Clemencia (Caballero)/Crítica literaria

Clemencia: Novela de costumbres (1862)
de Fernán Caballero
Crítica literaria de Luis de Eguílaz
Nota: Se respeta la ortografía original de la época
CRÍTICA LITERARIA.


Clemencia.
NOVELA DE COSTUMBRES
Por Fernan Caballero.


«Pensar en la novela española, es pensar en un imposible. Ni nuestras costumbres, ni nuestra historia, ni nuestros nombres mismos, se prestan á ella: es un género que tendrémos siempre que importar del extranjero. Estas poco lisonjeras palabras corrian hace algun tiempo como un axioma incontrovertible, y nuestros escritores rehusaban emplear su ingenio en una clase de obras que creian estéril de suyo; en una clase de obras que ni honra ni provecho podian reportar á su autor. Si esta timidez de los poetas españoles era una falta, falta es en que han incurrido los de casi todas las naciones. Recordamos que Dumas, el que algunos años despues habia de hacer de la novela histórica francesa, la literatura del mundo, acostumbrado á la lectura de Walter Scott y Fenimore Cooper, dice en sus Memorias, que por mucho tiempo creyó que la historía de Francia no se prestaba á este género de composiciones.

Y era muy natural que así lo creyese. Cuando la literatura de una nacion se pone de moda, justa ó injustamente; cuando todos la admiran, y sus productos andan en manos de todos, únicamente ella se cree posible, sin pensar que el gusto del público está sujeto á variaciones, y que si le placen manjares exóticos por carecer de los de su país, desechará aquellos tan luego como estos se le sirvan.

Al ver la novela francesa, tan leida y aclimatada en España nuestros escritores creyeron que solo sus imitaciones podian gustar á los españoles, y desesperándose por no encontrar en nuestra nacion aqueHlas costumbres, aquellos caractéres, aquellos nombres propios á que los lectores no estaban acostumbrados, unos renunciaron á escribirla, otros lo hicieron mal. Queriendo remedar las costumbres parisienses, al escribir una obra original no hacian mas que añadir una traduccion al catálogo de las infinitas. He aqui porqué la novela española se ha arrastrado por tanto tiempo; he aqui porqué la novela original significaba tanto para el público como novela mala.

Para sacar este género de literatura de la abyeccion en que estaba, para hacer que fuese apreciado como debia, era necesario que fuese el reflejo de la sociedad española, que nos pintase sus vicios y sus virtudes, sus caractéres y sus costumbres, sus tradiciones y sus creencias; era indispensable, en fin, que fuera eminentemente nacional, porque la novela es la fisonomía de las naciones. Hacia falta, pues, olvidar todo lo que Francia nos enseñó, como Francia olvidó lo que de los ingleses aprendiera; era preciso dar un paso, pero un paso de gigante, y separarse de todo lo hasta entonces escrito; era necesario dejar los libros y estudiar en la natufaleza.

Ardua creyeron esta empresa muchos; imposible los más. Sin embargo, para honra de las letras españolas el paso está dado, y la novela original existe. Y existe con vida propia, sin falsas galas extranjeras, pura y naciente, fresca y lozana como una rosa, que al abrirse, da su primer perfume á la brisa de la madrugada.

Larra, Espronceda, cuanto de noble y grande tenia nuestra juventud literaria hace algunos años, se lanzaron con ardor á esta empresa nacional, creando la novela histórica española. ¡Ay! pronto fueron eclipsados los modestos rayos de esta luz naciente por los vivos reflejos de la inmensa hoguera que ardía en Francia.

Hugo, Dumas y Sué, unos merced á su indisputable mérito y al de las excelentes traducciones que de sus obras se hicieron, otros solo porque halagaban las pasiones del instante, hallaron un lugar en todas las bibliotecas; y la pobre novela española, volvió á ser relegada al olvido, hasta que la brillante acogida que se ha dispensado á Doña Blanca de Navarra, El Cid Campeador, La Campana de Huesca, La dama del Conde—Duque, y otras, ha venido á sacarla de la oscuridad en que yacía.

