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PRÓLOGO
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El hogar es el santuario doméstico; su ara es el fogon; su sacerdotisa y guardian natural, la mujer.

Ella, solo ella, sabe inventar esas cosas exquisitas, que hacen de la mesa un encanto, y que dictaron á Brantôme el consejo dado á la princesa, que le preguntaba cómo haría para sugetar á su esposo al lado suyo:

— Asidlo por la boca.—

Yo, ¡ay! nunca pensé en tamaña verdad.

Avida de otras regiones, arrojéme á los libros, y viví en Homero, en Plutarco, en Virgilio, y en toda esa pléyade de la antigüedad, y despues en Corneille, Racine; y más tarde, aun, en Châteaubriand, Hugo, Lamartine; sin pensar que esos ínclitos genios fueron tales, porque —excepcion hecha del primero— tuvieron todos, á su lado, mujeres hacendosas y abnegadas que los mimaron, y fortificaron su mente con suculentos bocados, fruto de la ciencia más conveniente á la mujer.

Mis amigas, á quienes, arrepentida, me confesaba, no admitieron mi mea culpa, sino á condicion de hacerlo publico en un libro.

Y, tan buenas y misericordiosas, como bellas, hanme dado para ello preciosos materiales, enriqueciéndolos más, todavía, con la gracia encantadora de su palabra.


JUANA MANUELA GORRITI.