio Grilo



No prodigues tus lágrimas en vano,
pobre Antonio, por leves sinsabores,
ni humilles tu altivez a los rigores
de áspera condición y de odio insano.
Recobra de tu espíritu lozano
la serena quietud y nunca llores
mientras mi amor ofrezca a tus dolores
brazos de amigo y corazón de hermano.
¡Llora ¡ay! cuando al deber y a las ideas
sacrifiques tu bien, y, en torpe juicio,
tu ofrenda santa escarnecida veas!
¡Llora cuando, ciñéndote el cilicio,
befado expires, y expirando creas
que el mismo Dios rechaza el sacrificio!