A un escritor desconocido, á un duende literario, que á pesar de haber llenado con su nombre la España sigue escondiéndose como si silbos y no aplausos hubiesen saludado su aparicion, estaba reservado el crear la novela de costumbres españolas. El nombre de este gran poeta (no dudamos en calificarlo de grande) es..... es Fernan Caballero, puesto que asi quiere llamarse. No seremos nosotros los que culpemos su modestia: tal vez tiene razon en ocultarse, y las que indirectamente da en la novela de que vamos á ocuparnos, nos han convencido; mejor está la violeta oculta en la fragosidad de las selvas que en el rieo jarron de los salones. Su secreto Jestá bien guardado. Solo á la calidad de paisanos suyos, y no á indiscrecion de sus amigos, debemos el haberlo sorprendido. ¡Mal haya la pluma que lo revele, mientras que á sus intenciones no cumpla el hacerlo!

Aun recordamos con placer la impresion que nos hicieron sus primeras obras. Los que han leido La familia de Alvareda y La Gaviota, no las pueden olvidar nunca, porque las novelas de Fernan Caballero no son de las que nacen hoy para morir mañana. Aquella sencillez, aquel candor, aquel españolisimo que se encuentran en todas ellasaquellos cuadros de costumbres tan magistralmente dibujados, aquellos caractéres tan verdaderos y tan sostenidos que se hallan á cada paso en sus obras bastaria á inmortalizarlas, si su estilo nuevo, fresco y sencillo, sus giros atrevidos, y los chistes que en cada página derrama, juntos al interés que sabe dar á los personajes, no fuesen parte á hacerlas pasar á las generaciones futuras.

Esto y mucho mas hay en la novela, cuyo título encabeza estos renglones, que acaba de ver la luz pública en El Museo Español, coleccion de novelas originales que fundamos hace algunos meses en union de nuestros mejores y mas distinguidos amigos y á la que nos cupo la honra de dar principio, prestando asi un servicio á la literatura con el establecimiento de nua biblioteca española; pues aun cuando nuestros esfuerzos hayan sido inútiles, senda abierta dejamos por donde puedan otros caminar. Sin esto, Clemencia se hubiera publicado en un folletin, y ya sabemos la suerte que á los periódicos está reservada.

Tiempo es ya de decir algunas palabras acerca de esta obra. Clemencia es una niña que, huérfana desde la mas tierna edad, ha crecido como una flor solitaria en la austeridad del claustro. Bella como una virgen de Rafael, pura como el amor de los ángeles, al aparecer por vez primera en casa de su tia la Marquesa de Cortegana, es saludada con la admiracion de cuantos la miran, sin que apénas se aperciba de ello. Pero pronto el loco coquetismo de su prima Alegría, y el aire sentimental de Constancia, hija mayor de la Marquesa, oscurecen sus cándidos atractivos. Clemencia no expresa mas que lo que siente; y no siente más que cosas que el mundo no puede comprender. Su candor y su inocencia se creen simplicidad; y pronto las adulaciones de los primeros dias se truecan en indiferencia, sin que tampoco la hermosa niña lo eche de ver.

Un jóven capitan llamado Don Fernando de Guevara, calavera de relajada conducta, pero noble y rico por demás, pide su inano á la Marquesa, de resultas de una apuesta que ha hecho con sus camaradas; y la Marquesa, que cree ver alguna inclinacion .:

hácia ella en el Marqués de Valdemar, prometido de Constancia, se la concede sin titubear. Clemencia ni sabe, ni quiere resistir la autoridad de su Tia. Huérfana, pobre y abandonada, ella le sirvió de Madre; y por mas que nunca le diera la menor prueba de cariño, su voluntad es la suya. Las lágrimas son su sola defensa; y pocos dias despues, se vé enlazada á un hombre á quien no ama, y que la inspira un sentimiento invencible de repugnancia.

Léjos de su familia, en medio de una ciudad extraña, sola y triste y abandonada, Clemencia quiere amar á su marido. Pero Fernando no puede comprender a Clemencia. Sus instintos groseros contrastan horriblemente con los delicados y puros sentimientos de la pobre niña; y al ver aquellas lágrimas, y al advertir aquel pesar que no sabe traducir, los celos se apoderan de su alma, los celos sin amor, la mas cruel y mas repugnante de las pasiones. Desde entonces no hay ya un momento de tranquilidad para Clemencia, y mustia y triste y resignada, vé agotarse su vida poco poco.

La guerra civil llama á Fernando al Norte; y su desventurada esposa, á quien la enfermedad no permite seguirle, vuelve moribunda á casa de su Tia, donde poco despues sabe que su marido ha muerto gloriosamente en el campo de batalla...

