Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVI

Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
Capítulo XXVI - De lo que trataron Sancho Panza y el intendente del castillo
de Juan Montalvo
Capítulo XXVI

Capítulo XXVI

Aquí deja la historia a don Quijote para seguir a Sancho Panza, no a la ínsula Barataria, sino adonde con la gente de casa comía, o había comido, pues ahora se le encuentra hablando de sobremesa.

-Mi amo el señor don Quijote me tiene ofrecida una corona de conde, hasta cuando se nos venga a las manos un territorio de dimensiones tales, que se pueda llamar reino, de conde pase yo a ser rey. La paz está firmada con los emperadores vecinos: el dicho rey no tiene guerras, ni teme asalto ni anda vigilando ni escondiéndose de miedo de ser muerto, pues ya se entiende que es buen monarca, querido además por sus vasallos. Como hay aduanas, alcabalas, chapín de la reina, almojarifazgos, diezmos y primicias, las rentas de la corona son dignas de tal príncipe. Tras que éste se mantiene bien, no faltan algunas monedas curiosas que poner a un lado, y coro quien no dice nada, las reservas toman incremento, y al cabo de diez o doce años tienen vuesas mercedes un caudalito que no desmerece el nombre de tesoro. Esto es sin hacer mérito de las alquerías que corren de cuenta particular de la familia reinante, fincas y pastos donde se crían yeguas grandes como iglesias, que dan los mejores potros del mundo. En el natalicio de la reina, esta señora impetra de su augusto esposo indulto general para los delincuentes, y remisión de los pecados, con motivo de tan fausto acontecimiento.

-¡Alto ahí, señor don Sancho Panza! -dijo el mayordomo, que presidía la mesa-; eso de remitir los pecados es incumbencia de los sacerdotes, quienes los remiten uno por uno, si el pecador muestra arrepentirse; mas ¿cómo va a perdonarlos vuesa merced, cuando no es sino soberano temporal? Vuesa merced podrá otorgar salvoconductos, hacer excarcelaciones, eximir de juicio a un culpable, obrando a lo déspota, se entiende; mas le niego la facultad de conocer en esas acciones ocultas que se llaman pecados, y el derecho de darlos por remitidos. A menos que, ordenándose el rey, fuere a un mismo tiempo confesor y soberano, cosas que en cierto modo se contradicen. Lo mejor en vuesa merced sería acogerse a Iglesia, supuesto que son tan de su gusto la paz del mundo y la remisión de los pecados. Si bien se mira, el rey descrito por el señor Panza viene a ser indigno de la corona, por cuanto le quita el valor, prenda esencial en el caudillo de un pueblo, y le envilece con uno de los más feos defectos, cual es la codicia.

-Nada menos que eso, señor maestresala -replicó Sancho-: la codicia no da jamás, yo pienso dar a los pobres. Hasta corromperlos no les daré; mas tenga vuesa merced por cierto que en mis estados nadie se ha de morir de hambre. Economía no es avaricia; antes yo tengo por virtud aquel sabio guardar para los tiempos calamitosos, aun cuando no sea sino en consideración a los herederos. Cuanto al valor, no tenga cuidado vuesa merced; ni he dicho que no lo manifestaré cuando fuere del caso. Pero andar en busca del peligro, infatigable pretendiente de los hechos difíciles, no es de mi genio. Gloria vana, florece y no grana, señor mío. Después de esta vida alborotada y aporreada que estoy llevando en la profesión de seguir a un aventurero, me sentarán muy bien el descanso y la seguridad de mi casa.

-Esto es ser canónigo -repuso el maestresala-: a las nueve del día no amanece para vuesa merced, que aún está reposando dentro de un espeso cortinaje de damasco la venerable cabeza sobre dos almohadones de seda carmesí. El apetito y la abundancia le han dado buenas carnes: su papada reverenda se compone de tres pisos o planos, por donde baja lentamente la pereza junto con el sueño, fieles amigos del coro. Sobre eso de las diez del día, el ama de vuesa merced entreabre las cortinas para ver si conviene ofrecer la primera refección: mírala vuesa merced a medio ojo, como quien acepta el desayuno y quiere seguir durmiendo. Pide al fin las calzas, se pone los zapatos en chancletas, y muy arrebozado de un balandrán embutido, pasa a una butaca pontificia junto a la mesa, donde le está esperando una taza de chocolate, que se deja estar allí mientras vuesa merced le prepara el campo con un tercio de gallina. Y miren el desenfado con que extiende esa manteca sobre las planchas de pan candeal, sin dejar por esto de entretenerse con unos retacitos de longaniza, largos como un jeme, porquería que le gusta sobre modo. Almorzó vuesa merced: he ahí que llega el barbero de servicio, y en una jofaina donde cabe apenas la susodicha papada, le rae y pela y monda de tal suerte, que vuesa merced queda como si hubiera tomado siete baños en la fuente de Juvencio. Viene luego el vestirse, luego el salir majestuosamente por esas calles, con el chasquido tan marrullero de la seda, chis chas, pues ya se entiende que es de seda la sotana, y de fino azabache el cordón de botones que desde la quijada se suceden hasta la punta del pie. Llega vuesa merced al coro donde el capítulo está ya reunido, y se pone a cantar en voz respetable, interrumpida de cuando en cuando por una tos madura y no muy limpia, la cual da a conocer que sale de un reverendísimo vientre y pasa por un velludo pecho. En las solemnidades capitulares y las procesiones, vuesa merced parece un cometa por la sublime cauda que va arrastrando. Ahora, ¿qué diremos si de racionero sube vuesa merced a chantre, de chantre a arcediano, de arcediano a deán, y de aquí pasa a obispo por no decir arzobispo de una vez? Tengo para mí que la capa magna le había de sentar de perlas al señor don Sancho, y que sin más averiguación se le había de conceder el capelo, o digamos el cardenalato.

-Mi amo el señor don Quijote -respondió Sancho- dice que por la carrera de las armas no alcanzamos la púrpura cardenalicia. Siendo, por otra parte, necesaria la viudez para los honores eclesiásticos, hemos resuelto ganar la cumbre de los civiles. Hágame vuesa merced estas reflexiones en tiempo hábil, esto es, cuando podía yo ordenarme, y nadie me quita que al presente me besaran vuesas mercedes la esposa.

-¿Es joven? -preguntó el maestresala.

-¿Qué diablos pregunta ahí vuesa merced? -dijo Sancho-: ¿se figura por si acaso que a estas horas he de ir a ofrecer a nadie mi mujer a besar? Hablo de la sortija episcopal, que se llama esposa.

-Dispense vuesa merced el quid pro quo -repuso el intendente, maestresala o mayordomo, que para Sancho Panza no hay necesidad de mirar mucho en estas ligeras variedades-; dispense vuesa merced, y siga adelante en su plática.

-Digo -continuó Sancho-, que con haberme ordenado a tiempo, me hubiera ahorrado además las desazones y cuitas del matrimonio. Cuando uno ha sufrido veinte años a una mujer, señor intendente, esto de venir a ponerse en capacidad de recibir las órdenes eclesiásticas, debe de ser trance además gustoso y acomodado a las inclinaciones del hombre.


-«Homes, aves, animalias, toda bestia de cueva
Quieren según natura compaña siempre nueva».


dijo el intendente, quien era por ventura aficionado a Juan Ruiz el arcipreste de Hita.