Entretanto la Marquesa ha averiguado que la indiferencia de Constancia hácia Valdemar, nace del secreto amor que profesa á su primo, pobre oficial de un regimiento de la guarnicion; y viendo que ni súplicas ni amenazas bastan á hacer aceptar á su hija el ventajoso partido que la proponen, aprovecha la enfermedad de Clemencia para mandarla con ella á un lejano coto que á orillas de la mar posee, mientras que con sus influencias consigue que destinen á su sobrino á Ceuta.

Una noche la mar se embravece; y al rugido de la tempestad y á los roncos silbos del viento, se unen los cañonazos de una nave que pide socorro, no lejos de la playa. Clemencia y Constancia, que ninguno pueden darle, pasan en una angustia mortal las horas. La del alba llega. Sobre la arena están los cadáveres de los náufragos revueltos con los restos de su buque. Constancia da un grito y cae sin conocimiento. Acaba de reconocer entre los muertos á su desdichado amante!

Vuelta Clemencia á casa de su Tia, sus pesares se renuevan: todos la tratan con desvío, y bien nota la pobre niña que su presencia importuna á todos; pero como carece completamente de bienes de fortuna, se ve obligada á permanecer allí. Cuando mas desesperada está, recibe una tierna carta del padre de su marido, en que la invita á irse al lugar de Villa—María, donde vive con toda su familia.

El negro porvenir de Clemencia va tomando por momentos tintas rosadas. Pasado algun tiempo es una hija para los Padres de Fernando; y allí en la soledad de un lugarejo, recobra su perdida calma, y vé abrirse para ella las puertas de la felicidad. Ama á los Padres de su marido; y este cariño que por primera vez siente su alma pura, la hace feliz.

La familia de D. Martin Ladron de Guevara, que asi se llamaba el Padre de Fernando, se componia de su esposa, su hermano el Abad, sapientísimo y virtuoso eclesiástico, y su sobrino Pablo, joven lugareño, tímido y falto de instruccion; pero honrado y lleno de talento y nobles instintos. Clemencia es el ídolo de todos. El Abad la instruye; D. Martin y su esposa la quieren como una hija, y Pablo siente germinar en su pecho un secreto amor hácia ella. Pero el pobre jóven conoce que no es digno de ser amado: comprende su ignorancia, y trata de remediarla con el estudio: vé que sus modales son bruscos, y se empeña en adquirir los de la buena sociedad. El amor hace maravillas, y Pablo consigue lo que desea: algunos años bastan para trasformarle completamente. Clemencia, sin embargo, solo puede quererle como hermano, y feliz con sus libros, sus pájaros y sus flores, no piensa en el amor.

Un dia, Clemencia que ha salido al campo y sentada bajo unos árboles, oye las inocentes palabras de dos niñas que la acompañan, vé venir hácia ellas un toro desmandado, un toro de esos que dejan eterna memoria en los fastos de nuestros bárbaros espectáculos. La fiera se detiene á poca distancia, y clavándoles su sangrienta mirada, escarva la tierra con horrible ademan. Clemencia cierra los ojos y eleva su alma á Dios: en el mundo no hay esperanza para ella. Pero Pablo aparece; y luchando casi cuerpo á cuerpo con la fiera, salva la vida de la que ama.

Deseoso D. Martin de premiar el noble arrojo de su sobrino, le ofrece la mano de Clemencia. La pobre niña ocultando las lágrimas que esta union le cuesta, acepta por no disgustar al que quiere como á Padre: Pablo, que continúa creyéndose indigno de ella, rehusa, aunque diera gustoso cien vidas por conseguirla. Todo vuelve á su antiguo estado: todo respira dicha y contento en la casa solariega de los opulentos Guevaras.

Pero esta felicidad, como todas las humanas, no podia durar mucho tiempo. D. Martin muere, su esposa entra en un convento, y el venerable Abad sigue muy pronto á su hermano, dejando á su sobrina cuanto posee. Clemencia vuelve á Sevilla por su consejo, no sin que Pablo, que cree despedirse de ella para siempre, la declare el amor que abrasa su pecho.

Ya en su ciudad natal, la pobre joven vive solitaria y retirada en su casa, partiendo el dia entre sus recuerdos y la Marquesa, á quien la edad y los achaques han reducido al último estremo. Todo ha cambiado en la familia de Cortegana. Constancia ha consagrado á Dios su corazon despedazado. Alegría es la esposa del Marqués de Valdemar, que poco despues huye de ella, descubierta una intriga que sostenia con un antiguo amante.

á El tiempo, ese bálsamo de las almas, va cicatrizando poco a poco las heridas que el dolor abriera en la de Clemencia. Su corazon siente necesidad de amar, y ama por la vez primera. Entre los que frecuentan su casa se halla Sir George Percy, caballero inglés, de alma gastada, escéptica é impía, pero de talento seductor, instruccion amena y esquisitos modales. Percy nota que el trato de la encantadora niña disipa su spleen, y la ama, ó mejor, cree amarla; que el amor solo cabe en corazones sencillos y puros. Clemencia, ya lo hemos dicho, ama por vez primera, se deja fascinar, y sin embargo de que su razon la dicta lo contrario, camina á un precipicio. Ella adivina todo el vacío que hay en el corazon de Sir George; pero quiere engañarse á sí misma, y necesita pruebas. Un dia que Percy dice que para él no hay placeres en el inundo, su amada le aconseja que los busque en socorrer la necesidades de su prójimo. Solo por complacera lo hace; y cuando ello le interroga acerca del efecto que le ha causado, contesta que solo asco y repugnancia ha sentido al rozar con su guante la mano del pobre á quien daba limosna.

Aquella misma noche Clemencia escribe á Pablo, rogándole que venga á Sevilla: la venda ha caido de sus ojos, y entonces al contemplar en toda su desnudez el alma de aquel hombre, es cuando comprende lo que vale el noble corazon del lugareño que habia tenido en poco.

Algunos días despues, Clemencia y Pablo, unidos con vínculos indisolubles, entraban en VillaMaría donde les aguardaba una série no interrumpida de goces y felicidades.

Con este sencillísimo argumento, que tan desaliñadamente hemos referido, consigue Fernan Caballero interesar mas tal vez, que los que inventan enredados planes. ¿Y cómo no, si su pluma es toda sentimiento, toda espíritu, toda poesía? ¿Cómo no, si en él están perfectamente retratadas nuestras viejas y santas crstumbres españolas, que tan injustamente han puesto los novelistas en olvido?

¿Quién no recuerda con placer el cuadro de la lote ría? ¿Quién no leerá con gusto los magníficos rasgos del padre de D. Fernando, soberbio tipo del espléndido y riquísimo caballero de lugar? Los caractéres de D. Martin, de la Marquesa, de D. Galo Pando, de la Coronela y la tia Latrana, están pintados con una verdad, con una exactitud, que difícilmente se hallarán en novela otros semejantes. En cuanto al estilo, baste decir que es el de FERNAN .CABALLERO, siempre sencillo y tierno, siempre fresco y popular, que únicamente puede compararse con el de Trueba y la Quintana en su precioso LIBRO DE LOS CANTARES. Hay tanta semejanza entre estos dos poetas, tienen tantos puntos de contacto y ven las cosas de un modo tan parecido, que sin pensarlo, se nos viene á las mientes al hablar de los dos, la teoría de los génios gemelos. Ambos sobresalen en la descripcion de los tipos y costumbres populares; ambos se complacen en escribir diálogos de niños y gentes del pueblo; ambos tienen á veces el defecto de usar voces demasiado vulgares; hasta recurren á las mismas palabras para expresar idénticos pensamientos; y para que el parecido sea mayor, ambos merecen mas reputacion de la que gozan, porque á ninguno de los dos se ha hecho completa justicia.

—Cuatro palabras para concluir. Clemencia tendrá tal vez, muchas bellezas y algunos defectos que no habremos hecho notar: no hacemos profesion de críticos, y lo confesamos ingénuamente; pero amantes de nuestras glorias literarias como el que más, no podemos ver pasar casi desapercibidas obras como la de Fernan Caballero. Si ha de haber literatura, es indispensable que haya crítica.

¿Qué alicientes le quedan sino á esos jóvenes, que llenos del amor al arte, se dedican á él con toda su alma, en una nacion en que el trabajo intelectual no se remunera; en que la literatura no es una profesion; en que tan difícil es alcanzar un nombre?

Díganlo las novelas inéditas de nuestros jóvenes poetas; díganlo sus obras dramáticas, llenas de polvo y durmiendo tranquilamente sobre el pupitre de algun erudito empresario de teatros. Pues si, cuando en fuerza de tiempo, habilidad y constancia, logran sacarla á luz, la gloria y el provecho que les resulta no les resarce de la mitad de sus sufrimientos, ¿qué les queda sino la crítica razonada y discreta, la crítica que enseña y anima? Al empezar este artículo, sabiamos que no podemos hacer lo primero: ¿habremos logrado alcanzar lo segundo?